La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

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lunes, 16 de abril de 2012

Garrafa, la pelicula


Nunca ganó los millones de Messi ni se lo vio con las modelos top del momento.
Jamás se llevó el Balón de Oro ni brilló en el fútbol europeo. Pero tampoco nunca se lo vio demasiado interesado en alcanzar ese tipo de logros. José Luis “Garrafa” Sánchez era un futbolero de barrio. Esos enamorados de la pelota que saben muy bien cómo tratarla y hacerla feliz. A ella y a todo aquel que se detenga a mirar la relación entre ambos.
Eso se transmitía al público (de propios y extraños) a través de su manera de jugar. Displicente. Insolente. Lleno de talento. Casi faltándole el respeto al híper profesionalismo del fútbol moderno. Es que a “Garrafa” no le interesaba jugar al fútbol. Él amaba jugar al “fulbo”. Y así dedicó su carrera a llenar de alegría el corazón del “fulbolero”. De aquel que se emociona cuando ve un caño, un sombrero, una pisadita, un taco.
Así lo interpretaron los hinchas de Banfield, de Laferrere, de El Porvenir y del fútbol en general.
El Garrafa, una película de fulbo es un fruto nuevo en el árbol artístico de José Luis Sánchez, que guarda cuatro canciones y una estatua en el Florencio Sola. Su vida está contada por amigos, familiares, colegas. Y por sus ocurrencias. Por sus salidas. En 1998, el Gaucho Alfredo Almirón, compañero en El Porvenir, iba en un auto junto a Garrafa rumbo a la segunda final por el ascenso a la B Nacional entre su equipo y Deportivo Armenio. El presupuesto no alcanzaba para las concentraciones. En Pompeya, Garrafa le dijo que pare. Se bajó y volvió con dos chorizos a la pomarola. “Tenemos que jugar una final. Ni en pedo me como eso.” Garrafa le devolvió: “¿Quién te dijo que uno es para vos?”. Al psicólogo deportivo Darío Mendelsohn, a quien tuvo en El Porve, le rompía los tests en la cara y le recriminaba: “Sos una mentira que camina.” Lo hacía para divertir al plantel. En un comentario en la página web de la película, un hincha de Banfield escribe: “No vi nada igual. Cuando jugaba era feliz. Tengo una remera con una foto que me saqué en el predio. Antes de un partido con Boca que perdimos le pregunté si estaba nervioso, y me dijo: ‘Sí, porque en media hora tengo la revancha al pool con el Laucha (Lucchetti) y le tengo que ganar’.”
Era el jugador que Alejandro Dolina había elegido para querer. En la sala de lectura de su casa, el Negro, entrevistado para el documental, tiene un par de fotografías junto a él. Ricardo Spreafico, aquel que en el asado pensó que Garrafa tenía frío, a partir de entonces entabló una amistad con él y su familia. Ricky, el asistente de dirección, ofició de contacto entre José Luis y Dolina. El escritor lo había elogiado en público. “¿Viste lo que dijo de vos? Te quiere conocer”, le comentó. “Buenísimo, pero, ¿quién es?” Ricky fue al teatro a verlo a Dolina y le dijo que Garrafa quería hablarle y regalarle una camiseta. “Abrió los ojos grandotes y dijo: ‘¿En serio? Sería un honor’.” “Cuando tuvo el accidente y se mató, Dolina me llamó. Estaba muy triste. Como si le hubiese pasado a un amigo. Hay gente que no lo conoció y también se emocionó.” En Laferrere sí lo conocen. Es un semidiós. Cuando le preguntaron qué fue lo más importante que le pasó en su carrera, respondió: “Haber debutado contra Almirante Brown.” “Cuando vos llegás a Laferrere, hay dos imágenes: la de Gregorio de Laferrere y la de Garrafa”, suma Smietniansky. “Ahí hablás del Diez y es uno de los pocos lugares que no representa al Diego.” La leyenda conurbana cuenta que en un Día del Niño José Luis pasó a bordo de una moto por el centro de la ciudad, vio los festejos y regresó con cajas de alfajores para repartir entre los chicos.
Hoy, como dice Cherco, la gente vuelve a la cancha a ver a Garrafa, al lugar en el que desparramó felicidad ese hombre-niño con sus travesuras. A esta película, que nació entre carnes y vinos, hace dos años le levantaron el pulgar final. Antonia, la madre de José Luis, había tenido problemas cuando se le acercaban después de la muerte de su hijo, en especial con los dirigentes de fútbol. “Los hermanos mellizos, Adolfo y Fabián, estaban muy de acuerdo –dice Sergio Mercurio–, pero era importante la opinión de la madre.” Mercurio, el titiritero de Banfield, fue hasta la casa y la invitó al Teatro Cervantes a ver la obra Viejos. Cuando terminó, salió a saludar al público. La mujer se le acercó y le auguró: “Vas a hacer la película y va a salir bien porque ustedes la hacen con el corazón y a pulmón. Te espero en mi casa para comer.” Mercurio descubrió que la única posición beligerante del jodón de Garrafa la levantó en defensa de su familia. Más aun: que a todos les cuesta ponerlo en pasado.
Fuentes: Tiempo Argentino y 24CON.
Gracias J.Rehl por el aporte.

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jueves, 22 de marzo de 2012

“A NOSOTROS NOS GANÓ EL GENERAL VANDENBERGH…”

