La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

......Tu comentario es bienvenido!! (gracias)...........
Queremos recibir tus aportes y sugerencias a: correomanoinquieta@gmail.com

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domingo, 13 de octubre de 2013

Ambiciones Desmedidas-"Papeles en el viento". E.Sacheri






De la gran novela de Eduardo Sacheri “Papeles en el viento” extraje este excelente capitulo. Espero que lo disfruten…

Ambiciones desmedidas

—¿Sabés lo que pienso a veces, Mauri? Te vas a cagar de la risa.
—Lo dudo.
—¿De qué dudás, Mauricio? ¿De que yo piense?
—No. Dudo de que me cague de la risa.
—…
—…
—…
—…
—Pienso… ya sé que suena pelotudo, pero pienso… me pregunto, bah… si lo que le pasa a Independiente… no tengo la culpa yo. ¿Ves? Te dije que te ibas a cagar de la risa.
—Che, la quimio te está quemando el bocho en serio, boludo. Yo no pensé que era tanto.
—No lo pienso desde ahora. Ahora te lo estoy diciendo, pero lo pienso desde hace un montón.
—Sos un tipo grande, Mono. ¿Te parece andar perdiendo tiempo con esas pelotudeces?
—Es en serio que te digo. ¿Me vas a dejar que te explique o te vas a seguir burlando?
—Estoy serio.
—No, te estás recagando de la risa, pelotudo.
—Bueno, bueno. Dale. Te escucho.
—¿Te acordás cuando salimos campeones en el ’83?
—Más bien que me acuerdo.
—Bueno, ¿te acordás de ese equipo… de lo que pasó antes…?
—Ya te dije que me acuerdo. Éramos pendejos, Mono. Vivíamos para eso.
—Bueno. Ahí está. Vivíamos para eso. Independiente venía de perder dos campeonatos al hilo.
—Metropolitano ’82 y Nacional ’83.
—Exacto, Mauricio.
—Exacto. ¿Y?
—Los dos campeonatos los pierde con Estudiantes de La Plata.
—Ajá.
—Uno por dos puntos, otro por un gol de diferencia en la final.
—Vos te acordás, yo me acuerdo. Lo que no sé, Mono, es a dónde querés llegar.
—¿Vos sabés, vos te das una idea de lo que yo lloré con esos dos campeonatos que estuvimos a punto de ganar y no ganamos en el ’82 y el ’83, Mauricio?
—Me imagino, Mono.
—Bueno. La cosa es que empieza el Metropolitano ’83 y el Rojo vuelve a ser candidato. ¿Digo bien?
—Decís bien.
—Y, para colmo, Racing andaba como el culo, ese año.
—Exacto, se terminó yendo al descenso en cancha nuestra.
—¡Ahí, ahí está! ¡A eso quiero llegar! ¿Te acordás de la fecha?
—Veintitrés de diciembre de 1983.
—¿Ves que te la acordás como si fuera una fecha patria, Mauri?
—Bueno, Mono. Convengamos que no es muy habitual que salgas campeón justo jugando un clásico, en tu cancha, y que Racing se vaya a la B ese día. Mejor dicho, la semana anterior, porque ya habían descendido.
—Bueno sí, pero es el último partido que juegan en primera, antes de descender. Ahí quiero llegar. Vos te acordás cómo era yo a los trece…
—En qué sentido…
—Que era flor de pelotudo.
—Bueno, Mono. A los quince, a los veinte, a los treinta…
—¡Te hablo en serio! De más grande aprendí a mirar fútbol. Pero en esa época era el típico pelotudo que repite lo que oye en la cancha, que quería que Racing se fuera a la B, darles la vuelta en la cara…
—Es verdad. Ahora sos más civilizado.
—Ahora porque la veo del otro lado, entendés. Yo no podía ponerme en el lugar del dolor de esos tipos. Para mí era todo joda. Todo fiesta.
—Éramos chicos.
—Éramos. Pero faltando dos o tres fechas de ese Metropolitano ’83, a mí se me puso que nos iban a cagar. Que se iba a ir todo al carajo, ¿Entendés?
—No.
—Es sencillo, Mauricio. Avanza el año 1983, Independiente pelea de nuevo el campeonato Metropolitano, y a mí se me pone la idea fija de que vamos a volver a salir segundos. Que Racing nos va a ganar en cancha nuestra la última fecha, que se van a salvar del descenso, y que San Lorenzo o Ferro, que vienen segundo y tercero, nos van a pasar y salir campeones ellos. ¿Entendés?
—Sí, más o menos. ¿Y?
—Y que nos van a gastar para toda la vida.
—¿Y entonces, Mono?
—Y que yo hice mil promesas a Dios de que por favor eso no pasara. Que nos dejara salir campeones, y que Racing se fuera a la B. Y esto es lo delicado: prometí, le juré a Dios, que si me daba eso que le pedía, que después hiciera lo que quisiera. ¿Entendés?
—No. Bueno, sí lo entiendo, pero no entiendo para qué lo traés ahora.
—Porque finalmente la cosa salió bien. Todo fue soñado. Ganamos. Dimos la vuelta olímpica. Al año siguiente ganamos la Copa Libertadores, la Copa del Mundo en Tokio.
—La última, sí.
—¡Ahí tenés! Lo dijiste vos, no yo. La última.
—¿Seguís sin entender? Pedí demasiado, Mauricio. Me pasé de rosca. Me cebé. Me fui al carajo.
—Y…
—Y Dios me castigó. Nunca más volvimos a ser los mismos.
—Pará la moto, Monito. Esa del ’83 no fue la última vez que salimos campeones.
—No, Mauricio, pero casi. Después seguimos un poco más por inercia. Un par de campeonatos más, un par de copas. Y a la mierda. Nunca más, entendés.
—Pero, Mono… todos los hinchas piden cosas parecidas. Ganar los clásicos, salir campeones…
—Sí, pero no todo junto.
—Sí, los hinchas piden todo junto.
—Macanudo. Pero Dios no se lo da.
—¿Otra vez con este asunto de lo que Dios te da o no te da? ¿No estabas el otro día discutiéndoles al Ruso y a tu hermano que Dios no da lo que uno pide?
—…
—…
—…
—Es que, esa vez, a mí me lo dio.
—Bueno, con ese sentido a todos los hinchas de Indep…
—No. Eso lo pedí yo. Y yo sabía que me estaba zarpando. Pero lo pedí igual. Y ahora lo estoy pagando. Bah, Independiente lo está pagando.
—…
—Está mal pedir tanto. No se puede. No se debe. Hay que ser menos egoísta. No, egoísta no es la palabra.
—¿Ambicioso, Mono?
—Eso. Demasiado ambicioso. Eso fui.

