La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

......Tu comentario es bienvenido!! (gracias)...........
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domingo, 27 de noviembre de 2016

LA PISADA DEL NARIGÓN

Correr corre cualquiera, jugar al futbol es más complicado
 Juan Román Riquelme

Nos entendíamos en la amistad que compartíamos a diario, como en el futbol. Si, asi, no al revés. Una mirada, un gesto, eran premonición de lo que inmediatamente sucedía y la pelota volvía redonda de los dos lados. Y en la cancha se notaba, imagínense como se notaba en la cancha. El narigón era un fenómeno jugando al futbol, de esos que no abundan. Éramos compañeros de secundaria, y durante esos años de futbol y de amistad lo vi hacer cosas increíbles con la pelota. Pero había dos cosas que lo destacaban del resto, la pisada…y el pase. Yo soy un barrabrava del pase.

El pase en el futbol es para mí, el futbol mismo. Y el narigón fue uno de los que mejor interpretaba este concepto. El pase y el control del pase. El control, pisada mediante, para recibir el pase que te dan, sin mirar la pelota, como lo más natural del mundo, como un suricato que recibe y mientras recibe ya está mirando lo que pasa con sus compañeros. Acompañado de la precisión en la pegada, pero no en la pegada al arco, porque el pase también es pegada, visión estratégica para saber dónde y cuándo debería ir el pase, para entregarlo. Parece fácil. No es fácil. No siempre es solo dársela a alguien con el mismo color de camiseta. Hay algo más que eso. El momento en que lo das…., Dónde se la das, dependiendo de la ubicación y la velocidad que lleva tu compañero….Qué potencia tiene el pase que das…Donde cae la pelota si es un pase largo…. Qué ventaja le sacas al contrario si tu compañero se encuentra con la pelota…No, no es fácil. Pero al narigón le salía fácil….
Pero lo que lo hacía distinto, exquisito, era la pisada. Dicen que hay una cancha en Morro da Mineira, un barrio pobre de Río de Janeiro, donde instalaron una serie de baldosas abajo del césped, un total de 200 placas cinéticas situadas bajo el césped artificial captan las pisadas de los jugadores y las transforman en luz. Creo que hay algo de eso en la pisada, el control, la energía que sube por la suela que te recorre el cuerpo, te carga la batería y te invita a pensar. La pisada del narigón era luz… Pisar y saber pisar pelota es una diferencia parecida a correr y jugar al futbol. Una la pueden hacer casi todos los habitantes de la tierra, la otra, solo unos pocos. Pisarla, saber controlar el rebote, ese pequeño rebote puede ser el contraste entre quedarse con la pelota o que la afane el contrario. Pero muchos se preguntarán… Para que recibir la pelota con una pisada? …es más fácil esperarla con el borde interno…Pero no, pisarla es dominio, autoridad…, la pelota va a quedar quieta, debajo de uno, es decir, en nuestro poder y podemos jugarla o protegerla, hacer con ella lo que se nos cante, porque ahora es nuestra. Podemos decidir, mirada al horizonte, que hacemos con lo que todos quieren y desean, pero que ahora es nuestro. El narigón lo hacía a la perfección, porque pisaba la pelota en conducción, se llevaba la pelota al cuerpo, como una extensión más y era imposible sacársela. 
Pero todo lo sutil que era para jugar al futbol, lo perdía cuando encaraba el día a día de la vida. En la vida cotidiana era un petardo, donde de repente explotaba y te dejaba pagando con algún comentario salido de otro planeta, un planeta de excesos, los viejos “sanos excesos”, donde las noches a lo sumo terminaban en una peregrinación a casa para sacarse la borrachera y regar de orin o vomitar algunos canteros del barrio… 
Ya estábamos transitando los últimos tiempos de la secundaria, y éramos muchos los que insistíamos que se fuera a probar a algún club, que se le estaba pasando el “cuarto de hora”, que el año que viene ya iba a ser tarde “por la edad”. Pero la respuesta, tajante, era siempre la misma: “no jodan, el finde es para las minas y los amigos…” y fin de la discusión…una discusión que se daba cada dos por tres ese año…. 
Teníamos jóvenes 16 años en esos momentos, y el narigón hijo de un padre semiausente, vivía con su madre y ya era hace rato “sostén de familia”. Trabajaba en Sacaan, la vieja panificadora de Ituzaingo: “Sacaan, el buen pan”, ese inolvidable slogan. La fábrica estaba a unas cuadras de donde estudiábamos. Era el único de la clase que laburaba, lo que le daba ciertos “permisos” con los profesores que lo dejaban salir antes o le perdonaban la vida seguido a la hora de pruebas y cierres de notas que definían si te quedabas el verano estudiando. De lunes a viernes estudiaba de mañana y cuando el mediodía empezaba a despertar, salía rápidamente a la fábrica, ubicada a 3 cuadras del colegio. Ahí laburaba el turno tarde de operario y juntaba lo suficiente para llevar el mango a la casa.
Pero los que lo veíamos jugar, estábamos decididos a que se probara y nos confirmara, lo que veíamos cada vez que rodaba la pelota. Decidimos que, si no era porque él quería, de alguna manera lo íbamos a obligar a ir a probarse. En esos tiempos Sacaan era la publicidad principal del Club Atlético Ituzaingó, justo donde laburaba el narigón. Sabíamos que 3 o 4 jugadores de Ituzaingó trabajaban en Saacan quien les daba seguido permisos especiales para entrenar y algo más de guita por la doble función de operario y futbolista. Ituzaingó estaba rearmándose en esos años después de haber estado en la gloria cuando disputo las temporadas 92/93 y 93/94 en el Nacional B, y ahora un par de años después, venía en franco retroceso institucional y deportivo. Con el narigón lo íbamos a ver seguido desde el 94 y veíamos como se iba hundiendo de a poco la institución, mientras Sacaan “el buen pan”, le iba retirando el apoyo financiero. 
Por suerte el destino a veces, pocas veces, realiza jugadas donde te deja el claro para correr a encontrarte en un mano a mano que no esperabas... Con lo que habíamos podido averiguar a través del cortito, hincha asalariado de la barra del verde, justo en dos semanas, Ituzaingó probaría jugadores de todas las categorías hasta 18 años…, era la oportunidad perfecta. Me toco encararlo a mí al narigón, le explique la ventaja de jugar en un club donde el que pone la guita para que subsista era justo el dueño de la fábrica en la que él laburaba, situación inmejorable... Le di un discurso económico, social, deportivo, y hasta un discurso filosófico de las causas naturales de lo que depara el universo a los hombres en momentos claves de la vida…pero siempre lo mismo…, la misma frase lapidaria con que acababa este tema, "Negro, los fines de semana están hechos para las minas y los amigos…” me sentencio. 
Nos quedaba la última chance, resolverlo en la joda de la noche, donde el narigón solía mandarse las cagadas de las que después se arrepentía en la semana… Ese fin de semana, después de cargosearlo hasta el cansancio sobre ir a probarse, ya medio "empedados", llegó el turno del cóndor. El cóndor, nuestro extraño amigo con plata que se tomaba hasta el agua de los floreros… Nuestro ahora protagonista amigo, ya avanzada la noche, le aposto a puro “fondo blanco” la presencia o ausencia del narigón la semana siguiente en la prueba del “verde del oeste” según propias palabras del cóndor, que también era hincha rabioso de Ituzaingó. Pero el retruque fue que si en la apuesta resultaba ser el narigón quien ganara, el cóndor tendría que pagarle 4 fines de semana seguidos de tragos… Y asi arranco la noche…. Y así siguió… Después de 5 horas de brindis y “fondos blancos”, el cóndor le gano, o por lo menos se mantuvo unos minutos más que el narigón antes de también “lanzar todo” y quedar abrazado durante largo tiempo al árbol de la puerta de casa... Pero lo importante de esa noche es que termino con la misión cumplida… 
El lunes el narigón pego el faltazo a clase, entonces apenas salimos del colegio nos fuimos a Sacaan a verlo. Desde la puerta de la fábrica bailamos, jodimos y mediante gestos lo “garchamos de lejos", dejándole claro que debía pagar la apuesta el próximo sábado a la mañana. El narigón cerro la persiana de entrada de la fábrica y nos mandó a cagar a todos. Pasada la semana, el viernes, día anterior a la prueba, apenas entramos al colegio, el narigón me encara y me dice: “negro, estuve pensando toda la semana…, esta bien, yo voy a ir, pero vos, escúchame bien…, vos venís conmigo”. 
Y así fue. El sábado ya estábamos a las 8 en el club esperando que arranque la prueba de jugadores. Había, sin exagerar, no menos de 80 pibes de 14 a 18 años esperando probarse. Todavía quedaban las rémoras del éxito que había tenido el verde en el Nacional B… Así fue que a las 9 ya estábamos jugando el narigón por un lado y yo por el otro, en canchas distintas con ajenos que competían por lo mismo, entre sí, en un mismo equipo…
Jugamos partidos de 20m, uno a las 9, otro a las 10 y el ultimo a las 11… A las 13 hs nos llamaron y nombraron a 6 personas entre las que estaban el narigón y yo… Nos dijeron que a las 16hs jugaríamos con la 4ta división del club, mezclados. De los 6 que quedaron, sacando el narigón y yo, también había un arquero, un 9, y dos laterales, uno por derecha y uno por izquierda. A las 16hs, el arquero, el narigón y yo fuimos para los de pechera verde. Los otros 3 para los pechera blanca.
Como era de esperar, nos tocaba medirnos con jugadores que tienen el grupo armado. Jugadores que ven como de repente le aparecen competidores extraños, lejanos, sin el sacrificio que vienen haciendo ellos año tras año, muchos, desde la 9na. división. Y Ahí aparece la famosa camarilla y el arreglo, espontaneo o no, muchas veces implícito, de no dejar a “los nuevos” participar del juego. Léase: no le dan una pelota... Asi pintaba el último desafío de esa tarde…
El mini partido eran dos tiempos de 25m. No tocamos una pelota en el primer tiempo, todo era de punta para arriba, y cuando podíamos capturar alguna pelota perdida, enseguida nos cruzaban feo para dejar en claro que ese no iba a ser nuestro lugar. Arranco el segundo tiempo y todo seguía igual, después de más de 15m de seguir viendo pasar la pelota por nuestras cabezas, el narigón se me acerca, me agarra de la remera y me dice: “trata de agarrarla por favor, y apenas la tengas me la das, no me falles negro…”. Semejante responsabilidad me tiro el guacho teniendo en cuenta que estos soretes seguían tirándola para arriba para que nadie pudiera demostrar nada de futbol… La cuestión es que empecé a correr atrás de la pelota como perro atrás de neumático y no había caso, no la agarraba y el tiempo pasaba… Del otro lado, pegado a la raya izquierda el narigón me miraba y no movía un pelo, solo miraba con las dos manos en la cintura, como yo corría de un lado para el otro. Cuando estaba a punto de mandarlo a la mierda de lejos, o simplemente de mandar a la mierda a todos los que jugaban complotados para que nos vaya como el culo en la prueba, se abre una mínima chance de capturar la pelota…, al 3 del otro equipo se le va larga… y ahí me llego la oportunidad. Me tire al piso a recuperarla, enseguida se me vino el 11 y la aguante con el cuerpo, levante la cabeza y lo vi al narigón que ya me levantaba la mano pidiéndomela…y se la di…. No se cuánto duro el momento que viene a continuación, porque cada vez que lo recuerdo, siempre las imágenes son en cámara lenta…. El narigón espera mi pase y recibe la pelota con una pisada… Inmediatamente de costado le mete un caño hermoso al número ocho que siguió corriendo para adelante como si tuviera la pelota en los pies…, ahí nomás se frena y se le vienen encima el 5 y el 6 que salía a cortar pensando que llegaba a la pelota antes que el narigón, pero no…, rápidamente levanta la pelota y pasa entre los dos y se va derecho a enfrentar al último hombre…pasa la pierna izquierda por arriba de la pelota como quien va a correr para esos lados, y se la lleva con la derecha… y le queda mansita al borde del área para fusilar al arquero que del cagazo de quedar mal con sus compañeros de camarilla, ya había hecho 4 o 5 pasos buscando salir a romper lo que se acercara al arco que defendía. Y ahí el narigón que parecía iba a fusilar al arquero y sacarse la bronca con todos los que armaron el complot para que no jugáramos…, la pincha… y el arquero que pensaba que se iba a la tribuna ve, como espectador de lujo, como la pelota entra picando atrás de la raya de gol…. Gol… golazo….. terrible golazo……. Todos se quedaron mudos, solo se escuchaban los aplausos lejanos de algunos pibes que ya habían quedado afuera de las preselecciones y se quedaron a mirar el partido final de la prueba… En seguida, casi al mismo momento que la pelota entraba, el narigón me mira y me dice: “¡Vamos!”. Se saca la pechera y va corriendo hasta donde está el técnico, se la entrega en ambas manos, se da vuelta y grita: “¡¡Quien mierda me manda a venir aca manga de forros!!” … Un poco sorprendido, un poco satisfecho por la revancha del momento, le entrego también mi pechera al entrenador que me dice: “para flaco, quedaron los dos, no te vayas…”, a lo que respondo: “Ya fue maestro, nosotros somos sapos de otro pozo…”, y me voy corriendo hasta alcanzar al narigón que ya me esperaba en la vereda del Club. Al otro día, domingo al mediodía, voy llegando a la casa del narigón y veo que la madre estaba hablando en la puerta con dos personas, y justo les decía: “miren, ya vinieron ayer a la tarde dos veces otros señores, y me dijo mi hijo que a todos los que vinieran a buscarlo les dijera lo mismo. Que está imposibilitado de jugar, así me dijo él, porque los fines de semana son para las minas y los amigos, que no lo jodan más…disculpen estas palabras pero me dijo que las repita tal cual señores …”, mientras les decía eso, me miro cuando llegaba y me dijo: “Pasa.., ahí está tu amigo despertándose de la resaca de anoche” y cerró la puerta detrás mío….
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martes, 3 de febrero de 2015