Hacía rato que no se reía tanto. Esta vez si que no hubo recuerdos tristes, ni ninguno se bajoneó por algo que se dijo. Todo fue reírse, desde el principio hasta el final. También, verlo al Rulo con la bandera argentina corriendo a los Holligans, fue como recuperar Puerto Argentino. Seguro que no es lo mismo, que no se puede comparar, que la “Mano de Dios” no puede hacer olvidar a la “Garra del diablo”, pero es una revancha, un poco de sabor a victoria entre tanto gusto a derrota.
Hace cuatro años, desde que volvieron de Malvinas, que se juntan todos los meses. Los mismos seis que salieron de Puerto Belgrano aquel 10 de abril rumbo a las Islas. Desde entonces son inseparables. Faltan “El Viejo” Ramírez y “El Negro” Carracedo que quedaron en Monte Longdon eternamente.
Parece mentira que ya pasaron cuatro años. Al principio creyó que iba a quedar inmóvil para siempre, pero después de tanto darle a la rehabilitación, por lo menos hoy puede estar sentado aunque sea en una silla de ruedas. Todavía se acuerda cuando en el Hospital Militar el médico le mostró la radiografía a la vieja:
- “¿Ve señora?, la esquirla le rompió la espina dorsal. Por suerte no atravesó ningún órgano importante, pero lamentablemente su hijo no va a volver a caminar”.
Ellos creían que estaba dormido, que no escuchaba lo que hablaban, pero no, escuchó todo y por la rendija de la venda que le cubría la cabeza y casi los dos ojos, pudo ver su columna destrozada.
Pensar que por pocas horas casi zafa. Justo en el último día, cuando todo se terminaba, el 13 de junio, en el último ataque inglés sobre el Monte antes de tomar Puerto Argentino, se fueron a descuidar. Sino, no pasaba nada.
- ¡Los ingleses estaban perdidos, viejo, ya los teníamos, un día más que resistiéramos y hubiesen empezado a retroceder! Es lo que yo digo y nadie me lo va a sacar de la cabeza: ¡A nosotros nos ganó el “General” Vandenbergh!, repetía Lucho enfurecido a quien quisiera escuchar.
La primera vez que se lo dijo a los muchachos lo miraron espantados pensando que además de la columna, había quedado sonado del mate. Creyeron que estaba desvariando, que tenía algún síndrome post-traumático que le había afectado el razonamiento y la memoria. Cambiaron de tema enseguida. ¿Quién era ese tal Vandenbergh? ¿De dónde había salido? Si todos sabían a esa altura que el jefe de las tropas británicas era Jeremy Moore y el segundo se llamaba Julián Thomson. ¿De dónde había sacado eso que el responsable de la victoria pirata era ese tal Vander…no se qué?
Después que se los dijo se arrepintió. Sintió que sus amigos todavía no estaban preparados para que les explicara quien era Vandenbergh y porqué pensaba así.
Después de todo, los únicos que estaban con el en el momento que ocurrió eran “El Viejo” Ramírez y “El Negro” Carracedo, pero ellos se habían quedado allá, en las alturas del Monte, porque la ráfaga de los Sea Harrier les pegó de pleno y a él le reboto una esquirla que le destrozó la médula. Más adelante les iba contar, por ahora no, ya iba a llegar el momento de explicarles porque para él Vanderbergh había sido decisivo.
- Muchachos, discúlpenme, me voy un rato a la pieza. Me duele mucho la espalda, debe ser por la tensión del partido. Ustedes quedensé y sigan gozándola, después los veo.
Para Lucho hasta los 18 años la vida no pasaba por otro lado que no fuera el fútbol. El mundial 78 lo fanatizó tanto que vivía esperando que empiece el próximo. Ese sí que iba a ser un mundial que íbamos a ganar sin dudas. El 6 a 0 a los peruanos había dejado un manto de sospecha, de arreglo entre milicos para que la dictadura argentina sacara pecho ante el pueblo, que hizo que el triunfo dejara serias dudas. Pero el de España era otra cosa. Además, en el 78 Menotti lo dejó afuera al Diego, pero ahora no había vuelta, esta vez Maradona era número puesto y después de ser campeón con Boca y ahora que iba a jugar en Barcelona, seguro que Argentina iba a ser Campeón del mundo otra vez y Diego, el mejor de todos.
Así transcurría la vida de Luis en esos días de principios del 82. Cuando llegó la carta para presentarse en Arana, sintió un escalofrío que lo conmovió.
La cabeza le empezó a andar a mil y a la tarde, cuando se encontró con sus amigos les contó sus temores.
- ¡Che, me llamaron para hacer la colimba! ¡Tengo que presentarme el lunes!
Cacho lo miró con cara de resignación y le dijo:
- “ Que le vas a hacer Lucho, te tocó, pero ahora no pasa nada, jodido fue con los de la clase 55, 58, los que hicieron la colimba en el 76, 77, a esos pibes los sacaban a hacer operativos, tenían que ir a reventar casas, a secuestrar gente, ¡no sabes como volvieron! Ahora está todo más tranqui…”
- Pero no boludo, no entendés. ¡Faltan tres meses para el mundial! ¡Empieza el 13 de junio y yo voy a estar adentro! Mirá si los milicos no me dejan ver los partidos. ¡Yo me pego un tiro en las bolas, me quiero morir…!
Y si, tenía razón. Había que ver donde estaba para el partido inaugural, con Bélgica, el 13 de junio al mediodía.
Ese fin de semana antes de presentarse, fue un calvario. “¿No podían haberme llamado después del mundial, para qué carajo nos quieren ahora en marzo sino pasa nada?. No hay guerra con los chilenos, no hay guerrilleros, ¡¿para qué nos quieren ahora?!”.
El lunes se despidió de los viejos con la idea que en unos días estaba de vuelta, con la primera salida. Mientras esperaba que lo llamen, en el playón del Regimiento de Infantería 7, todavía le quedaba la esperanza que le digan que había muchos, que sobraban pibes y por ahí lo mandaban de vuelta. Pero cuando empezaron a poner los camiones de culata y les dijeron que juntaran los bagayos y que suban, se dio cuenta que la cosa se complicaba. Ya en el camión, conoció a los otros que fueron sus compañeros inseparables. Y ahí se enteró de la mala noticia: iban para Puerto Belgrano. “¿Y eso dónde queda? ¿Qué colectivo va para ahí?”, le preguntó al “Viejo” Ramírez que estaba sentado al lado suyo. El “Viejo” Ramírez era clase 59, tenía como cuatro años más que el resto de los colimbas que tenían 18, había pedido prórroga por estudios pero se le terminó y tuvo que presentarse.
- “No boludo, le contestó el “Viejo”, ¿Que colectivo?, Puerto Belgrano queda en Bahía Blanca, ¿Viste la loma del orto?, bueno, un poco más allá. En este camión que va a 40, tenemos como un día de viaje...”
No lo podía creer. Bahía Blanca… ¿Habría tele en Bahía Blanca para ver el mundial…?
Apenas llegó a la base naval empezó a averiguar si ahí tenían televisores. Le dijeron que solo había en el Casino de Oficiales, pero que en ese lugar no entraban los colimbas. Todos los días de marzo se la pasó averiguando como iban a hacer para ver el mundial. Al principio los milicos se calentaban, le contestaban mal, se los veía nerviosos y encima Lucho los cargoseaba con eso de la tele para ver los partidos. Al final ya lo tomaban en joda y no se calentaban tanto, ya sabían que a él sólo le importaba el fútbol y el próximo mundial.
Cuando el 2 de abril se despertaron con la noticia que habíamos tomado Malvinas, el corazón casi le salta del pecho. ¡Malvinas!, ¡Las Islas Malvinas!, ¡Esas Islas de las que tanto me había hablado mi viejo, las Islas que se robaron los piratas ingleses hacía mas de 100 años…!
Después del primer momento de euforia, empezó a entender porque los habían traído a Bahía Blanca. Durante todos esos días, Lucho y sus amigos de colimba se preguntaban qué tenía que hacer un Regimiento del Ejército en una base naval. Ahora entendían. Seguro que irían a Malvinas, para eso estaban preparados los barcos que estaban en el Puerto. Por eso es que los están poniendo en condiciones. Algunos de sus amigos se bajonearon, empezaron a tomar conciencia que iban a la guerra. Lucho no, él tenía demasiadas cosas contra los ingleses. Su viejo le contó todas las que nos hicieron: las Invasiones Inglesas, la Vuelta de Obligado, las Malvinas, la expulsión de Rattin…, fueron muchas las cosas que nos habían hecho los piratas y ahora había llegado el momento de cobrarles…
A la noche de ese 2 de abril, mientras todos ya dormían, lo despertó al “Viejo” Ramírez, su “Gurú”, su oráculo que todo lo sabía: “Che Viejo, despertate, escuchame una cosa, ahí, adonde vamos, en las Islas, ¿Habrá tele para ver el Mundial...?
- Sí, Lucho, seguro, ¿Como no va a haber televisión para ver a la blanquiceleste, si las Malvinas son Argentinas…?!
El viaje hasta las islas les llevó 10 días. Al amanecer del 20 de abril, bajo una llovizna persistente desembarcaban y enfilaron los ocho, inseparables como el primer día, rumbo a Puerto Argentino.
Mientras el grupo se acomodaba, Lucho salió a recorrer el pueblo con una sola preocupación: averiguar si había algún lugar donde se pudiera ver el mundial. Mientras caminaba se dio cuenta que la cosa iba en serio. Los kelpers miraban por los visillos de las casas, sin siquiera asomarse, mientras las tropas argentinas patrullaban la ciudad en toque de queda. Ahí se dio cuenta que lo que había pensado que era hacerse amigo de una familia con tele, la realidad era muy distinta. Los kelpers son ingleses, no nos quieren, al contrario, hay que tener cuidado que no te peguen un tiro por la espalda…
Volvió desilusionado. Los muchachos ya estaban preocupados porque había tardado mucho. Les contó el ambiente que se respiraba por las calles de Puerto Argentino y lo peor de todo: empezaba a pensar que se iba a perder el mundial. No lo iba a poder ver.
Al otro día, su objetivo inicial ya se había reducido. Bueno, por televisión no, pero seguro que alguna radio se podrá conseguir, aunque sea para escucharlo.
