La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

......Tu comentario es bienvenido!! (gracias)...........
Queremos recibir tus aportes y sugerencias a: correomanoinquieta@gmail.com

miércoles, 1 de febrero de 2017

UNA NOCHE DE GARDEL EN TIEMPOS DE LE PERA

Juan no lo sabía, pera ya eran sus últimos partidos. O por lo menos sus últimos partidos en esa etapa mágica. En su carrera había ganado y perdido, pero jamás sin elegancia. Nunca había abandonado tampoco su puesto. Era un dos silencioso, eficiente, exacto, puntual. No le molestaba jugar de último hombre, casi sin cruzar la mitad de la cancha. Ni siquiera lo inmutaba haber jugado casi 200 partidos sin haber hecho un gol. No perdía el sueño por más que la pelota estuviese en sus pies esos pocos segundos que cortaba avances de los contrarios. Él estaba para otra cosa. Juan creaba el quite, buscaba el tiempo justo para arrojarse con sus largas piernas flacas y como un cirujano extirpaba la pelota del delantero que seguía corriendo como si todavía la tuviera en su poder. Su presencia en el fondo era garantía, y si él no estaba, el equipo podía venirse en picada.
Debuto en el club nada menos que en un clásico y nunca más salió. Había llegado adonde quería llegar, jugaba donde quería jugar. Hasta había participado en un mundial. Eran tiempos de paz. Tiempos que cosechaba lo que había sembrado tantos años.
Los que lo vimos jugar no recordamos haberlo visto pegar patadas, dar manotazos o ponerles cara de malo a los jugadores que enfrentaba. El rosarino se había ganado la chapa de ídolo solo por su categoría para defender. Siempre a tiempo, nunca tarde, galera y bastón. Parado en el lugar justo y en el momento indicado. 
A los 32 años quería lograr lo que muchos buenos jugadores del club no habían podido lograr, un campeonato... El año anterior tenían todo para ganarlo y lo perdieron por penales. Este año estaba todo dado para dar la vuelta. Más de una década que no salían campeones y esta vez, llegada la mitad del torneo, iban primeros. El club era una olla a presión buscando explotar. 
Entonces llega ese partido en el que la sospechosa parsimonia del desarrollo, anuncian alguna desgracia en el horizonte. Irían, cuanto mucho, veinte minutos del segundo tiempo. Cero a cero, trabado en el medio, como siempre el equipo jugaba mejor que el rival, pero no mucho. Lo suficiente para sacar la mínima diferencia o no perder. Juan, el tiempista, el último hombre de la defensa, hacía lo suyo. Ordenaba. Cerraba. Trababa e iba al piso para quedarse con contragolpes de los rivales. Hasta ahí un partido más. Pero las hecatombes no se anuncian a través de señales contundentes. Aparecen, así, como si salieran del escondite, esperando el momento más inoportuno. Simplemente se inició cuando Juan salió a cortar una pelota dividida con el siete contrario, un petiso rápido y atrevido, que siempre amagaba por adentro y salía por afuera. Juan lo espero y cuando fue al piso pese a quedarse como siempre con la pelota, sintió como la rodilla seguía de largo y el dolor lo inundo… Grave lesión que iba a dejar al equipo diezmado en la segunda parte del torneo. Para colmo tal era la seguidilla de partidos de Juan sin faltar ni un minuto, desde hacía años, que el equipo solo tenía de recambio un par de pibes de las inferiores. Todo pintaba oscuro a futuro en la búsqueda del esquivo campeonato. 
Ese partido, como la mayoría, lo ganaron casi sobre el final con un gol de tiro libre del Chino. En la semana, el técnico un poco desorientado por la inesperada baja para el resto del campeonato de Juan, recurrió a un pibe de las inferiores que solo había jugado unos pocos minutos en su carrera y ya en los diarios era una polémica de todos los días. La apuesta era brava, ya que el próximo partido era el clásico. 
Era el turno de Luis, un pibe del oeste del conurbano bonaerense que había hecho todas las divisiones inferiores del club. Se venía el clásico y Luis no había sido ni una sola vez titular. Para mayores, debía reemplazar a uno de los mejores defensores del país. Todo esto sabia el viejo back central, que ya el primer día de entrenamiento de la semana se hizo presente, se llevó al pibe a un costado de la cancha y le charlo un inolvidable monologo de 45 minutos…: 
-No siempre es mirar la pelota pibe. El último hombre mira todo, tiene todo el panorama de cómo viene la jugada. Tenes que calcular el efecto que trae la pelota, distancia, velocidad y alternativa de quite. Intenta calcular donde va a caer la bocha pero no olvides el pique o rebote que es algo muy importante. Sino tenes en cuenta esto último la pelota te puede pasar por arriba dejando al delantero mano a mano con el arquero, vos sos el último escollo, el último soldado de tu equipo. 
Luis lo miraba con admiración y respeto, pero no le salían palabras… 
-Cuando quitas, mira a tu alrededor buscando opciones. Siempre la primera y la más cercana es la que tenes que elegir, son tus primeros partidos. La opción que tenes mas cerca pibe, entendelo. Escúchame bien, si robas la pelota y después se la regalas al contrario, no hay vuelta atrás. Ni en tu cabeza en lo que resta de partido, ni en la memoria del hincha. Es muy importante pibe, roba y pase corto. No te quieras hacer el Gardel, sos pendejo, ahora es robar y pase corto, robar y pase corto, grábatelo. Nada de hacerte el Gardel. ¿Sabes quién es Gardel nene no? ¿Si? Bárbaro. Bueno, nada que ver con lo que tenes que ser. Vos estas para ser Le Pera. ¿Sabes quién es Alfredo Le Pera? ¿No? Bueno, a eso voy. No te quieras hacer el Gardel, tenes que ser Le Pera. Fundamentales, pero detrás de Gardel. Nosotros los defensores somos eso. Deja que el Chino o Beto sean Gardel. Nosotros acompañamos pibe, somos el arranque, la puntada inicial, el poeta que empieza a crear para que defina alguno al que le toque ser Gardel ese día. Grábatelo, vos y tus alrededores, donde te muevas en la cancha, son Le Pera… 
Luis quiso meter un bocado, pero las palabras no le salían de la boca. Estaba por debutar en un clásico y su ídolo, el ídolo del club le hablaba como un par. 
 -Un 2 no puede arrugar. De ninguna manera te digo que vayas a partir a alguien o a jugarle sucio. Pero el pie, con fuerza, sin regalar nada. Ningún rapidito o gambetita puede ganarte trabando pibe. Ahí es blanco o negro. Ahí te recibís de último hombre, traba y dale vuelta la gamba, que la próxima vez, salte o se vaya para la otra punta. Como si fuera la última, así hay que ir todas las pelotas divididas. ¿Entendes pibe? Estas medio pálido… 
En seguida Luis abrazo al veterano defensor de mil batallas y conteniendo las lágrimas le dijo: 
-Me voy a jugar la vida en cada pelota señor, entendí todo. 
Luis debuto en el clásico, mostró un nivel y una seguridad que superó las expectativas de todos. Y encima en un puesto tan clave como el de primer marcador central. El club iba camino al título y los sueños de ambos defensores estaban al alcance de la mano. Pero faltando dos fechas, como nada de lo que cuesta o se añora puede salir sin sufrimiento, una derrota de local complica el campeonato. 
Llega la anteúltima fecha, partido de visitante y la obligación de ganar. El partido transcurre y la victoria hasta ahí estrecha le permite por ahora seguir soñando con ese campeonato. Pero el local está cada vez más cerca del empate y la mayoría espera que ocurra la lógica antes del final… 
Luis hasta ahí, había cumplido en los ocho partidos que transcurrieron, el manual del perfecto zaguero. Algunos aplausos bajaban de las tribunas cuando la tocaba, pequeños instantes, ya que Luis haciendo caso a su "consejero", largaba rápidamente la pelota al primero que se le acercaba. 
Faltando pocos minutos, la pelota se le va larga a un compañero y cae suave en el muslo derecho de Luis que achicaba espacios en la mitad de la cancha. Controla el pique y en vez de tocar inmediatamente, gira… Escucha los aplausos que bajan de la tribuna “Bochini” y se queda unos instantes más con el esférico en su poder… Faltaba únicamente buscar con la mirada al tres que ya se abría por izquierda o algún volante que se acercara a pedirla, para que pase el tiempo del juego. Pero entonces pasó lo que nunca había pasado antes. Luis bajó de nuevo los ojos y vio sus pies embarrados, su rodilla raspada, sus medias bajas, y la pelota radiante, reluciente, debajo de los viejos reflectores que parecían que solo a ella iluminaban. Los gritos desde el costado de la cancha le llegaron de inmediato ¡Lárgala, lárgala! Gritaba el técnico charrúa desaforado, al que el final del partido se le hacía interminable. Pero algo dentro de Luis tomaba forma. Cascini, el volante contrario, advirtió sus vacilaciones y se le vino al humo para atorarlo en su torpeza. Luis no pudo evitar bajar de nuevo la cabeza y volver a ver la pelota, como nunca hasta entonces, hasta enamorarse perdidamente de ella hasta el último rincón de su ser. Respiro profundamente y avanzo. Empezaba a entrar en la historia para siempre. Dejo atrás a Cascini, paso entre medio de Cravero y Mayo y cruzo el círculo central. Hamacó su cuerpo, balanceó su cadera inexperta, y dejó que el botín acariciara suavemente la pelota unos metros hacia adelante. El técnico ya sacado, tiro la botella de agua a un costado y le gritó que la tire al área. En eso sintió la mano de Juan, el veterano central que le dijo: déjalo que siga… Luis los miro un instante, sin prisa y con dejadez y siguió avanzando. Llegó hasta ¾ de cancha casi sin despeinarse y ya había dejado tres contrarios en el camino. Iba con la cabeza en alto, con el gesto sereno, con una libertad indómita que le nacía en el estómago y lo invitaba a seguir yendo. Cuando al fin le salió Baena el defensor central, Luis le amago hacia la izquierda y acomodo su cuerpo para la derecha, pero en su apuro inexperto la tiró algo larga, de modo que Bellini apuro su paso pensando que lo cerraba, seguro de llegar primero. Pero no, Luis se recuperó y cuando el arquero salía a achicar, la adelantó la derecha y casi yendo al piso como cuando robaba pelotas en el área de su propio arco y con la destreza de un delantero consumado, definió fuerte, por encima del arquero Moriconi. 
Sintió la luz de los flashes. Sintió los abrazos desaforados de sus compañeros. Y sintió la caricia abrupta de la historia. Era un gol maradoniano, era la borrachera soñada, ensordecedora, de los que juegan futbol cada fin de semana. Era la locura desatada y la confirmación de un campeonato seguro y esperado. 
Así, eufórico y extasiado, lo fue a buscar a Juan al banco de suplentes. Juan lo recibió y se dieron un abrazo como padre e hijo. Entonces Juan, el defensor de mil batallas, le dijo: 
 -¡¡Sos Gardel pibe!! ¡¡Sos Gardelito fenómeno!!
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miércoles, 11 de enero de 2017