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martes, 14 de mayo de 2013

Crónica de una pasión Canalla


Fui por primera vez a la cancha -palabra lacaniana, vaginal- una tarde dictatorialmente hermosa, plenamente azul, del invierno de 1977. Jugaron dos equipos, Argentinos Juniors y Rosario Central, que por esos años y el par de décadas que los rodearon darían lo mejor de sí mismos, lo mejor de la leyenda a medias consumada del viejo fútbol lírico argentino, ese que produjo tanta mala poesía y tanta mala ideología, el fútbol del toque y la gambeta propinados por equipos no monopólicos. Fui a la platea, fui con mi viejo, que tenía puesta una chaqueta de cuero que le duró toda mi infancia y mi adolescencia, con mi tío Jaime y con mi hermano Lucas. Estábamos en un lateral, cerca del arco a cuyas espaldas no hay, todavía hoy, una tribuna, sino una pared. Algún jugador bestial tiró un par de pelotas a la calle, y me llamó la atención que unos chicos, agazapados en la vereda de San Blas, se abalanzaran sobre ellas para robarlas, ¡era plena dicta, prehistoria de la sensación de inseguridad! ¿Quién era el inventor de Rosario Central en mi cabeza, el tipo que me llevó de la mano a las puertas de una creencia a la que todavía adhiero? Mi viejo venía de simpatizar un tiempo, moderadamente, con los sueños armados de su generación, y ahora se las estaba arreglando como podía para arrimar el guiso a esa familia de varones que estaba fabricando con mi vieja: otro hermano más, Felipe, incubaba en la panza de ella, y Federico llegaría tres años después. A los setenta y siete minutos de ese partido del Campeonato Metropolitano del año en que el punk coronó, un partido que El Gráfico calificó como discreto -malo, regular, las misteriosas discreto e intenso, bueno, muy bueno y excelente eran las categorías que manejaba la revista monopólica-, Argentinos hizo un cambio. Un delantero con dotes equinas habrá salido al trote, un trote ni apurado ni estirado, y se habrá besado, a lo macho, con un chico delgadito, un adolescente de 16 años, petiso, rápido, decorado con unos rulos morochos, afro casi. Mi abuelo había palmado un año antes, de un infarto, a los sesentaipico. Le había dejado a mi viejo una bonita casa al pie de una barranca en Vicente López -donde vivíamos desde el '75 y de la que se mudarían, él y mi vieja, animales del museo de la costumbre, recién treinta y cinco años después- y una crisis bastante importante en el ánimo: la dictadura y la sombra de su padre self made man (de un humilde hogar inmigrante en La Boca a la vicepresidencia de Boca Juniors y la intendencia paraperonista de Avellaneda) sonreían sobre la cabeza atribulada de mi viejo. Después del partido, fuimos, como todos los domingos a la noche, a la casona de Belgrano donde ahora vivían solo mi abuela y mi tío Jaime. Mientras se hablaba, probablemente, de la plata que empezaba a ser dulce, de los partidos de esa tarde, tal vez de política (¿cómo se hablaría de política, entonces? No muy distinto que ahora, estoy seguro), mi hermano Lucas se acostó en el piso a dibujar una escena del partido. Los rulos del morocho de Argentinos ocupaban casi la mitad de la hoja. En sus trece minutos y pico en la cancha, el morocho no había podido hacer demasiado para el Bicho, pero su carril izquierdo en ese segundo tiempo estaba ahí, a metros de nosotros, y algo de su magia pelotera, que se haría célebre (el más ligero de los signos de esa celebridad sería que el estadio adonde habíamos ido llevaría décadas más tarde su nombre: Diego Armando Maradona), sedujo a nuestras neuronas inocentes, desde ahí hasta la eternidad. A mi viejo lo había seducido, casi veinte años antes, la pegada de un flaco que jugaba para Central, y que en ese año 1977 era el entrenador de la Selección. Menotti sería pronto campeón del mundo, pero postergaría por ocho años la posibilidad de que el chico de rulos también lo fuera; en lugar del delantero de Argentinos, el goleador de ese Mundial iba a ser Mario Alberto Kempes, una bestia humana que había arrollado todo a su paso por Central. Pero a comienzos de los sesenta, Menotti jugaba al trote lento en Central, y mi viejo y mi tío Jaime, que hasta entonces eran de Boca, habían visto la luz, casualmente también en un partido de Argentinos con Central, en la misma cancha de La Paternal. Los caminos del Dios de Central son misteriosos. En ese del '77 que fue mi primer partido de fútbol en la cancha como hincha, mi viejo andaba un poco a la deriva (¡es un quilombo hacer una familia con cuatro hijos, haberse mandado unos moquitos de joven, que un gobierno autoritario medio te persiga, y que tu viejo se acabe de morir!) y decidió, quizás por tener los 33 de Cristo, volver a abrazar la fe católica, refugiarse ahí, en esos antiguos rituales, del bardo de la vida. En el Argentinos-Central de los sesenta, en cambio, mi viejo y mi tío habían visto la luz y habían abrazado para siempre la fe canalla. La católica fue una creencia problemática, de la que sus hijos abjuramos promovidos por nuestras hormonas y por la democracia laica. Pero bajo esa otra fe anómala, extraña, desviada, obsesiva y rebelde que fue ser porteños hinchas de Central nos hicimos hombres los varoncitos de la familia. En el Argentinos-Central del '77, en el minuto setenta y siete, cuando el morochito de rulos pisó el pasto que treinta años más tarde llevaría su nombre, puede decirse, terminó la era del fútbol profesional y popular, y empezó la era del fútbol mediático. Yo tenía cinco años. Empezaba, de algún modo, a hacerme hombre: a eso vamos los varones a las canchas. El fútbol es una cuestión de padres e hijos: al menos lo fue en mi caso. Aunque la platea del Gigante de Arroyito es famosa por sus muchachas en flor, el espectáculo del fútbol es todavía hoy muy predominantemente varonero. Cincuenta mil tipos se juntan todos los domingos y cantan sus bravatas. Les cambian la letra a melodías románticas, le ponen vino y droga a lo que venga, juran que van a matar a todos y proclaman su amor eterno por una entidad abstracta: un acting exagerado que da ternura infinita. ¿Qué es lo que se ama? ¿Al club? ¿A la camiseta? ¿A los jugadores? Ninguna de esas respuestas es correcta: como toda fe, la del hincha de fútbol es un intento por reparar el misterio y la contradicción. Por eso el fútbol es un espectáculo que ignora los silogismos y tiene mucho de masoquismo. Se crece a partir del sufrimiento, del dolor. Ser hincha de fútbol es aceptar la fatalidad. Ya desde el primer minuto en una tribuna, las caras de los espectadores se desencajan y los maxilares braman las palabras del inconsciente. Referís, técnicos, jugadores rivales y jugadores propios son el blanco imaginario o real de cargadas o puteadas endemoniadas, gritadas, susurradas o cantadas. Creamos nuestro yo a partir de los otros. Los partidos y los campeonatos proveen la estructura del relato, un lapso en el cual los héroes (hinchas o jugadores) afrontan peripecias y salen de ellas transformados. Igual que en la vida, a veces se gana, otras se pierde y otras se empata. En lapsos más largos (un campeonato), la mayoría de las veces se promedia la mitad de tabla: ni se cumplen las expectativas más locas ni las profecías más trágicas. Pero hay excepciones, excepciones necesarias que funcionan como los grandes relatos épicos nacionales: el Mio Cid o el Martín Fierro nos tranquilizan, garantizan que un país o una civilización existen. De la misma manera, el relato oral y periodístico de las grandes hazañas futbolísticas refuerza la pertenencia imaginaria a esa experiencia mística que es ser de un equipo de fútbol. Las cábalas son los rituales de esta religión, la certeza irracional de que todo el universo está ordenado en función del propio equipo. El fútbol, dice el periodista español Santiago Segurola, es la guerra ritualizada: ahí es cuando aparecen las mujeres. La mamá que nos prepara los ravioles antes de ir a la cancha o la novia que nos acompaña en los primeros tiempos del romance son comprobación y testigo de nuestra condición varonil, enfermeras físicas y morales de nuestro pasaje por la guerra simbólica, productoras de sonrisas que creemos comprensivas con el destino fatal y cambiante que nos depara nuestra obsesión con el juego de la pelotita de cuero. ¡Pobre mi vieja! No solo nos bancó a sus cuatro hijos un total de 36 meses dentro de su vientre, sino