Los levantaron bien temprano. Había que salir a patrullar, a reconocer el lugar y empezar a familiarizarse con el escenario de combate.
Su primera tarea fue llevar provisiones a las tropas del RI7, sus compañeros, que estaban desplegadas en los alrededores de Puerto Argentino. Para Lucho todo era como si viviera en el medio de una película, sin embargo, había un tema que lo seguía obsesionando, aún en el medio de ese escenario fantasmagórico. ¿Como vamos a hacer para conseguir una radio para poder escuchar el mundial?
Llegó a la noche y no se podía dormir. Faltaban casi dos meses para el partido inaugural del 13 de junio. Pensaba que a lo mejor esto de la guerra terminaba enseguida, que por ahí los ingleses se daban cuenta que era al pedo seguir ocupando unas islas que a ellos no les servían para nada, que les quedaban a más de 14.000 km, ¡14.000 km! Seguro que ahora si aflojaban y decían “¡ma’ si, que se las queden; para que nos sirven!” Pero no, estos son piratas, siempre lo fueron, nunca entregaron nada por las buenas, siempre te roban y sino mirá lo que pasó en el 66’, en Wembley, cuando nos afanaron un partido que los podía haber dejado afuera del mundial; ¡de su mundial! No, estos van a venir, no se la van a aguantar…
- Che, “Viejo”, lo despertó a Ramírez como siempre que algo lo angustiaba.
- ¿Qué pasa Lucho?, masculló el “Viejo” fastidiado otra vez por su incansable compañero.
- Escuchame, en serio, ¿Como vamos a hacer, pensaste algo?
- ¿De qué me hablas, Lucho, si pensé algo de qué?
- Del mundial, de la radio, ¿De donde la vamos a sacar?
- ¡Dormite hincha pelotas, estoy muerto, mañana vemos, pero no me jodas más!
Lucho se quedó callado. Sabía que cuando el “Viejo” tenía sueño, joderlo era una misión suicida. Se quedó mirando al techo sin poder dormir, pensando, imaginando, soñando con el primer partido…
Al otro día, antes de ir a la “ranchada” lo agarró el “Viejo” y se lo llevó para un costado.
- Lucho, en serio, dejate de joder. ¿No ves que esto es una guerra de verdad?; ¿ No te diste cuenta todavía? Pará con eso del mundial que de acá por ahí nos sacan con los pies para adelante. ¡Date cuenta Viejo!
Lucho lo miró asombrado. Nunca lo había visto así. Se dio cuenta que se lo decía bien, con cariño, pero también con la seriedad de los que saben que las cosas se iban a poner jodidas. Ahí le cayó la ficha de la gravedad de lo que estaban viviendo... Ya está. Ya entendí, pensó. Pero fue solo un instante. Enseguida volvió a la carga.
- Está bien “Viejo”, tenés razón. La verdad es que estoy medio obsesivo, desubicado, pero entendeme, para mi no es una boludez. ¿Sabés que pasa?, yo tenía que estar en este mundial, yo iba a viajar con los pibes del Sub-20 a hacer de sparring de la Selección. Desde el año pasado que lo sabíamos, pero en octubre me fracturé el tobillo y quedé afuera. El día que los pibes tomaron el avión para España, a mi me llegó el telegrama para la colimba. ¿Qué querés que haga?, por lo menos si lo escucho es como si estuviera con ellos. Pero tenés razón, me tengo que dar cuenta que esta es una guerra.
El “Viejo” lo miró como siempre, no quería que lo viera aflojar, no podía dejar que Lucho se sintiera desprotegido, solo le contestó:
- Está bien, rompe bolas, dame un par de días a ver qué puedo hacer…
Lucho no volvió a hablar del tema. Los días transcurrían en medio de una llovizna persistente que calaba hasta los huesos. Cada vez anochecía más temprano y el frío se iba haciendo más intenso. El R.I. 7 se había completado con el último contingente que llegó en los Hércules y se preparaba para la misión que tenía encomendada, que era defender los Montes que circundan Puerto Argentino.
Hasta el 1º de mayo, la guerra era todavía un hecho lejano. Pero ese día, mientras recorrían las posiciones, desde Longdon pudieron verla en carne viva.
Detrás de los montes aparecieron los Mirage y los Skyhawk, y se mandaron a toda velocidad hacia tres buques ingleses que bombardeaban la costa. El ataque fue inesperado. No se la vieron venir. Los bombazos de la escuadrilla les pegaron a las tres embarcaciones que huyeron hacia el sur, envueltos en llamas.
Los gritos de Lucho y sus amigos, los saltos de los soldados que presenciaban la escena, parecía como si Argentina hubiese ganado el mundial; “¡Les dieron, les pegaron de pleno, mirá como rajan! “ gritaba Lucho abrazado al “Negro” Carracedo.
A la noche no podía dormir de la excitación que tenía: “¡Que bueno que estuvo! ¡Cómo se escaparon los piratas! A lo mejor se achican y se van. Quien sabe, pensaba cuando en la oscuridad la voz de Ramírez lo trajo de vuelta de aquellas imágenes de la tarde.
- “Che, Lucho, estirá la mano, tomá”.
Entonces vió como el “Viejo” sacaba de abajo del colchón una radio Spika, de color amarillo, chiquita, un poco más grande que un atado de cigarrillos.
- “Guardala bien, que no te la vean, que sino, ¡vamos en cana los dos!. Mirá que se la afané a unos kelpers que la dejaron en una ventana”.
Lucho no lo podía creer. ¡El “Viejo” consiguió una radio para escuchar el mundial! Saltó de la cama y le dio un abrazo que le hizo crujir los huesos.
- “¡Pará guanaco, que va a venir el sub y nos va a cagar a pedos! ¡Ahora dormite y no jodás más!”
Esa noche durmió abrazado a la “Spika”, soñando con el 13 de junio, con Argentina, con Diego, con el campeonato...
Los días siguientes ya la guerra era una cuestión de todos los días. Para fines de mayo el R.I. 7 tomó posición en Monte Longdon. Lucho, Carracedo y Ramírez estaban a cargo de un mortero. Cuando se instalaron, se dieron cuenta que no podían tener una trinchera porque sino no podían accionar el mortero. No quedaba más remedio que quedarse a cielo abierto, solo con una “carpita” (en realidad dos cachos de trapo agarrados con piedras sobre el suelo pelado) sin ningún tipo de resguardo.
A Lucho eso no le importaba. El rigor de la guerra, el clima, la falta de comida, eran cosas a las que ya se había acostumbrado. Lo importante era que la Spika andaba al pelo. Mejor en la altura del monte que en Puerto Argentino. Agarraba mejor la onda de Radio Provincia y con un alambre que le agregó a la antena, se escuchaba casi perfecto.
Desde el 8 de junio los combates se hicieron cada vez más intensos. Los batallones de paracaidistas ingleses seguían bajando y se agrupaban en la base del monte. En cualquier momento iban a empezar a subir la ladera. Lucho, el “viejo” y Carracedo seguían en sus puestos alejados del resto de los muchachos que estaban en una trinchera 50 metros más abajo.
El 11 y el 12 los bombardeos de la artillería sobre Kent, Longdon y Tumbledown parecía que aceleraban la ofensiva de las tropas inglesas. La vanguardia pirata ya estaba a menos de 500 mts y los paracaidistas eran cada vez más numerosos.
Sin embargo, el 13 a la mañana casi cambia todo. Siete aviones Skyhawk lanzaron sus bombas sobre el monte Kent donde estaba el comando inglés. Desde Longdon, Lucho sintió que la cosa se podía dar vuelta. Escuchaba a los ingleses gritar y maldecir y después hubo largas horas, hasta el mediodía, en que todo fue silencio.
Mientras Ramírez y el “Negro” manejaban el mortero, Lucho se fue a la “carpita” a sintonizar la radio. Era casi el mediodía y en Barcelona la Argentina empezaba contra Bélgica su sueño de campeón.
- Ahí está, ya empezó… les gritó Lucho a sus amigos que miraban el cielo expectantes. “¡Vamos Argentina carajo!, ustedes despachen a los Belgas que nosotros, acá, nos comemos a los gurkas”, le gritaba a la radio como si lo pudieran escuchar.
Lucho iba y venía, del mortero a la “carpita”. El combate se había reiniciado pero ahora la ofensiva era nuestra. Hasta que en una de esas idas y venidas la radio trajo el grito inesperado: “Gol, gol de Bélgica, Vanderbergh, gol de Bélgica, 17 minutos, Bélgica 1- Argentina 0”. No podía ser ¿¡Gol de Bélgica!? ¿Porqué a nosotros?, ¿con Diego, al Campeón del 78, justo ahora que nosotros, acá, vamos ganando? ¿Justo ahora aparece este Vander… de las bolas? No lo podía creer.
El “Viejo” y Carracedo dejaron de tirar, se sentaron en el suelo y lo miraron desconsolados: “¿En serio, Lucho, gol de Bélgica? ¿Puede ser tanta mala leche”?.
Se sentaron al lado del mortero, a fumarse un cigarrillo sin decir una palabra, pensando en quien sería Vander… no sé cuanto que nos había embocado.
No lo podían creer. Por un momento se apagaron todos los sonidos como si de repente la guerra hubiera terminado. Fue tan solo un momento, un descuido momentáneo, suficiente para que un Sea Harrier pudiera aproximarse y descargar su carga mortífera, al “Viejo” y al “Negro” les dio de pleno y a Lucho el rebote de una esquirla en las piedras le atravesó la columna. Mientras veía a sus amigos desangrándose a cuatro metros, inmóvil, aferrado a la radio con el último aliento, Lucho alcanzó a escuchar al gordo Muñoz gritando desde la Spika: “¡Final del partido! Bélgica 1 – Argentina 0, Vandenbergh a los 17 minutos del segundo tiempo, adelante ustedes en Argentina…”
- ¡ Lucho, Lucho, eh nene! ¡¿No escuchas, que te pasa?!
- Si vieja, discúlpame, estaba escuchando la radio con los auriculares y no te oí, ¿Que pasó?
- Te estoy llamando hace como 10 minutos, vení, mirá, están repitiendo los goles del Diego.
- Ahí voy, vieja, me levanto y voy.
- ¡Ah! También volvieron a pasar a tu hermano con la barra del “Abuelo” corriendo a los ingleses envuelto en una bandera Argentina. ¡Era el Rulo! Tu papá lo vió más clarito, era él, y dice que le pareció que mientras le sacudía un palazo a un colorado grandote, le gritaba: “Esta es por mi hermano, sorete, es por los pibes…”
- Lucho se sonrió. El viejo siempre agregando cosas a sus historias, pensó.
- Ahí voy vieja, guardo la “Spika” y ya voy…