El día que me rendí a Riquelme

No recuerdo los preliminares. Solo sé que veía a un chico muy silencioso, muy seguro de sí mismo. Se notaba sin necesidad de hablar, en el contacto con la pelota, en la forma de jugar, por cómo corría la cancha, por las decisiones que tomaba. No trataba de complacer a las figuras. Él era él y en sus decisiones no contemplaba estar al servicio de otro. Tenía vida propia y extendía esa visión sobre el equipo. Potenciaba a los demás jugando para los demás. Y particularmente a mí me liberó. Yo jugaba en los últimos 30 metros y necesitaba alguien así al lado. Luego Riquelme revivió una frase de Bilardo: “Vos ponete en el lugar donde no lo marquen a Latorre...”. Yo atraería las marcas porque a él no lo conocían, y así podría agarrar la pelota y ser el dueño del equipo. Estos jugadores suelen tener una memoria prodigiosa para los pequeños detalles. Yo no recuerdo lo que dijo Bilardo. Antes del partido me metía en una cápsula muy privada para soportar el peso del entorno. El clima en La Bombonera conspira contra el jugador con pausa. Es una atmósfera muy caótica. La gente no deja de cantar. No puedes escuchar lo que te dice tu compañero. Cuando el equipo no está bien se profundizan todos los defectos y cuando está bien se exaltan las virtudes. Te lleva la corriente. Los murmullos. Es una sensación muy difícil de explicar. Pensar en esas condiciones, tomarse dos segundos para organizar, es un atributo de los elegidos. Otros jugadores necesitan el ambiente como una vitamina para la excitación. Él no vivía del derroche físico, de ese fervor. Lo suyo era pura inteligencia. Era un estratega. Tenía una cabeza increíble y lograba que el entorno no contaminara su fútbol. Al contrario. Él seguía siendo él a pesar de todo. Iba llevando el partido hacia su ritmo, en cada jugada, en cada momento. Las demandas de la hinchada en ningún momento le invadían su forma tan peculiar de pensar. Al revés. El que condicionó todo fue Riquelme. Proceder de la cantera operó a su favor. La gente siempre tuvo una ligadura especial con los chicos de la casa. Forma parte del orgullo del hincha. Ese verano Bilardo había hecho una gran depuración. Se habían ido 20, entre ellos Maradona, Verón, y el Kily González, y habían fichado 20 para cubrir el hueco. Y los jugadores nuevos fracasaban, no tenían feeling con el público. El equipo no carburaba. Era un momento convulso, con una gran necesidad de títulos alentada por compras desesperadas que oscurecían el porvenir de los pibes. Entonces Riquelme emergió como el representante de las divisiones inferiores. Pesó su carisma y su forma de jugar. Era la antítesis del ideal futbolístico del hincha pero la veneración fue inmediata. Riquelme se puso la camiseta de Boca y me quedé admirado. He visto pasar muchos jugadores y la fecha del debut los pone nerviosos, no pueden demostrar, les pesa el escenario y piensan que las oportunidades son pocas. De pronto evidencian que están sobrepasados. Con Riquelme fue todo lo contrario. Jugó con una naturalidad asombrosa, con frialdad. Frialdad como cualidad, no como desinterés: era él, la pelota y el ambiente, como si todo resultase muy familiar, como si todo lo que sucediera fuera no le importase para recibir, levantar la cabeza y jugar. Con el aplomo de un veterano. Con 17 años fue una de las figuras de la cancha. Le dio el pase del 2-0 al Negro Cáceres. Riquelme es el mejor jugador del fútbol argentino de los últimos 30 años. No creo que otro vuelva a ganar tres Copas Libertadores con una incidencia total en el funcionamiento del equipo. He visto equipos que han jugado solamente para contrarrestarlo y no han podido. Y eso que él no tenía el don de la habilidad para sacarse marcadores de encima. Pero con un simple toque, con una lectura adecuada de la jugada, con una pausa justa, con una caricia te desahogaba la maniobra. Su capacidad creativa generaba una sensación de plenitud en el espectador. En su tiempo, no hubo otro igual. Tal vez Zidane. Fue un líder en toda la dimensión del término. Aumentó la dimensión de los grandes partidos y dio la sensación de que cuanto mayor era la dificultad más natural se sentía. La palabra crack incorpora momentos así. El juicio a Riquelme se hizo con títulos en juego. Ahí, él fue inmaculado. Hay que rendirse. Está en la sala de los indiscutidos.
 Fuente: Diego Latorre (deportes.elpais.com/)
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martes, 25 de noviembre de 2014

La Pasión del Futbol y Ferro

La pasión (del verbo en latín, patior, que significa sufrir o sentir) es una emoción definida como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. En este caso el tema, idea u objeto es el fútbol, “pasión de multitudes” Cumplidos los 60 y siendo ya un “adulto mayor”, me doy cuenta que esa pasión no es la misma que hace 10, 20, 30, 40 o 50 años atrás.
Cuando cumplí los 10 años, en 1964, Ferro había ascendido justamente ese año, terminó 10º en la tabla y perdimos con el campeón, Boca Juniors, 1 a 0 en cancha de Atlanta, con gol del Beto Menendez. Lo más doloroso, es que no me acuerdo de nada, lo acabo de leer por Internet. Pienso en la pasión de mis nietos y me pregunto si cuando cumplan los 60 se acordarán del gran Mancuello de Independiente o del Piti Martinez de Huracán, como ahora. Seguro que no.
Pero un año después si me acuerdo, porque salimos 4º en el campeonato después de Boca, River y Velez y haciendo un campañón, con un equipo para el recuerdo: De ese equipo si me acuerdo con pasión, le ganamos al campeón (Boca Juniors) 1 a 0 en su cancha con gol de Tojo.

