La eternidad nos acompaña ciegamente.
Una tarde cualquiera puede ser el inicio de un camino que serpentea en la memoria y nos devuelve a lugares que marcaron nuestra historia con letras de lenguas que mantienen su esencia. Muchos dicen que darse un paseo por nuestro pasado nos refresca, nos empapa con gotas de relatos, con destellos fotográficos que se proyectan en el cielo y nos regala la mejor toma cinematográfica de un documental que de a poco va tomando forma. Desearía poder recrear de manera auténtica y sensible esos fragmentos de tu historia. Podría haber comenzado hace años, lo sé. Sabrás disculparme pero sigo luchando contra esa sombra que persigue y oscureceee mis preguntas. “Lo mejor de nuestra piel, es que no nos deja huir…” cantaba Solari y se abre el inmenso abanico de oportunidades que nos regala la libre percepción. Así es como siento que no puedo escapar de esas incógnitas, de esos retazos de tu pasado que poco a poco vas mostrando en tus relatos de cualquier tarde. A tu manera, y cuando el silencio se hace presente entre tazas de mate cocido con leche y chipa que amasaste con tus manos llenas de bondad, me haces viajar al origen de tus decisiones. Mostrás esas escenas de la misma manera que has puesto sobre la mesa la receta que aprendiste al costado del horno de barro, mientras la abuela Guillermina amasaba y el abuelo Juan hacía las veces de degustador oficial. Caen fichas dentro de mi cabeza, se acomodan, buscan su forma y un sonido rompe la silenciosa monotonía.
“Un día gris de una semana cualquiera, me acuerdo de estar en mi lugar de todos los días, el taller mecánico. Para eso me había presentado 3 meses antes al Servicio Militar de mi país, quería servir a mi patria y aprender un oficio. Mi cuñado Daniel Velázquez era el encargado de capacitar en Tornería a los que ingresábamos, así que esos eran mis objetivos. Todo parecía indicar que sería un día más, pero recibimos la orden inmediata del Comandante de Agrupación de Conscriptos Sergio Alcaraz: ¡todos a formar! Nos miramos sin saber qué sucedió, esa orden no parecía ser una de las que recibimos a diario, no parecía otro baile más. Fue así que recibimos la instrucción y rápidamente nos separaron en grupos. Estábamos a punto de practicar posiciones y ubicaciones para combatir. Cuando esas palabras salieron de su boca, el silencio se hizo espeso, el estruendo de nuestros corazones galopando nos recordaba, por si hacía falta, que ahí estábamos para eso. Nuestra misión era colaborar con las fuerzas de la Cañonera Paraguay y la Cañonera Huamitá y evitar el avance militar argentino en su búsqueda implacable contra el General Juan Domingo Perón. Hasta ese día, no recuerdo si había escuchado alguna vez su nombre, pero por esas cosas del destino se convirtió en un símbolo imborrable en mi vida. Una vez formados los grupos nos pusieron al tanto de la situación: El Comandante y Capitán de la Embarcación “La cañonera Paraguay” que se encontraba en reparación en el Río de La Plata, le había dicho a los argentinos que fueron a buscar al General Perón: ponen un pie en esta embarcación y volamos Buenos Aires. El objetivo de apresar al General, tuvo una barrera que resultaría infranqueable para la embestida militar argentina. La historia quiso que tales sucesos no se concretaran, que el General encontrara en suelo paraguayo el lugar al que en tierra propia querían ponerle barrotes eternos. Hoy, luego de 53 años de estar en esta maravillosa tierra Argentina, recuerdo cada día aquella intempestiva pesadilla y despierto entre preguntas que mi historia de Inmigrante construyó. ¡Cuantas sorpresas nos regala el destino! Valió la pena todo lo que viví, cada momento de zozobra, cada intento de cambiar la historia de aquellos que tienen el poder de hacerlo ya veces nos dejan sin nada. Yo tengo 4 hijos hermosos, que me regalaron más hijos del corazón, nietos y bisnietos que alegran mis días, y una compañera que se arrojó a la aventura a mi lado, como yo hubiera tenido que arrojarme si una de esas botas argentinas ponían un pie en la Cañonera. El agradecimiento a estas tierras se lo debo a los valores que mis padres me inculcaron de pequeño, pero también, por esas finas jugadas del destino, se lo debo al General. Luego de aquellos sucesos, y habiendo cumplido el Servicio Militar, regresó a mi pueblo, Altos de la Cordillera, a 60 kilómetros de Asunción. En una tarde cualquiera, de esas que cambian el rumbo y tiempo después serpentean en mi cabeza,Llegó al pueblo un agradecimiento enviado por el General Perón: alimentos, ropa, bicicletas, triciclos y muchas cosas más, que en un lugar olvidado del interior se recibe con inmensa alegría. Porque se puede sentir que alguien se acuerda de vos, que te tiene presente.” Las fichas que estaban acomodadas vuelven a buscar nuevas posiciones. Mis ojos buscan sus ojos y el abrazo no tarda en llegar. Las historias que habitan en esos rincones poco visitados pueden ser más que una señal, se convierten en el mejor de los argumentos de cualquier discurso y nos pueden aclarar el panorama. Hasta pueden terminar con una frase ocurrente, como las que se le ocurre a mi papá en sus momentos de esplendor: “Yo era peronista antes de conocer al General”. Muchas gracias a mi viejo, Don Juan, por ser inspirador y ponerle letra a sus recuerdos.