P/D:
Malvinas no sólo fue una guerra. Fue una nueva herida en un cuerpo social que venía lacerado, una nueva generación que sufría la muerte y la derrota como habíamos sufrido la generación anterior a Malvinas.
El heroísmo y las actitudes miserables convivieron durante aquellos dos meses y medio de dolor y frivolidad.
Parece increíble pensar desde hoy que mientras la Argentina estaba en guerra, mientras los pibes peleaban por nosotros, la Selección Nacional participaba del mundial de España sin siquiera tener un gesto solidario y encima, como paradoja del destino, esa selección de estrellas y campeones mundialistas no fue capaz de luchar y dedicarle la victoria a ese grupo de soldados que morían por la Patria, en las Islas irredentas. A 30 años de aquella gesta ¡GLORIA A LOS HÉROES DE MALVINAS!




R.D.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Confesiones para el viejo


Y otra vez estoy por acá, donde vos estas ya sin estarlo. Van para dos años que te fuiste y aun no logro encontrarme en frente de tu tumba. Lo esquivo inconscientemente, aunque en realidad si me sentase a pensarlo y a darle un poco de rosca al asunto, seguramente resultaría que en el plano consiente también.
Pero bueno, hoy vine porque si te ando soñando seguido es porque necesitamos un poco de este contacto. Eso sin contar como clara señal de la idea, que el otro día el cuadro que vos nos pintaste y se luce en casa, se soltó de un lateral y quedo tambaleando como un péndulo. La miré a Leti, después a Guadi que decía “¿qué pasó pa?” y dije en vos alta que tenía que venir al cementerio.

Estaciono y cuando bajo del auto se me abalanzan las vendedoras ofreciendo flores que para mí son todas iguales de feas, te traje estas que no sé si te hubiesen gustado, pero no se elegir.
Se te extraña viejo! Extraño hacer sobremesa con vos para terminar el vino con soda, extraño oír tu carcajada ante cualquier chiste malo mío, extraño que te emociones por cualquier cosa y te esfuerces sin éxito para que no me dé cuenta.
Por acá anda todo más o menos bien, bueno lo sabrás supongo. La vieja esta mil puntos, hasta te diría que los años la van poniendo sabia. No voy a entrar en detalles pero quédate tranquilo que te la cuidamos.
Yo bien, mi familia es la mayor alegría que tengo en la vida. Leti es un sol, no sabes cuánto lamento que no la hayas podido disfrutar un tiempo más como nuera. Y la pulga? Es un torbellino de 10 kilos y medio que no para nunca, ni quieta ni callada… A quien te hace acordar? Por lo menos yo no la amenazo como vos si lo hacías a mi de meterme pupilo en un colegio.
La casa esta revolucionada y un tanto ansiosa con la llegada de Matilda. Por cierto, te gusta el nombre? Algo me hace pensar de que no, pero después del que me pusiste vos a mí no podes replicar nada en absoluto.
Tanto te gastaba yo con tus plantas y el pasto y hoy me reconozco tan o inclusive mas obsesionado que vos con el tema. De aquellas plantas que vos me dejaste en macetas, creo que se me murió una sola y las demás gozan de más salud que yo. Tengo nuevas, que cuido y riego diariamente.
No conforme con eso, el pasto siempre se mantiene de un corto y riguroso verde. Pasa el tiempo y me siento más parecido a vos. Eso asusta un poco, enorgullece otro tanto e ilusiona también el resto. Espero no llegar a tener tu panza, o usar los pantalones tan arriba (casi tapando el ombligo) y sin remera.
Y hablando de nuestros parecidos, me doy cuenta que estoy riendo y llorando simultáneamente. ¿Te acordas? ¿Cuantas veces intentaste tapar lágrimas de emoción con carcajadas disimiles? Yo respondo: ¡Infinidad de veces!. Mientras dejo de jugar con las piedritas de la tumba de tu vecino, me seco las mejillas y acaricio tu foto sonriente el día de mi casamiento.
Bueno viejo, creo haberte puesto al día más o menos, aunque es muy probable que ya lo hayas estado pero de mi boca te puede resultar un tanto más amigable. Dicho sea de paso, si andas con tiempo y te cruzas con el titiritero de todo esto, pedile su bendición para el nacimiento de Mati, te lo agradezco.
Gracias por enseñarme a llevar conmigo siempre una sonrisa como primer gesto para todos lados, por tanto cariño. Parece que te emocionaste vos ahora… unas gotas empiezan a caer desde el cielo, te dejo ó mejor te llevo conmigo como siempre. Abrazo gigante taramela, chau.


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sábado, 4 de febrero de 2012

La vuelta del Abuelo Poeta

A casi un año del anterior artículo de Mano Inquieta sobre “El Abuelo Poeta”, otra vez me encuentro revolviendo viejos papeles escritos por Don Joaquín.
Con la misma emoción releo una carta escrita a María Laura (su nieta, mi hija) a raíz de un viaje de estudio que realizó a Portland, EEUU, a principios de 1995.
Será una sorpresa para algunos, pero para los que lo escucharon alguna vez, podrán comprobar que trata de un tema que habitualmente estaba entre sus preocupaciones, el desarraigo. En este sentido, esta carta es un verdadero ensayo literario sobre el tema, que la disfruten