Aquí la primera conclusión, cuando somos chicos recordamos y nos apasionamos por los éxitos. Por eso en las rachas de triunfo de equipos grandes, hay gran cantidad de pibes que se hacen hinchas apasionados. Cuando cumplí los 20 fue diferente. Ya había 2 campeonatos: el Metropolitano y el Nacional. En ambos hicimos buena campaña. En el metro salimos 3º en la zona B y perdimos en el desempate contra Boca, porque clasificaban los dos primeros de cada zona. Finalmente el campeón fue Newell’s Old Boys. El en Nacional, llamado “Teniente general Juan Domingo Perón” en homenaje al presidente fallecido el 1º de julio de ese año, clasificamos segundos en la zona y en la final con 8 equipos todos contra todos, terminamos 6º. El campeón fue San Lorenzo. Gran equipo el de ese año con apariciones fundamentales que se consagrarían durante la etapa gloriosa de principios de los ’80: Rocchia, Saccardi, Arregui y también mi ídolo de aquel tiempo el goma Vidal.
La pasión no fue la misma, para colmo pocos años después, en 1977 el descenso. Acá es donde la definición de pasión se aplica plenamente, estaba triste, emocionalmente destruido. Fui a ver uno de los últimos partidos en primera con Rosario Central y perdimos 8 a 1 en nuestra cancha, para no dejar dudas. Pero paradójicamente, de lo que no me acuerdo fue que a principios de ese año fatídico Ferro realizó una estupenda gira por Colombia y Ecuador en la que disputó 8 partidos de los cuales terminó invicto, con Deportivo Cali, Independiente Santa Fe, Independiente Medellín, Tolima y Pereyra, en Colombia y Nacional, Liga deportiva universitaria, Universidad católica en Ecuador. Segunda conclusión, el descenso no se olvida, es capaz de hacernos olvidar los mayores éxitos que podamos conseguir. Es una cicatriz que nunca cierra. En 1984 fue el éxtasis de la pasión, plena etapa de oro en materia de fútbol y en lo personal, ya que llegó un nuevo hincha de Ferro a la familia en 1982, mi hijo Juan. Ferro fue campeón del Nacional, ganándole a River, 3 a 0 y 1 a 0 en la final, pasión desatada, algo glorioso. El que no aparece en ninguna formación, pero “el formador” de toda esta generación futbolística fue Carlos Timoteo Griguol: Arregui, Gomez, Garré, Cuper, Rocchia Bacigalup, Saccardi, Juarez, Cañete, Márcico y Croco. 


Tercera conclusión, la pasión influye en el cerebro y las formaciones salen de memoria cuando el equipo pasa a la historia, o sea, es campeón y más cuando la racha dura varios años. En 1994 las cosas cambiaron y la pasión comienza a apagarse. Esto, coincide con la situación del equipo. En el Clausura 1994 (que se jugaba a principios de año) fuimos un desastre: terminamos 15 entre 20. En el Apertura 1994 (que se jugaba entre la mitad y el fin de año terminamos 16º, parejito el equipo Para colmo estoy meta a buscar la formación del equipo por Internet y ni aparece. ¡Qué bajón! En 2004 (cumplía 50 años) y el 2014(cumplía 60 años), la pasión me abandonó. ¿Será la edad, o que hace tanto tiempo que no estamos en primera? Pueden ser los dos motivos, pero a medida que vamos creciendo, por lo menos en mi caso, vamos reemplazando la pasión por otros sentimientos más, digamos más equilibrados y tranquilos A la pasión hay que tenerla cerca toda la vida ¿Cómo renovamos la pasión? Bueno, hay que pensar en las cosas que nos encanta hacer, pensar en lo que siempre soñamos hacer, hacer un plan de acción para hacerlo. Puede ser el momento de transformar un hobby en una pasión de tiempo completo. Combinar los talentos, explorar nuestro lado artístico. Hay que salir de la zona de confort. Esta última parte me salió un artículo medio aburrido y de autoayuda.

Pero estoy seguro que cuando crezca un poco mi nieto Joaquín, al que el padre con mucho trabajo trata de hacer de Ferro, ya sea que el verde ascienda, se mantenga en el Nacional B o baje a la B metropolitana, estaremos nuevamente en la cancha con pasión para alentar a nuestros colores preferidos. ¡Dale Oeste carajo y la puta madre que lo parió! 
Conclusión final: solo los grandes amores y en materia de futbol los hijos y los nietos reviven las grandes pasiones.
EL ALQUIMISTA.- Leer más...

viernes, 11 de julio de 2014

Fotos de algún domingo

Hay cierto aroma a grito guardado. Así como quien atesora por largo tiempo las ganas inquietas de la victoria. En algunas ocasiones creí haber encontrado la razón para gritar, abrazarme y llorar olvidando (casi obviando) todo lo que me rodeaba, pero con el paso del tiempo me fui convenciendo que algo seguía en lo profundo de mis entrañas queriendo hacerse realidad.
La primera vez que pude sentir esa brisa reconfortante, apenas unos meses más tarde de conocer el mundo, tiene en mi presente el valor que merece, aún cuando muchos quieran quitarle sabor a algo que no debe mezclarse. Pero intento buscar una imagen, un color, una palabra y sólo logro diapositivas con relatos de otros tiempos. Tal vez alguna vez vuelva a verlas y encuentre rostros, sonrisas, abrazos, gente feliz a pesar de todo.
Como un terremoto recuerdo aquella tarde fría, mientras pateaba sueños que alguna vez tomaron forma. Ahí sí tengo escenas más nítidas: gritos, abrazos, un televisor, alguna radio desafinada, más gritos y unas ganas inmensas de saltar, de ir corriendo a buscar a mis amigos, esos que se iban convirtiendo en tanques que esperaban agazapados mi larga carrera hacia la felicidad, hacia el desahogo, la eternidad. Pateamos hasta entrada la noche, recreamos cada momento con la minuciosidad de un director de cine. Dejamos miles de fotos que hoy son parte de la vereda de mi infancia, del potrero de mi pasado. Cada tanto vuelvo, lo necesito para creer en lo que tengo y no desperdiciar nada de lo que me gané hasta hoy.
Pasaron muchos años, y con ellos todo lo que formó mi pasión. Esa pintura con trazos seguros pero con gestos indefensos ante la crítica de los que tuvieron en sus manos la decisión de abrirme el camino que busqué con las armas más nobles.
Al mismo tiempo vi pasar ilusiones que chocaron con vehemencia contra las más diversas realidades: excesos de confianza en lo conocido; riqueza y envidia; soberbia enfrascada; locura que aún hoy extraño; paciencia y trabajo tapada por el exitismo; más soberbia.
Hoy, sentado mientras pienso cómo hacer para acelerar el paso del tiempo, ya tengo miles de fotos para mostrar y contarte después: abrazos, gritos, rostros, lágrimas listas para caer delante de mis pies apresurados que quieren salir corriendo y enfrentar a los tanques que una vez más me esperan al final de la vereda.

Lo que no saben es que en esa vereda no tengo miedo. Sólo siento, en lo más profundo de mis entrañas, unas ganas locas de hacerlo realidad una vez más.

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domingo, 27 de abril de 2014

Antologia de cuentos de autores Argentinos - Emma Zunz

Ya hemos iniciado esta antología, pero es bueno continuarla en este tiempo del “Encuentro Federal de la Palabra” y la “Feria del libro”, que demuestran el ávido interés de los argentinos por este artefacto hermoso que es el libro y por sus manipuladores, los escritores. A modo de recordación, hace unos años, sobre el fin del milenio, aproximadamente 70 conocedores (Escritores, críticos, editores) votaron, por invitación de la editorial Alfaguara, cuáles eran sus cuentos argentinos favoritos. El objetivo de esta sección es ir publicando la lista de los cuentos más votados. El primero, “Esa Mujer” de Rodolfo Walsh, y el segundo “El Aleph” de Jorge Luis Borges, ya fueron incorporados en este blog de Mano Inquieta.
Aquí está el tercero más votado (El cuento que pertenece al libro El Aleph, de 1949)

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió. Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz. La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así. Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios. Leer más...

