La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

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martes, 2 de mayo de 2017

SOLEDAD ILUMINADA

Hace unos 28 años me jubilé y decidí irme a vivir lejos, al sur. Me jubile joven, pero casi por obligación. En la crisis de la Argentina que terminó en la hiperinflación del año 1989, yo trabajaba en una empresa dedicada a producir alimentos (!Gran puntería tuve en esos tiempos!). La empresa cerró dos de sus tres plantas y forme parte de los retiros “voluntarios” que empezaron ese año, y que me dejaron sin trabajo, sin posibilidad alguna de reincorporarme al mercado laboral formal. Tenía en ese momento 56 años, actualmente tengo 83. En ese momento, con 56 años, sin trabajo, viudo desde hacía una década, y con mi único hijo trabajando en Uruguay, decidí irme a una casa que había heredado de mi tío unos años antes, en el Bolsón, provincia de Río Negro en el sur de la Argentina. Allí con lo poco que me habían dado de mi retiro, más la ayuda de mi hijo, puse un pequeño almacén y fui muy feliz. Admito igual que El Bolsón no es para todos, tiene una energía particular que acepta o rechaza a la gente de una forma difícil de explicar. Cada día en El Bolsón, cada amanecer, emerge la bruma en el valle y la nieve cubre los cerros con su silencio. Cada noche, millones de estrellas alumbran sobre el techo negro en el que ese momento se transforman los cerros, vigilantes nocturnos de la tranquilidad absoluta. El silencio, la ecología, el respeto por la naturaleza, la historia viva de los pueblos originarios, y los métodos naturistas de alimentación se mezclan a gusto en El Bolsón. Fui realmente feliz esos años ahí... Mi pasado, el haber quedado viudo joven, la lejanía de mi hijo y las características del Bolsón, fueron las causas de una vida bastante ermitaña esos días. Disfrutaba la soledad, pero cuando uno va envejeciendo, la soledad es una oscura compañera. Pocas visitas, solo fiestas de fin de año o cumpleaños, cuando mi hijo se daba una vuelta por mis nuevos pagos, eran mi compañía programada año a año. No mucho más. Encima nunca me gusto la tecnología, siempre fui bastante reacio a los cambios, por lo que es difícil comunicarme con mi hijo y ver como mis nietos crecen, pero no puedo acostumbrarme a esas nuevas formas de comunicarse. No me gustan ni un poco. En este último tiempo todo cambió. Debido a algunos problemas de salud, problemas que me regalaron mis años de adicción al “pucho”, me fui de mi vida en el campo y tuve que volver a la ciudad, a mi barrio de toda la vida. El cigarrillo, ese amigo que me había acompañado tantos años ahora se convertía en mi enemigo. Nunca lo pude dejar. Ni siquiera cuando Natalia, mi mujer, quedo embarazada. Fue un embarazo no planeado, excusa si las hay, para convencerme de que no pude dejar el vicio de un momento a otro. Pero la verdad es que no pude dejarlo ni siquiera por mi mujer y mi hijo. Natalia dejó de fumar de inmediato, yo no pude. La ansiedad por fumar era grande, cuando tenía que pensar acerca de las finanzas de la casa que no alcanzaban, y así, iba encontrando otras excusas para convencerme a mi mismo. A los 40, cuando quede viudo con un hijo de 12 años, ya fumaba a todas horas y en todos lados sin parar. Así volví al barrio, situación que a esta altura no me agradaba demasiado, pero había sido mayor suerte resistir la venta por parte de mi hijo de la casa de toda mi vida. Era realmente tranquilizador volver a un lugar que conozco de memoria. Ya hace unos seis meses que estoy de vuelta y no he salido mucho. Estos problemas de salud me trajeron un miedo que me paraliza y no me deja pasear por las calles del barrio, ni siquiera hacer las compras necesarias de la semana. De la compras y de mi salud en días donde no la paso bien, se ocupa Anita, la señora que “me ayuda” en la limpieza de la casa, la cual me consiguió mi hijo para que no “haga malos esfuerzos” según sus propias palabras. Después