“…Para darme cuenta de todo esto tuve que volver atrás todo lo visto y vivido en mi propia familia. Recordar a mis padres y tíos, antepasados de todos ustedes, en pocas palabras, que hicieron algo parecido a lo que yo estaba imaginando para mis nietos en un futuro cercano.
Ellos también buscaron nuevos horizontes emigrando de su tierra.
Eran todos catalanes (hasta mi único primo lo fue) y de las dos familias –padre y madre-, solo uno de los hermanos de mi madre quedó por siempre en su país. Mi padre, su hermano y su madre (mi abuelo paterno falleció joven en Cataluña) vinieron a la Argentina, como así también mis abuelos maternos y cuatro de sus hijos.
Mi padre llegó a la Argentina en 1911. Venía de una España en decadencia y conflictos. Se había perdido la guerra de Cuba en 1904 y muchos españoles perdieron allí la vida o volvieron enfermos, muchos de paludismo, encontraron a su patria envuelta en convulsiones sociales y políticas profundas, con rebeliones anarquistas, atentados y represiones. España y sus habitantes estaban pobres, con bajísimos niveles de educación popular y dificultades para conseguir el sustento diario en muchísimos casos. Además el temor a nuevas guerras estaba latente.
Y entonces, tanto españoles, como también pasó algo similar con los italianos, buscaron un nuevo mundo, que en ese instante parecía mejor. Y muchísimos se dirigieron a la Argentina.
Queridos nietos: medio siglo después seguían con su alma en su país. Yo vi a mi papá muy enfermo delirar con una vertiente de agua fresca de la que él había bebido cuando joven. Y esa vertiente no se encontraba, como las que yo recuerdo entrañablemente, en las sierras de Córdoba, en Catamarca o Tucumán. Era el Pirineo español. Y en su fiebre la veía en medio de los pinos, vislumbrando a lo lejos el mar de Cataluña, mientras estoy seguro que en su cerebro sonaban acordes de sardanas.
Ya desde mi infancia había escuchado añorar la música de zarzuela, recordar los paisajes incomparables de su tierra. Hablar de Barcelona, de Montserrat, del Paseo de Gracia, la Rambla de las Flores, la Plaza de Cataluña, el monumento a Colón como algo incomparable, único, bellísimo.
Y es que el mar catalán era más mar que ninguno, sus montañas las más bellas, sus gentes las mejores gentes.
Y todo esto no lo terminaba de entender, hasta que me di cuenta de que todo lo que decían era verdad. De que para ellos era realmente así.
Y es que el mar, las montañas, la música, las ciudades, las gentes mejores, más bellas, más entrañables, son las que se ven con los ojos de la niñez, la adolescencia y la juventud.
Porque los sentidos, los sentimientos, las ideas se formaron, se emocionaron y crecieron y gozaron la época de mayor transformación, la época que nos marca para toda la vida.
Y entonces me di cuenta de porqué, en los ojos de mis padres, de mis tíos, de mis abuelos, siempre había como una nube de tristeza, de melancolía. Era el dolor de la añoranza de lo perdido.
Habían perdido los cimientos, las bases de sus vidas; los habían dejado demasiado lejos. Habían perdido, como dice una canción que canta Peteco: “el brillo del alma”.
Porque sus almas no estaban totalmente con ellos, en el país donde vivieron inclusive la mayor parte de sus vidas.
Fue como si a esa alma la hubieran partido por la mitad con un hachazo certero en el momento de partir.
Y nunca se volvieron a reunir con esa mitad. Yo diría con la parte más ingenua, entusiasta, vivaz, vital de ese intangible órgano: con su alma de niños, de adolescentes y de jóvenes.
Por eso sus pensamientos, sus sentimientos, todos sus recuerdos, el tiempo y la distancia hacían que lo vivido les pareciera mejor de lo que realmente fue. Volaban constantemente para tratar de reunirse con esa parte separada abruptamente tantos años antes. Y quizás, solamente al rememorar a sus gentes, sus paisajes, sus costumbres, su país, recuperaban en parte ese “brillo del alma” de sus años jóvenes.
Chicos: hemos sido quizás “condenados” a no poder separarnos impunemente de nuestras raíces, de la tierra en la que pasamos los primeros años de nuestras vidas.
La felicidad –ese indefinible estado huidizo, cambiante y veleidoso que todos perseguimos a lo largo de la existencia – quizás solo pueda ser completa, aunque por períodos o momentos, si no hemos sido desterrados del lugar de nuestros primeros recuerdos, de nuestras primeras experiencias, imágenes, emociones, amores; si no nos hemos extrañado de nuestra tierra. Porque al fin y al cabo, como las plantas, también morimos emocionalmente si nos cortan las raíces.”
GRACIAS JOAQUIN
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miércoles, 18 de enero de 2012

Obdulio Varela – El reposo del Centrojás (Osvaldo Soriano)

En el suplemento de cultura del diario “La opinión”, el 16 de julio de 1972 en la sección llamada “Historia de vida” sale publicado por Osvaldo Soriano este artículo. Según palabras del autor: “consistía en escuchar ante un grabador, durante cinco o seis horas (tal vez mas) a un hombre o una mujer que reconstruían los mejores (o lo más terribles) momentos de su existencia. Luego había que comprimir sin reducir, restituyendo a la vez el sabor del relato, el estilo narrativo del entrevistado”
Es imperdible por lo entrañable del personaje y también por la nitidez de Soriano para hacerlo relucir. Para aquellos que no lo conocían, ojala lo puedan disfrutar. Para los que si, que disfruten de la relectura que siempre también es gratificante.

El reposo del Centrojás

Mire usted lo que son las cosas. Nosotros habíamos empatado con España dos a dos con un gol que yo hice sobre la hora, esos goles que salen de suerte; el segundo partido le habíamos ganado a Suecia tres a dos, ahí no más. Los brasileños venían matando. Le habían marcado seis goles a los suecos y otra media docena a los españoles. Cuando fuimos a la final nadie dudaba de que ellos nos aplastarían. Tenían un cuadro bárbaro, eran locales y el mundo entero esperaba que ganaran el Mundial. Nosotros jugábamos, puede decirse, contra todo el mundo.
Eso, creo, debía darnos tranquilidad. Nuestra responsabilidad era menor. Recuerdo que un dirigente uruguayo lo llamó a Óscar Omar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformaban si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya debíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.
Yo lo escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar este partido. Y si no lo ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.
Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así nomás. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños la copa Río Branco y les habíamos ganado 4 a 3 el primer partido; después perdimos dos veces por uno a cero, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.
Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo”.
Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde se iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.
Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.
En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.
En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Yo pensé que si no los parábamos nos iban a llenar de goles. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos, para tratar de jugar de contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.
La voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la bandera y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo, había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más.
Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.
¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no le van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iban a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.
Cuando hicimos el segundo gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas flotaban en el mar. Era una desolación.
Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos boliches para tomar unas chopps y caímos en lo de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo habíamos arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía.
El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ése? Es Obdulio”. Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los boliches. Yo pensé: “Si tengo que morir esta noche, que sea”. Pero acá estoy.
Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores les dieron unas de plata. ¿Usted cree que alguna vez se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca. Los jugadores que intervinimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.
Yo empecé a jugar al fútbol en serio por una casualidad. Éramos doce hermanos, hijos de un vendedor de factura de cerdo. Siempre fuimos muy pobres. Yo fui a la escuela tres años y tuve que largar para ir a vender diarios, primero, y después a lustrar zapatos. Como lustrador sacaba seis pesos por mes en el año 32. Un día me invitaron a jugar un partido de barrio. Allá encontré a mi hermano que jugaba en el otro equipo. Al fin, cuando me estaba cambiando para salir a jugar, apareció el titular del equipo, que era el tanque Amato, y no me pusieron. Entonces vino mi hermano y me dijo que si quería entrar para ellos. Como yo había ido a jugar al fútbol, acepté. Ganamos y me quedé en el equipo.
Los muchachos me consiguieron un trabajo de albañil y yo me puse muy contento. Empecé a jugar en un club que intervenía en el campeonato de intermedia, que venía a ser como la primera B de ascenso ahora. Parece que andaba bien, porque un día me avisaron que me habían vendido al Wanderers por 200 pesos.
Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré fui a ver a los dirigentes del Wanderers y le pregunté: “¿Quién va a defender al club, el Deportivo Juventud o yo?” Conseguí que me dieran los 200 pesos. Ese día me compré de todo con esa plata. Cuando aparecí en casa mi madre no quería creer que me habían dado toda esa plata. Ella creía que yo andaba en malos pasos.
Es que cuando uno se cría en la calle, tiene dos caminos: aprende a defenderse con dignidad, como hice yo porque tuve la oportunidad, o se larga a cualquier cosa, como les pasa a otros que no tienen una chance.
A mí me fue tan bien que, cuando subimos, no bajamos nunca más. Debuté en el Wanderers contra River Plate y perdimos, pero después le ganamos a Bella Vista. Por fin, en el estadio centenario jugamos contra Peñarol. Yo tenía enfrente nada menos que a Sebastián Guzmán, el maestro. Ellos tenían un cuadrazo, pero les ganamos 2 a 1. No me lo olvido jamás. Estuve cuatro años en el Wanderers y en 1943 pasé a Peñarol por 16 mil pesos, una cifra récord para el pase de un jugador. Me quedé para siempre en Peñarol hasta 1955 que largué el fútbol.
Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas, todos están metidos en el negocio sin importarles para nada la dignidad del hombre. Yo siempre me lo tomé de la mejor manera. Cuando vinieron a sobornarme, no me enojé ni los saqué a patadas ni los denuncié. Les dije que no, que buscaran a otro con menos orgullo que yo. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste, vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir.
Muchas cosas me dolieron. Los periodistas se metieron en mi vida privada, me atacaron mucho durante la huelga de jugadores porque ellos le hacían el juego a los clubes. Yo decidí vivir mi vida y rompí con ellos. Desde entonces me encapriché y me negué a salir en las fotos que tomaban al equipo en la cancha. Cuando mis compañeros me pedían que saliera, me ponía de costado y miraba para otro lado. Una vez los cronistas hicieron un planteo a Peñarol y el club me llamó para convencerme de que tenía que ser amable y salir en las fotos. Entonces les pregunté: “¿Para qué me contrataron: para sacarme fotos o para jugar al fútbol?” Ahí se terminó el incidente. No quise saber más nada con dirigentes ni con periodistas que escriben lo que quieren los que mandan. Yo sé que hay que ganarse la vida pero no hay motivo para ensuciar a los demás. Por eso yo no volvería a acercarme a una cancha aunque me ofrecieran millones. A mí me castigaron mucho y no lo aguanto. Por eso le dije que si ahora tuviera que jugar una final, me hago un gol en contra. No vale la pena poner la vida en una causa que está sucia, contaminada. El que se sienta capaz, que lo haga. Algún día tendrá que rendir cuentas: entonces sabremos quién es quién y si valía la pena ensuciarse.