lunes, 21 de abril de 2014

El Secreto de los Arqueros

Hay un gran secreto que guardan los arqueros, lo tienen escondido bajo siete llaves y jamás lo pronuncian en voz alta delante del resto de los mortales porque sería como entregarles en bandeja la clave mágica que abre sus armaduras. Sólo hablan de eso cuando el alcohol los hace dejar el área grande de su discreción en medio de las tradicionales reuniones subterráneas con otros arqueros a las que asisten disfrazados con sus buzos favoritos de otras épocas y no se quitan los guantes gastados ni para brindar (por eso no hay huellas digitales de nadie tras la celebración). Ahí sí, cuando se sienten absolutamente seguros por estar entre camaradas, el secreto sin previo aviso toma la forma del recinto y de repente se acaban las anécdotas heroicas, los mano a mano triunfales, los penales provocados a propósito para atajarlos, las recetas de antídotos contra remates envenenados, los ruidos de las mandíbulas intrusas quebrándose a rodillazos limpios y los centros descolgados entre las nubes para dar paso a lo irremediable, al talón de Aquiles, a la puerta trasera que dejó el programador. Las voces se atenúan, las risas se aplacan, los aplausos sordos se detienen y el miedo irracional los vuelve niños ciegos temblando en la oscuridad de un zoológico atestado de bestias enloquecidas.
- A mí me pasó… -reconocen algunos con lágrimas en las mejillas y una entereza madura que se les nota al sonreír en las fotografías.
- A mí todavía no -responden otros con la voz preocupada por la angustia que provoca intuir lo inevitable. La fiesta evoluciona en velorio. Los arqueros viejos palmean los hombros de los arqueros jóvenes con la resignación de los que aprendieron a no buscar respuestas y luego se quedan con la mirada perdida en algún ángulo lejano del lugar al que jamás podrán llegar. La racionalidad se toma un descanso en medio de la logia de guardametas y la disyuntiva entre pensar o actuar se abre como una trampa difícil entre dos caminos fáciles. No queda otra que agachar la cabeza y seguir adelante parecen decir los labios apretados, porque estos hombres solitarios y distintos que habitan debajo de los tres palos se hacen a fuerza de errores propios, genialidades ajenas, imponderables continuos y escupitajos a traición. Cuando la noche se acaba y el corazón aprende a latir con la condena asumida, cada uno se levanta de su silla y regresa al mundo real con la certeza de que las penas compartidas son menos penas. Estuve deliberando solo durante algunas semanas acerca de si debía develar o no develar el secreto de los arqueros, pero uno tiene alma de goleador y el enemigo es el enemigo así que acá va. Anoten: los arqueros son más vulnerables cuando les patean desde muy lejos que cuando les patean de cerca. Así de absurdo y así de real. La explicación aclara las cosas. Resulta que los guardavallas reaccionan más tarde ante los disparos lejanos simplemente porque cuando les patean desde mucha distancia tienen tiempo de mirar la pelota y por lo tanto el tiempo que pierden en verla lo pierden también en moverse. En cambio, cuando el remate es muy cercano actúan sólo por reflejo. Se podría simplificar diciendo que quedan hipnotizados observando la pelota en lugar de moverse. Desde lejos no se ve, repite la canción como un castigo y ellos saben que es exactamente al revés y que ahí radica el problema.
Si prestan atención podrán notar que las atajadas que más se resaltan en los resúmenes futbolísticos de todo el mundo cada fin de semana son las que se consuman ante disparos muy cercanos. Esto ocurre por dos razones: una, porque son más espectaculares y otra, porque las atajadas ante remates lejanos casi no existen; o son gol o son masitas y se tiran para la foto. Los arqueros lo saben bien y por esta razón tienen diversas estrategias que fallan, a tal punto que la más eficiente es vestirse con colores sugestivos o extravagantes así los rivales inconscientemente se sienten atraídos por esas tonalidades llamativas y prefieren acercarse a ellos lo más que pueden en lugar de patearles desde lejos. Otra forma de ilustrar lo que les ocurre cuando aparece esta eterna duda planteada entre mirar o actuar sería poner como ejemplo un penal cualquiera en el que el guardameta decide esperar a contemplar hacia dónde va la pelota una vez que es golpeada por el pie del ejecutante en vez de arrojarse por instinto o por reflejo o por estadísticas del pateador. Si la mira lo más probable es que no la toque.
¿Entonces un arquero ciego atajaría mejor? Claro que no, tampoco hay que ser imbécil. Desde hoy mis queridos compañeros delanteros cuentan con un arma más para alcanzar la gloria ya que ahora conocen el punto más débil de los fuertes. Sin embargo al mismo tiempo, tendrán una excusa menos para cumplir con la parte que les toca de la historia. Vaya de todos modos mi comprensión sincera hacia los Número 1 cuando quedan en ridículo delante de todo el estadio, petrificados ante disparos desde larguísima distancia porque, en el fondo, en el fondo de la red, no es absolutamente culpa de ellos; lo sé porque me ha pasado en mi propia vida cuando no supe cómo resolver problemas que vi venir con demasiada antelación.

Zambayonny (Futbol para Extraterrestres, Ni A Palos, Tiempo Argentino)
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lunes, 16 de diciembre de 2013

Lo que dijo El Cuervo (Juan Sasturain)


In memoriam Edgar Allan Poe
La pasada medianoche, cuando en tristes reflexiones,
tras un largo y pobre informe de estadísticas y goles
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tímida a tocar:
“Es –me dije– una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más”.
¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el fin del campeonato
y, en pantalla, mil imágenes horribles repetía el aparato.
Cuán ansioso el día esperaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de la Fiesta,
la radiante, la sin par
ceremonia dominguera olvidada y ya sin nombre:
Aquel fútbol... ¡nunca más!
Y el festejo triste, incierto, de chantas y caraduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar.
“Es, sin duda, un caminante –repetía, por convencerme–
que a mi casa quiere entrar:
un tardío visitante a las puertas de mi embole...
Eso es todo, y nada más.”
Paso a paso, ciertas ganas
fue mi espíritu cobrando:
“Caballero –dije– o dama:
mil perdones te requiero;
pero el caso es que dormía,
harto ya de la rudeza
y tan torpe ineficacia...
Y con tal delicadeza
y tan tímida constancia
me llamaste despacito
que no oí” –dije– y las puertas
abrí al toque de mi pieza:
¡sólo sombras, nada más!
A mi asiento ante la tele con el alma conmovida
retorné. Pero oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia.
“Es seguro –dije– que algo, se ha posado en mi ventana.
Pues, veamos de encontrar
la razón de este barullo que perturba mi trasnoche,
y el enigma averiguar.
Corazón, pará un poquito y aclaremos el misterio...
Es el viento, y nada más.”
La ventana abrí, y con rítmico aleteo y gesto ufano
entró un cuervo majestuoso de la barriada de Almagro.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de angustia,
con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Riquelme que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el bronce que del Fútbol la figura representa,
fue a posarse... Y nada más.
Trocó el negro pajarraco en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza,
y le dije: “Aunque calvo, me parece
no eres ave desgraciada sino alegre en tu graznar,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
Dime: ¿Cuál tu nombre es? ¿Cuál tu apodo,
en el reino grondoniano de la noche y de la niebla?”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
Asombrado quedé oyendo, así hablar al pajarraco,
si bien su árida respuesta no expresaba mucho o poco;
mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la efigie de Román,
sólo dijo esas palabras, cual si su alma fuese a ellas
vinculada: ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar...
Dije entonces, para mí: “Otros antes se han marchado,
con la aurora al despuntar,
y él también se irá volando, como mis sueños volaron”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
“Eh, profeta –dije– o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo, ya te envíe
la tormenta a este hogar
por los males devastado,
dime, dime, te lo imploro:
¿Llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?”
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
“Oh, profeta –dije– o diablo. Por ese ancho y negro cielo
que nos cubre y nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
que se ha puesto de tu lado, dile a esta alma dolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás (o en otra vida), la Pelota, mi señora,
otra vez veré rodar,
en los pies de los que saben y la aman...
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
Que esa voz, oh cuervo, sea
la señal de la partida...
Grité alzándome: “¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida,
y en memoria, ni una negra pluma dejes.
Y no toques a Román. ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja...”
Dijo el cuervo: “Ese fútbol que soñaste
ya no existe ni en tu Boca decadente, ni en aquellos Carasucias
hoy lavados, ni en ningún Independiente ni Huracán
desmemoriado, ni Gallinas Legorn quedan, de esa raza
degradada. Ese fútbol ya no existe ni en teoría...
Olvidate lo que viste: lo soñaste...
¡Nunca más!”
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domingo, 13 de octubre de 2013

Ambiciones Desmedidas-"Papeles en el viento". E.Sacheri






De la gran novela de Eduardo Sacheri “Papeles en el viento” extraje este excelente capitulo. Espero que lo disfruten…

Ambiciones desmedidas

—¿Sabés lo que pienso a veces, Mauri? Te vas a cagar de la risa.
—Lo dudo.
—¿De qué dudás, Mauricio? ¿De que yo piense?
—No. Dudo de que me cague de la risa.
—…
—…
—…
—…
—Pienso… ya sé que suena pelotudo, pero pienso… me pregunto, bah… si lo que le pasa a Independiente… no tengo la culpa yo. ¿Ves? Te dije que te ibas a cagar de la risa.
—Che, la quimio te está quemando el bocho en serio, boludo. Yo no pensé que era tanto.
—No lo pienso desde ahora. Ahora te lo estoy diciendo, pero lo pienso desde hace un montón.
—Sos un tipo grande, Mono. ¿Te parece andar perdiendo tiempo con esas pelotudeces?
—Es en serio que te digo. ¿Me vas a dejar que te explique o te vas a seguir burlando?
—Estoy serio.
—No, te estás recagando de la risa, pelotudo.
—Bueno, bueno. Dale. Te escucho.
—¿Te acordás cuando salimos campeones en el ’83?
—Más bien que me acuerdo.
—Bueno, ¿te acordás de ese equipo… de lo que pasó antes…?
—Ya te dije que me acuerdo. Éramos pendejos, Mono. Vivíamos para eso.
—Bueno. Ahí está. Vivíamos para eso. Independiente venía de perder dos campeonatos al hilo.
—Metropolitano ’82 y Nacional ’83.
—Exacto, Mauricio.
—Exacto. ¿Y?
—Los dos campeonatos los pierde con Estudiantes de La Plata.
—Ajá.
—Uno por dos puntos, otro por un gol de diferencia en la final.
—Vos te acordás, yo me acuerdo. Lo que no sé, Mono, es a dónde querés llegar.
—¿Vos sabés, vos te das una idea de lo que yo lloré con esos dos campeonatos que estuvimos a punto de ganar y no ganamos en el ’82 y el ’83, Mauricio?
—Me imagino, Mono.
—Bueno. La cosa es que empieza el Metropolitano ’83 y el Rojo vuelve a ser candidato. ¿Digo bien?
—Decís bien.
—Y, para colmo, Racing andaba como el culo, ese año.
—Exacto, se terminó yendo al descenso en cancha nuestra.
—¡Ahí, ahí está! ¡A eso quiero llegar! ¿Te acordás de la fecha?
—Veintitrés de diciembre de 1983.
—¿Ves que te la acordás como si fuera una fecha patria, Mauri?
—Bueno, Mono. Convengamos que no es muy habitual que salgas campeón justo jugando un clásico, en tu cancha, y que Racing se vaya a la B ese día. Mejor dicho, la semana anterior, porque ya habían descendido.
—Bueno sí, pero es el último partido que juegan en primera, antes de descender. Ahí quiero llegar. Vos te acordás cómo era yo a los trece…
—En qué sentido…
—Que era flor de pelotudo.
—Bueno, Mono. A los quince, a los veinte, a los treinta…
—¡Te hablo en serio! De más grande aprendí a mirar fútbol. Pero en esa época era el típico pelotudo que repite lo que oye en la cancha, que quería que Racing se fuera a la B, darles la vuelta en la cara…
—Es verdad. Ahora sos más civilizado.
—Ahora porque la veo del otro lado, entendés. Yo no podía ponerme en el lugar del dolor de esos tipos. Para mí era todo joda. Todo fiesta.
—Éramos chicos.
—Éramos. Pero faltando dos o tres fechas de ese Metropolitano ’83, a mí se me puso que nos iban a cagar. Que se iba a ir todo al carajo, ¿Entendés?
—No.
—Es sencillo, Mauricio. Avanza el año 1983, Independiente pelea de nuevo el campeonato Metropolitano, y a mí se me pone la idea fija de que vamos a volver a salir segundos. Que Racing nos va a ganar en cancha nuestra la última fecha, que se van a salvar del descenso, y que San Lorenzo o Ferro, que vienen segundo y tercero, nos van a pasar y salir campeones ellos. ¿Entendés?
—Sí, más o menos. ¿Y?
—Y que nos van a gastar para toda la vida.
—¿Y entonces, Mono?
—Y que yo hice mil promesas a Dios de que por favor eso no pasara. Que nos dejara salir campeones, y que Racing se fuera a la B. Y esto es lo delicado: prometí, le juré a Dios, que si me daba eso que le pedía, que después hiciera lo que quisiera. ¿Entendés?
—No. Bueno, sí lo entiendo, pero no entiendo para qué lo traés ahora.
—Porque finalmente la cosa salió bien. Todo fue soñado. Ganamos. Dimos la vuelta olímpica. Al año siguiente ganamos la Copa Libertadores, la Copa del Mundo en Tokio.
—La última, sí.
—¡Ahí tenés! Lo dijiste vos, no yo. La última.
—¿Seguís sin entender? Pedí demasiado, Mauricio. Me pasé de rosca. Me cebé. Me fui al carajo.
—Y…
—Y Dios me castigó. Nunca más volvimos a ser los mismos.
—Pará la moto, Monito. Esa del ’83 no fue la última vez que salimos campeones.
—No, Mauricio, pero casi. Después seguimos un poco más por inercia. Un par de campeonatos más, un par de copas. Y a la mierda. Nunca más, entendés.
—Pero, Mono… todos los hinchas piden cosas parecidas. Ganar los clásicos, salir campeones…
—Sí, pero no todo junto.
—Sí, los hinchas piden todo junto.
—Macanudo. Pero Dios no se lo da.
—¿Otra vez con este asunto de lo que Dios te da o no te da? ¿No estabas el otro día discutiéndoles al Ruso y a tu hermano que Dios no da lo que uno pide?
—…
—…
—…
—Es que, esa vez, a mí me lo dio.
—Bueno, con ese sentido a todos los hinchas de Indep…
—No. Eso lo pedí yo. Y yo sabía que me estaba zarpando. Pero lo pedí igual. Y ahora lo estoy pagando. Bah, Independiente lo está pagando.
—…
—Está mal pedir tanto. No se puede. No se debe. Hay que ser menos egoísta. No, egoísta no es la palabra.
—¿Ambicioso, Mono?
—Eso. Demasiado ambicioso. Eso fui.