EL PRIMER GOL DE FEDERICO

Hay un texto del Negro Dolina que siempre me marco a fuego. Describe a través de los Hombres Sensibles de Flores, al fútbol como el juego perfecto. Arengaban a respetar a los cracks del fútbol tanto como a los artistas o a los héroes. “En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos episodios. Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La nobleza y el coraje del que hincha sin renunciar. La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades. La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto” Son muchas las dudas que uno tiene al tener un hijo, un hijo varón. El ochenta por ciento de esas dudas para los padres que amamos el futbol, es como jugara ese pibe cuando le toque entrar a una cancha. ¿Sera fuerte, hábil, noble, solidario, avaro, leal, inteligente o bruto? ¿Sera feliz o desdichado cuando juegue? Y la duda más cruel ¿Le gustara el fútbol? Eso es lo que me produce el texto del negro Dolina, la incertidumbre de la vieja frase “se vive como se juega”. La incertidumbre en definitiva de su tu pibe va a tener para su desgracia (eso pensamos los futboleros), los “pies redondos”… Hoy temprano, pensaba como el fútbol se ha convertido en el deporte del mundo. Ni hablar acá, en Argentina dónde es casi un ritual inamovible. Cada vez es más común ver como los clubes, profesores y padres apuntan a sus hijos con la esperanza de que se conviertan en estrellas. ¿Somos los padres el problema de que un pibe con capacidades llegue o no llegue? Eso me preguntaba cuando veía a mi hijo caminando a mi lado, yendo a averiguar qué días de practica tenía la “categoría 2004” en el club del barrio. He conocido muchos padres, en realidad la gran mayoría, que sienten la certeza de que sus hijos son mejores que cualquier otro, no se dan cuenta que como él hay miles. Piensan que su hijo es único, un fuera de serie, una potencia futbolística por descubrir. Y ojo de aquel entrenador que no sepa apreciar la calidad que tiene su hijo, y mucho cuidado con el que se atreva a interrumpir la brillante carrera. Pero cuando me toco hablar con el pibe-jugador, te das cuenta que es un niño y nada más. Con ilusión, con ganas de hacerlo muy bien, con sus cualidades y con sus defectos. Recuerdo de chico, en mis primeros pasos en el fútbol, no sabía qué hacer y cada dos por tres miraba a mi viejo para saber si estaba contento con lo que estaba haciendo. Ningún pibe a la edad de cinco, seis, siete años quiere que su papá quede decepcionado, ni siquiera pensar en defraudarlo. Por estos lares, donde la mayoría de los pibes empieza jugando al fútbol, donde la base de los que juegan es muy amplia, donde el camino final se va estrechando llegando muy pocos, hay obviamente numerosas decepciones. Pocos consiguen “llegar”. Pucha si son pocos los que llegan. Poquísimos… Obviamente quiero que mis hijos disfruten practicando deporte, que se relacionen con nuevos amigos y que vayan adquiriendo nuevas destrezas según pasa el tiempo. Pero en el fútbol es distinto. En el fútbol, muchos, confunden el juego con un deporte competitivo de adultos y volcamos en nuestros pibes todas nuestras frustraciones. Y ahí está la encrucijada en cuanto tu hijo empieza a jugar. Sabemos desde chicos que cuando empezamos a jugar al fútbol, según como jugamos, es una de las consideraciones que tenemos dentro del grupo de amigos. Eso también nos asusta como padres. Si tu hijo juega bien, pocos o ninguno abra que lo moleste, porque la consideración del grupo será alta si es buen jugador. Y será blanco fácil de futuras burlas si es un mal jugador. Ojalá que aquello que decidí, sin pensarlo si quiera un segundo, cuando empezó a dar sus primeros pasos, solo sea un obsequio de lo que uno piensa serán momentos únicos. Nunca le pregunte a mi hijo que deporte quería practicar, simplemente le regale una pelota y una camiseta. Di por sentado que le iba a gustar el fútbol, el mejor juego, el mejor deporte de todos. Con estas preocupaciones y reflexiones iba a ver el primer entrenamiento de mi hijo. Era jueves, y como todos los jueves desde hacía un mes a las seis de la tarde, la categoría 2004 entrenaba en el club del barrio. Federico espera con ansiedad y alegría, poder ir a aprender a jugar al fútbol. Todavía no entiende mucho las reglas del juego, pero disfruta pegándole a la pelota todos los días en el patio de casa. Está empezando a sentir dentro suyo toda la pasión que genera disfrutar del deporte por primera vez en su vida. El profe reparte las pechera verdes y naranjas porque a punto esta de empezar el partido de práctica. En ese momento, su abuelo se hace presente también en el club para verlo jugar. Federico que lo ve a lo lejos sentado junto con su padre, se alegra de su presencia gritándole que lo mire como patea la pelota. Ya van 10 minutos del partido, el padre y abuelo de Federico se distraen en una
charla entre ellos dos, mientras Federico “relojea” si lo miran o no, hasta que sus compañeritos le reclaman airadamente que dejo pasar la pelota dos veces por adelante suyo, por distraído. Luego de un rato de charla, y segundos después de un silencio entre ambos, casi en simultaneo, padre y abuelo de Federico miran hacia la cancha para ver como venía el partido y justo lo ven. De repente recibe una pelota que algún compañero le envía, correr sabía y ahora tenía que hacerlo llevando la pelota delante suyo. La patea para adelante entre tres jugadores de pecheras naranjas y verdes, sigue corriendo y pasa por el costado de otro jugador y cuando el arquerito sale desaforado a su encuentro le pega de puntín. El arquero muy sorprendido ve como se le mete la pelota dentro del arco. La emoción se apodero del chiquito que salió gritando su gol desaforado haciendo una vuelta olímpica a la canchita de “baby fútbol”, mientras sus compañeritos lo seguían por toda la cancha, queriéndolo abrazar, pero al mismo tiempo escuchábamos con su abuelo que le reclamaban algo. Su abuelo y su padre aplaudían y gritaban su nombre emocionados y divertidos por el enorme festejo de Federico, que seguía gritando y corriendo como loco alrededor de la cancha, hasta llegar adonde estaban su padre y su abuelo para decirles: Hice el gol yo… No importaba ni iba a importar, por más que el profe y algunos de sus compañeritos le intentaran explicar mientras lo seguían, que era para el otro arco que él tenía que patear. Nada ni nadie, le iban a quitar la emoción inmensa de su primer gol, por más que fuera en su propio arco. Ahí nomás fije la mirada en mi hijo que, tras jugar su primer partido, sale sonriente a mi encuentro y me pregunta como jugo… Me doy cuenta de que quizá no será Messi, también lo poco que me importa en esos instantes que no lo sea, pero si me importa más que nada, que pueda experimentar lo que el fútbol me dio, en definitiva, para bien y para mal, mayormente lo que aprendí de la vida, me lo enseño el fútbol. Leer más...

miércoles, 14 de diciembre de 2016

TERESITA...

Esta última etapa recuerdo a mí manera, aprendí hace poco o mucho tiempo que hay muchas maneras de recordar y yo me inventé una… Me convertí en una experta en esta nueva manera de recordar, pero casi al mismo tiempo una experta también en olvidar viejos recuerdos... Pocas veces recuerdo que me olvido, se también que no vale la pena el esfuerzo por cambiarlo, mal me hace. Esta nueva etapa me esconde verdades, pero también quienes están alrededor me recuerdan las suyas y en todas por suerte, yo soy la protagonista. Me tranquiliza que las personas con las que estoy se presenten… ”Hola soy…”, con decirme esas palabras ya sé que estoy en un lugar seguro, porque me conocen… A veces siento que hay alguien que se lleva mis cosas. Me va quitando lo que soy, no lo logra completamente, pero si, día a día me siento más indefensa. Tengo quienes me visitan y me recuerdan quien soy, aunque haya días difíciles. Sin ellos, sería aún más difícil. Y seria muy triste… Pero se también, lo aprendí en mi nueva manera de recordar, que nadie puede quitarme lo que me pasa todos los días. Que nadie puede quitarme lo que viví, lo que me cuentan que viví en muchos momentos…, yo sé bien que la lluvia me moja, reconozco el aire refrescante en mi cara, el sonido de una risa, o la extraña alegría de ver un rostro repetidas veces. Esos sentimientos me van a acompañar hasta mis últimos días, por más que a veces no pueda realmente explicarlos. Por suerte, pese a que a veces me olvido de personas y recuerdos, quienes están hoy a mi alrededor no se olvidan de mí y eso me tranquiliza. Todos me nombran, algunos de diferente manera, los que veo seguido y los que veo de vez en cuando. Yo ya no se casi nada, se pocas cosas, pero mis sentimientos siguen intactos, no siempre los entiendo y a veces dudo en compartirlos, pero esos sentimientos del corazón siguen ahí. Sigo teniendo frío, calor, miedo, alegría, bronca, y muchas cosas más; pero pocas veces se lo cuento a alguien. Ya no me gusta hablar, hablo poco, muy poquito, ya es algo con lo que no me siento tan cómoda. Por lo que me dijeron recién yo hablaba mucho, hablaba con todo el mundo. Hablaba con vecinos, con la familia, con desconocidos… Preguntaba mucho, eso me gustaba también me dijeron... Ahora me encanta añorar…, creo que es un sentimiento que se repite muchas veces en el día, a veces añoro sin saber qué y quizás nunca lo sepa. Me gusta pensar, no sé si porque me lo repiten mucho o lo tengo en lo profundo del ser que ahora soy, que los sentimientos pertenecen al mundo del corazón, no al mundo de la memoria, que es el mundo que día a día me está abandonando. Me gusta que me cuiden, que me hablen, aunque no conteste y a veces ni los mire, pero me gusta mucho el sonido de las palabras, de las dulces palabras de quienes me acompañan, de esos rostros que se repiten y me hablan. Ya lo dije creo…, sé que hay alguien que se está llevando mis cosas, mi ser. Pero se también, puedo sentirlo, que jamás se podrá llevar lo que sueño por las noches, aunque muchas veces no lo recuerde cuando me despierto. No se podrá llevar lo que siente mi corazón. Sé, de esto estoy segura, que por más que se lleven todo, quienes me rodean, quienes me quieren, guardaran para siempre mi historia y mis recuerdos. A ellos no se los van a poder robar. Sobre todo, a esos rostros que veo seguido y me llaman mamá... Leer más...