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Este es un blog de futbol, un blog de cuentos, un blog de historias y recuerdos; es un blog hecho con amigos, para viejos amigos y nuevos amigos.
La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..
Queremos recibir tus aportes y sugerencias a: correomanoinquieta@gmail.com
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sábado, 17 de octubre de 2020
viernes, 3 de abril de 2020
VIAJE AL ORIGEN DE LA GAMBETA

Para vos, enano
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Cuentos Inquietos,
Grafo,
Mano Inquieta y el Futbol
viernes, 11 de julio de 2014
Fotos de algún domingo
Hay cierto aroma a grito
guardado. Así como quien atesora por largo tiempo las ganas inquietas de la
victoria. En algunas ocasiones creí haber encontrado la razón para gritar,
abrazarme y llorar olvidando (casi obviando) todo lo que me rodeaba, pero con
el paso del tiempo me fui convenciendo que algo seguía en lo profundo de mis
entrañas queriendo hacerse realidad.
La primera vez que pude sentir
esa brisa reconfortante, apenas unos meses más tarde de conocer el mundo, tiene
en mi presente el valor que merece, aún cuando muchos quieran quitarle sabor a
algo que no debe mezclarse. Pero intento buscar una imagen, un color, una
palabra y sólo logro diapositivas con relatos de otros tiempos. Tal vez alguna
vez vuelva a verlas y encuentre rostros, sonrisas, abrazos, gente feliz a pesar
de todo.
Como un terremoto recuerdo
aquella tarde fría, mientras pateaba sueños que alguna vez tomaron forma. Ahí sí
tengo escenas más nítidas: gritos, abrazos, un televisor, alguna radio
desafinada, más gritos y unas ganas inmensas de saltar, de ir corriendo a
buscar a mis amigos, esos que se iban convirtiendo en tanques que esperaban
agazapados mi larga carrera hacia la felicidad, hacia el desahogo, la
eternidad. Pateamos hasta entrada la noche, recreamos cada momento con la
minuciosidad de un director de cine. Dejamos miles de fotos que hoy son parte
de la vereda de mi infancia, del potrero de mi pasado. Cada tanto vuelvo, lo
necesito para creer en lo que tengo y no desperdiciar nada de lo que me gané
hasta hoy.
Pasaron muchos años, y con ellos
todo lo que formó mi pasión. Esa pintura con trazos seguros pero con gestos
indefensos ante la crítica de los que tuvieron en sus manos la decisión de
abrirme el camino que busqué con las armas más nobles.
Al mismo tiempo vi pasar
ilusiones que chocaron con vehemencia contra las más diversas realidades: excesos
de confianza en lo conocido; riqueza y envidia; soberbia enfrascada; locura que
aún hoy extraño; paciencia y trabajo tapada por el exitismo; más soberbia.
Hoy, sentado mientras pienso cómo
hacer para acelerar el paso del tiempo, ya tengo miles de fotos para mostrar y
contarte después: abrazos, gritos, rostros, lágrimas listas para caer delante de mis
pies apresurados que quieren salir corriendo y enfrentar a los tanques que una
vez más me esperan al final de la vereda.
Lo que no saben es que en esa
vereda no tengo miedo. Sólo siento, en lo más profundo de mis entrañas, unas
ganas locas de hacerlo realidad una vez más.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Aquel final del mundo
“El problema es cuando te tomás
todo al pie de la letra”, así sentenciaba una y otra vez cada charla al borde
de la cancha, tirado de costado cual modelo de revista de moda en una sesión de
fotos en la playa. La raya de cal zigzagueaba infinitamente y cada vez que se
quería acomodar, Osvaldo largaba una de esas frases que uno nunca se olvida, o
que mejor dicho, recordamos en los momentos donde el bocho recurre a la esencia de las cosas. Claro que él tiraba la
frase con una carcajada detrás, como para ponerle otro tono a la conversación.