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martes, 2 de julio de 2013

Jesus Navas, ya no extraña....

Los ataques de ansiedad, el pánico a las cámaras de televisión o el miedo a las concentraciones ya pasaron a la historia. Hace ya tiempo que Jesús Navas ha superado todos aquellos problemas que le trajeron de cabeza entre 2005 y 2007. Su reciente paternidad, su familia y por supuesto, la asistencia psicológica del Sevilla durante todos estos años, han sido decisivos para que el 'chico de Los Palacios' afronte con total normalidad la presión mediática. Su reciente fichaje por el Manchester City es una demostración más de su evidente recuperación aunque en la prensa inglesa tienen sus dudas. En las últimas horas, varios periódicos sensacionalistas se han preguntado si el internacional español "está capacitado mentalmente" para jugar en un grande como el City. "El psicólogo que le trató dijo que borrara de su mente aquellos episodios de ansiedad", asegura a ZoomNews una fuente del entorno más próximo del centrocampista. "Eso ha sido precisamente lo que ha hecho, ha reseteado por completo aquellos recuerdos. No habla del pasado", recalca con naturalidad. Su primer episodio de "ansiedad fóbica", como le diagnosticaron los doctores, tuvo lugar en 2005, justo antes del Mundial Sub-20 de Holanda. Con apenas 19 años, Navas tuvo que abandonar la concentración de la selección en Alicante y volver a su localidad natal tras sufrir un fuerte bajón anímico. Pocos días después, en plena pretemporada sevillista en la localidad onubense de Cartaya, le pasó algo parecido: durante un entrenamiento, Jesús salió corriendo de repente sin rumbo. Luego se sentó solo en un campo cercano. La temporada siguiente también tuvo que dejar la concentración hispalense en Isla Canela y por "precaución", se quedó sin ir con la selección española al Mundial de Alemania. Todo esto se precipitó tras una llamada del anterior Seleccionador, Luis Aragonés, en el verano del 2007 cuando Jesús llevaba ya varios años destacando por la banda derecha del Sánchez Pizjuán. España se disponía entonces a preparar las decisivas citas ante Islandia en Reykjavik, y Letonia en Oviedo. La ‘Roja’ se jugaría en aquellos dos partidos buena parte de las opciones de ir a la Eurocopa del 2008 y a Navas le superó la presión. No era la primera vez que le ocurría y por ello desde entonces se abrió un impás con la Selección que sólo el futbolista podría cerrar cuando él considerara oportuno Cristóbal Soria, ex delegado del Sevilla: "No puede seguir anclado a esos periodos de su vida" Sus problemas con la ansiedad durante aquellos años impidieron a Navas fichar por un equipo grande: tanto el Chelsea como el Real Madrid estuvieron tras sus pasos durante aquellas campañas. Desde 2005, el psicólogo del Sevilla, Miguel Ángel Gómez, ha trabajado sin descanso con el propio jugador para superar sus problemas. El especialista nunca quiso que el extremo diera "pasos atrás", por eso se mostró muy cauteloso con su primera convocatoria con la selección absoluta en noviembre de 2009. Los hombres más veteranos de aquel Sevilla también resultaron fundamentales para que el jugador cogiera confianza fuera de los terrenos de juego. Profesionales como Palop, Pablo Alfaro y Javi Navarro arroparon hasta límites insospechados a Navas al igual que sus entrenadores Juande Ramos y Manolo Jiménez. Siete años después, Jesús Navas es un hombre nuevo. Aunque sigue manteniendo un carácter tímido e introvertido, el nuevo futbolista del Manchester City ha sabido adaptarse al profesionalismo en el deporte. Su gran religiosidad y su profunda fe en Jesucristo han resultado determinantes en esta adaptación que no siempre ha sido sencilla. El sevillano no se esconde y lo reconoce públicamente ante los medios de comunicación. "Soy muy religioso, así que no pienso en sexo", dijo el mediocampista a El Confidencial justo antes del Mundial de Sudáfrica. Además, el día que debutó con el primer equipo de la 'Roja', Navas lució en sus botas un mensaje bordado que decía: "Dios es amor", el mismo título que una de las encíclicas del anterior Papa Benedicto XVI. Su adaptación al fútbol inglés Nadie sabe todavía cómo será la adaptación de Jesús Navas al Manchester City y a la Premier League. Lo poco que ha trascendido de su fichaje, además del montante económico de la operación, es que viajará a Reino Unido acompañado por su mujer Alejandra y de su único hijo que cumplirá un año el próximo mes de julio. Miguel Ángel Chazarri, periodista de Muchodeporte.com y uno de los informadores andaluces que mejor conoce al futbolista, considera que es "una incógnita su adaptación al futbol inglés. Todo apunta a que ha dado muestras de estar recuperado. En la selección española, por ejemplo, se le ve muy integrado gracias a Sergio Ramos, su amigo íntimo. Ahora se va a encontrar con hombres como Silva y Javi García a los que ya conoce de la selección. Por lo que sabemos, el padre de Silva va a estar muy pendiente de él". Este periódico también se ha puesto en contacto con Cristóbal Soria, delegado del Sevilla durante aquellas temporadas, quien recuerda, como testigo de excepción, como vivió aquellos momentos: "Yo he vivido en primera persona sus episodios de crisis más fuertes. No puede seguir anclado a esos periodos de su vida. Creo que remover el pasado no es positivo para él. Venían motivados por falta de confianza y por sus inseguridades. Ahora que ha pasado el tiempo puedo decir que ha madurado como persona y también como futbolista. Seguro que se adapta a las mil maravillas al fútbol inglés".
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sábado, 29 de junio de 2013