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA PISADA DEL NARIGÓN

Correr corre cualquiera, jugar al futbol es más complicado
 Juan Román Riquelme

Nos entendíamos en la amistad que compartíamos a diario, como en el futbol. Si, asi, no al revés. Una mirada, un gesto, eran premonición de lo que inmediatamente sucedía y la pelota volvía redonda de los dos lados. Y en la cancha se notaba, imagínense como se notaba en la cancha. El narigón era un fenómeno jugando al futbol, de esos que no abundan. Éramos compañeros de secundaria, y durante esos años de futbol y de amistad lo vi hacer cosas increíbles con la pelota. Pero había dos cosas que lo destacaban del resto, la pisada…y el pase. Yo soy un barrabrava del pase.

El pase en el futbol es para mí, el futbol mismo. Y el narigón fue uno de los que mejor interpretaba este concepto. El pase y el control del pase. El control, pisada mediante, para recibir el pase que te dan, sin mirar la pelota, como lo más natural del mundo, como un suricato que recibe y mientras recibe ya está mirando lo que pasa con sus compañeros. Acompañado de la precisión en la pegada, pero no en la pegada al arco, porque el pase también es pegada, visión estratégica para saber dónde y cuándo debería ir el pase, para entregarlo. Parece fácil. No es fácil. No siempre es solo dársela a alguien con el mismo color de camiseta. Hay algo más que eso. El momento en que lo das…., Dónde se la das, dependiendo de la ubicación y la velocidad que lleva tu compañero….Qué potencia tiene el pase que das…Donde cae la pelota si es un pase largo…. Qué ventaja le sacas al contrario si tu compañero se encuentra con la pelota…No, no es fácil. Pero al narigón le salía fácil….
Pero lo que lo hacía distinto, exquisito, era la pisada. Dicen que hay una cancha en Morro da Mineira, un barrio pobre de Río de Janeiro, donde instalaron una serie de baldosas abajo del césped, un total de 200 placas cinéticas situadas bajo el césped artificial captan las pisadas de los jugadores y las transforman en luz. Creo que hay algo de eso en la pisada, el control, la energía que sube por la suela que te recorre el cuerpo, te carga la batería y te invita a pensar. La pisada del narigón era luz… Pisar y saber pisar pelota es una diferencia parecida a correr y jugar al futbol. Una la pueden hacer casi todos los habitantes de la tierra, la otra, solo unos pocos. Pisarla, saber controlar el rebote, ese pequeño rebote puede ser el contraste entre quedarse con la pelota o que la afane el contrario. Pero muchos se preguntarán… Para que recibir la pelota con una pisada? …es más fácil esperarla con el borde interno…Pero no, pisarla es dominio, autoridad…, la pelota va a quedar quieta, debajo de uno, es decir, en nuestro poder y podemos jugarla o protegerla, hacer con ella lo que se nos cante, porque ahora es nuestra. Podemos decidir, mirada al horizonte, que hacemos con lo que todos quieren y desean, pero que ahora es nuestro. El narigón lo hacía a la perfección, porque pisaba la pelota en conducción, se llevaba la pelota al cuerpo, como una extensión más y era imposible sacársela. 
Pero todo lo sutil que era para jugar al futbol, lo perdía cuando encaraba el día a día de la vida. En la vida cotidiana era un petardo, donde de repente explotaba y te dejaba pagando con algún comentario salido de otro planeta, un planeta de excesos, los viejos “sanos excesos”, donde las noches a lo sumo terminaban en una peregrinación a casa para sacarse la borrachera y regar de orin o vomitar algunos canteros del barrio… 
Ya estábamos transitando los últimos tiempos de la secundaria, y éramos muchos los que insistíamos que se fuera a probar a algún club, que se le estaba pasando el “cuarto de hora”, que el año que viene ya iba a ser tarde “por la edad”. Pero la respuesta, tajante, era siempre la misma: “no jodan, el finde es para las minas y los amigos…” y fin de la discusión…una discusión que se daba cada dos por tres ese año…. 
Teníamos jóvenes 16 años en esos momentos, y el narigón hijo de un padre semiausente, vivía con su madre y ya era hace rato “sostén de familia”. Trabajaba en Sacaan, la vieja panificadora de Ituzaingo: “Sacaan, el buen pan”, ese inolvidable slogan. La fábrica estaba a unas cuadras de donde estudiábamos. Era el único de la clase que laburaba, lo que le daba ciertos “permisos” con los profesores que lo dejaban salir antes o le perdonaban la vida seguido a la hora de pruebas y cierres de notas que definían si te quedabas el verano estudiando. De lunes a viernes estudiaba de mañana y cuando el mediodía empezaba a despertar, salía rápidamente a la fábrica, ubicada a 3 cuadras del colegio. Ahí laburaba el turno tarde de operario y juntaba lo suficiente para llevar el mango a la casa.
Pero los que lo veíamos jugar, estábamos decididos a que se probara y nos confirmara, lo que veíamos cada vez que rodaba la pelota. Decidimos que, si no era porque él quería, de alguna manera lo íbamos a obligar a ir a probarse. En esos tiempos Sacaan era la publicidad principal del Club Atlético Ituzaingó, justo donde laburaba el narigón. Sabíamos que 3 o 4 jugadores de Ituzaingó trabajaban en Saacan quien les daba seguido permisos especiales para entrenar y algo más de guita por la doble función de operario y futbolista. Ituzaingó estaba rearmándose en esos años después de haber estado en la gloria cuando disputo las temporadas 92/93 y 93/94 en el Nacional B, y ahora un par de años después, venía en franco retroceso institucional y deportivo. Con el narigón lo íbamos a ver seguido desde el 94 y veíamos como se iba hundiendo de a poco la institución, mientras Sacaan “el buen pan”, le iba retirando el apoyo financiero. 
Por suerte el destino a veces, pocas veces, realiza jugadas donde te deja el claro para correr a encontrarte en un mano a mano que no esperabas... Con lo que habíamos podido averiguar a través del cortito, hincha asalariado de la barra del verde, justo en dos semanas, Ituzaingó probaría jugadores de todas las categorías hasta 18 años…, era la oportunidad perfecta. Me toco encararlo a mí al narigón, le explique la ventaja de jugar en un club donde el que pone la guita para que subsista era justo el dueño de la fábrica en la que él laburaba, situación inmejorable... Le di un discurso económico, social, deportivo, y hasta un discurso filosófico de las causas naturales de lo que depara el universo a los hombres en momentos claves de la vida…pero siempre lo mismo…, la misma frase lapidaria con que acababa este tema, "Negro, los fines de semana están hechos para las minas y los amigos…” me sentencio. 
Nos quedaba la última chance, resolverlo en la joda de la noche, donde el narigón solía mandarse las cagadas de las que después se arrepentía en la semana… Ese fin de semana, después de cargosearlo hasta el cansancio sobre ir a probarse, ya medio "empedados", llegó el turno del cóndor. El cóndor, nuestro extraño amigo con plata que se tomaba hasta el agua de los floreros… Nuestro ahora protagonista amigo, ya avanzada la noche, le aposto a puro “fondo blanco” la presencia o ausencia del narigón la semana siguiente en la prueba del “verde del oeste” según propias palabras del cóndor, que también era hincha rabioso de Ituzaingó. Pero el retruque fue que si en la apuesta resultaba ser el narigón quien ganara, el cóndor tendría que pagarle 4 fines de semana seguidos de tragos… Y asi arranco la noche…. Y así siguió… Después de 5 horas de brindis y “fondos blancos”, el cóndor le gano, o por lo menos se mantuvo unos minutos más que el narigón antes de también “lanzar todo” y quedar abrazado durante largo tiempo al árbol de la puerta de casa... Pero lo importante de esa noche es que termino con la misión cumplida… 
El lunes el narigón pego el faltazo a clase, entonces apenas salimos del colegio nos fuimos a Sacaan a verlo. Desde la puerta de la fábrica bailamos, jodimos y mediante gestos lo “garchamos de lejos", dejándole claro que debía pagar la apuesta el próximo sábado a la mañana. El narigón cerro la persiana de entrada de la fábrica y nos mandó a cagar a todos. Pasada la semana, el viernes, día anterior a la prueba, apenas entramos al colegio, el narigón me encara y me dice: “negro, estuve pensando toda la semana…, esta bien, yo voy a ir, pero vos, escúchame bien…, vos venís conmigo”. 
Y así fue. El sábado ya estábamos a las 8 en el club esperando que arranque la prueba de jugadores. Había, sin exagerar, no menos de 80 pibes de 14 a 18 años esperando probarse. Todavía quedaban las rémoras del éxito que había tenido el verde en el Nacional B… Así fue que a las 9 ya estábamos jugando el narigón por un lado y yo por el otro, en canchas distintas con ajenos que competían por lo mismo, entre sí, en un mismo equipo…
Jugamos partidos de 20m, uno a las 9, otro a las 10 y el ultimo a las 11… A las 13 hs nos llamaron y nombraron a 6 personas entre las que estaban el narigón y yo… Nos dijeron que a las 16hs jugaríamos con la 4ta división del club, mezclados. De los 6 que quedaron, sacando el narigón y yo, también había un arquero, un 9, y dos laterales, uno por derecha y uno por izquierda. A las 16hs, el arquero, el narigón y yo fuimos para los de pechera verde. Los otros 3 para los pechera blanca.
Como era de esperar, nos tocaba medirnos con jugadores que tienen el grupo armado. Jugadores que ven como de repente le aparecen competidores extraños, lejanos, sin el sacrificio que vienen haciendo ellos año tras año, muchos, desde la 9na. división. Y Ahí aparece la famosa camarilla y el arreglo, espontaneo o no, muchas veces implícito, de no dejar a “los nuevos” participar del juego. Léase: no le dan una pelota... Asi pintaba el último desafío de esa tarde…
El mini partido eran dos tiempos de 25m. No tocamos una pelota en el primer tiempo, todo era de punta para arriba, y cuando podíamos capturar alguna pelota perdida, enseguida nos cruzaban feo para dejar en claro que ese no iba a ser nuestro lugar. Arranco el segundo tiempo y todo seguía igual, después de más de 15m de seguir viendo pasar la pelota por nuestras cabezas, el narigón se me acerca, me agarra de la remera y me dice: “trata de agarrarla por favor, y apenas la tengas me la das, no me falles negro…”. Semejante responsabilidad me tiro el guacho teniendo en cuenta que estos soretes seguían tirándola para arriba para que nadie pudiera demostrar nada de futbol… La cuestión es que empecé a correr atrás de la pelota como perro atrás de neumático y no había caso, no la agarraba y el tiempo pasaba… Del otro lado, pegado a la raya izquierda el narigón me miraba y no movía un pelo, solo miraba con las dos manos en la cintura, como yo corría de un lado para el otro. Cuando estaba a punto de mandarlo a la mierda de lejos, o simplemente de mandar a la mierda a todos los que jugaban complotados para que nos vaya como el culo en la prueba, se abre una mínima chance de capturar la pelota…, al 3 del otro equipo se le va larga… y ahí me llego la oportunidad. Me tire al piso a recuperarla, enseguida se me vino el 11 y la aguante con el cuerpo, levante la cabeza y lo vi al narigón que ya me levantaba la mano pidiéndomela…y se la di…. No se cuánto duro el momento que viene a continuación, porque cada vez que lo recuerdo, siempre las imágenes son en cámara lenta…. El narigón espera mi pase y recibe la pelota con una pisada… Inmediatamente de costado le mete un caño hermoso al número ocho que siguió corriendo para adelante como si tuviera la pelota en los pies…, ahí nomás se frena y se le vienen encima el 5 y el 6 que salía a cortar pensando que llegaba a la pelota antes que el narigón, pero no…, rápidamente levanta la pelota y pasa entre los dos y se va derecho a enfrentar al último hombre…pasa la pierna izquierda por arriba de la pelota como quien va a correr para esos lados, y se la lleva con la derecha… y le queda mansita al borde del área para fusilar al arquero que del cagazo de quedar mal con sus compañeros de camarilla, ya había hecho 4 o 5 pasos buscando salir a romper lo que se acercara al arco que defendía. Y ahí el narigón que parecía iba a fusilar al arquero y sacarse la bronca con todos los que armaron el complot para que no jugáramos…, la pincha… y el arquero que pensaba que se iba a la tribuna ve, como espectador de lujo, como la pelota entra picando atrás de la raya de gol…. Gol… golazo….. terrible golazo……. Todos se quedaron mudos, solo se escuchaban los aplausos lejanos de algunos pibes que ya habían quedado afuera de las preselecciones y se quedaron a mirar el partido final de la prueba… En seguida, casi al mismo momento que la pelota entraba, el narigón me mira y me dice: “¡Vamos!”. Se saca la pechera y va corriendo hasta donde está el técnico, se la entrega en ambas manos, se da vuelta y grita: “¡¡Quien mierda me manda a venir aca manga de forros!!” … Un poco sorprendido, un poco satisfecho por la revancha del momento, le entrego también mi pechera al entrenador que me dice: “para flaco, quedaron los dos, no te vayas…”, a lo que respondo: “Ya fue maestro, nosotros somos sapos de otro pozo…”, y me voy corriendo hasta alcanzar al narigón que ya me esperaba en la vereda del Club. Al otro día, domingo al mediodía, voy llegando a la casa del narigón y veo que la madre estaba hablando en la puerta con dos personas, y justo les decía: “miren, ya vinieron ayer a la tarde dos veces otros señores, y me dijo mi hijo que a todos los que vinieran a buscarlo les dijera lo mismo. Que está imposibilitado de jugar, así me dijo él, porque los fines de semana son para las minas y los amigos, que no lo jodan más…disculpen estas palabras pero me dijo que las repita tal cual señores …”, mientras les decía eso, me miro cuando llegaba y me dijo: “Pasa.., ahí está tu amigo despertándose de la resaca de anoche” y cerró la puerta detrás mío….
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martes, 3 de febrero de 2015