que se bancó a los cinco (hijos y marido) conversando obsesivamente, durante todos los años ochenta y noventa, acerca del lejano, exótico, fastidioso Rosario Central (a cuya tribuna había ido un par de veces, aguja y ovillo de lana en mano, en los comienzos sesentistas de su romance con mi padre). Éramos la patrulla perdida de una utopía insistente. Lejos de la inquina con nuestros primos leprosos, estábamos rodeados de gallinas, de bosteros, de hinchas del Rojo, y muchas veces nuestra pasión venía con nota al pie: "No, cuando digo la Academia me refiero a la Academia rosarina". Entre el 84 y el 87, un equipo terrible, un par de directores técnicos estupendos, cuatro o cinco grandes jugadores y una veintena de animalitos de Dios consumaron la Edad de Oro Canalla. Entré a esa era a los 12 (luces calientes atravesaban mi mente) y salí a los 15, transformado en un adolescente ardiente, provisto de una fe que me permitía afirmar mi identidad, tener una marca en el orillo, ser reconocido, ser yo, de Central hasta la muerte. La Edad de Oro Canalla empezó, por supuesto, de manera horrible. Fue el domingo 16 de diciembre del 84, en un Falcon gris del 79 estacionado en la quinta de Arturo Goetz, un amigo de mi viejo. Tiene que haber hecho calor, pero yo me acuerdo de una tarde fría. Ahí escuché, con esperanzas cada vez más espesas, al Gordo Muñoz narrando cómo Boca le ganaba 2 a 0 a Central. Cuando terminó el partido, giré mi brazo derecho doblado en el codo, cerré el puño y extendí mi pulgar hacia abajo, mirando a mi viejo que a ochenta metros, desde la mesa de los adultos, me miraba fijo, pero fingiendo interés en la conversación con sus amigos: Boca nos había mandado a la B. A eso se le llama pasión: a sufrir. Pero en los años subsiguientes hubo milagros suficientes para completar los formularios de la fe. En el último campeonato de la B antes de que se inventara el Nacional B, el del '85, el Central de Pedro Marchetta hizo desastres de la mano del pequeño Raúl de la Cruz Chaparro, salió primero por varios puntos y dejó tercero a Racing, descendido dos años antes. Durante las vacaciones futbolísticas de Central antes de su regreso a primera, hizo magia en México aquel morocho de rulos al que habíamos visto casi debutar: la del Mundial '86 es una historia más conocida. Y, en el país de los campeones del mundo, el primer campeón fue el recién ascendido Rosario Central, que practicó el último fulbito de la vieja escuela, guiado por dos insides lentos, tocadores, campantes: el Negro Palma y el Pato Gasparini. El 2 de mayo del '87 nos preparábamos para salir hacia el partido consagratorio en la cancha de Temperley (Central le llevaba apenas un punto a sus segundos) cuando se oyó el llanto de un excluido. Mi hermano menor, alias Tito, de 5 años, no estaba contemplado en la excursión, pero su instinto de pertenencia futbolera pudo con todas las precauciones maternas. Le fue colocada la enseña auriazul y partió junto al resto a su bautismo de guerra. La célula canalla estaba completa, y partimos, desde el chalé de Vicente López hacia el conurbano sur, a ver a Palma transformar un penal anodino en un gol tan inolvidable como el que un año antes Diego les había hecho a los ingleses. La vida de un hincha de fútbol, sin embargo, se puede volver burocrática. Años y años de pelotazos impunes, gambetas cojas, goles rascados en el fondo de la olla ponen a prueba la mejor pasión. Central campeonó cuatro veces entre el año en que nací y el año en que cumplí 15. De mis 15 a mis actuales 40, nada, y cada vez más nada. Una y otra vez visité lugares impiadosos, como el mausoleo visitante del gélido Monumental de Núñez, solo para ver cómo los Francescoli, los Salas, los Aimar y los Saviola nos pintaban al óleo. In my face, ¡Conejo maldito! Pero lo peor no sé si fue padecer el genio ajeno, sino perder cada vez más seguido contra rivales cada vez más grises. Los tiempos me cambiaron terriblemente a mí, pero también a todos, incluso un poco al mundo, tan lento y largoplacista. El finísimo Diego Maradona se fue transformando en un ídolo impresentable, difícil de asimilar. El Diego, jugador de los medios, le cedió su trono a Messi, jugador de la Play. El fútbol argentino se fue precarizando a la par de la aceptación de nuestro destino social sudamericano. Las hinchadas, en particular la de Central, dejaron de mirar los partidos y se quedaron ahí, entonando drogadas sus Cantos a Sí Mismas, las canciones autorreferenciales de una fe tantas veces castigada por el apuro mercantil de dirigentes, entrenadores y jugadores. Yo en el medio hice un poquito de todo. Me mandé un par de moquitos y un par de gambetas, las mejores de las cuales fueron producir en sociedad con una bella muchacha a mi hijo, León (a la misma edad, veintiocho, que tenía mi padre cuando yo nací), y a mi hija Benita, la primera canallita mujer full full de la familia. Quizá por la falta de entusiasmo que emanaba hacia mí la ristra de mediocres que se aturrullaban con enjundia en los mediocampos centralistas, a León el bicho de la pasión tardó en entrarle. Pero otra vez un hecho trágico hizo de bautismo de esta guerra ritual, y la infección canalla le entró como un rayo a mi hijo. Una tarde de junio de 2010, Central se fue otra vez a la B después de ser humillado por All Boys en el Gigante de Arroyito. Esa tarde triste yo, desde el cinismo desesperado, cargué a mi pobre viejo con una maldición que confío equivocada: le dije que tal vez ese era el último partido de Central en la A que él veía en su vida. Desde entonces, el equipo más grande del interior del país vegeta en esa divisional que, sin embargo, se nos ha vuelto apasionante. Estoy entrando en esa edad en que el futuro se parece cada vez más al pasado: empiezo a entender a Borges, la historia es cíclica. Fingiendo que educo a mi hijo, me sumerjo otra vez en la pasión canalla. Atravesado por la corriente eléctrica de esta fe que lo convertirá en un hombre, León se pasa sus tardes preadolescentes pensando en Central desde Facebook, y sus noches soñando con lo mismo. Nuestras conversaciones empiezan a limitarse a un solo tema. Cuando trato de tener con él "esa" conversación (ya tiene 12), me interrumpe para hablarme de Jesús. De Jesús Méndez, la figura del equipo. La temporada 2012-2013 amaneció tan lluviosa para el equipo como las anteriores. Hacia la fecha one, con delanteros que eran un chiste, Central ocupaba el puesto catorce sobre veinte equipos. El horizonte de la vuelta a Primera parecía un espejismo inalcanzable. Esa vez, hicimos seiscientos kilómetros para ver perder a Central, de local, con Douglas Haig. Tres fechas más tarde, armamos una excursión peronista a Florencio Varela y ¡por fin! festejamos un triunfo, por más avaro que haya sido, contra Defensa y Justicia. Desde entonces, lentamente, empezó a producirse un milagro, y una partida de nuestra patrulla canalla iba tras sus huellas: a Rosario, a Mar del Plata, a Junín. Central ganaba siempre, uno a cero pero ganaba. Así hasta prender de nuevo la máquina de la ilusión, y, como dicen los relatores, hasta treparse a lo más alto de la tabla, después de tanto tiempo. En la última excursión, al bravo Bajo Flores para enfrentar al bravísimo Chicago en la cancha de San Lorenzo, el Azul Mecánico en que se transformó Central (por cábala, el equipo intenta no usar la tradicional camiseta azul y amarilla) hiló su duodécimo triunfo al hilo, récord histórico para los equipos del club. A mí se me mezclan los recuerdos y el presente. En mi cabeza Jesús Méndez se transforma en el Negro Palma, el lento Paulo Ferrari en el intrépido Hernán Díaz, el rosarino Encina en el cordobés Gasparini, y así. León se sabe de memoria el cancionero canalla, el fixture de las fechas que restan, el puntaje y la formación de todos los rivales. En la Play, creó un torneo de la B Nacional (los nerds del FIFA todavía no incluyeron esa división). Este curso acelerado de geografía social, de participación en un ejército informal, este tránsito hacia la contradictoria masculinidad adulta en el que hago de acompañante de mi hijo se verá dificultado, tarde o temprano, por una derrota: pero así es la vida. Habrá que rezar, levantarse, alisarse la auriazul a rayas verticales y ponerse a caminar otra vez. Mientras tanto, seguimos cantando una que empieza así: "Quiero a Central de corazón, desde hace ya mucho tiempo...". Leer más...