Aspirinas y Caramelos


La primera vez que tuve la sensación de que mi viejo se moría, que lo vi débil de verdad, fue yendo a ver al Rojo. Rodolfo (así se llamaba) era periodista. Trabajaba en tele, Tomamos el bondi a Avellaneda (ya no teníamos el Fiat 800 que se había ido para pagar una deuda) y encaramos la larga caminata por la siempre convulsionada Alsina. Eramos miles los que caminábamos hacia el estadio de la Doble Visera envueltos en banderas, gorros y entonando cantitos que prometían que “vamos a salir campeón…" Llegando a las boleterías, vi que el viejo encaraba para la fila de la Popular. Debe haber visto la cara de decepción del nene acostumbrado a las cabinas y las plateas. Me dijo algo así como “hoy vamos acá, es mejor". No le creí. Entendí que era lo que se podía. La fila de al lado, la de las butacas, era más ordenada. La de la General era un caos de empujones, gritos… Mi viejo -vale la pena recordar que lo suyo eran las letras más que las multitudes…- pujaba por llegar a la ventanilla, pero no avanzaba. De pronto lo vi salir de ese marea de compradores de último momento. “Vamos, esto no es para nosotros" me dijo. Me salió de adentro un “Y si vamos a la platea?" Creo que mi pregunta fue un puñal. Me contestó “No tenemos plata". Recuerdo la sequedad de la respuesta. Hoy entiendo que era la última armadura de un tipo disminuido, que no podía cumplirle “algo" a su hijo. Era grave? No, claro que no. Pero evidentemente para él tenía un simbolismo. Ya no era lo que había sido. No se le abrían las puertas de las cabinas. No llegaba a comprar dos plateas. Empezaba a no poder. Con aire de vencidos, volvimos por Alsina, una calle que siempre me pareció horrenda. Mientras nos alejábamos del estadio, recuerdo haber escuchado el rugido de las tribunas, exaltadas por la salida del equipo… A las pocas cuadras, mi viejo detuvo su caminata. Me miró y me dijo “esperá un segundo". Se sentó en el portal de una casita. “Qué te pasa?" le dije. “No me siento muy bien, ya se me pasa". Una señora que veía la escena desde adentro de la casa salió y le dio un vaso de agua. La situación no duró mucho, se recompuso rápido. Al rato estábamos de nuevo en el colectivo y media hora más tarde, en casa. Lo que podría haber sido un simple sofocón, fue para mi una señal grave. No se bien porqué, pero ese día de diciembre, algo me dijo que mi viejo se me estaba muriendo. Tenía insólitos y jóvenes 53 años, pero fumaba mucho, había tenido un pre infarto un par de años antes, no se cuidaba… Y estaba (comprendí muchos años después) muy deprimido. Rodolfo se fue un año y medio después, sin dar demasiada lucha, sin comprender que era más importante cuidarse que entregarse al vicio que lo había tomado a los 14 años y del que, para colmo, estaba orgulloso. Nos dejó rápido. Mi enojo con él, por no haber estado, por no haber bancado, por no haber peleado, duró años. Muchos años. Ese hombre que se fue envuelto en debilidades, antes de apagarse, fue mi ídolo. Ese porteño tanguero que no me legó un mango, me dejó un puñado de cosas invalorables: el gusto por la historia, la pasión por la lectura, el placer por una buena partida de ajedrez, el ateísmo, una imagen de decencia inquebrantable que fue clave para que yo no me desviara cuando me tentaron… Y claro, el paladar negro de hincha de Independiente. De muy chico aprendí dos versos : Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla (el primero) y Miceli, Ceconatto, Lacacia, Grillo y Cruz (el segundo). Se dicen de corrido, rápido, porque decirlo así es señal de que sabes… Nos recuerdo embanderando juntos la casa, mientras esperábamos que la Central Terrena de Balcarce retransmitiera la señal de alguna final de la Libertadores jugada en Montevideo, en San Pablo, en Santiago… Nos veo saltando y gritando goles de Bertoni que ya van a venir, repitiendo Bo Bo Chini hasta la afonía, aplaudiendo barridas de Pancho Sa, corajeadas del Mencho Balbuena, tiros libres de Pavoni… Me gustaba escuchar aquella anécdota de una tarde en la que Bernao se había acercado a plena platea baja y le había dedicado un gol a mi vieja… Amaba a Boneco, aquel perro pulgoso que salía a la cancha con el primer equipo, llevando en su boca el banderín del CAI. Cuando yo era chiquito, Rodolfo solía venir con un caramelo. Me lo daba y me decía “te lo manda el señor Independiente". A veces, en vez de una golosina traía una aspirina. Ante mi mirada de asco, respondía “te la manda el señor Racing". Era un tipo serio, pero cuando quería, tenía salidas memorables. El viejo se fue en junio -vaya casualidad- del 82. No llegó a ver el gol de Percudani al Liverpool. Tampoco vivió esa tarde en la que salimos campeones frente a un Racing que descendía. Pero su vida estuvo repleta de vueltas olímpicas, de hazañas, de gloria internacional. De eso, se fue lleno. Escribo esto en plena agonía. A no ser que obre un milagro, en tres semanas nos habremos ido a la B. No se que pensaría Rodolfo ahora, pero estoy seguro que jamas se le cruzó por la cabeza que su invencible equipo repleto de copas, estuviese así, casi sentenciado, a días de adquirir esa mancha imborrable. Me costó añares despedirlo, hacer un duelo como corresponde. Creo que una buena parte de mi tristeza actual tiene que ver con que no puedo parar de recordarlo. De recordarte. Volvé viejo. Aparecete de traje, envuelto en una bandera roja. Decime que todo esto es una aspirina que me mandó el señor Racing. Que nosotros comemos caramelos, porque los amargos son ellos. Enseñame de nuevo a aplaudir un sombrerito del Bocha. Agarrame de la mano para gritar un gol de Bertoni. Si no podes volver, te entiendo. Ya es hora de bancármela solo. Seré digno. Aunque, te aviso. A escondidas de Lola, voy a llorar. Chau viejito. Descansá en el cielo inexistente de los ateos. Algún día vamos a volver. Este también es un modo, tardío, de despedirte. 
en radio, en gráfica… Los viernes solía llegar con un regalo: credenciales de Prensa para la cancha. Yo crecí acostumbrado a los lugares privilegiados. Vi muchos partidos en las cabinas, al lado a los relatores de las radios, o en plateas “lujosas". Era parte de la “chapa" de mi papá. Pero en 1980, la mano venía distinta. El viejo estaba sin laburar en los medios. En la Argentina de la plata dulce, había puesto un kiosco en la galería de al lado de Sadaic. Ese negocito, último bien de una extraña herencia familiar, no daba para ningún lujo. Vivíamos con lo justo. Para colmo, al periodista le faltaba el “brillo" de la profesión. El otrora escriba reconocido y jefazo, ahora expendía alfajores, turrones y 43/70. Un dato: lo hacía de saco y corbata. Me cuesta recordarlo con otro ropaje. Era casi su uniforme. Es posible que yo, con 11 hincha-bolas años, haya insistido en ir a la cancha ese día caluroso de diciembre. Jugábamos el partido de vuelta de una semifinal del Nacional. Racing de Córdoba nos había ganado 4 a 0 en la ida, pero vaya a saber que extraño convencimiento nos llevaba a creer que lo podíamos dar vuelta.
LUCIANO OLIVERA 
Gracias Pablo J. por el aporte... Leer más...

lunes, 24 de junio de 2013

Don Ramón, DT de Brown de Adrogue


Ese abrazo fuerte y entre ojos mojados de gloria que “Sombra de alambre” recibe en el centro de Adrogué luego del ascenso a la B Nacional es un espejo, inmejorable, para entender quién es este tipo al que el barrio reconoce con ese particular apodo. Un día, en 1999, “Sombra de alambre” –por sus delgadas piernas y brazos- dejó esa pensión en la que vivió tres años luego de la separación de lo que fue su primer matrimonio. La dejó porque los dirigentes de Brown de Adrogué –club en el que se inició en el baby, luego fue goleador de la Primera y en ese entonces un multiuso entre juveniles y mantenimiento-– necesitaban a alguien de confianza para cuidar las nuevas instalaciones con la flamante concentración para el plantel y pensaron en él, en ese personaje que todo el mundo conoce en el barrio. Entonces, Pablo Vico –así se escribe y así figura en su documento, aunque desde que es entrenador alguien le puso el tilde en la o– se fue a vivir a la cancha de Brown, ahí atrás del campo de juego donde figura un cartel que dice: “Prohibida la entrada a toda persona ajena a este sector”. En un monoambiente, en ese lugar en el mundo que, dice, “no dejará por una mejor oferta” porque es ese espacio donde encuentra la felicidad. Vive junto a Dorys, su actual pareja, que atiende las canchas de tenis del predio y también está en la venta de entradas cuando Brown juega de local. Vive, también, con Rocky, su perro.Pablo Vico, el entrenador de Brown de Adrogué, líder del campeonato de la B Metropolitana es un fiel exponente del amor que un hombre del fútbol puede llegar a sentir por un club. Es que el lugar en el mundo de este técnico está literalmente en la institución de la zona Sur del GBA, pues reside en un monoambiente que se encuentra en el predio que aloja a la cancha del equipo. A lo largo de 14 años, Vico trabajó con las diversas categorías de la entidad, y por su amor incondicional a “El Trico”, se convirtió en un auténtico referente para la los hinchas. Pero no sólo es el entrenador del club, sino que es un hombre que vive por los colores celeste, negro y rojo. Es el coordinador de todas las categorías, desde las infantiles hasta la primera división, colabora en las canchas de tenis e incluso se encarga de tareas administrativas. Su hogar es Brown de Adrogué. El entrenador de 55 años --siempre acompañado por su perro Rocky, un boxer que ladra a todo aquel que se acerque a su amo-- es apodado por los hinchas como "Don Ramón" por su extenso bigote y porque suele usar una gorra. Como complemento lleva un arito en la oreja izquierda. Si bien su apellido va sin tilde, la mayoría de la gente lo llama Vicó. Según el DT, es "su nombre artístico". Nació en Parque Patricios y su carrera fustolística comenzó en el club de sus amores, Brown. Su récord fue de 28 tantos en 30 fechas. Luego de dos años allí, pasó a Temperley y tuvo una propuesta concreta para jugar en River. Su DT y ejemplo a seguir, Carlos Peucelle fue quien insistió con el pase que no pudo ser posible ya que una lesión en el tobillo se interpuso en el camino del goleador y le impidió jugar al fútbol por ocho meses. Vico vive en el club desde 1999. Luego de su separación, estuvo tres años en una pensión y cuando los directivos le ofrecieron habitar el antiguo monoambiente en el que antes vivía un casero, no dudó en aceptarlo. La única condición era que cuide el lugar, y fue seguida al pie de la letra: su hogar está siempre limpio y ordenado. Tiene dos hijos, una mujer de 29 años que trabaja en la aduana y un hombre de 33 que es dueño de una pollería. Ninguno de ellos está vinculado al ambiente futbolero, pero asisten a cada partido para apoyar a su padre. Su fiel compañera es Doris, su pareja desde hace diez años. Ella es su mano derecha. Cumple diferentes funciones ya que es la encargada de lavar la ropa de los infantiles y juveniles, cobra las cuotas y las entradas para los partidos, se encarga del buffet y cada jueves hace un asado para 34 personas que incluye al cuerpo técnico y al plantel de jugadores. Vico describe al club como una “gran familia” y resalta la importancia de la relación “de compañerismo” que hay entre todos los que constituyen la institución. El entrenador siente que su rutina es común, pero no toma noción de lo peculiar que puede llegar a ser su vida. Suele levantarse alrededor de las 6 para tomar mate y comenzar con el entrenamiento después de las 8. Luego almuerza en una parrilla y a la tarde regresa al club para encargarse de las canchas de tenis. En los ratos libres mira videos del oponente a enfrentar en la fecha siguiente y planifica el equipo. Pablo Vico asumió la responsabilidad de la primera división en 2009 y desde entonces no paró de sumar. Su equipo es el primero en la tabla del campeonato y promete luchar por el ascenso hasta el final del certamen. “Nunca me voy a ir de Brown” - ¿Por qué piensa que a la gente le llama la atención su forma de ser? -Vivo por mi pasión. Hace más de 14 años que trabajo de lo mismo. A la mañana entreno con el equipo de Primera, al mediodía a corto para almorzar en una parrilla que queda a unas cuadras y a la tarde tengo mi segundo trabajo en las canchas de tenis del club. A algunos les llama la atención mi rutina, pero es por mi forma de ser. Vivo pendiente de lo que pasa en Brown. Empecé acá en el baby y seguí hasta ser técnico de los profesionales. - ¿Y qué es lo que lo llevó a vivir en el club? - Fue la vida. Yo tenía una familia, pero como todo matrimonio que sufre un desgaste, me separé. Viví casi tres años en una pensión, y la verdad que se trató de una situación triste. Los dirigentes del club me preguntaron si quería quedarme acá y tratar de cuidar, de mantener el lugar. Y acepté sin dudarlo. Antes de estar en una pensión, preferí quedarme donde me siento más cómodo. - ¿Por qué Brown se destapó este año? - Hace más de dos años y medio que venimos trabajando con un mismo proyecto. Ahora salió a la luz todo lo que se venía construyendo. Muy en silencio y de a poco. Esto viene en crecimiento. Se están dando los resultados con mucho sacrificio. Si bien estamos pasando un buen momento, tenemos los pies sobre la tierra. Nuestro objetivo es tratar de superar la campaña del campeonato pasado, que fue la mejor que hicimos en la historia. Pero no puedo decir que vamos a ser campeones, todavía es algo que no puedo prometer. - ¿Le conviene al mundo del fútbol que ascienda un equipo chico como Brown? -Uno pensaba que por ser un club chico nos iban a tratar de voltear, como se dice vulgarmente, pero lo cierto es que el campeonato pasado y éste, en los cuales Brown tuvo una participación importante, el club no sufrió ningún perjuicio. Nunca se dio una situación como para que uno piense que me querían tirar abajo al equipo, o algo así. Desde mi lugar, te puedo decir que Brown está disputando un campeonato de igual a igual con los más grandes y hasta ahora no tuvimos ningún problema. -¿Su futuro está en Brown? - El día que vos no me vean en Primera división, voy a estar trabajando con los chiquitos de la misma manera y con las mismas ganas que ahora. A mí, de acá, no me saca nadie. Tres pesos no me van a cambiar mi vida, y menos a esta altura. Soy de Brown y no me voy a ir a ningún lado. No pienso traicionar mis pensamientos, de acá no me muevo. Quiero ser feliz, estar tranquilo, vivir en donde me siento más cómodo, sufrir y llorar por este cuadro. No es que lo digo de la boca para afuera. Lo digo de verdad. Uno tiene que ser agradecido de la gente que le dio una mano en un momento difícil. En Brown nací, y en Brown voy a morir. Es así. Fuentes: http://www.turiver.com/ http://tiempo.infonews.com/ Leer más...