Él estaba en todos los partidos,
no se los perdía por nada del mundo. Podían jugar con 9 los equipos que se
enfrentaban, podía retrasarse el árbitro o el encargado de marcar las líneas,
pero Osvaldo tenía un lugar de privilegio en la verde platea. Y hasta se traía
su propia butaca, porque en ese momento “la fournier” era una mas de tantas
canchas del potrero donde cada
domingo se llenaba de gente para ver al 11 Colegiales.
Osvaldo vivía cerca de casa, y no
se como hacía pero me lo cruzaba en cada lugar donde iba. Si iba a la
verdulería, ahí estaba meta charla con don Toto, recordando algún gol de su
River, adulando cómo había bajado la pelota el
Enzo ó asombrado con alguna corrida de Caniggia. El tema era que siempre estaba cerca de cualquier movimiento del
barrio a tal punto que algunos vecinos ya habían dictaminado que Osvaldo era Droopy de carne y hueso.
Los que formábamos parte de las
inferiores de la cuadra sabíamos que hiciéramos lo que hiciéramos él estaría
cerca, expectante de saber cómo terminaba el fulbito ó dispuesto a delatar la guarida del último de la escondida.
La calle de mi casa era por ese
entonces mi lugar en el mundo, y en el de otros tantos chicos que disfrutábamos
de los placeres de la vida infantil. Vivíamos a tres cuadras de la cancha, pero
preferíamos nuestro propio estadio en cualquier rectángulo de la calle
Arenales. Cualquiera podría decir “¿por qué no van a jugar a la cancha, si ahí
no molestan a nadie?”, pregunta que en ese momento tal vez hubiese sido
respondida con un movimiento de los hombros hacia las orejas y cara con labios
cayendo a los costados, y que años más tarde puedo desmenuzar gajo a gajo.
La calle era de asfalto, pero era
la única porque al cruzar Einstein se hacía de tierra y bajaba hasta Almirante
Brown en una pendiente que muchas veces servía para las carreras con las
cubiertas de camiones que mangueábamos en la gomería de El Negro. Del otro lado, desde Fleming y hasta Aristóbulo del Valle
también era tierra y era algo así como el límite de estado: de ahí venían los
que nos desafiaban al fulbito.
Los pocos autos que pasaban eran
los de Pepe, el almacenero que tenía
una chata roja; Ganga con su
parsimoniosa camioneta antes o después de un Flete y Marcial con su F100 cuando cerraba la carnicería. Por lo tanto
jugáramos a lo que jugáramos las posibilidades de ser interrumpidos por
cuestiones de tránsito eran escasas a nulas.
Así, el polideportivo Arenales
contaba con innumerables canchas de fútbol (de todos los tamaños y formas),
canchas de paleta, no de tenis, de paleta que en algunos casos eran maderas
artesanalmente cortadas y trabajadas en desnivel entre el cordón y el asfalto.
Hasta en un momento recuerdo que los más grandes habían recorrido las
verdulerías para confeccionar una red hecha con bolsas de papa y cebolla para
hacer más sofisticada la cancha de piso duro marcada con alquitrán de hulla (o
sea, las líneas de brea que sellan las juntas de las calles de asfalto). El
invento no tuvo el éxito que se merecía por su dedicación, ya que muchos de los
jugadores invitados a participar de los Torneos se quejaban asiduamente porque
no veían donde picaba la pelota en el campo contrario.
Había veredas con tierra para
jugar a las bolitas (Troya, opi, gallito, etc), al Hoyo Pelota, juego que los
más creciditos aprovechaban para corretear a las chicas que ya tomaban impulso
en lo que a despertar sexual se refería.
Contábamos también con espacios
verdes para el Rango, la mancha, carreras de velocidad como así también
numerosos escondites para la escondida: baldíos, casas abandonadas, el micro
escolar que Don Enrique había recibido como parte de su jubilación pero que
nunca había podido poner en marcha. Este hombre
pasaba su tiempo entre la quiniela y las cartas, pero además tenía una
pasión entrañable: el boxeo. Había boxeado en su San Francisco natal y cuando
se vino desde Córdoba trajo entre sus cosas los guantes con los que había
transitado los rings de su pueblo.
Y algunas tardes nos invitaba a
la vereda de su casa, bajo el paraiso cuyas bolillitas eran nuestro principal
arsenal para alimentar nuestro poderoso globo
y rulero, y ahí improvisábamos el cuadrilátero, nos separaba por tamaño y
peso y a guantear se ha dicho. Y nada de llorar, el que pega más veces, gana.