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un único culpable y muchos responsables



 Aquella horrible y fatídica noche del 30 de diciembre del 2004 ha marcado un trazo imborrable en la memoria de todos, ni hablar de los amigos y familiares de los 194 que ya no están.
Mientras que en los medios y redes de comunicación, el espectro variado de opiniones reparte culpas y cargos, responsabilidades e irresponsabilidades (muchos con ligereza y apuro) son muy pocos los espacios en los que se ha escuchado hablar del rol del estado en esta cuestión.
 La única verdad es que hasta ahora, la justicia  ha condenado al gerenciador del boliche y a su mano derecha, a los seis músicos de la banda, al manager y al escenográfo, a un subcomisario y a tres funcionarios de cuarto orden del gobierno porteño. Casi me olvido del tibio juicio político que destituyó a Ibarra..
Ante la falta de voces que por lo menos susurren, aunque sería mejor que griten, que sitúen en lugar y forma, que lo ocurrido  no hubiese sido posible por la existencia de un estado ausente, ciego, sordo y mudo, me dispongo a sacar de mi algunas reflexiones y/u opiniones que quedaron dolorosamente alojadas desde ocurrida esa espantosa tragedia.
 El estado, a través de su poder político y de sus fuerzas de seguridad,  no visibilizó una situación en las narices de muchos. Aníbal Ibarra, los inspectores, los jefes de la policía y  de bomberos permitieron que en el corazón de la ciudad de buenos aires funcionara un local bailable repleto de irregularidades.
No entiendo la cuestión con la facilidad de culpar al estado y con eso eximir al resto. Existió una cadena de responsables que la justicia debe determinar, pero faltan en el banquillo de los acusados los representantes mayores de este estado que no supo cuidarnos cuando ni nosotros lo hacíamos. Digo nosotros porque yo sin haber llegado a estar esa noche, me siento responsable también.
Aquella noche, por esas cosas que dicen del destino, me quedé dormido y no fui al recital, pero estuve en ese lugar otras veces. Es mas, estuve una noche en la que en un show una candela prendió esa maldita media sombra. Media sombra que no hubiese estado sino fuera porque el gerenciador para ahorrar gastos, utilizó para sostener los paneles acústicos que deberían estar amurados al techo. De no haber existido esa provisoria instalación, el fuego no se hubiese propagado como lo hizo.
En ese momento, un Chaban histérico con micrófono en mano, puteó a todo el mundo haciendo esa mala actuación que lamentablemente tiempo después, mostró por todos lados. Algunos pudimos salir gracias a que esa noche la puerta de emergencia no estaba clausurada, mientras otros fueron testigos de cómo una persona agarró una manguera (que por suerte si funcionaba) y apagó el fuego antes que pase a mayores. Una vez apagado, los que habíamos salido volvimos a entrar, entraron nuevos, las luces se volvieron a apagar, Chaban siguió facturando detrás de la barra  y la locura siguió.
Responsables son también los músicos que salieron con el dedo acusador a señalar a la banda Callejeros, cuando en sus propios recitales pasaba lo mismo. Me harté de los periodistas que nunca fueron a un recital y  se llenaron la boca de palabras de asco sin entender cual era la cuestión, mas aun me harté de los que sí fueron pero lo vieron desde la lejanía de sus lugares de privilegio.
Esta locura la construimos todos, publico, artistas, productores, periodistas, discográficas, etc., y fueron años de construcción.. Aquello el indio Solari lo llamo “una granada sin anilla”, que nos fuimos pasando entre todos sin saber cuando explotaría.
Explotó el 30 de diciembre del 2004, y  pasados ya casi 8 años, hoy seguimos ocupados en culpar únicamente a los responsables obviando al culpable.
 Hubo un estado que no supo, no quiso frenar esa locura, que guardó la coima y lucró con nuestras vidas. Ese estado tuvo y tiene responsables políticos, inspectores, jefes mayores de la fuerza de seguridad. Éstos no solo no fueron juzgados, sino que algunos como Ibarra continuaron su carrera política. No me quiero poner reiterativo, respeto profundamente el dolor de todos los que perdieron a un ser querido esa noche y entiendo que con ellos también se han ido parte de su propia vida, pero esa noche en algún punto también murió un inconciente que vivía en mí, que arrastrado por una idea grupal de divertimento, llevó a pasear su pulsión de muerte  por diferentes recitales y que mi generación hoy lamenta haber vivido. 





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domingo, 19 de febrero de 2012

Confesiones para el viejo


Y otra vez estoy por acá, donde vos estas ya sin estarlo. Van para dos años que te fuiste y aun no logro encontrarme en frente de tu tumba. Lo esquivo inconscientemente, aunque en realidad si me sentase a pensarlo y a darle un poco de rosca al asunto, seguramente resultaría que en el plano consiente también.
Pero bueno, hoy vine porque si te ando soñando seguido es porque necesitamos un poco de este contacto. Eso sin contar como clara señal de la idea, que el otro día el cuadro que vos nos pintaste y se luce en casa, se soltó de un lateral y quedo tambaleando como un péndulo. La miré a Leti, después a Guadi que decía “¿qué pasó pa?” y dije en vos alta que tenía que venir al cementerio.