El día que me rendí a Riquelme

No recuerdo los preliminares. Solo sé que veía a un chico muy silencioso, muy seguro de sí mismo. Se notaba sin necesidad de hablar, en el contacto con la pelota, en la forma de jugar, por cómo corría la cancha, por las decisiones que tomaba. No trataba de complacer a las figuras. Él era él y en sus decisiones no contemplaba estar al servicio de otro. Tenía vida propia y extendía esa visión sobre el equipo. Potenciaba a los demás jugando para los demás. Y particularmente a mí me liberó. Yo jugaba en los últimos 30 metros y necesitaba alguien así al lado. Luego Riquelme revivió una frase de Bilardo: “Vos ponete en el lugar donde no lo marquen a Latorre...”. Yo atraería las marcas porque a él no lo conocían, y así podría agarrar la pelota y ser el dueño del equipo. Estos jugadores suelen tener una memoria prodigiosa para los pequeños detalles. Yo no recuerdo lo que dijo Bilardo. Antes del partido me metía en una cápsula muy privada para soportar el peso del entorno. El clima en La Bombonera conspira contra el jugador con pausa. Es una atmósfera muy caótica. La gente no deja de cantar. No puedes escuchar lo que te dice tu compañero. Cuando el equipo no está bien se profundizan todos los defectos y cuando está bien se exaltan las virtudes. Te lleva la corriente. Los murmullos. Es una sensación muy difícil de explicar. Pensar en esas condiciones, tomarse dos segundos para organizar, es un atributo de los elegidos. Otros jugadores necesitan el ambiente como una vitamina para la excitación. Él no vivía del derroche físico, de ese fervor. Lo suyo era pura inteligencia. Era un estratega. Tenía una cabeza increíble y lograba que el entorno no contaminara su fútbol. Al contrario. Él seguía siendo él a pesar de todo. Iba llevando el partido hacia su ritmo, en cada jugada, en cada momento. Las demandas de la hinchada en ningún momento le invadían su forma tan peculiar de pensar. Al revés. El que condicionó todo fue Riquelme. Proceder de la cantera operó a su favor. La gente siempre tuvo una ligadura especial con los chicos de la casa. Forma parte del orgullo del hincha. Ese verano Bilardo había hecho una gran depuración. Se habían ido 20, entre ellos Maradona, Verón, y el Kily González, y habían fichado 20 para cubrir el hueco. Y los jugadores nuevos fracasaban, no tenían feeling con el público. El equipo no carburaba. Era un momento convulso, con una gran necesidad de títulos alentada por compras desesperadas que oscurecían el porvenir de los pibes. Entonces Riquelme emergió como el representante de las divisiones inferiores. Pesó su carisma y su forma de jugar. Era la antítesis del ideal futbolístico del hincha pero la veneración fue inmediata. Riquelme se puso la camiseta de Boca y me quedé admirado. He visto pasar muchos jugadores y la fecha del debut los pone nerviosos, no pueden demostrar, les pesa el escenario y piensan que las oportunidades son pocas. De pronto evidencian que están sobrepasados. Con Riquelme fue todo lo contrario. Jugó con una naturalidad asombrosa, con frialdad. Frialdad como cualidad, no como desinterés: era él, la pelota y el ambiente, como si todo resultase muy familiar, como si todo lo que sucediera fuera no le importase para recibir, levantar la cabeza y jugar. Con el aplomo de un veterano. Con 17 años fue una de las figuras de la cancha. Le dio el pase del 2-0 al Negro Cáceres. Riquelme es el mejor jugador del fútbol argentino de los últimos 30 años. No creo que otro vuelva a ganar tres Copas Libertadores con una incidencia total en el funcionamiento del equipo. He visto equipos que han jugado solamente para contrarrestarlo y no han podido. Y eso que él no tenía el don de la habilidad para sacarse marcadores de encima. Pero con un simple toque, con una lectura adecuada de la jugada, con una pausa justa, con una caricia te desahogaba la maniobra. Su capacidad creativa generaba una sensación de plenitud en el espectador. En su tiempo, no hubo otro igual. Tal vez Zidane. Fue un líder en toda la dimensión del término. Aumentó la dimensión de los grandes partidos y dio la sensación de que cuanto mayor era la dificultad más natural se sentía. La palabra crack incorpora momentos así. El juicio a Riquelme se hizo con títulos en juego. Ahí, él fue inmaculado. Hay que rendirse. Está en la sala de los indiscutidos.
 Fuente: Diego Latorre (deportes.elpais.com/)
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martes, 25 de noviembre de 2014

La Pasión del Futbol y Ferro

La pasión (del verbo en latín, patior, que significa sufrir o sentir) es una emoción definida como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. En este caso el tema, idea u objeto es el fútbol, “pasión de multitudes” Cumplidos los 60 y siendo ya un “adulto mayor”, me doy cuenta que esa pasión no es la misma que hace 10, 20, 30, 40 o 50 años atrás.
Cuando cumplí los 10 años, en 1964, Ferro había ascendido justamente ese año, terminó 10º en la tabla y perdimos con el campeón, Boca Juniors, 1 a 0 en cancha de Atlanta, con gol del Beto Menendez. Lo más doloroso, es que no me acuerdo de nada, lo acabo de leer por Internet. Pienso en la pasión de mis nietos y me pregunto si cuando cumplan los 60 se acordarán del gran Mancuello de Independiente o del Piti Martinez de Huracán, como ahora. Seguro que no.
Pero un año después si me acuerdo, porque salimos 4º en el campeonato después de Boca, River y Velez y haciendo un campañón, con un equipo para el recuerdo: De ese equipo si me acuerdo con pasión, le ganamos al campeón (Boca Juniors) 1 a 0 en su cancha con gol de Tojo.

Aquí la primera conclusión, cuando somos chicos recordamos y nos apasionamos por los éxitos. Por eso en las rachas de triunfo de equipos grandes, hay gran cantidad de pibes que se hacen hinchas apasionados. Cuando cumplí los 20 fue diferente. Ya había 2 campeonatos: el Metropolitano y el Nacional. En ambos hicimos buena campaña. En el metro salimos 3º en la zona B y perdimos en el desempate contra Boca, porque clasificaban los dos primeros de cada zona. Finalmente el campeón fue Newell’s Old Boys. El en Nacional, llamado “Teniente general Juan Domingo Perón” en homenaje al presidente fallecido el 1º de julio de ese año, clasificamos segundos en la zona y en la final con 8 equipos todos contra todos, terminamos 6º. El campeón fue San Lorenzo. Gran equipo el de ese año con apariciones fundamentales que se consagrarían durante la etapa gloriosa de principios de los ’80: Rocchia, Saccardi, Arregui y también mi ídolo de aquel tiempo el goma Vidal.
La pasión no fue la misma, para colmo pocos años después, en 1977 el descenso. Acá es donde la definición de pasión se aplica plenamente, estaba triste, emocionalmente destruido. Fui a ver uno de los últimos partidos en primera con Rosario Central y perdimos 8 a 1 en nuestra cancha, para no dejar dudas. Pero paradójicamente, de lo que no me acuerdo fue que a principios de ese año fatídico Ferro realizó una estupenda gira por Colombia y Ecuador en la que disputó 8 partidos de los cuales terminó invicto, con Deportivo Cali, Independiente Santa Fe, Independiente Medellín, Tolima y Pereyra, en Colombia y Nacional, Liga deportiva universitaria, Universidad católica en Ecuador. Segunda conclusión, el descenso no se olvida, es capaz de hacernos olvidar los mayores éxitos que podamos conseguir. Es una cicatriz que nunca cierra. En 1984 fue el éxtasis de la pasión, plena etapa de oro en materia de fútbol y en lo personal, ya que llegó un nuevo hincha de Ferro a la familia en 1982, mi hijo Juan. Ferro fue campeón del Nacional, ganándole a River, 3 a 0 y 1 a 0 en la final, pasión desatada, algo glorioso. El que no aparece en ninguna formación, pero “el formador” de toda esta generación futbolística fue Carlos Timoteo Griguol: Arregui, Gomez, Garré, Cuper, Rocchia Bacigalup, Saccardi, Juarez, Cañete, Márcico y Croco. 