de un verano con calor abrumador, hoy viernes, día soleado de Abril, tengo resuelto salir de travesía por las calles que rondan mi casa. Por lo menos ir a tomarme un café al Bar de la esquina, uno de los pocos negocios que han sobrevivido a mi ausencia. El Bar se encuentra a una cuadra y media de casa. Se que no va ser fácil llegar, a través de los años mis pasos se han convertido en “pasitos”, por lo que puedo llegar a tardar unos diez o doce minutos, con suerte, si no me canso. Son las cinco de la tarde y me decido a salir en busca de la aventura de volver a sentir el sol de otoño en mi piel y en mi cabeza, ya desprovista de pelos desde hace unos pocos años. Siempre tuve la capacidad de abstraerme en innumerables pensamientos cuando caminaba, o realizaba alguna actividad deportiva en épocas donde todavía podía hacerlas, así es que mientras daba esos “pasitos” al Bar, empecé a pensar como muchas veces en estos últimos tiempos en la vejez y en como iba a afrontar estos últimos años de vida con los graves problemas pulmonares que me acechan… La vejez siempre me despertó miedo. Lo asocio a la idea del deterioro y a la idea de la muerte cercana. Será porque no la estoy pasando bien debido a estos problemas respiratorios. No puedo imaginar la muerte, como imaginar lo que nadie te puede contar, esas cosas son las que más asustan a uno, lo que no se conoce. La muerte es ese desconocido que permanece silencioso, que nos acompaña, es invisible, hasta que lo vemos, lo conocemos y ya no podemos hablar de él. Esa espera, con algunos avisos previos de mi débil salud, hace que sea infinita. Pienso que nunca hablamos de la muerte realmente, solo cuando asistimos algún velorio se da la posibilidad. Pero en esos casos se comenta más de la vida del fallecido, que de su propia muerte de la cual estamos siendo testigos. Jamás pude hablar con nadie de mi muerte, ni de la muerte de otros amigos que se han ido antes. Debo estar viejo y necesitado de alguien que me diga o me mienta acerca de lo que viene, debe ser eso, o simplemente los largos minutos que llevo caminando hacia el Bar. Llego al Bar por fin, y veo de reojo como Anita me acompaña con la mirada desde la vereda de enfrente, seguramente órdenes de mi hijo que desconfiaba de este paseo. Como hace 30 años, como lo hice siempre, me siento al fondo mirando hacia la puerta. Desde ahí puedo ver todo lo que en él sucede. Quienes entran, quienes salen, donde se sientan, como son las personas que eligen ese instante tomarse algo en una tarde perdida de Morón. Recuerdo la última vez que estuve en este lugar, fue un domingo de lluvia, lo recuerdo bien porque todos entraban a refugiarse y esperar que pase el diluvio, la mayoría saliendo del trabajo con paraguas y sobretodos grises... Aca estoy de vuelta, muchos años después. Miro a mi alrededor, hay mucha gente, pero casi todas las mesas están ocupadas por no más de dos personas, muchas tienen solo una persona. Esto le daba al Bar, una gran impresión de soledad. No había ningún murmullo de conversaciones, solo la tele de la punta relataba noticias del clima en ese momento. Debido al esfuerzo que había significado llegar hasta ahí, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie que no sea Anita, fui midiendo con quien podía empezar una charla casual, pero el paisaje no era el mismo que años atrás. Estuve meditando un buen rato sobre cómo iniciar algun encuentro ocasional, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía. Era como si nadie tuviera mirada, desde mi perspectiva, el mundo y el Bar en esos momentos se habían vuelto muy deprimentes. Se me ocurrió dejar caer mi bastón, pensé que tal vez una o dos personas se levantarán a recogerlo y me lo darían, pues soy un anciano, o al menos me dirian: “Se le ha caído el bastón” y podría iniciar alguna conversación de este modo. Aunque estos son los momentos que medito que si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría un montón