El KO estaba prohibido en la calle. Era una regla.
Y por si todo esto fuera poco, a
la tardecita se abrían los bares de cada casa y se podían degustar exquisitos
mates y refrescos sin necesidad de pagar entrada.
Pero había algo más en esa
cuadra. Algo que poco a poco se acercaba a su fin.
Por estos días me encantaría
esforzar mi memoria selectiva y recordar alguna palabra de Osvaldo, alguna
señal que haya flotado en el aire y que yo, tan metido en mi personaje de chico
jugando a ser chico, no haya notado que también se apoderaba de mi.
Era un domingo de diciembre a eso
de las cinco o seis de la tarde. Los chicos preparábamos los arcos para jugar
después que Radio Rivadavia había dado por finalizada la fecha empezaba el
último partido: el nuestro. En décadas cercanas hubiese sido el “codificado” de
la fecha o algo así, el tema es que era nuestro ritual.
Pero ese día empezaron a salir
todos los varones de la cuadra, y cuando digo todos no estoy exagerando en mi
rol de chico que juega a ser chico. Estimo un partido de 15 contra 15, en una
extensión de unos 50 o 60
metros , es decir mitad de cuadra, desde mi casa hasta la
casa de Ganga y Juana.
Así que
empezaron a dividir los equipos para que queden parejos. Los tres varones de mi
familia (en ese tiempo Fede era chiquito) jugábamos para el mismo equipo. Mi
viejo se instaló en la defensa haciendo gala de su sentido de tiempo y
distancia para cerrar como último hombre. Mi hermano mayor, Carlos, jugaba en
todos los sectores donde estaba la pelota tal vez poseído por el espíritu de
Giunta ó Bernuncio que en ese momento se tiraban de cabeza para marcar. A mí me
gustaba jugar adelante, a lo “mandinga” Percudani esperando algún pase o rebote
en el cordón para poder definir.
Para el otro
equipo jugaba Osvaldo.
Él jugaba bien cerquita del arco, para
empujarla. Sus compañeros no querían que se aleje del área, no le pedían que
baje a recibir ni que “abra la cancha”
para tirar un centro porque sabían que su oportunismo era determinante y
que alguna le iba a quedar. Si me preguntan a quien se parecía no me animaría a
compararlo con ninguno, él se adjudicaba ser el Enzo, aunque en ese momento
Francescoli andaba por Europa.
Osvaldo era joven, pero ni
siquiera hoy se cuantos años tiene. Pero desde que lo conocí lo recuerdo con
sus muletas de madera, pasando por mi casa o bajando del colectivo que cada 40
minutos pasaba por la esquina de Einstein y Arenales. Algunos decían que tuvo
un accidente cuando era chico, otros que había nacido así…yo nunca quise
preguntarle. A la distancia en el tiempo supongo que si él nunca lo contó fue
porque no quería recordarlo, y así todos supimos respetar ese silencio. Un
silencio que no era fúnebre ¡eh! Para nada. Su saludo era siempre alegre, y era
el primero en llegar después de las doce a brindar en cada casa por la Navidad o el Año nuevo.
El partido tuvo muchos goles, no
todos deben recordar cuál fue el resultado, porque a medida que la noche se
adentraba los jugadores continuaban su trote hacia los vestuarios sin dar aviso
al técnico ni a las autoridades del partido, y así el cotejo fue llegando a su
fin. Y con el silbato final de mi vieja que nos llamó a los tres para que,
previo paso por la ducha, nos sentemos a la mesa a comer el segundo plato de
fideos del día (¡qué ricos son recalentados a baño María!), se terminó aquella
final.
Esa misma noche, y sin
predicciones de ningún tipo, se transformó el mundo. Nunca más vi un partido
igual, ni tampoco pude deleitarme con la media vuelta de Osvaldo pegándole con
el borde externo de su muleta derecha engañando al arquero que pensó que le iba
a dar con los pies. Ahí fue el final para mí.
Hoy no espero el final de nada,
pero tal vez haya alguien jugando a ser chico en la calle Arenales o en
cualquier lugar del mundo donde se pueda jugar en paz, palpitando cómo su mundo
inicia un proceso de cambio que jamás imaginó.
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sábado, 13 de octubre de 2012
Messi es un perro
La mayoría lo debe haber leído, pero igualmente queríamos tener este texto en el blog. Imperdible de punta a punta, y es un buen momento para ponerlo, después de hacerle 2 goles a Uruguay......