Tercera conclusión, la pasión influye en el cerebro y las formaciones salen de memoria cuando el equipo pasa a la historia, o sea, es campeón y más cuando la racha dura varios años. En 1994 las cosas cambiaron y la pasión comienza a apagarse. Esto, coincide con la situación del equipo. En el Clausura 1994 (que se jugaba a principios de año) fuimos un desastre: terminamos 15 entre 20. En el Apertura 1994 (que se jugaba entre la mitad y el fin de año terminamos 16º, parejito el equipo Para colmo estoy meta a buscar la formación del equipo por Internet y ni aparece. ¡Qué bajón! En 2004 (cumplía 50 años) y el 2014(cumplía 60 años), la pasión me abandonó. ¿Será la edad, o que hace tanto tiempo que no estamos en primera? Pueden ser los dos motivos, pero a medida que vamos creciendo, por lo menos en mi caso, vamos reemplazando la pasión por otros sentimientos más, digamos más equilibrados y tranquilos A la pasión hay que tenerla cerca toda la vida ¿Cómo renovamos la pasión? Bueno, hay que pensar en las cosas que nos encanta hacer, pensar en lo que siempre soñamos hacer, hacer un plan de acción para hacerlo. Puede ser el momento de transformar un hobby en una pasión de tiempo completo. Combinar los talentos, explorar nuestro lado artístico. Hay que salir de la zona de confort. Esta última parte me salió un artículo medio aburrido y de autoayuda.

Pero estoy seguro que cuando crezca un poco mi nieto Joaquín, al que el padre con mucho trabajo trata de hacer de Ferro, ya sea que el verde ascienda, se mantenga en el Nacional B o baje a la B metropolitana, estaremos nuevamente en la cancha con pasión para alentar a nuestros colores preferidos. ¡Dale Oeste carajo y la puta madre que lo parió! 
Conclusión final: solo los grandes amores y en materia de futbol los hijos y los nietos reviven las grandes pasiones.
EL ALQUIMISTA.- Leer más...

viernes, 11 de julio de 2014

Fotos de algún domingo

Hay cierto aroma a grito guardado. Así como quien atesora por largo tiempo las ganas inquietas de la victoria. En algunas ocasiones creí haber encontrado la razón para gritar, abrazarme y llorar olvidando (casi obviando) todo lo que me rodeaba, pero con el paso del tiempo me fui convenciendo que algo seguía en lo profundo de mis entrañas queriendo hacerse realidad.
La primera vez que pude sentir esa brisa reconfortante, apenas unos meses más tarde de conocer el mundo, tiene en mi presente el valor que merece, aún cuando muchos quieran quitarle sabor a algo que no debe mezclarse. Pero intento buscar una imagen, un color, una palabra y sólo logro diapositivas con relatos de otros tiempos. Tal vez alguna vez vuelva a verlas y encuentre rostros, sonrisas, abrazos, gente feliz a pesar de todo.
Como un terremoto recuerdo aquella tarde fría, mientras pateaba sueños que alguna vez tomaron forma. Ahí sí tengo escenas más nítidas: gritos, abrazos, un televisor, alguna radio desafinada, más gritos y unas ganas inmensas de saltar, de ir corriendo a buscar a mis amigos, esos que se iban convirtiendo en tanques que esperaban agazapados mi larga carrera hacia la felicidad, hacia el desahogo, la eternidad. Pateamos hasta entrada la noche, recreamos cada momento con la minuciosidad de un director de cine. Dejamos miles de fotos que hoy son parte de la vereda de mi infancia, del potrero de mi pasado. Cada tanto vuelvo, lo necesito para creer en lo que tengo y no desperdiciar nada de lo que me gané hasta hoy.
Pasaron muchos años, y con ellos todo lo que formó mi pasión. Esa pintura con trazos seguros pero con gestos indefensos ante la crítica de los que tuvieron en sus manos la decisión de abrirme el camino que busqué con las armas más nobles.
Al mismo tiempo vi pasar ilusiones que chocaron con vehemencia contra las más diversas realidades: excesos de confianza en lo conocido; riqueza y envidia; soberbia enfrascada; locura que aún hoy extraño; paciencia y trabajo tapada por el exitismo; más soberbia.
Hoy, sentado mientras pienso cómo hacer para acelerar el paso del tiempo, ya tengo miles de fotos para mostrar y contarte después: abrazos, gritos, rostros, lágrimas listas para caer delante de mis pies apresurados que quieren salir corriendo y enfrentar a los tanques que una vez más me esperan al final de la vereda.

Lo que no saben es que en esa vereda no tengo miedo. Sólo siento, en lo más profundo de mis entrañas, unas ganas locas de hacerlo realidad una vez más.

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domingo, 27 de abril de 2014

Antologia de cuentos de autores Argentinos - Emma Zunz

Ya hemos iniciado esta antología, pero es bueno continuarla en este tiempo del “Encuentro Federal de la Palabra” y la “Feria del libro”, que demuestran el ávido interés de los argentinos por este artefacto hermoso que es el libro y por sus manipuladores, los escritores. A modo de recordación, hace unos años, sobre el fin del milenio, aproximadamente 70 conocedores (Escritores, críticos, editores) votaron, por invitación de la editorial Alfaguara, cuáles eran sus cuentos argentinos favoritos. El objetivo de esta sección es ir publicando la lista de los cuentos más votados. El primero, “Esa Mujer” de Rodolfo Walsh, y el segundo “El Aleph” de Jorge Luis Borges, ya fueron incorporados en este blog de Mano Inquieta.
Aquí está el tercero más votado (El cuento que pertenece al libro El Aleph, de 1949)

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió. Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz. La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así. Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios. Leer más...

lunes, 21 de abril de 2014

El Secreto de los Arqueros

Hay un gran secreto que guardan los arqueros, lo tienen escondido bajo siete llaves y jamás lo pronuncian en voz alta delante del resto de los mortales porque sería como entregarles en bandeja la clave mágica que abre sus armaduras. Sólo hablan de eso cuando el alcohol los hace dejar el área grande de su discreción en medio de las tradicionales reuniones subterráneas con otros arqueros a las que asisten disfrazados con sus buzos favoritos de otras épocas y no se quitan los guantes gastados ni para brindar (por eso no hay huellas digitales de nadie tras la celebración). Ahí sí, cuando se sienten absolutamente seguros por estar entre camaradas, el secreto sin previo aviso toma la forma del recinto y de repente se acaban las anécdotas heroicas, los mano a mano triunfales, los penales provocados a propósito para atajarlos, las recetas de antídotos contra remates envenenados, los ruidos de las mandíbulas intrusas quebrándose a rodillazos limpios y los centros descolgados entre las nubes para dar paso a lo irremediable, al talón de Aquiles, a la puerta trasera que dejó el programador. Las voces se atenúan, las risas se aplacan, los aplausos sordos se detienen y el miedo irracional los vuelve niños ciegos temblando en la oscuridad de un zoológico atestado de bestias enloquecidas.
- A mí me pasó… -reconocen algunos con lágrimas en las mejillas y una entereza madura que se les nota al sonreír en las fotografías.
- A mí todavía no -responden otros con la voz preocupada por la angustia que provoca intuir lo inevitable. La fiesta evoluciona en velorio. Los arqueros viejos palmean los hombros de los arqueros jóvenes con la resignación de los que aprendieron a no buscar respuestas y luego se quedan con la mirada perdida en algún ángulo lejano del lugar al que jamás podrán llegar. La racionalidad se toma un descanso en medio de la logia de guardametas y la disyuntiva entre pensar o actuar se abre como una trampa difícil entre dos caminos fáciles. No queda otra que agachar la cabeza y seguir adelante parecen decir los labios apretados, porque estos hombres solitarios y distintos que habitan debajo de los tres palos se hacen a fuerza de errores propios, genialidades ajenas, imponderables continuos y escupitajos a traición. Cuando la noche se acaba y el corazón aprende a latir con la condena asumida, cada uno se levanta de su silla y regresa al mundo real con la certeza de que las penas compartidas son menos penas. Estuve deliberando solo durante algunas semanas acerca de si debía develar o no develar el secreto de los arqueros, pero uno tiene alma de goleador y el enemigo es el enemigo así que acá va. Anoten: los arqueros son más vulnerables cuando les patean desde muy lejos que cuando les patean de cerca. Así de absurdo y así de real. La explicación aclara las cosas. Resulta que los guardavallas reaccionan más tarde ante los disparos lejanos simplemente porque cuando les patean desde mucha distancia tienen tiempo de mirar la pelota y por lo tanto el tiempo que pierden en verla lo pierden también en moverse. En cambio, cuando el remate es muy cercano actúan sólo por reflejo. Se podría simplificar diciendo que quedan hipnotizados observando la pelota en lugar de moverse. Desde lejos no se ve, repite la canción como un castigo y ellos saben que es exactamente al revés y que ahí radica el problema.
Si prestan atención podrán notar que las atajadas que más se resaltan en los resúmenes futbolísticos de todo el mundo cada fin de semana son las que se consuman ante disparos muy cercanos. Esto ocurre por dos razones: una, porque son más espectaculares y otra, porque las atajadas ante remates lejanos casi no existen; o son gol o son masitas y se tiran para la foto. Los arqueros lo saben bien y por esta razón tienen diversas estrategias que fallan, a tal punto que la más eficiente es vestirse con colores sugestivos o extravagantes así los rivales inconscientemente se sienten atraídos por esas tonalidades llamativas y prefieren acercarse a ellos lo más que pueden en lugar de patearles desde lejos. Otra forma de ilustrar lo que les ocurre cuando aparece esta eterna duda planteada entre mirar o actuar sería poner como ejemplo un penal cualquiera en el que el guardameta decide esperar a contemplar hacia dónde va la pelota una vez que es golpeada por el pie del ejecutante en vez de arrojarse por instinto o por reflejo o por estadísticas del pateador. Si la mira lo más probable es que no la toque.
¿Entonces un arquero ciego atajaría mejor? Claro que no, tampoco hay que ser imbécil. Desde hoy mis queridos compañeros delanteros cuentan con un arma más para alcanzar la gloria ya que ahora conocen el punto más débil de los fuertes. Sin embargo al mismo tiempo, tendrán una excusa menos para cumplir con la parte que les toca de la historia. Vaya de todos modos mi comprensión sincera hacia los Número 1 cuando quedan en ridículo delante de todo el estadio, petrificados ante disparos desde larguísima distancia porque, en el fondo, en el fondo de la red, no es absolutamente culpa de ellos; lo sé porque me ha pasado en mi propia vida cuando no supe cómo resolver problemas que vi venir con demasiada antelación.