de decepciones. Por lo que no hice nada y me dedique a observar ese lúgubre panorama. Me di cuenta que aquel Bar de mis años, de diarios, conversaciones prolongadas, ajedrez, largos cafés y paquetes de tabaco, donde éramos testigos de plantones de parejas, el lugar donde la espera se debía pasar a base de paciencia y bastante permisividad de los camareros, ya no existía. ¡Hasta carteles de prohibido fumar había! Encontré que todos, absolutamente todos los presentes, aún los que estaban acompañados, miraban sus celulares. Como una mascota digital que se muere si no se la atiende y alimenta continuamente, ese Bar era una película de zombies, obnubilados en una pequeña pantalla, la cual no podía entender desde mi vejez, que les ofrecía. Había una pareja en un rincón. Los dos miraban su pequeño aparato y no se miraron en los casi veinte minutos que les mantuve una atención exclusiva. Pensé, que ambos estaban en otra charla a través de su aparato y lo compare con lo gracioso que sería si ella estuviera mirando por sobre su hombro, participando de la conversación de una mesa vecina, mientras él le hablaba. Si esto pasara, se diría que es una mal educada. Pero ahora es al revés, si uno está mirando esa pequeña pantalla, no solo se está manejando dentro de las normas sociales aceptadas, sino que se la considera una persona coherente, informada y actualizada. ¡Increíble! ¡Otro logro de la revolución digital! !Está de moda ser desconsiderado en estos tiempos! Indudablemente estas personas tienen la ilusión de que pueden estar en múltiples lugares al mismo tiempo. Pero mi sensación ahora viendo este panorama, es que el celular debe ofrecerles todo, pero también reclama subordinación absoluta. Resolví irme de ahí, con la pena de haber hecho el esfuerzo de salir de casa y terminar en esta depresiva realidad que me ofrecía el barrio donde pase casi toda mi vida. Me fui pensando, las experiencias únicas que esta generación va a perder. No sabrán jamás por ejemplo, la increíble aventura de ser mirado por una mujer en un bar, un viaje de tren o en la calle buscando alguna dirección. Las charlas casuales en almacenes, paradas de colectivo, filas de banco o con gente del barrio, cuando las esperas no hacen más que invitar a conocer a otras personas. Y así me fui, eché a andar los muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambió demasiado para asimilarlo, pensé. Y llegando a mi destino resolví, que al día siguiente iba a tener que comprarme un celular o volver a pasar mis días con mi viejo amigo el “pucho” para que me acompañe hasta la recta final de mi vida y morirme nomas…

2 comentarios:

  1. Muy bueno el relato, particularmente para mí que cumplo algunas de las características del protagonista. Mi papá decía que cuando comenzamos a no entender el mundo en que vivimos quiere decir que nos están llamando de arriba. El problema es que estamos viviendo más que antes y el avance tecnológico es mayor, con lo cual necesariamente hay que adaptarse, aunque sea en algo, a los nuevos tiempos. La pregunta es ¿cómo "comprarme un celular" sin que domine mi vida?, ¿como reconocer el logro de la revolución digital, sin perder la consideración hacia los demás, "las charlas casuales en almacenes, paradas de colectivo, filas de banco o gente del barrio". Es el gran desafío de nuestro tiempo y del que viene y no voy a ver

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  2. En uno de los textos más antiguos que se conocen de la humanidad, proveniente de Egipto, claro, se llama "Las enseñanzas para Merikare (la grafía puede variar), en donde un padre le escribe a un hijo, precisamente, cómo ha cambiado todo, cómo las cosas eran diferentes en su generación (la del padre) y de lo difícil que sería a vida para el hijo.

    Casi 4000 años después, el hombre no cambió mucho que digamos, la sociedad siempre va a superarnos.

    Saludos,

    J.

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