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lunes, 19 de diciembre de 2011

Messi y los dos linajes - Juan Sasturain

Es sabida la brillante tesis de Ricardo Piglia respecto de Borges, que se puede sintetizar en la alevosa construcción, por parte del mismo maestro, de una doble tradición personal, dos linajes que confluirían en su obra y le darían (in)equívoca identidad: el linaje de la sangre –encarnado en la memoria de su madre, que narra / confunde la historia familiar (Isidoro Acevedo, el coronel Francisco Borges) con la Historia a secas, el devenir de la Patria– y el linaje de los libros, representado por la infinita biblioteca de su padre, esa multitud de volúmenes ingleses entre los que –dice– se crió.

Inevitablemente argentino y deliberadamente universal, Borges –el conjunto de la obra borgiana– es impensable e inexplicable si no se reconoce la convergencia / superposición / complementariedad única y enriquecedora de estos dos reconocidos linajes. Por eso es original y, además, por talento, es un genio.

Claro que no siempre –o casi nunca– la apreciación de esa totalidad compleja irreductible a categorías simples resulta satisfactoria para ciertos lectores, críticos o clasificadores dispuestos a desechar todo aquello que no quepa o calce en la budinera previamente dispuesta: qué clase de escritor tan argentino es éste, tan universal que parece que podría ser de cualquier otra parte. Algo así.

El tema de Borges, su carácter excepcional y las dificultades que presenta encasillar su figura para cualquier mentalidad que piense la identidad en términos de apropiación (nacionalista o de cualquier tipo) reaparece, transpuesta, corrida, pero con renovados elementos de análisis, en el caso, no tan distante como parecería, de Lionel Messi, un genio argentino / universal absoluto con identidad –por lo menos– en discusión.

Al respecto creo, sinceramente, que si bien el maravilloso jugador no ha formulado al menos hasta ahora –que yo sepa– teoría o declaración alguna en cuanto a lo que considera sería el origen de sus habilidades y saberes, el entramado íntimo de factores y experiencias, las vivencias clave que han hecho de Messi lo que Messi es jugando al fútbol, tenemos elementos más que suficientes como para proponer en su nombre y para su / nuestra mejor comprensión del fenómeno (que lo es) algunas hipótesis tal vez no descaminadas.

Cabe acaso hacer un leve rodeo conceptual. Es sabido que para jugar al fútbol primero hay que saber jugar a la pelota. Un saber no implica el otro ni lo sobreentiende ni lo sustituye. Como la relación entre hablar y leer-escribir. Son dos cosas distintas y de aprendizaje sucesivo, habitual/naturalmente no simultáneo. Hoy está en crisis esto.

Antes de los arcos, del gol, de la idea de compañeros y de rivales, antes del fútbol mismo están la pelota, la relación individual con ella, el de-safío de controlar, amansar, manejar, dirigir, escamotear un objeto que está hecho intencionadamente para moverse, ser incontrolable... Además, maravillosamente, el fútbol adquiere su sentido y grandeza a partir de imponerse libremente la inhumana dificultad inicial: la interdicción básica, el tabú de no usar la mano.

No en todas partes se aprende a jugar a la pelota de la misma manera. Creemos que en la relación con la pelota (cómo se juega, cómo se la usa, se la concibe, piensa y trata) suele radicar la escurridiza identidad –concepto hoy en crisis– de una comunidad futbolera: país, región, cultura, clase, raza y sus mezclas. Y eso tiene que ver con la experiencia primaria, inicial, de contacto con la movediza esfera.

El padre futbolero argentino llega a casa y trae de regalo a su tambaleante hijo varón de año y medio la primera pelota. La suelta y cuando el bebé va a agarrarla escucha: “No, con el pie”. Esa es la regla primera y fundante. La otra es meses después, cuando tras patear ida y vuelta durante rato largo, el padre no devuelve la pelota sino que pone el pie encima y dice: “Vení a buscarla, sacámela”. Y cuando el pibe tira la patadita patea el aire, ya no está ahí. Y hay que sacársela a papá, que la pisa, la oculta con el cuerpo, pone el culo, gambetea. Primero se aprende eso. Y al socializar, se nota. En un cumpleaños de cuatro años, se suelta una pelota y todos corren detrás, el que la consigue gambetea hasta que otro se la quita y éste sigue hasta que la pierde y así... La primera relación con la pelota –en la Argentina– es de dominio y posesión: es algo que uno consigue, tiene y retiene, gambeteando, a base de habilidad, manejo, astucia, hasta perderla. Los arcos y los compañeros vienen después, con la idea de partido –que ya es fútbol, no pelota– y finalmente se adquiere, a regañadientes, como debe ser, la idea de pase. El pase es el último recurso cuando no puede tenérsela más...

En este país y en esta cultura, esta manera de concebir empíricamente el juego desde la posesión individual de la pelota se desarrolló históricamente en un ámbito irregular e improvisado, el potrero –que exigía destreza extrema en el dominio–, y se expresó en una forma de enfrentamiento ocasional y anárquico, el picado, que no era otra cosa que suma de individualidades. Demás está decir que no todas las culturas futboleras están basadas en esta idea-fuerza primigenia. La argentina, sí. Con todas sus virtudes y limitaciones, es desde esta base conceptual inconsciente que hemos generado nuestras grandes individualidades desequilibrantes: grandes jugadores de pelota –aptitud técnica– que, a veces, fueron grandes jugadores de fútbol: concepto táctico. No siempre, claro. Lo que sí, la ecuación no es reversible. Porque la (destreza) técnica se desarrolla, se aprende, pero no se enseña.

Así, aprender –y enseñar– a jugar al fútbol es una operación radicalmente diferente, que requiere un salto cualitativo, con la adquisición de otros conceptos, que pueden ser diferentes según la experiencia, la escuela, incluso la ideología de los responsables de impartirlos como válidos. Y no en todas partes ni momentos se ha jugado ni se juega al fútbol de la misma manera. En eso también hay diferencias que marcan idiosincrasia.