Estaciono y cuando bajo del auto se me abalanzan las vendedoras ofreciendo flores que para mí son todas iguales de feas, te traje estas que no sé si te hubiesen gustado, pero no se elegir.
Se te extraña viejo! Extraño hacer sobremesa con vos para terminar el vino con soda, extraño oír tu carcajada ante cualquier chiste malo mío, extraño que te emociones por cualquier cosa y te esfuerces sin éxito para que no me dé cuenta.
Por acá anda todo más o menos bien, bueno lo sabrás supongo. La vieja esta mil puntos, hasta te diría que los años la van poniendo sabia. No voy a entrar en detalles pero quédate tranquilo que te la cuidamos.
Yo bien, mi familia es la mayor alegría que tengo en la vida. Leti es un sol, no sabes cuánto lamento que no la hayas podido disfrutar un tiempo más como nuera. Y la pulga? Es un torbellino de 10 kilos y medio que no para nunca, ni quieta ni callada… A quien te hace acordar? Por lo menos yo no la amenazo como vos si lo hacías a mi de meterme pupilo en un colegio.
La casa esta revolucionada y un tanto ansiosa con la llegada de Matilda. Por cierto, te gusta el nombre? Algo me hace pensar de que no, pero después del que me pusiste vos a mí no podes replicar nada en absoluto.
Tanto te gastaba yo con tus plantas y el pasto y hoy me reconozco tan o inclusive mas obsesionado que vos con el tema. De aquellas plantas que vos me dejaste en macetas, creo que se me murió una sola y las demás gozan de más salud que yo. Tengo nuevas, que cuido y riego diariamente.
No conforme con eso, el pasto siempre se mantiene de un corto y riguroso verde. Pasa el tiempo y me siento más parecido a vos. Eso asusta un poco, enorgullece otro tanto e ilusiona también el resto. Espero no llegar a tener tu panza, o usar los pantalones tan arriba (casi tapando el ombligo) y sin remera.
Y hablando de nuestros parecidos, me doy cuenta que estoy riendo y llorando simultáneamente. ¿Te acordas? ¿Cuantas veces intentaste tapar lágrimas de emoción con carcajadas disimiles? Yo respondo: ¡Infinidad de veces!. Mientras dejo de jugar con las piedritas de la tumba de tu vecino, me seco las mejillas y acaricio tu foto sonriente el día de mi casamiento.
Bueno viejo, creo haberte puesto al día más o menos, aunque es muy probable que ya lo hayas estado pero de mi boca te puede resultar un tanto más amigable. Dicho sea de paso, si andas con tiempo y te cruzas con el titiritero de todo esto, pedile su bendición para el nacimiento de Mati, te lo agradezco.
Gracias por enseñarme a llevar conmigo siempre una sonrisa como primer gesto para todos lados, por tanto cariño. Parece que te emocionaste vos ahora… unas gotas empiezan a caer desde el cielo, te dejo ó mejor te llevo conmigo como siempre. Abrazo gigante taramela, chau.


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miércoles, 18 de enero de 2012

Obdulio Varela – El reposo del Centrojás (Osvaldo Soriano)

En el suplemento de cultura del diario “La opinión”, el 16 de julio de 1972 en la sección llamada “Historia de vida” sale publicado por Osvaldo Soriano este artículo. Según palabras del autor: “consistía en escuchar ante un grabador, durante cinco o seis horas (tal vez mas) a un hombre o una mujer que reconstruían los mejores (o lo más terribles) momentos de su existencia. Luego había que comprimir sin reducir, restituyendo a la vez el sabor del relato, el estilo narrativo del entrevistado”
Es imperdible por lo entrañable del personaje y también por la nitidez de Soriano para hacerlo relucir. Para aquellos que no lo conocían, ojala lo puedan disfrutar. Para los que si, que disfruten de la relectura que siempre también es gratificante.