Zambayonny (Futbol para Extraterrestres, Ni A Palos, Tiempo Argentino)
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lunes, 16 de diciembre de 2013

Lo que dijo El Cuervo (Juan Sasturain)


In memoriam Edgar Allan Poe
La pasada medianoche, cuando en tristes reflexiones,
tras un largo y pobre informe de estadísticas y goles
inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
a mi puerta oí llamar:
como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
mano tímida a tocar:
“Es –me dije– una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más”.
¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el fin del campeonato
y, en pantalla, mil imágenes horribles repetía el aparato.
Cuán ansioso el día esperaba, en la lectura
procurando en vano hallar
tregua a la honda desventura de la muerte de la Fiesta,
la radiante, la sin par
ceremonia dominguera olvidada y ya sin nombre:
Aquel fútbol... ¡nunca más!
Y el festejo triste, incierto, de chantas y caraduras
me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
de tal modo que el latido de mi pecho palpitante
procurando dominar.
“Es, sin duda, un caminante –repetía, por convencerme–
que a mi casa quiere entrar:
un tardío visitante a las puertas de mi embole...
Eso es todo, y nada más.”
Paso a paso, ciertas ganas
fue mi espíritu cobrando:
“Caballero –dije– o dama:
mil perdones te requiero;
pero el caso es que dormía,
harto ya de la rudeza
y tan torpe ineficacia...
Y con tal delicadeza
y tan tímida constancia
me llamaste despacito
que no oí” –dije– y las puertas
abrí al toque de mi pieza:
¡sólo sombras, nada más!
A mi asiento ante la tele con el alma conmovida
retorné. Pero oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia.
“Es seguro –dije– que algo, se ha posado en mi ventana.
Pues, veamos de encontrar
la razón de este barullo que perturba mi trasnoche,
y el enigma averiguar.
Corazón, pará un poquito y aclaremos el misterio...
Es el viento, y nada más.”
La ventana abrí, y con rítmico aleteo y gesto ufano
entró un cuervo majestuoso de la barriada de Almagro.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de angustia,
con aspecto señorial,
fue a posarse sobre un busto de Riquelme que ornamenta
de mi puerta el cabezal;
sobre el bronce que del Fútbol la figura representa,
fue a posarse... Y nada más.
Trocó el negro pajarraco en sonrisas mi tristeza
con su grave, torva y seria, decorosa gentileza,
y le dije: “Aunque calvo, me parece
no eres ave desgraciada sino alegre en tu graznar,
viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
Dime: ¿Cuál tu nombre es? ¿Cuál tu apodo,
en el reino grondoniano de la noche y de la niebla?”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
Asombrado quedé oyendo, así hablar al pajarraco,
si bien su árida respuesta no expresaba mucho o poco;
mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la efigie de Román,
sólo dijo esas palabras, cual si su alma fuese a ellas
vinculada: ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar...
Dije entonces, para mí: “Otros antes se han marchado,
con la aurora al despuntar,
y él también se irá volando, como mis sueños volaron”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
“Eh, profeta –dije– o duende,
mas profeta al fin, ya seas
ave o diablo, ya te envíe
la tormenta a este hogar
por los males devastado,
dime, dime, te lo imploro:
¿Llegaré jamás a hallar
algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?”
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
“Oh, profeta –dije– o diablo. Por ese ancho y negro cielo
que nos cubre y nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
que se ha puesto de tu lado, dile a esta alma dolorida,
presa infausta del pesar,
si jamás (o en otra vida), la Pelota, mi señora,
otra vez veré rodar,
en los pies de los que saben y la aman...
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.
Que esa voz, oh cuervo, sea
la señal de la partida...
Grité alzándome: “¡Retorna,
vuelve a tu hórrida guarida,
y en memoria, ni una negra pluma dejes.
Y no toques a Román. ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja...”
Dijo el cuervo: “Ese fútbol que soñaste
ya no existe ni en tu Boca decadente, ni en aquellos Carasucias
hoy lavados, ni en ningún Independiente ni Huracán
desmemoriado, ni Gallinas Legorn quedan, de esa raza
degradada. Ese fútbol ya no existe ni en teoría...
Olvidate lo que viste: lo soñaste...
¡Nunca más!”
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domingo, 13 de octubre de 2013

Ambiciones Desmedidas-"Papeles en el viento". E.Sacheri






De la gran novela de Eduardo Sacheri “Papeles en el viento” extraje este excelente capitulo. Espero que lo disfruten…

Ambiciones desmedidas

—¿Sabés lo que pienso a veces, Mauri? Te vas a cagar de la risa.
—Lo dudo.
—¿De qué dudás, Mauricio? ¿De que yo piense?
—No. Dudo de que me cague de la risa.
—…
—…
—…
—…
—Pienso… ya sé que suena pelotudo, pero pienso… me pregunto, bah… si lo que le pasa a Independiente… no tengo la culpa yo. ¿Ves? Te dije que te ibas a cagar de la risa.
—Che, la quimio te está quemando el bocho en serio, boludo. Yo no pensé que era tanto.
—No lo pienso desde ahora. Ahora te lo estoy diciendo, pero lo pienso desde hace un montón.
—Sos un tipo grande, Mono. ¿Te parece andar perdiendo tiempo con esas pelotudeces?
—Es en serio que te digo. ¿Me vas a dejar que te explique o te vas a seguir burlando?
—Estoy serio.
—No, te estás recagando de la risa, pelotudo.
—Bueno, bueno. Dale. Te escucho.
—¿Te acordás cuando salimos campeones en el ’83?
—Más bien que me acuerdo.
—Bueno, ¿te acordás de ese equipo… de lo que pasó antes…?
—Ya te dije que me acuerdo. Éramos pendejos, Mono. Vivíamos para eso.
—Bueno. Ahí está. Vivíamos para eso. Independiente venía de perder dos campeonatos al hilo.
—Metropolitano ’82 y Nacional ’83.
—Exacto, Mauricio.
—Exacto. ¿Y?
—Los dos campeonatos los pierde con Estudiantes de La Plata.
—Ajá.
—Uno por dos puntos, otro por un gol de diferencia en la final.
—Vos te acordás, yo me acuerdo. Lo que no sé, Mono, es a dónde querés llegar.
—¿Vos sabés, vos te das una idea de lo que yo lloré con esos dos campeonatos que estuvimos a punto de ganar y no ganamos en el ’82 y el ’83, Mauricio?
—Me imagino, Mono.
—Bueno. La cosa es que empieza el Metropolitano ’83 y el Rojo vuelve a ser candidato. ¿Digo bien?
—Decís bien.
—Y, para colmo, Racing andaba como el culo, ese año.
—Exacto, se terminó yendo al descenso en cancha nuestra.
—¡Ahí, ahí está! ¡A eso quiero llegar! ¿Te acordás de la fecha?
—Veintitrés de diciembre de 1983.
—¿Ves que te la acordás como si fuera una fecha patria, Mauri?
—Bueno, Mono. Convengamos que no es muy habitual que salgas campeón justo jugando un clásico, en tu cancha, y que Racing se vaya a la B ese día. Mejor dicho, la semana anterior, porque ya habían descendido.
—Bueno sí, pero es el último partido que juegan en primera, antes de descender. Ahí quiero llegar. Vos te acordás cómo era yo a los trece…
—En qué sentido…
—Que era flor de pelotudo.
—Bueno, Mono. A los quince, a los veinte, a los treinta…
—¡Te hablo en serio! De más grande aprendí a mirar fútbol. Pero en esa época era el típico pelotudo que repite lo que oye en la cancha, que quería que Racing se fuera a la B, darles la vuelta en la cara…
—Es verdad. Ahora sos más civilizado.
—Ahora porque la veo del otro lado, entendés. Yo no podía ponerme en el lugar del dolor de esos tipos. Para mí era todo joda. Todo fiesta.
—Éramos chicos.
—Éramos. Pero faltando dos o tres fechas de ese Metropolitano ’83, a mí se me puso que nos iban a cagar. Que se iba a ir todo al carajo, ¿Entendés?
—No.
—Es sencillo, Mauricio. Avanza el año 1983, Independiente pelea de nuevo el campeonato Metropolitano, y a mí se me pone la idea fija de que vamos a volver a salir segundos. Que Racing nos va a ganar en cancha nuestra la última fecha, que se van a salvar del descenso, y que San Lorenzo o Ferro, que vienen segundo y tercero, nos van a pasar y salir campeones ellos. ¿Entendés?
—Sí, más o menos. ¿Y?
—Y que nos van a gastar para toda la vida.
—¿Y entonces, Mono?
—Y que yo hice mil promesas a Dios de que por favor eso no pasara. Que nos dejara salir campeones, y que Racing se fuera a la B. Y esto es lo delicado: prometí, le juré a Dios, que si me daba eso que le pedía, que después hiciera lo que quisiera. ¿Entendés?
—No. Bueno, sí lo entiendo, pero no entiendo para qué lo traés ahora.
—Porque finalmente la cosa salió bien. Todo fue soñado. Ganamos. Dimos la vuelta olímpica. Al año siguiente ganamos la Copa Libertadores, la Copa del Mundo en Tokio.
—La última, sí.
—¡Ahí tenés! Lo dijiste vos, no yo. La última.
—¿Seguís sin entender? Pedí demasiado, Mauricio. Me pasé de rosca. Me cebé. Me fui al carajo.
—Y…
—Y Dios me castigó. Nunca más volvimos a ser los mismos.
—Pará la moto, Monito. Esa del ’83 no fue la última vez que salimos campeones.
—No, Mauricio, pero casi. Después seguimos un poco más por inercia. Un par de campeonatos más, un par de copas. Y a la mierda. Nunca más, entendés.
—Pero, Mono… todos los hinchas piden cosas parecidas. Ganar los clásicos, salir campeones…
—Sí, pero no todo junto.
—Sí, los hinchas piden todo junto.
—Macanudo. Pero Dios no se lo da.
—¿Otra vez con este asunto de lo que Dios te da o no te da? ¿No estabas el otro día discutiéndoles al Ruso y a tu hermano que Dios no da lo que uno pide?
—…
—…
—…
—Es que, esa vez, a mí me lo dio.
—Bueno, con ese sentido a todos los hinchas de Indep…
—No. Eso lo pedí yo. Y yo sabía que me estaba zarpando. Pero lo pedí igual. Y ahora lo estoy pagando. Bah, Independiente lo está pagando.
—…
—Está mal pedir tanto. No se puede. No se debe. Hay que ser menos egoísta. No, egoísta no es la palabra.
—¿Ambicioso, Mono?
—Eso. Demasiado ambicioso. Eso fui.