Volviendo, tras el necesario rodeo, al caso de Lionel Messi, creo que se trata, como en el ejemplo borgeano, de la notable confluencia de un doble linaje. Parafraseando a Piglia, en la Pulga hay un linaje de la sangre, mamado intuitivamente en la primera infancia y preadolescencia, que tiene que ver con la experiencia inigualable e intransferible de haber aprendido a jugar a la pelota en la Argentina. Lionel no se crió en Manresa ni a orillas del Llobregat, sino en Rosario: respiró, transpiró esa tradición y esa técnica. Y fue y es un extraordinario, único, jugador de pelota.

Pero también o sobre todo –a diferencia de otros o de todos los demás– confluye en él, se superpone, sobre esa base técnica furiosamente argentina, otra tradición conceptual, no intuitiva sino más letrada –digamos– que tiene que ver con una manera de concebir el juego, de jugar al fútbol con todas las letras, que es la que recibió, como un dotado Harry Potter en bruto, cuando fue a escuela del fútbol universal que es la del Barcelona, del gran Johan Cruyff y los ancestros holandeses, vía Guardiola & Co, hasta ahora.

Las perplejidades que genera su aparente rendimiento dispar según juegue con la camiseta que representa una tradición o con la otra, tienen que ver –estoy seguro– con no reconocer en él esta condición genial, insólitamente anfibia de su talento. A la inversa de lo que solemos preguntarnos con tantos de nuestros precoces y muy buenos jugadores de pelota arruinados por jugar al fútbol en condiciones –países, clubes, tácticas– que no aprovechan sus aptitudes, hay que atreverse a preguntarnos si Messi hubiera sido lo que es si se hubiera quedado a jugar al fútbol acá.

Yo creo que no.

Pagina 12, Lunes 19 de Diciembre del 2011
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-183702-2011-12-19.html
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lunes, 12 de diciembre de 2011

Amantes del Futbol – Las mejores puteadas de la cancha PARTE II

Gracias al aporte de blog “El acumule de Internet” (http://elacumule.blogspot.com), volvemos a recrear una de las mayores alegrías del futbol argentino, un nuevo conjunto de puteadas que seguramente serán el deleite de los amantes de este viril deporte:

"Ni con una 38 afana una pelota este hijo de puta"
"Denis, la concha de tu madre....doná los órganos mueeertooo!!!"
"Graf no le metés un gol ni a tu mujer"
"Palermo... sos feo de cuerpo!"
"Campodónico volvé a la cárcel la concha de tu madre"
"Ramacciotti poneme a mí.”
"Vivaldo viejo choto, afiliate al Pami fooorro."
"Tenés menos luces que Parque Chas."
"Luchettii tenés nombre de fideo fracasadoooooooo."
“Probá con vender la solidaria!!!”
"Transpirá la camiseta Bedoya, hacé que jugas, transpirala"
"Cordone, Viejas Locas busca guitarrista. Presentate drogón!"
"Arbitro que cobras???, Amontonamiento?!!!"
"Severino anda a barrer andenes, deja el reallity muerto hijo de puta (en alusión a Wilson delantero de atlas)"
"El ogro sale a la cancha, y un plateísta le grita -¿que hacés acá Fabbiani?, cuestión de peso ya empezó!!!"
"Abelairas... Comprate una tortuga y andate despacito a la concha de tu madre..."
Al arquero Leyenda: "Leyenda, no llegas ni a cuentito hijo de puta!"
"Bieler, ponete un GPS"
"(Matías) Giménez, sacate el paracaidas para correr, hijo de puta!"
"Nanni, te vinieron a ver empresarios de italia hoy... de un frigorífico, pecho frío!"
"Mouche, salís hoy a la noche que no transpirás hijo de puta"
"La culpa no es de Chittzoff, la culpa es del HDP, que le regalo la primer pelota, porque no le regalo una caña de pescar!"
"Tercer bandeja en la Bombonera: "En esta cancha de mierda te tropezàs y te caés en el área chica"
"No los aplaudan que van a querer salir jugando siempre estos hijos de puta!"
"Moucheeeeee se nota que te hicieron sin ganas hdp!!!!"
"Garcé, las lineas son de cal"
"Zandoná! Andá a abrazarte con ellos!!""
"Fabbiani!!!, tenes menos pique que el riachuelo, hijo de putaaa!!!!"
"Ponéte la ropa de tu vieja y disfrazate de la pqtp! Esto no es volley, se juega con los pies!"
"Gerlo sos como Maldini con las rodillas enyesadas!"
En la cancha de Ferro, 1° B metropolitana, antes de empezar al 9: "Sí puto, sacate fotos con los edificios que volves a tu cancha sin pasto"
"Gracian preguntale a Mick Jagger como es y cambiate la sangre!"
"Pellerano sos mas amargo que el Terma la puta que te pario"
"A Buonanotte: "Devolvele la voz a tu hermano sietemesino la concha de tu madre""
"Fabbiani la cancha no es chica, vos sos gordo"
"Tenes menos futbol que Flavio Mendoza"
"Mouche, sos una ensalada de frutas, todo menos huevo!!!"
"Chilavert vas a volver a Japón para hacer sumo paraguayo comemandioca"
"No tiras un taco ni trabajando en Ricky Sarckany !"
"Bieler, a vos te cuentan las puteadas como a Pelé los goles. Muerto de hambre!"
"Tuzzio deja de cabecear que vas a pinchar la pelota CORNUDO!"
"Saturno andate y llevate la bicicleta al KDT horrible"
"Funes Mori, todavia no se si sos zurdo o diestro. Burro!!!"
"Mendez, andá a tirar bicicletas a los bosques de palermo, burro!"
"Abelairas corré hijo de puta, tenés menos entrega que almacén de barrio"
"Gracian muerto tenes menos sangre que el mondongo"
"Funes Mori, apuntale al córner, que capaz así te sale al arco, la concha de tu madre."
"Estaba mas adelantado que Pedro de Mendoza"
"Ese muerto tiene menos recorrido que el trencito de Puerto Madero"
"Schiavi, ¡no te reconoce ni Sandra Bullock!"
"4, no podés subir ni una escalera mecánica, ¡mueeeeeeeeeeeeeeeeeerto!"
"Balbo, avisale a tu cuerpo que no te retiraste"
"Riquelme, ¡desenganchate el trailer!"
"Tuzzio, ponele Lojack a tu señora."
"Desagradecido, gracias a este clú conociste el agua caliente"
"Dicho en los años 70 al recio defensor: "Desde que murió Mister ED sos el único caballo que habla..."
"Barijo villero! conseguime un pasacassette de taunus!!!"
"a Mareque: la empezás como Roberto Carlos y la terminás como yooo!"
"Juga con clase que esa la uso Alfaro reverendo cagon"
"Maxi Moralez estaba haciendo tiempo y se escucho "Modelo de cheeky tendrias que ser enano de mierda!"
"Barrales, tu representante es un fenomeno HDP!"
"River tenes menos profundidad que una pelopincho"
"4, tenés menos movilidad que ojo de vidrio!!!"
"Viatri, dedicate a los blindados"
"Garcia tapá las que entran no las que van al córner salame! "
"Independiente apagá el aire acondicionado!!"
"Devolve el Anillo Golum" de un hincha al Pepi Zapata"
Un hincha le grita a Caruso Lombardi: "Meté un cambio Mourinho, meté un cambio"
"Fabbiani, el único desborde que tenés es el de la cintura, gordo fracasado!"
En los 70 en un Velez-Talleres, Ludueña no paraba de acomodar la pelota para un tiro libre y un guazo de al lado le dice: "negrooo ponele loción!!!"
"Menos salida que un mehari a gas!"
"Jesus Mendez, te querés hacer el Cristiano Ronaldo y no te alcanza ni para el Clear Man, amargo!"
"Después de que Mouche tirá un centro a la tribuna: DEBE SER POR EL DOG CHOW, HORRIBLE!"
Un policia petiso y panzón iba con su perro por abajo de la tibuna y le gritaron: "Gordooo dejá de comerle la comida al perro!!!"
"Nueveeee!! tenes menos punteria que el del pronostico!!!"
"Garcia deja de comer pollo con las manos antes de los partidos, que se te resbalan todas!"
"Chichizola, sacate los pañales antes de patear!"
"Corre tranquilo que el numero no sale en la fotomulta!"
"Volve manco de piernas!" (A Carrizo cuando fue a cabecear en un partido y de contrataque le hicieron un gol)
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sábado, 26 de noviembre de 2011