El reposo del Centrojás

Mire usted lo que son las cosas. Nosotros habíamos empatado con España dos a dos con un gol que yo hice sobre la hora, esos goles que salen de suerte; el segundo partido le habíamos ganado a Suecia tres a dos, ahí no más. Los brasileños venían matando. Le habían marcado seis goles a los suecos y otra media docena a los españoles. Cuando fuimos a la final nadie dudaba de que ellos nos aplastarían. Tenían un cuadro bárbaro, eran locales y el mundo entero esperaba que ganaran el Mundial. Nosotros jugábamos, puede decirse, contra todo el mundo.
Eso, creo, debía darnos tranquilidad. Nuestra responsabilidad era menor. Recuerdo que un dirigente uruguayo lo llamó a Óscar Omar Míguez, el centroforward del equipo, poco antes de salir a la cancha, y le dijo que estuviéramos tranquilos, que los dirigentes se conformaban si perdíamos nada más que por cuatro goles. Dijo que con llegar a la final ya debíamos estar satisfechos y que se trataba ahora de evitar el papelón, de no tragarse una goleada muy grande.
Yo lo escuché y eso me indignó. Le dije: “Si entramos vencidos mejor no juguemos. Estoy seguro de que vamos a ganar este partido. Y si no lo ganamos, tampoco vamos a perder por cuatro goles”.
Yo tenía 33 años y muchos internacionales encima. Estaban listos si creían que nos iban a pasar por arriba así nomás. Los otros muchachos del equipo eran jóvenes, sin mucha experiencia, pero jugaban bien al fútbol. Además, poco antes habíamos jugado contra los brasileños la copa Río Branco y les habíamos ganado 4 a 3 el primer partido; después perdimos dos veces por uno a cero, pero nos habíamos dado cuenta de que se les podía ganar. Ellos tienen mucho miedo de jugar contra los uruguayos o contra los argentinos.
Antes de salir a la cancha, el director técnico Juan López me dijo, como siempre, que yo debía dirigir, ordenar el equipo dentro de la cancha. Entonces, cuando íbamos para el túnel, les dije a los muchachos: “Salgan tranquilos. No miren para arriba. Nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo”.
Era un infierno. Cuando salimos a la cancha eran más de cien mil personas silbando. Entonces nos fuimos hacia el mástil donde se iban a izar las banderas. Cuando salió Brasil lo ovacionaron, claro, pero después mientras tocaban los himnos, la gente aplaudía. Entonces les dije a los muchachos: “Vieron cómo nos aplauden. En el fondo esta gente nos quiere mucho”.
Al juez no le di la mano. Nunca le di la mano a ningún árbitro. Lo saludaba, sí, lo trataba con respeto, pero la mano nunca. No hay que hacerse el simpático. Después la gente dice que uno va a chupar las medias del que manda en el partido.
En el primer tiempo dominamos en buena parte nosotros, pero después nos quedamos. Faltaba experiencia en muchos de los muchachos. Nos perdimos tres goles hechos, de esos que no puede errarlos nadie. Ellos también tuvieron algunas oportunidades, pero yo me di cuenta de que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían. Si fracasábamos en eso, íbamos a tener delante una máquina y entonces sí que estábamos listos. El primer tiempo terminó cero a cero.
En el segundo tiempo salieron con todo. Ya era el equipo que goleaba sin perdón. Yo pensé que si no los parábamos nos iban a llenar de goles. Empecé a marcar de cerca, a apretarlos, para tratar de jugar de contragolpe. Creo que fue a los seis minutos que nos metieron el gol. Parecía el principio del fin.
La voy a contar algo que la gente no sabe. Todos vieron que yo agarraba la pelota y me iba para el medio de la cancha despacio, para enfriar. Lo que no saben es que yo iba a pedir un off-side, porque el linesman había levantado la bandera y después la había bajado antes de que ellos hicieran el gol. Yo sabía que el referí no iba a atender el reclamo, pero era una oportunidad para parar el partido y había que aprovecharla. Me fui despacito y por primera vez miré para arriba, al enjambre de gente que festejaba el gol. Los miré con bronca, lleno de bronca y los provoqué. Tardé mucho en llegar al medio de la cancha. Cuando llegué, ya se habían callado. Querían ver funcionar a su máquina de hacer goles y yo no la dejaba arrancar de nuevo. Entonces, en vez de poner la pelota en el medio para moverla, lo llamé al referí y pedí un traductor. Mientras vino, le dije que había off-side y qué sé yo, había pasado por lo menos otro minuto. ¡Las cosas que me decían los brasileños! Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más.
Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban; entonces todos nos dimos cuenta de que podíamos ganar el partido.
¿Cómo conseguimos eso? Es que el jugador tiene que ser como el artista: dominar el escenario. O como el torero, dominar el ruedo y al público, porque si no, el toro se le viene encima. Uno sabe que en una cancha extraña no le van a aplaudir, por más que haga buenas jugadas. Entonces tiene que imponerse de otra manera, dominar al adversario, al público y a sus mismos compañeros. Claro, yo había jugado un millón de partidos en todas partes, en canchas sin tejido, sin alambrado, a merced del público, y siempre había salido sanito. ¡Cómo me iban a achicar ese día en el Maracaná, que tenía todas las seguridades! Ahí yo tenía que dominar, porque tenía todas las facilidades y sabía que nadie podía tocarme.
Cuando hicimos el segundo gol, que lo hizo Gigghia (el primero lo convirtió Schiaffino), no lo podíamos creer. ¡Campeones del mundo, nosotros, que veníamos jugando tan mal! Al terminar el partido, estábamos como locos. En Brasil había duelo. Los cajones de cañitas flotaban en el mar. Era una desolación.
Esa noche fui con mi masajista a recorrer unos boliches para tomar unas chopps y caímos en lo de un amigo. No teníamos un solo cruzeiro y pedimos fiado. Nos fuimos a un rincón a tomar las copas y desde allí mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo habíamos arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en el Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía.
El dueño del bar se acercó a nosotros con el grandote que lloraba. Le dijo: “¿Sabe quién es ése? Es Obdulio”. Yo pensé que el tipo me iba a matar. Pero me miró, me dio un abrazo y siguió llorando. Al rato me dijo: “Obdulio ¿se vendría a tomar unas copas con nosotros? Queremos olvidar ¿sabe?” ¡Cómo iba a decirle que no! Estuvimos toda la noche chupando en los boliches. Yo pensé: “Si tengo que morir esta noche, que sea”. Pero acá estoy.
Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor. No, no se asombre. Lo único que conseguimos al ganar ese título fue darle lustre a los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol. Ellos se hicieron entregar medallas de oro y a los jugadores les dieron unas de plata. ¿Usted cree que alguna vez se acordaron de festejar los títulos de 1924, 1928, 1930 y 1950? Nunca. Los jugadores que intervinimos en aquellos campeonatos nos reunimos ahora por nuestra cuenta todos los años el 18 de julio, que es la fecha patria. Lo festejamos por nuestra cuenta. No queremos ni acordarnos de los dirigentes.
Yo empecé a jugar al fútbol en serio por una casualidad. Éramos doce hermanos, hijos de un vendedor de factura de cerdo. Siempre fuimos muy pobres. Yo fui a la escuela tres años y tuve que largar para ir a vender diarios, primero, y después a lustrar zapatos. Como lustrador sacaba seis pesos por mes en el año 32. Un día me invitaron a jugar un partido de barrio. Allá encontré a mi hermano que jugaba en el otro equipo. Al fin, cuando me estaba cambiando para salir a jugar, apareció el titular del equipo, que era el tanque Amato, y no me pusieron. Entonces vino mi hermano y me dijo que si quería entrar para ellos. Como yo había ido a jugar al fútbol, acepté. Ganamos y me quedé en el equipo.
Los muchachos me consiguieron un trabajo de albañil y yo me puse muy contento. Empecé a jugar en un club que intervenía en el campeonato de intermedia, que venía a ser como la primera B de ascenso ahora. Parece que andaba bien, porque un día me avisaron que me habían vendido al Wanderers por 200 pesos.
Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré fui a ver a los dirigentes del Wanderers y le pregunté: “¿Quién va a defender al club, el Deportivo Juventud o yo?” Conseguí que me dieran los 200 pesos. Ese día me compré de todo con esa plata. Cuando aparecí en casa mi madre no quería creer que me habían dado toda esa plata. Ella creía que yo andaba en malos pasos.
Es que cuando uno se cría en la calle, tiene dos caminos: aprende a defenderse con dignidad, como hice yo porque tuve la oportunidad, o se larga a cualquier cosa, como les pasa a otros que no tienen una chance.
A mí me fue tan bien que, cuando subimos, no bajamos nunca más. Debuté en el Wanderers contra River Plate y perdimos, pero después le ganamos a Bella Vista. Por fin, en el estadio centenario jugamos contra Peñarol. Yo tenía enfrente nada menos que a Sebastián Guzmán, el maestro. Ellos tenían un cuadrazo, pero les ganamos 2 a 1. No me lo olvido jamás. Estuve cuatro años en el Wanderers y en 1943 pasé a Peñarol por 16 mil pesos, una cifra récord para el pase de un jugador. Me quedé para siempre en Peñarol hasta 1955 que largué el fútbol.
Ahora estoy muy arrepentido de haber jugado. Si tuviera que hacer mi vida de nuevo, ni miro una cancha. No, el fútbol está lleno de miseria. Dirigentes, algunos jugadores, periodistas, todos están metidos en el negocio sin importarles para nada la dignidad del hombre. Yo siempre me lo tomé de la mejor manera. Cuando vinieron a sobornarme, no me enojé ni los saqué a patadas ni los denuncié. Les dije que no, que buscaran a otro con menos orgullo que yo. Yo siempre me guié por la filosofía simple que aprendí en la calle, allí se aprende todo; hay que vivir, cueste lo que cueste, vivir, y a cambio de eso hay que dejar vivir.
Muchas cosas me dolieron. Los periodistas se metieron en mi vida privada, me atacaron mucho durante la huelga de jugadores porque ellos le hacían el juego a los clubes. Yo decidí vivir mi vida y rompí con ellos. Desde entonces me encapriché y me negué a salir en las fotos que tomaban al equipo en la cancha. Cuando mis compañeros me pedían que saliera, me ponía de costado y miraba para otro lado. Una vez los cronistas hicieron un planteo a Peñarol y el club me llamó para convencerme de que tenía que ser amable y salir en las fotos. Entonces les pregunté: “¿Para qué me contrataron: para sacarme fotos o para jugar al fútbol?” Ahí se terminó el incidente. No quise saber más nada con dirigentes ni con periodistas que escriben lo que quieren los que mandan. Yo sé que hay que ganarse la vida pero no hay motivo para ensuciar a los demás. Por eso yo no volvería a acercarme a una cancha aunque me ofrecieran millones. A mí me castigaron mucho y no lo aguanto. Por eso le dije que si ahora tuviera que jugar una final, me hago un gol en contra. No vale la pena poner la vida en una causa que está sucia, contaminada. El que se sienta capaz, que lo haga. Algún día tendrá que rendir cuentas: entonces sabremos quién es quién y si valía la pena ensuciarse.