martes, 14 de mayo de 2013

Crónica de una pasión Canalla


Fui por primera vez a la cancha -palabra lacaniana, vaginal- una tarde dictatorialmente hermosa, plenamente azul, del invierno de 1977. Jugaron dos equipos, Argentinos Juniors y Rosario Central, que por esos años y el par de décadas que los rodearon darían lo mejor de sí mismos, lo mejor de la leyenda a medias consumada del viejo fútbol lírico argentino, ese que produjo tanta mala poesía y tanta mala ideología, el fútbol del toque y la gambeta propinados por equipos no monopólicos. Fui a la platea, fui con mi viejo, que tenía puesta una chaqueta de cuero que le duró toda mi infancia y mi adolescencia, con mi tío Jaime y con mi hermano Lucas. Estábamos en un lateral, cerca del arco a cuyas espaldas no hay, todavía hoy, una tribuna, sino una pared. Algún jugador bestial tiró un par de pelotas a la calle, y me llamó la atención que unos chicos, agazapados en la vereda de San Blas, se abalanzaran sobre ellas para robarlas, ¡era plena dicta, prehistoria de la sensación de inseguridad! ¿Quién era el inventor de Rosario Central en mi cabeza, el tipo que me llevó de la mano a las puertas de una creencia a la que todavía adhiero? Mi viejo venía de simpatizar un tiempo, moderadamente, con los sueños armados de su generación, y ahora se las estaba arreglando como podía para arrimar el guiso a esa familia de varones que estaba fabricando con mi vieja: otro hermano más, Felipe, incubaba en la panza de ella, y Federico llegaría tres años después. A los setenta y siete minutos de ese partido del Campeonato Metropolitano del año en que el punk coronó, un partido que El Gráfico calificó como discreto -malo, regular, las misteriosas discreto e intenso, bueno, muy bueno y excelente eran las categorías que manejaba la revista monopólica-, Argentinos hizo un cambio. Un delantero con dotes equinas habrá salido al trote, un trote ni apurado ni estirado, y se habrá besado, a lo macho, con un chico delgadito, un adolescente de 16 años, petiso, rápido, decorado con unos rulos morochos, afro casi. Mi abuelo había palmado un año antes, de un infarto, a los sesentaipico. Le había dejado a mi viejo una bonita casa al pie de una barranca en Vicente López -donde vivíamos desde el '75 y de la que se mudarían, él y mi vieja, animales del museo de la costumbre, recién treinta y cinco años después- y una crisis bastante importante en el ánimo: la dictadura y la sombra de su padre self made man (de un humilde hogar inmigrante en La Boca a la vicepresidencia de Boca Juniors y la intendencia paraperonista de Avellaneda) sonreían sobre la cabeza atribulada de mi viejo. Después del partido, fuimos, como todos los domingos a la noche, a la casona de Belgrano donde ahora vivían solo mi abuela y mi tío Jaime. Mientras se hablaba, probablemente, de la plata que empezaba a ser dulce, de los partidos de esa tarde, tal vez de política (¿cómo se hablaría de política, entonces? No muy distinto que ahora, estoy seguro), mi hermano Lucas se acostó en el piso a dibujar una escena del partido. Los rulos del morocho de Argentinos ocupaban casi la mitad de la hoja. En sus trece minutos y pico en la cancha, el morocho no había podido hacer demasiado para el Bicho, pero su carril izquierdo en ese segundo tiempo estaba ahí, a metros de nosotros, y algo de su magia pelotera, que se haría célebre (el más ligero de los signos de esa celebridad sería que el estadio adonde habíamos ido llevaría décadas más tarde su nombre: Diego Armando Maradona), sedujo a nuestras neuronas inocentes, desde ahí hasta la eternidad. A mi viejo lo había seducido, casi veinte años antes, la pegada de un flaco que jugaba para Central, y que en ese año 1977 era el entrenador de la Selección. Menotti sería pronto campeón del mundo, pero postergaría por ocho años la posibilidad de que el chico de rulos también lo fuera; en lugar del delantero de Argentinos, el goleador de ese Mundial iba a ser Mario Alberto Kempes, una bestia humana que había arrollado todo a su paso por Central. Pero a comienzos de los sesenta, Menotti jugaba al trote lento en Central, y mi viejo y mi tío Jaime, que hasta entonces eran de Boca, habían visto la luz, casualmente también en un partido de Argentinos con Central, en la misma cancha de La Paternal. Los caminos del Dios de Central son misteriosos. En ese del '77 que fue mi primer partido de fútbol en la cancha como hincha, mi viejo andaba un poco a la deriva (¡es un quilombo hacer una familia con cuatro hijos, haberse mandado unos moquitos de joven, que un gobierno autoritario medio te persiga, y que tu viejo se acabe de morir!) y decidió, quizás por tener los 33 de Cristo, volver a abrazar la fe católica, refugiarse ahí, en esos antiguos rituales, del bardo de la vida. En el Argentinos-Central de los sesenta, en cambio, mi viejo y mi tío habían visto la luz y habían abrazado para siempre la fe canalla. La católica fue una creencia problemática, de la que sus hijos abjuramos promovidos por nuestras hormonas y por la democracia laica. Pero bajo esa otra fe anómala, extraña, desviada, obsesiva y rebelde que fue ser porteños hinchas de Central nos hicimos hombres los varoncitos de la familia. En el Argentinos-Central del '77, en el minuto setenta y siete, cuando el morochito de rulos pisó el pasto que treinta años más tarde llevaría su nombre, puede decirse, terminó la era del fútbol profesional y popular, y empezó la era del fútbol mediático. Yo tenía cinco años. Empezaba, de algún modo, a hacerme hombre: a eso vamos los varones a las canchas. El fútbol es una cuestión de padres e hijos: al menos lo fue en mi caso. Aunque la platea del Gigante de Arroyito es famosa por sus muchachas en flor, el espectáculo del fútbol es todavía hoy muy predominantemente varonero. Cincuenta mil tipos se juntan todos los domingos y cantan sus bravatas. Les cambian la letra a melodías románticas, le ponen vino y droga a lo que venga, juran que van a matar a todos y proclaman su amor eterno por una entidad abstracta: un acting exagerado que da ternura infinita. ¿Qué es lo que se ama? ¿Al club? ¿A la camiseta? ¿A los jugadores? Ninguna de esas respuestas es correcta: como toda fe, la del hincha de fútbol es un intento por reparar el misterio y la contradicción. Por eso el fútbol es un espectáculo que ignora los silogismos y tiene mucho de masoquismo. Se crece a partir del sufrimiento, del dolor. Ser hincha de fútbol es aceptar la fatalidad. Ya desde el primer minuto en una tribuna, las caras de los espectadores se desencajan y los maxilares braman las palabras del inconsciente. Referís, técnicos, jugadores rivales y jugadores propios son el blanco imaginario o real de cargadas o puteadas endemoniadas, gritadas, susurradas o cantadas. Creamos nuestro yo a partir de los otros. Los partidos y los campeonatos proveen la estructura del relato, un lapso en el cual los héroes (hinchas o jugadores) afrontan peripecias y salen de ellas transformados. Igual que en la vida, a veces se gana, otras se pierde y otras se empata. En lapsos más largos (un campeonato), la mayoría de las veces se promedia la mitad de tabla: ni se cumplen las expectativas más locas ni las profecías más trágicas. Pero hay excepciones, excepciones necesarias que funcionan como los grandes relatos épicos nacionales: el Mio Cid o el Martín Fierro nos tranquilizan, garantizan que un país o una civilización existen. De la misma manera, el relato oral y periodístico de las grandes hazañas futbolísticas refuerza la pertenencia imaginaria a esa experiencia mística que es ser de un equipo de fútbol. Las cábalas son los rituales de esta religión, la certeza irracional de que todo el universo está ordenado en función del propio equipo. El fútbol, dice el periodista español Santiago Segurola, es la guerra ritualizada: ahí es cuando aparecen las mujeres. La mamá que nos prepara los ravioles antes de ir a la cancha o la novia que nos acompaña en los primeros tiempos del romance son comprobación y testigo de nuestra condición varonil, enfermeras físicas y morales de nuestro pasaje por la guerra simbólica, productoras de sonrisas que creemos comprensivas con el destino fatal y cambiante que nos depara nuestra obsesión con el juego de la pelotita de cuero. ¡Pobre mi vieja! No solo nos bancó a sus cuatro hijos un total de 36 meses dentro de su vientre, sino que se bancó a los cinco (hijos y marido) conversando obsesivamente, durante todos los años ochenta y noventa, acerca del lejano, exótico, fastidioso Rosario Central (a cuya tribuna había ido un par de veces, aguja y ovillo de lana en mano, en los comienzos sesentistas de su romance con mi padre). Éramos la patrulla perdida de una utopía insistente. Lejos de la inquina con nuestros primos leprosos, estábamos rodeados de gallinas, de bosteros, de hinchas del Rojo, y muchas veces nuestra pasión venía con nota al pie: "No, cuando digo la Academia me refiero a la Academia rosarina". Entre el 84 y el 87, un equipo terrible, un par de directores técnicos estupendos, cuatro o cinco grandes jugadores y una veintena de animalitos de Dios consumaron la Edad de Oro Canalla. Entré a esa era a los 12 (luces calientes atravesaban mi mente) y salí a los 15, transformado en un adolescente ardiente, provisto de una fe que me permitía afirmar mi identidad, tener una marca en el orillo, ser reconocido, ser yo, de Central hasta la muerte. La Edad de Oro Canalla empezó, por supuesto, de manera horrible. Fue el domingo 16 de diciembre del 84, en un Falcon gris del 79 estacionado en la quinta de Arturo Goetz, un amigo de mi viejo. Tiene que haber hecho calor, pero yo me acuerdo de una tarde fría. Ahí escuché, con esperanzas cada vez más espesas, al Gordo Muñoz narrando cómo Boca le ganaba 2 a 0 a Central. Cuando terminó el partido, giré mi brazo derecho doblado en el codo, cerré el puño y extendí mi pulgar hacia abajo, mirando a mi viejo que a ochenta metros, desde la mesa de los adultos, me miraba fijo, pero fingiendo interés en la conversación con sus amigos: Boca nos había mandado a la B. A eso se le llama pasión: a sufrir. Pero en los años subsiguientes hubo milagros suficientes para completar los formularios de la fe. En el último campeonato de la B antes de que se inventara el Nacional B, el del '85, el Central de Pedro Marchetta hizo desastres de la mano del pequeño Raúl de la Cruz Chaparro, salió primero por varios puntos y dejó tercero a Racing, descendido dos años antes. Durante las vacaciones futbolísticas de Central antes de su regreso a primera, hizo magia en México aquel morocho de rulos al que habíamos visto casi debutar: la del Mundial '86 es una historia más conocida. Y, en el país de los campeones del mundo, el primer campeón fue el recién ascendido Rosario Central, que practicó el último fulbito de la vieja escuela, guiado por dos insides lentos, tocadores, campantes: el Negro Palma y el Pato Gasparini. El 2 de mayo del '87 nos preparábamos para salir hacia el partido consagratorio en la cancha de Temperley (Central le llevaba apenas un punto a sus segundos) cuando se oyó el llanto de un excluido. Mi hermano menor, alias Tito, de 5 años, no estaba contemplado en la excursión, pero su instinto de pertenencia futbolera pudo con todas las precauciones maternas. Le fue colocada la enseña auriazul y partió junto al resto a su bautismo de guerra. La célula canalla estaba completa, y partimos, desde el chalé de Vicente López hacia el conurbano sur, a ver a Palma transformar un penal anodino en un gol tan inolvidable como el que un año antes Diego les había hecho a los ingleses. La vida de un hincha de fútbol, sin embargo, se puede volver burocrática. Años y años de pelotazos impunes, gambetas cojas, goles rascados en el fondo de la olla ponen a prueba la mejor pasión. Central campeonó cuatro veces entre el año en que nací y el año en que cumplí 15. De mis 15 a mis actuales 40, nada, y cada vez más nada. Una y otra vez visité lugares impiadosos, como el mausoleo visitante del gélido Monumental de Núñez, solo para ver cómo los Francescoli, los Salas, los Aimar y los Saviola nos pintaban al óleo. In my face, ¡Conejo maldito! Pero lo peor no sé si fue padecer el genio ajeno, sino perder cada vez más seguido contra rivales cada vez más grises. Los tiempos me cambiaron terriblemente a mí, pero también a todos, incluso un poco al mundo, tan lento y largoplacista. El finísimo Diego Maradona se fue transformando en un ídolo impresentable, difícil de asimilar. El Diego, jugador de los medios, le cedió su trono a Messi, jugador de la Play. El fútbol argentino se fue precarizando a la par de la aceptación de nuestro destino social sudamericano. Las hinchadas, en particular la de Central, dejaron de mirar los partidos y se quedaron ahí, entonando drogadas sus Cantos a Sí Mismas, las canciones autorreferenciales de una fe tantas veces castigada por el apuro mercantil de dirigentes, entrenadores y jugadores. Yo en el medio hice un poquito de todo. Me mandé un par de moquitos y un par de gambetas, las mejores de las cuales fueron producir en sociedad con una bella muchacha a mi hijo, León (a la misma edad, veintiocho, que tenía mi padre cuando yo nací), y a mi hija Benita, la primera canallita mujer full full de la familia. Quizá por la falta de entusiasmo que emanaba hacia mí la ristra de mediocres que se aturrullaban con enjundia en los mediocampos centralistas, a León el bicho de la pasión tardó en entrarle. Pero otra vez un hecho trágico hizo de bautismo de esta guerra ritual, y la infección canalla le entró como un rayo a mi hijo. Una tarde de junio de 2010, Central se fue otra vez a la B después de ser humillado por All Boys en el Gigante de Arroyito. Esa tarde triste yo, desde el cinismo desesperado, cargué a mi pobre viejo con una maldición que confío equivocada: le dije que tal vez ese era el último partido de Central en la A que él veía en su vida. Desde entonces, el equipo más grande del interior del país vegeta en esa divisional que, sin embargo, se nos ha vuelto apasionante. Estoy entrando en esa edad en que el futuro se parece cada vez más al pasado: empiezo a entender a Borges, la historia es cíclica. Fingiendo que educo a mi hijo, me sumerjo otra vez en la pasión canalla. Atravesado por la corriente eléctrica de esta fe que lo convertirá en un hombre, León se pasa sus tardes preadolescentes pensando en Central desde Facebook, y sus noches soñando con lo mismo. Nuestras conversaciones empiezan a limitarse a un solo tema. Cuando trato de tener con él "esa" conversación (ya tiene 12), me interrumpe para hablarme de Jesús. De Jesús Méndez, la figura del equipo. La temporada 2012-2013 amaneció tan lluviosa para el equipo como las anteriores. Hacia la fecha one, con delanteros que eran un chiste, Central ocupaba el puesto catorce sobre veinte equipos. El horizonte de la vuelta a Primera parecía un espejismo inalcanzable. Esa vez, hicimos seiscientos kilómetros para ver perder a Central, de local, con Douglas Haig. Tres fechas más tarde, armamos una excursión peronista a Florencio Varela y ¡por fin! festejamos un triunfo, por más avaro que haya sido, contra Defensa y Justicia. Desde entonces, lentamente, empezó a producirse un milagro, y una partida de nuestra patrulla canalla iba tras sus huellas: a Rosario, a Mar del Plata, a Junín. Central ganaba siempre, uno a cero pero ganaba. Así hasta prender de nuevo la máquina de la ilusión, y, como dicen los relatores, hasta treparse a lo más alto de la tabla, después de tanto tiempo. En la última excursión, al bravo Bajo Flores para enfrentar al bravísimo Chicago en la cancha de San Lorenzo, el Azul Mecánico en que se transformó Central (por cábala, el equipo intenta no usar la tradicional camiseta azul y amarilla) hiló su duodécimo triunfo al hilo, récord histórico para los equipos del club. A mí se me mezclan los recuerdos y el presente. En mi cabeza Jesús Méndez se transforma en el Negro Palma, el lento Paulo Ferrari en el intrépido Hernán Díaz, el rosarino Encina en el cordobés Gasparini, y así. León se sabe de memoria el cancionero canalla, el fixture de las fechas que restan, el puntaje y la formación de todos los rivales. En la Play, creó un torneo de la B Nacional (los nerds del FIFA todavía no incluyeron esa división). Este curso acelerado de geografía social, de participación en un ejército informal, este tránsito hacia la contradictoria masculinidad adulta en el que hago de acompañante de mi hijo se verá dificultado, tarde o temprano, por una derrota: pero así es la vida. Habrá que rezar, levantarse, alisarse la auriazul a rayas verticales y ponerse a caminar otra vez. Mientras tanto, seguimos cantando una que empieza así: "Quiero a Central de corazón, desde hace ya mucho tiempo...". Leer más...