Un Regalo Particular

Hugo es fana de Independiente y su cumpleaños es el 26 de noviembre, cumple 34 para ser precisos. Después de mucho pensar, no tuvimos mejor idea que regalarle el diario de ese día. En un sucucho del pasaje Obelisco Norte, conseguimos La Opinión del año 1977, plena dictadura militar. Verificamos que había nacido un sábado.
La curiosidad nos hizo leer el diario antes de la fiesta y consecuentemente antes de regalárselo, algo que no se debe hacer, por supuesto. Los títulos eran espeluznantes a la luz de los acontecimientos que terminaron en los 30.000 desaparecidos del “Proceso de Reorganización Nacional”. Apellidos tristemente célebres poblaban los titulares del diario: “Martínez de Hoz reiteró su programa de austeridad”, “Videla recorrerá la zona afectada por el terremoto en Caucete”, “Se reúnen los altos mandos del ejército”
Otras secciones menos dolorosas eran Espectáculos y por supuesto, en las últimas páginas, los deportes.
Primera curiosidad en materia deportiva: el 25 de noviembre de 1977, el día anterior al nacimiento de Hugo, Racing, el eterno rival de los Diablos Rojos había derrotado 5 a 0 a Sarmiento de Chaco. Era el Campeonato Nacional y todavía los equipos de Buenos Aires obtenían resultados abultados frente a los humildes equipos del Interior.
Segunda curiosidad: el diario informaba que ese día (26 de noviembre) se jugaría otro adelanto de la tercera fecha del campeonato, ¿casualmente?, All Boys- Independiente en cancha de San Lorenzo, en Boedo, el histórico Gasómetro de Avda. La Plata.
Acá es donde comenzamos a pensar en el destino, la predestinación, las fuerzas sobrenaturales que hicieron que este chiquito, en el momento de nacer, ya tuviera la impronta de Independiente.
¿Será así con todos y no lo sabemos?, ¿por qué no lo investigamos? Invito a todos los fanas de algún equipo a indagar en sus respectivas fechas de nacimiento. ¿Habrá conexiones ocultas o no tanto con sus respectivos equipos? A partir del caso de Huguito creo que sí.
Final de la historia.

El resultado del partido de la 3º fecha que se jugaba el domingo 27, pero por el nacimiento de este muchacho se adelantó al 26 de noviembre de 1977 fue, como no podría ser de otra manera:
All Boys 2 (Goles: Félix Nieto y Marcelino Britapaja),
Independiente 3 (Goles: Osvaldo A. Pérez, Pedro R. Magallanes y Ricardo Bochini)
Además y como dato que corrobora aún más la teoría esbozada en este artículo Independiente se adjudicó “milagrosamente” el torneo, en un partido final frente a Talleres de Córdoba con un gol brillante convertido cuando jugaba con 3 hombres menos.
Tercera curiosidad: no creemos que hayan sido 3 hombres menos. El partido final se jugó el 25 de enero de 1978 en el estadio La Boutique del Barrio Jardín en la provincia de Córdoba. Huguito ya tenía casi dos meses de edad y el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo (y por pícaro).

EL ALQUIMISTA (J.V.)
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martes, 15 de noviembre de 2011

Lista de Cuentos Argentinos Favoritos

El gran escritor Umberto Eco escribió recientemente sobre un tema que siempre me interesó: ¿por qué obsesionan tanto al ser humano las listas o enumeraciones?
Esta es la pregunta que trata de contestar Umberto Eco en su libro “El vértigo de las listas” (Editorial Lumen).
Así, con listas, se construye el canon literario: “los 10 mejores escritores”, el decálogo de las 20 mejores obras de autores argentinos.”, etc.
Sin ánimo de responder a la pregunta de Eco, mucho menos generar otro canon, la intención de esta nota es agregar una nueva lista a las ya existentes
Hace unos años, sobre el fin del milenio, aproximadamente 70 conocedores (Escritores, críticos, editores) votaron, por invitación de la editorial Alfaguara, cuáles eran sus cuentos argentinos favoritos.
A continuación el resultado de la votación y algunos detalles de interés:
Salieron trescientos catorce cuentos de noventa y un autores diferentes. Esta totalidad se acercaría a una antología perfecta. La necesidad de editarlo hizo que se eligieran 15, las opciones eran dos:
A) Elegir los 15 cuentos más votados. (Lo cual hubiese reiterado autores, con lo cual se diluía el criterio de amplitud)
B) Priorizar la variedad. (Eligiendo un solo cuento por autor siguiendo el criterio de votación)
Se eligió la segunda opción.
Es importante aclarar que se solicitó una lista de los diez cuentos favoritos de cada invitado, no de los que considerara mejores, sino de cuales le habían producido más placer.
Algunas curiosidades son las siguientes:
• Autores que se votaron mutuamente.
• Un autor que se votó a si mismo.
• Varios incluyeron cuatro o cinco cuentos de Borges
• Solo dos encuestados, no votaron ni un solo cuento de Borges
• Algunos pocos votaron más de diez cuentos. (Se anularon los posteriores al décimo)
• Una encuestada votó solo ocho cuentos
• Hubo algunos que llamaron luego de enviar el correo para corregir su lista
• Se votaron tres uruguayos, Horacio Quiroga con varios cuentos, Juan carlos Onetti con "El infierno tan temido" y "La cara de la desgracia" y Felisberto Hernández con "La casa inundada"

A primera vista al ver el listado se nota una notable ausencia de escritoras, quince hombres ocuparon los primeros puestos y ninguna mujer a pesar que veinte mujeres fueron elegidas entre los noventa y un cuentistas. Las dos más votadas fueron Liliana Heker con "La fiesta ajena" y Silvina Ocampo con "Autobiografía de Irene" y "Cielo de claraboyas", cuyos cuentos aparecieron empatados con otros en el puesto 48º. El caso de Silvina Ocampo es único en la elección; entre los 314 cuentos elegidos ella se ubica tercera con 16 cuentos diferentes, solo superada por Borges (26) y Cortazar (28), y por delante de Bioy Casares (13). En la tabla general se ubica sexta con 26 votos en total detrás de Borges (96), Cortazar (77), Walsh (38) Bioy Casares (33) y Quiroga (27).
Paradójicamente Walsh logró el primer puesto dado que sus votos no se dividieron tanto y de los 38, 18 votos fueron para esa mujer, si se hubiese utilizado el criterio de selección A) -expuesto arriba-, Borges hubiera colocado el 2º, (El Aleph con 17 votos) y el 3º (Emma Zunz con 14.)
El objetivo de esta sección es ir publicando la lista de los cuentos más votados, sobre todo teniendo en cuenta que el primero: Esa Mujer de Rodolfo Walsh, ya apareció en este blog de Mano Inquieta, lo cual habla bien acerca de su publicación.
A modo de anticipo, la lista de los primeros 15 cuentos más votados y la transcripción del segundo más votado: El Aleph de Jorge Luis Borges

La lista total de los cuentos votados:

1) Esa Mujer (Rodolfo Walsh)
2) El Aleph (Jorge Luis Borges)
3) Emma Zunz (Jorge Luis Borges)
4) Casa Tomada (Julio Cortazar)
5) El Sur (Jorge Luis Borges)
6) El Perseguidor (Julio Cortazar)
7) Sombras sobre vidrio esmerilado (Juan José Saer)
8) El Jorobadito (Roberto Arlt)
9) El Perjurio de la nieve (Adolfo Bioy Casares)
10) El Matadero (Esteban Echeverría)
11) En memoria de Paulina (Adolfo Bioy Casares)
12) A la deriva(Horacio Quiroga)
13) La madre de Ernesto (Abelardo Castillo)
14) Yzur (Leopoldo Lugones)
15) Continuidad de los parques (Julio Cortazar)


EL ALEPH DE JORGE LUIS BORGES

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno
-Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
-¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
-Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
-Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
-La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.
A Estela Canto.

Referencia: El Aleph, cuento de Jorge Luis Borges
© Apocatastasis.com: Literatura y Contenidos Seleccionados
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