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jueves, 20 de octubre de 2011

Confesiones de insomnio

Cansado de dar vueltas en la cama, con la perfecta excusa de levantarme para vaciar mi vejiga, fui al baño y me di por  vencedor en la batalla contra el sueño.
Previendo el problema, después de la cena y antes de acostarme, tomé una buena copa de vino de sobremesa (a no confundir con una copa de buen vino). Intuyendo que no sería suficiente, después me preparé un recargado te de varias hierbas (manzanilla, tilo, boldo, etc.).  Nada de esto dio resultado.
Sentado en la mesa de la cocina, leí un rato primero “María Domecq” de Juan Forn, pero como lo estaba por terminar y me gusto mucho preferí dejarlo para poder estirar una buena lectura. Después agarré la revista “Un Caño” y  del sueño ni noticias. Me fui al living, prendí la radio y me dejé caer en el sillón para escuchar a Dolina.
Mi hija, a mi hermosa Guada parece que una pasajera angina viral no le impide descansar como se lo merece, creo que el Ibuprofeno debe tener que ver con el tema. También lo merecemos nosotros (me refiero a descansar de ella), yo diría que descansamos mutuamente.
Mi mujer que acuna en su vientre al segundo fruto de nuestro amor, tampoco parece tener problemas con el sueño, unos ronquidos tan suaves como constantes resultan ser la prueba de ello. Hasta Magui (la perra) veo que duerme muy placenteramente en el lavadero.
Me levanto del sillón y voy hasta la heladera, miro con desprecio unas porciones de pizza fría pero no me le animo. Agarro una gelatina empezada y abandonada por Guadi, que no tardo más de un minuto en terminar. Descubro también un yogur en un rincón, como en penitencia, si no esta vencido debería estarlo por su gusto, pero también lo incorporo buscando por lo menos,  que algunos retorcijones de estomago hagan tal vez, que el sueño se de por fin una vuelta.
Vuelvo al sillón, apago la radio y enciendo la tele. Juego con el control remoto, tres recorridas sin volumen por los ochenta y pico de canales  son suficientes para no encontrar nada. Apago, me pongo a pensar, en realidad es muy pretencioso el termino, preferiría decir a sentir cosas o ideas o que se yo que. Se me ocurren un par de ideas… las malas, mañana las recordaré seguro y las buenas… bueno, prefiero pensar que siempre las olvido a que nunca se me ocurren.
Me concentro en el silencio de la casa, silencio que no es tal pero se le parece bastante. El reloj de pared sigue trabado como hace ya varios días, en las diez menos cuarto. Igual insiste con su molesto tic-tac, tic-tac. La heladera aporta desde la cocina el casi imperceptible pero siempre presente ruido de su motor. Me quedo con los ojos cerrados, concentrado en el silencio. Irrumpe el sonido del camión recolector de basura, algunos gritos de los muchachos recolectores se mezclan con el silbido de los frenos del camión. Se detiene justo frente a casa, la compactadora se pone en marcha y se oye el ruido de las bolsas contaminantes compactarse unas con otras, como quejándose en agonía.
Aparece el primer bostezo casi tímido, intento cerrar la idea que empecé a escribir. Vuelvo a bostezar, me doy cuenta que la idea no fue tal y que en realidad no fue nada. Bostezo largo y tendido, las lágrimas que  lo acompañan son la señal más elocuente de que el momento de abandonar ha llegado. Me voy a dormir, creo que otra vez escribir dio resultado para dejarme vencer por el sueño.
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sábado, 20 de agosto de 2011

La escondida de Poy

"Este hecho no me pertenece, es más, creo que nunca me perteneció. Fui la síntesis de los deseos de miles de hinchas. La excusa y el móvil utilizado por el apetito centralista. Mi imagen, mi cuerpo, mi vuelo. Algo me dice que me utilizaron para objetivos preciosos. Motivos que se intuyen lejanos, pero que serían difíciles de calificar con el lenguaje. Por eso es hora de multiplicar el efecto. Sean ustedes yo. Porque yo soy ustedes” Aldo Pedro Poy.
Nació el 14 de septiembre de 1945 e la ciudad de Rosario, criado a solo cinco cuadras del gigante de Arroyito. En el año 1962 ingresó a las inferiores de Rosario Central, club de el que obviamente era hincha. Delantero de notables condiciones técnicas, muy oportunista, con las suficientes mañas futbolísticas para el armado de juego y muy aguerrido a la vez. Su debut en primera fue promediando el torneo de 1965, ante Huracán en Parque Patricios. Su primer gol se lo hizo a Amadeo Carrizo en el monumental el 24 de Julio de 1966, para el empate 1 a 1 del canalla con River en el Monumental.
La anécdota me la contó hace mas de 10 años mi entrañable amigo “el gordo” Ángel, que ya no es gordo y sigue siendo un angel. En diciembre de 1967 el club atlético Los Andes asciende a primera división por segunda vez en la historia, para el inicio del año 1968 el director técnico del mil rayitas Don Ángel Tulio Zof y los dirigentes del club de la zona sur de la pcia de Bs. As, viajaron a Rosario en busca de contratar como refuerzo para la temporada en primera a Poy.
Aldo Pedro no era titular en Central y la propia gente le demostraba con frecuencia su reprobación. Enterado de un principio de acuerdo entre dirigentes, se hizo negar por su madre cuando Don Ángel lo fue a buscar a su casa. Después que se fue el técnico con la negativa, el rosarino salió a caminar para despejarse y pensar como tantas veces la sabía hacer, el destino fue la zona del parque Alem que para esos tiempos se caracterizaba por ser lugar de los pescadores (hoy el balneario municipal), entre una cosa y otra terminó embarcado rumbo a la isla El Espinillo. Se quedó dos noches allí, tiempo suficiente para que Don Ángel y los dirigentes de los andes peguen la vuelta para Bs. As desestimando contratarlo.
La historia que sigue ya es muy conocida, autor de un gol mitológico para el futbol de Rosario Central (la palomita) en la semifinal del campeonato Nacional del año 1971 nada menos que ante Newell’s, ídolo absoluto y figura indiscutida. A menos de diez años de su debut en primera, una lesión en la rodilla lo obligó a retirarse del futbol. Su ultimo partido fue ante Newell’s (como no podría ser de otra manera) el 30 de diciembre de 1974, en el marco de un triangular clasificatorio para la copa libertadores de 1975, el triunfo fue canalla por 2 a 0, con goles de Kempes y Cabral. Jugó un total de 290 partidos por torneos locales y convirtió 61 goles (uno solo de penal), por copa libertadores jugó 15 encuentros y convirtió 3 goles. En la selección nacional disputó dos encuentros y formó parte del plantel que participó en el mundial de Alemania 1974.
En el final les dejo un reportaje a Poy en donde cuenta la anécdota.
Para todos los canallas y muy especialmente para Angelito González, un fuerte abrazo!


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miércoles, 10 de agosto de 2011

El Hincha - Mempo Giardinelli

Mempo Giardinelli es escritor y periodista, nació en Resistencia, Chaco en 1947. Vivió y trabajo en Buenos Aires entre los años 1969 y 1976. Fue censurado y amenazado por la dictadura militar, razón por la cual se exilió en México. De regreso en 1984, fundó y dirigió la revista “Puro Cuento” (1986-1992). Es autor de novelas, libros de cuentos y ensayos, antologías y asiduos artículos en revistas y diarios de diferentes países. Su obra fue traducida a veinte idiomas y multipremiada por todo el mundo. Se destaca la fluidez de su lectura, la sencillez de sus personajes y el marcado origen de su pago.
En 1996 donó su biblioteca personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación en el Chaco, dedicada al fomento del libro y a la lectura, a la docencia e investigación en pedagogía de la lectura. Ha creado y sostiene diversos programas culturales, educativos y solidarios.