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martes, 2 de julio de 2013

Jesus Navas, ya no extraña....

Los ataques de ansiedad, el pánico a las cámaras de televisión o el miedo a las concentraciones ya pasaron a la historia. Hace ya tiempo que Jesús Navas ha superado todos aquellos problemas que le trajeron de cabeza entre 2005 y 2007. Su reciente paternidad, su familia y por supuesto, la asistencia psicológica del Sevilla durante todos estos años, han sido decisivos para que el 'chico de Los Palacios' afronte con total normalidad la presión mediática. Su reciente fichaje por el Manchester City es una demostración más de su evidente recuperación aunque en la prensa inglesa tienen sus dudas. En las últimas horas, varios periódicos sensacionalistas se han preguntado si el internacional español "está capacitado mentalmente" para jugar en un grande como el City. "El psicólogo que le trató dijo que borrara de su mente aquellos episodios de ansiedad", asegura a ZoomNews una fuente del entorno más próximo del centrocampista. "Eso ha sido precisamente lo que ha hecho, ha reseteado por completo aquellos recuerdos. No habla del pasado", recalca con naturalidad. Su primer episodio de "ansiedad fóbica", como le diagnosticaron los doctores, tuvo lugar en 2005, justo antes del Mundial Sub-20 de Holanda. Con apenas 19 años, Navas tuvo que abandonar la concentración de la selección en Alicante y volver a su localidad natal tras sufrir un fuerte bajón anímico. Pocos días después, en plena pretemporada sevillista en la localidad onubense de Cartaya, le pasó algo parecido: durante un entrenamiento, Jesús salió corriendo de repente sin rumbo. Luego se sentó solo en un campo cercano. La temporada siguiente también tuvo que dejar la concentración hispalense en Isla Canela y por "precaución", se quedó sin ir con la selección española al Mundial de Alemania. Todo esto se precipitó tras una llamada del anterior Seleccionador, Luis Aragonés, en el verano del 2007 cuando Jesús llevaba ya varios años destacando por la banda derecha del Sánchez Pizjuán. España se disponía entonces a preparar las decisivas citas ante Islandia en Reykjavik, y Letonia en Oviedo. La ‘Roja’ se jugaría en aquellos dos partidos buena parte de las opciones de ir a la Eurocopa del 2008 y a Navas le superó la presión. No era la primera vez que le ocurría y por ello desde entonces se abrió un impás con la Selección que sólo el futbolista podría cerrar cuando él considerara oportuno Cristóbal Soria, ex delegado del Sevilla: "No puede seguir anclado a esos periodos de su vida" Sus problemas con la ansiedad durante aquellos años impidieron a Navas fichar por un equipo grande: tanto el Chelsea como el Real Madrid estuvieron tras sus pasos durante aquellas campañas. Desde 2005, el psicólogo del Sevilla, Miguel Ángel Gómez, ha trabajado sin descanso con el propio jugador para superar sus problemas. El especialista nunca quiso que el extremo diera "pasos atrás", por eso se mostró muy cauteloso con su primera convocatoria con la selección absoluta en noviembre de 2009. Los hombres más veteranos de aquel Sevilla también resultaron fundamentales para que el jugador cogiera confianza fuera de los terrenos de juego. Profesionales como Palop, Pablo Alfaro y Javi Navarro arroparon hasta límites insospechados a Navas al igual que sus entrenadores Juande Ramos y Manolo Jiménez. Siete años después, Jesús Navas es un hombre nuevo. Aunque sigue manteniendo un carácter tímido e introvertido, el nuevo futbolista del Manchester City ha sabido adaptarse al profesionalismo en el deporte. Su gran religiosidad y su profunda fe en Jesucristo han resultado determinantes en esta adaptación que no siempre ha sido sencilla. El sevillano no se esconde y lo reconoce públicamente ante los medios de comunicación. "Soy muy religioso, así que no pienso en sexo", dijo el mediocampista a El Confidencial justo antes del Mundial de Sudáfrica. Además, el día que debutó con el primer equipo de la 'Roja', Navas lució en sus botas un mensaje bordado que decía: "Dios es amor", el mismo título que una de las encíclicas del anterior Papa Benedicto XVI. Su adaptación al fútbol inglés Nadie sabe todavía cómo será la adaptación de Jesús Navas al Manchester City y a la Premier League. Lo poco que ha trascendido de su fichaje, además del montante económico de la operación, es que viajará a Reino Unido acompañado por su mujer Alejandra y de su único hijo que cumplirá un año el próximo mes de julio. Miguel Ángel Chazarri, periodista de Muchodeporte.com y uno de los informadores andaluces que mejor conoce al futbolista, considera que es "una incógnita su adaptación al futbol inglés. Todo apunta a que ha dado muestras de estar recuperado. En la selección española, por ejemplo, se le ve muy integrado gracias a Sergio Ramos, su amigo íntimo. Ahora se va a encontrar con hombres como Silva y Javi García a los que ya conoce de la selección. Por lo que sabemos, el padre de Silva va a estar muy pendiente de él". Este periódico también se ha puesto en contacto con Cristóbal Soria, delegado del Sevilla durante aquellas temporadas, quien recuerda, como testigo de excepción, como vivió aquellos momentos: "Yo he vivido en primera persona sus episodios de crisis más fuertes. No puede seguir anclado a esos periodos de su vida. Creo que remover el pasado no es positivo para él. Venían motivados por falta de confianza y por sus inseguridades. Ahora que ha pasado el tiempo puedo decir que ha madurado como persona y también como futbolista. Seguro que se adapta a las mil maravillas al fútbol inglés".
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sábado, 29 de junio de 2013

Aspirinas y Caramelos


La primera vez que tuve la sensación de que mi viejo se moría, que lo vi débil de verdad, fue yendo a ver al Rojo. Rodolfo (así se llamaba) era periodista. Trabajaba en tele, Tomamos el bondi a Avellaneda (ya no teníamos el Fiat 800 que se había ido para pagar una deuda) y encaramos la larga caminata por la siempre convulsionada Alsina. Eramos miles los que caminábamos hacia el estadio de la Doble Visera envueltos en banderas, gorros y entonando cantitos que prometían que “vamos a salir campeón…" Llegando a las boleterías, vi que el viejo encaraba para la fila de la Popular. Debe haber visto la cara de decepción del nene acostumbrado a las cabinas y las plateas. Me dijo algo así como “hoy vamos acá, es mejor". No le creí. Entendí que era lo que se podía. La fila de al lado, la de las butacas, era más ordenada. La de la General era un caos de empujones, gritos… Mi viejo -vale la pena recordar que lo suyo eran las letras más que las multitudes…- pujaba por llegar a la ventanilla, pero no avanzaba. De pronto lo vi salir de ese marea de compradores de último momento. “Vamos, esto no es para nosotros" me dijo. Me salió de adentro un “Y si vamos a la platea?" Creo que mi pregunta fue un puñal. Me contestó “No tenemos plata". Recuerdo la sequedad de la respuesta. Hoy entiendo que era la última armadura de un tipo disminuido, que no podía cumplirle “algo" a su hijo. Era grave? No, claro que no. Pero evidentemente para él tenía un simbolismo. Ya no era lo que había sido. No se le abrían las puertas de las cabinas. No llegaba a comprar dos plateas. Empezaba a no poder. Con aire de vencidos, volvimos por Alsina, una calle que siempre me pareció horrenda. Mientras nos alejábamos del estadio, recuerdo haber escuchado el rugido de las tribunas, exaltadas por la salida del equipo… A las pocas cuadras, mi viejo detuvo su caminata. Me miró y me dijo “esperá un segundo". Se sentó en el portal de una casita. “Qué te pasa?" le dije. “No me siento muy bien, ya se me pasa". Una señora que veía la escena desde adentro de la casa salió y le dio un vaso de agua. La situación no duró mucho, se recompuso rápido. Al rato estábamos de nuevo en el colectivo y media hora más tarde, en casa. Lo que podría haber sido un simple sofocón, fue para mi una señal grave. No se bien porqué, pero ese día de diciembre, algo me dijo que mi viejo se me estaba muriendo. Tenía insólitos y jóvenes 53 años, pero fumaba mucho, había tenido un pre infarto un par de años antes, no se cuidaba… Y estaba (comprendí muchos años después) muy deprimido. Rodolfo se fue un año y medio después, sin dar demasiada lucha, sin comprender que era más importante cuidarse que entregarse al vicio que lo había tomado a los 14 años y del que, para colmo, estaba orgulloso. Nos dejó rápido. Mi enojo con él, por no haber estado, por no haber bancado, por no haber peleado, duró años. Muchos años. Ese hombre que se fue envuelto en debilidades, antes de apagarse, fue mi ídolo. Ese porteño tanguero que no me legó un mango, me dejó un puñado de cosas invalorables: el gusto por la historia, la pasión por la lectura, el placer por una buena partida de ajedrez, el ateísmo, una imagen de decencia inquebrantable que fue clave para que yo no me desviara cuando me tentaron… Y claro, el paladar negro de hincha de Independiente. De muy chico aprendí dos versos : Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla (el primero) y Miceli, Ceconatto, Lacacia, Grillo y Cruz (el segundo). Se dicen de corrido, rápido, porque decirlo así es señal de que sabes… Nos recuerdo embanderando juntos la casa, mientras esperábamos que la Central Terrena de Balcarce retransmitiera la señal de alguna final de la Libertadores jugada en Montevideo, en San Pablo, en Santiago… Nos veo saltando y gritando goles de Bertoni que ya van a venir, repitiendo Bo Bo Chini hasta la afonía, aplaudiendo barridas de Pancho Sa, corajeadas del Mencho Balbuena, tiros libres de Pavoni… Me gustaba escuchar aquella anécdota de una tarde en la que Bernao se había acercado a plena platea baja y le había dedicado un gol a mi vieja… Amaba a Boneco, aquel perro pulgoso que salía a la cancha con el primer equipo, llevando en su boca el banderín del CAI. Cuando yo era chiquito, Rodolfo solía venir con un caramelo. Me lo daba y me decía “te lo manda el señor Independiente". A veces, en vez de una golosina traía una aspirina. Ante mi mirada de asco, respondía “te la manda el señor Racing". Era un tipo serio, pero cuando quería, tenía salidas memorables. El viejo se fue en junio -vaya casualidad- del 82. No llegó a ver el gol de Percudani al Liverpool. Tampoco vivió esa tarde en la que salimos campeones frente a un Racing que descendía. Pero su vida estuvo repleta de vueltas olímpicas, de hazañas, de gloria internacional. De eso, se fue lleno. Escribo esto en plena agonía. A no ser que obre un milagro, en tres semanas nos habremos ido a la B. No se que pensaría Rodolfo ahora, pero estoy seguro que jamas se le cruzó por la cabeza que su invencible equipo repleto de copas, estuviese así, casi sentenciado, a días de adquirir esa mancha imborrable. Me costó añares despedirlo, hacer un duelo como corresponde. Creo que una buena parte de mi tristeza actual tiene que ver con que no puedo parar de recordarlo. De recordarte. Volvé viejo. Aparecete de traje, envuelto en una bandera roja. Decime que todo esto es una aspirina que me mandó el señor Racing. Que nosotros comemos caramelos, porque los amargos son ellos. Enseñame de nuevo a aplaudir un sombrerito del Bocha. Agarrame de la mano para gritar un gol de Bertoni. Si no podes volver, te entiendo. Ya es hora de bancármela solo. Seré digno. Aunque, te aviso. A escondidas de Lola, voy a llorar. Chau viejito. Descansá en el cielo inexistente de los ateos. Algún día vamos a volver. Este también es un modo, tardío, de despedirte. 
en radio, en gráfica… Los viernes solía llegar con un regalo: credenciales de Prensa para la cancha. Yo crecí acostumbrado a los lugares privilegiados. Vi muchos partidos en las cabinas, al lado a los relatores de las radios, o en plateas “lujosas". Era parte de la “chapa" de mi papá. Pero en 1980, la mano venía distinta. El viejo estaba sin laburar en los medios. En la Argentina de la plata dulce, había puesto un kiosco en la galería de al lado de Sadaic. Ese negocito, último bien de una extraña herencia familiar, no daba para ningún lujo. Vivíamos con lo justo. Para colmo, al periodista le faltaba el “brillo" de la profesión. El otrora escriba reconocido y jefazo, ahora expendía alfajores, turrones y 43/70. Un dato: lo hacía de saco y corbata. Me cuesta recordarlo con otro ropaje. Era casi su uniforme. Es posible que yo, con 11 hincha-bolas años, haya insistido en ir a la cancha ese día caluroso de diciembre. Jugábamos el partido de vuelta de una semifinal del Nacional. Racing de Córdoba nos había ganado 4 a 0 en la ida, pero vaya a saber que extraño convencimiento nos llevaba a creer que lo podíamos dar vuelta.
LUCIANO OLIVERA 
Gracias Pablo J. por el aporte... Leer más...