Para el final, les dejo el cuento por Alejandro Apo, altamente recomendable.


El hincha

El 29 de Diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sarsfield derrotó al Racing Club por cuatro tantos a dos. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Webbe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, diez segundos después, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia. A la memoria de mi padre, que murió sin ver campeón a Vélez Sarsfield.

-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! - gritaba Fioravanti.-¡Gol! ¡Golazo carajo, saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas frente al radiorreceptor. Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes.
Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra "papá", del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, iban acercándose al club para alistarse en la novena división. Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfield (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a la tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en Primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota “Mihanovich” y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de abordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires-Asunción-Buenos Aires, y también aquel día de Mayo de 1931, cuando el "Ciudad de Asunción" se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días, y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel “Chanta Cuatro”; después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River; y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el '34 y en el '35, Conde en el '54, Rugilo, guardavallas de la Selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de "El León de Wembley"), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que, al año siguiente, seria comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de barra. Claro que había retenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo termino encaramado al tope de la tabla, solo detrás de River. O aquellas ¿temporadas en que Zubeldía, Ferraro, Marrapodi en el arco, Avio, Conde formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la Selección Nacional: Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieran seis goles, total Carrizo era de River. Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces, no se transmitían los partidos que jugaba Vélez, sólo se mencionaba laformación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente. Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba "El Territorio" en la esquina de la Catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River. Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba: -Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh? -Calláte, pendejo -respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa sería la revancha de su vida. No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón.
Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarreaba esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse. Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Diosmelibre Giovanotro y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Ángel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell'Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.
En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de mayo de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el '23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja, a rayas verticales, que usaron hasta el '40 y que todavía guardaba en su ropero. No le importaban las pullas, el fastidio ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el '41, cuando Vélez descendió de categoría y "Dios me libre" sentenció"Amaro, no hablés más de ese cuadrito de Primera B", y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el '43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas. Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo.
Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de Primera B. Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la Capital desde aquella mañana en la que abordó el "Ciudad de Asunción", rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo, y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse.
Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a Primera A. Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana. El sol le dio de frente hasta el mediodía y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos. Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera jugar en la A al año siguiente. Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta; pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia. Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria.
Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:-Un buen jugador era el pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...
O bien: -¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...Y cuando los demás reaccionaban:-¡Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar! A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en un perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo.
La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odiosa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizás por eso aprendió a ver la esperanza en cada partido, confiado en que su constancia tendría un premio, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria. Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente.
Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas si son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantales, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían. Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos. Goooooooool de Velesárfiiiiiilllllll!La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores. Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas. Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.
-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro-.
Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia. Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.
Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y lo aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de Diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó ¡Viva Vélez Carajo! y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa. Dejó colgado el banderín en el picaporte del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se agitaba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers.
Amaro suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en el pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que lo muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.




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martes, 2 de agosto de 2011

“ELOGIO DEL OCIO”- LOS QUE NUNCA DEJARON




“…quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno…” Leí esto al extraer el cd de “Los que nunca dejaron” de la caja para escucharlo por primera vez y algo me hizo sentir que un buen rato estaba por pasar.
“Elogio de Ocio” es el titulo del primer disco del trío que conforman Claudio Vecchione (batería, percusión, coros y arreglos), Leo Arrube (Bajo, coros, voz, dirección y arreglos) y Frichi Fridman (Voz y guitarras), acompañados por el productor artístico del disco e invitado estable Juan Subirá (piano, acordeón, coros, programación de loops y arreglos). Es una producción independiente que fue grabada entre octubre y diciembre de 2010 en los estudios La Carpa en Florida, Bs. As.
Muchos músicos invitados se arriman a esta comunión de trece canciones. El collage es múltiple, alguna con inicio en forma de rap (“No me premien mas”), otra en forma de hermoso reggae ("Serenata para Renata"), un breve pero muy contundente trash/hardcore ("La derecha acecha"), hasta un aire de murga con los Bersuit de invitados ("Nadie sabe bien de que se trata"), todas canciones de rock tan logradas como pulidas, donde reluce con brillo una anécdota hecho vals ("Vals del olvidado"). En tiempo donde no abundan de los buenos, celebro de sobremanera este disco. El compromiso manifiesto por la palabra de Frichi Fridman (compositor de todos los temas), que se materializa en letras ajustadísimas, acompañadas por el talento de la banda para darle sustento musical a la idea, completan un disco para no perderse, altamente recomendable.
Terminé de escucharlo y al poner el disco en la caja leí, “…el ocio es la madre de todos los vicios (¿y quién no ama a una madre?)…” Cuánta razón tienen LQND! Amigos inquietos, a amar a la madre se ha dicho, a subir el volumen y a disfrutar del disco! Abrazo
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miércoles, 13 de julio de 2011

Esa Mujer - Rodolfo Walsh


Rodolfo Walsh nació en Lamarque, en el sudeste de la isla de Choele-Choel, pcia de Río Negro, el 9 de enero de 1927. Tercer hijo de los cuatro que tuvieron el matrimonio de Miguel Walsh y Dora Gill. Criado en internados para pobres y huérfanos, primero en Capilla del Señor y luego el Moreno pcia. de Bs. As.

Escritor, periodista, dramaturgo, militante político y defensor de los derechos humanos.

Con su libro “Operación Masacre”, en el cruce de literatura y periodismo, creo un nuevo genero, el que la critica llamó “no ficción”. Por otro lado, sin proponérselo, dotó al peronismo de un gran texto en el que puede inscribirse toda la historia de la resistencia.

De regreso de un viaje por Cuba (donde fue el encargado de crear la agencia de noticias Prensa Latina), inicia una investigación que como tal resulta un fracaso, pero de la entrevista que mantiene con el Coronel jefe del servicio de informaciones Moore Koenig, secuestrador del cadáver de Eva Perón, da a lugar el cuento “Esa Mujer”. El titulo del cuento recoge el modo en que el coronel llama a Evita, pero también fue la denominación dada por sus enemigos (cuando no utilizaban otros apodos mas groseros). La omisión del nombre de Eva es algo más que un recurso literario, aunque está claro que esa era la manera más eficaz de ubicar a Eva en el centro de la narración.

Al cumplirse un año de la sangrienta dictadura de 1976, Walsh se encontraba en la clandestinidad y dio a conocer una carta abierta a la junta militar. El documento lo titulo “Carta de un escritor a la junta militar”, un instrumento de denuncia del plan neoliberal y de exterminio llevado a cabo por civiles y militares. Ese mismo día, el escritor asistió a una cita con un compañero militante, este detenido y torturado fue quien lo marcó. Walsh fue acribillado por el Grupo de Tareas 3.3.2. que operaba en la ESMA.

Fuente: “Rodolfo Walsh – La Palabra y la Acción” Eduardo Jozami

Esa mujer

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!... Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
­¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
­¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso...
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
­...se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces "Eso le demuestra", como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo...
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da... Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos...
­¿Se impresionaron?
­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: "Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo." Después me agradeció.
Miró la calle. "Coca" dice el letrero, plata sobre rojo. "Cola" dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. "Beba".
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. "Beba".
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
­¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a... Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
­¿Enciendo?
­No.
­Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento... usted será el primero...
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.
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