lunes, 24 de junio de 2013

Don Ramón, DT de Brown de Adrogue


Ese abrazo fuerte y entre ojos mojados de gloria que “Sombra de alambre” recibe en el centro de Adrogué luego del ascenso a la B Nacional es un espejo, inmejorable, para entender quién es este tipo al que el barrio reconoce con ese particular apodo. Un día, en 1999, “Sombra de alambre” –por sus delgadas piernas y brazos- dejó esa pensión en la que vivió tres años luego de la separación de lo que fue su primer matrimonio. La dejó porque los dirigentes de Brown de Adrogué –club en el que se inició en el baby, luego fue goleador de la Primera y en ese entonces un multiuso entre juveniles y mantenimiento-– necesitaban a alguien de confianza para cuidar las nuevas instalaciones con la flamante concentración para el plantel y pensaron en él, en ese personaje que todo el mundo conoce en el barrio. Entonces, Pablo Vico –así se escribe y así figura en su documento, aunque desde que es entrenador alguien le puso el tilde en la o– se fue a vivir a la cancha de Brown, ahí atrás del campo de juego donde figura un cartel que dice: “Prohibida la entrada a toda persona ajena a este sector”. En un monoambiente, en ese lugar en el mundo que, dice, “no dejará por una mejor oferta” porque es ese espacio donde encuentra la felicidad. Vive junto a Dorys, su actual pareja, que atiende las canchas de tenis del predio y también está en la venta de entradas cuando Brown juega de local. Vive, también, con Rocky, su perro.Pablo Vico, el entrenador de Brown de Adrogué, líder del campeonato de la B Metropolitana es un fiel exponente del amor que un hombre del fútbol puede llegar a sentir por un club. Es que el lugar en el mundo de este técnico está literalmente en la institución de la zona Sur del GBA, pues reside en un monoambiente que se encuentra en el predio que aloja a la cancha del equipo. A lo largo de 14 años, Vico trabajó con las diversas categorías de la entidad, y por su amor incondicional a “El Trico”, se convirtió en un auténtico referente para la los hinchas. Pero no sólo es el entrenador del club, sino que es un hombre que vive por los colores celeste, negro y rojo. Es el coordinador de todas las categorías, desde las infantiles hasta la primera división, colabora en las canchas de tenis e incluso se encarga de tareas administrativas. Su hogar es Brown de Adrogué. El entrenador de 55 años --siempre acompañado por su perro Rocky, un boxer que ladra a todo aquel que se acerque a su amo-- es apodado por los hinchas como "Don Ramón" por su extenso bigote y porque suele usar una gorra. Como complemento lleva un arito en la oreja izquierda. Si bien su apellido va sin tilde, la mayoría de la gente lo llama Vicó. Según el DT, es "su nombre artístico". Nació en Parque Patricios y su carrera fustolística comenzó en el club de sus amores, Brown. Su récord fue de 28 tantos en 30 fechas. Luego de dos años allí, pasó a Temperley y tuvo una propuesta concreta para jugar en River. Su DT y ejemplo a seguir, Carlos Peucelle fue quien insistió con el pase que no pudo ser posible ya que una lesión en el tobillo se interpuso en el camino del goleador y le impidió jugar al fútbol por ocho meses. Vico vive en el club desde 1999. Luego de su separación, estuvo tres años en una pensión y cuando los directivos le ofrecieron habitar el antiguo monoambiente en el que antes vivía un casero, no dudó en aceptarlo. La única condición era que cuide el lugar, y fue seguida al pie de la letra: su hogar está siempre limpio y ordenado. Tiene dos hijos, una mujer de 29 años que trabaja en la aduana y un hombre de 33 que es dueño de una pollería. Ninguno de ellos está vinculado al ambiente futbolero, pero asisten a cada partido para apoyar a su padre. Su fiel compañera es Doris, su pareja desde hace diez años. Ella es su mano derecha. Cumple diferentes funciones ya que es la encargada de lavar la ropa de los infantiles y juveniles, cobra las cuotas y las entradas para los partidos, se encarga del buffet y cada jueves hace un asado para 34 personas que incluye al cuerpo técnico y al plantel de jugadores. Vico describe al club como una “gran familia” y resalta la importancia de la relación “de compañerismo” que hay entre todos los que constituyen la institución. El entrenador siente que su rutina es común, pero no toma noción de lo peculiar que puede llegar a ser su vida. Suele levantarse alrededor de las 6 para tomar mate y comenzar con el entrenamiento después de las 8. Luego almuerza en una parrilla y a la tarde regresa al club para encargarse de las canchas de tenis. En los ratos libres mira videos del oponente a enfrentar en la fecha siguiente y planifica el equipo. Pablo Vico asumió la responsabilidad de la primera división en 2009 y desde entonces no paró de sumar. Su equipo es el primero en la tabla del campeonato y promete luchar por el ascenso hasta el final del certamen. “Nunca me voy a ir de Brown” - ¿Por qué piensa que a la gente le llama la atención su forma de ser? -Vivo por mi pasión. Hace más de 14 años que trabajo de lo mismo. A la mañana entreno con el equipo de Primera, al mediodía a corto para almorzar en una parrilla que queda a unas cuadras y a la tarde tengo mi segundo trabajo en las canchas de tenis del club. A algunos les llama la atención mi rutina, pero es por mi forma de ser. Vivo pendiente de lo que pasa en Brown. Empecé acá en el baby y seguí hasta ser técnico de los profesionales. - ¿Y qué es lo que lo llevó a vivir en el club? - Fue la vida. Yo tenía una familia, pero como todo matrimonio que sufre un desgaste, me separé. Viví casi tres años en una pensión, y la verdad que se trató de una situación triste. Los dirigentes del club me preguntaron si quería quedarme acá y tratar de cuidar, de mantener el lugar. Y acepté sin dudarlo. Antes de estar en una pensión, preferí quedarme donde me siento más cómodo. - ¿Por qué Brown se destapó este año? - Hace más de dos años y medio que venimos trabajando con un mismo proyecto. Ahora salió a la luz todo lo que se venía construyendo. Muy en silencio y de a poco. Esto viene en crecimiento. Se están dando los resultados con mucho sacrificio. Si bien estamos pasando un buen momento, tenemos los pies sobre la tierra. Nuestro objetivo es tratar de superar la campaña del campeonato pasado, que fue la mejor que hicimos en la historia. Pero no puedo decir que vamos a ser campeones, todavía es algo que no puedo prometer. - ¿Le conviene al mundo del fútbol que ascienda un equipo chico como Brown? -Uno pensaba que por ser un club chico nos iban a tratar de voltear, como se dice vulgarmente, pero lo cierto es que el campeonato pasado y éste, en los cuales Brown tuvo una participación importante, el club no sufrió ningún perjuicio. Nunca se dio una situación como para que uno piense que me querían tirar abajo al equipo, o algo así. Desde mi lugar, te puedo decir que Brown está disputando un campeonato de igual a igual con los más grandes y hasta ahora no tuvimos ningún problema. -¿Su futuro está en Brown? - El día que vos no me vean en Primera división, voy a estar trabajando con los chiquitos de la misma manera y con las mismas ganas que ahora. A mí, de acá, no me saca nadie. Tres pesos no me van a cambiar mi vida, y menos a esta altura. Soy de Brown y no me voy a ir a ningún lado. No pienso traicionar mis pensamientos, de acá no me muevo. Quiero ser feliz, estar tranquilo, vivir en donde me siento más cómodo, sufrir y llorar por este cuadro. No es que lo digo de la boca para afuera. Lo digo de verdad. Uno tiene que ser agradecido de la gente que le dio una mano en un momento difícil. En Brown nací, y en Brown voy a morir. Es así. Fuentes: http://www.turiver.com/ http://tiempo.infonews.com/ Leer más...