HERNAN CASCIARI, LUNES 11 DE JUNIO, 2012
Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro. El texto empezaba así: La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia. Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más. Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes. La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo. Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto. De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario. Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue. Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad. Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja. Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer. Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla. No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes. Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol. Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación. ¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral? No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas. Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja. Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido: —El día que él quiera hará seis. No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte. Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca. Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50. Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
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HERNAN CASCIARI, LUNES 11 DE JUNIO, 2012
Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro. El texto empezaba así: La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia. Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más. Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes. La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo. Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto. De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario. Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue. Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad. Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja. Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer. Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla. No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes. Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol. Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación. ¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral? No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas. Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja. Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido: —El día que él quiera hará seis. No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte. Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca. Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50. Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
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lunes, 18 de julio de 2011
La culpa es mía

Con el paso del tiempo me he convertido en un crítico permanente, algo que no llamaría demasiado la atención, ya que en Argentina tenemos ese don de opinar sobre cualquier tema. Pero con el fútbol pasa algo raro. O por lo menos tengo la sensación de estar en un momento histórico en el que se van a recordar jugadores, equipos, entrenadores, presidentes, periodistas, selecciones por hacer todo lo posible para hacer de nuestro deporte popular un lugar donde depositar decepciones e ilusiones inconclusas.
Una vez terminado el Mundial de Sudáfrica y la participación del Sub 20 en el Sudamericano me permití opinar acerca del escaso trabajo o por lo menos, de las pocas muestras de una estrategia con respecto a la formación de una Selección Nacional. Pero esto es historia pasada, no voy a aburrir con ese tema otra vez.
Mi pregunta es: ¿qué fuerza sobre natural con acentuada influencia sobre mi cerebro y con injerencia en la aceleración de mi proceso de sístole y diástole actuó nuevamente antes del comienzo de una competición de los muchachos de la Selección? Este interrogante, como no podría ser de otra manera, me lo respondí yo mismo, si no, no sería un digno argentino enfervorizado por el fútbol. Pero como pasa frecuentemente en las charlar y discusiones que giran en torno a la redonda, se creó una maraña de conjeturas y suposiciones, que me pasé horas tratando de dilucidar por qué me ilusionaba con un equipo en formación que me aburrió en cada amistoso previo a la Copa América.
Creo que me pasó algo similar a lo que los hinchas de River sienten en este receso, previo al inicio del Torneo de la B Nacional, lugar al que llegaron por méritos propios y que ahora asoma como el ansiado salto hacia la gloria perdida luego de años de dirigencia pobre y equipos desteñidos. La sensación de incredulidad y la necesidad de una alegría suprema se pelean en el borde de la línea de entrada a la cancha, pero una vez que el equipo entra quiero estar en la gambeta de Messi, en la juventud de Romero, en la paciencia de Zanetti, en el vértigo de Di María… Pero este intento de teletransportarme es sumamente riesgoso, porque después de algunos partidos puedo caer en un efecto inverso donde gambeteo sin otro destino que el de camisetas de otro color, donde mis manos se vuelven viejas de tantos pelotazos, donde mi paciencia se transforma en un arma inofensiva, y ya no puedo prometer vértigo porque mis ojos están tapados por la sombra de los rivales que me corren con la tranquilidad de no tener que alcanzarme porque saben que tropiezo con mis propios errores.
Y otra vez me veo reflejado en la pantalla de mi Phillips 29”, porque a decir verdad ni siquiera quiero gastar en un LCD, cansado de gritarle a quienes no me escuchan, enojado porque la jugada no termina como yo quiero o porque un comentarista gordo y tendencioso pide a los jugadores y al técnico cosas que él en su vida ha podido hacer, pero tampoco tengo la valentía de ver el partido sin volumen. Necesito sentir el aliento de la gente, el grito de los jugadores que piden la pelota, el golpe del botín contra la pelota…
Mi necesidad de triunfo no tiene límite de tiempo, parece. No pasa lo mismo con mi paciencia. Habrá que ver quién gana. Porque sería fácil colgar los botines y no esperar nada más. O echarle la culpa a que ellos son millonarios y yo no! Qué boludez tan grande! O acaso si yo pudiera no me compraría un BMW o un Audi como los que salieron del predio de Ezeiza después de quedar eliminados???
No muchachos, nada de toda esta charla que tuve conmigo mismo me termina de cerrar.
La culpa es mía.
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Una vez terminado el Mundial de Sudáfrica y la participación del Sub 20 en el Sudamericano me permití opinar acerca del escaso trabajo o por lo menos, de las pocas muestras de una estrategia con respecto a la formación de una Selección Nacional. Pero esto es historia pasada, no voy a aburrir con ese tema otra vez.
Mi pregunta es: ¿qué fuerza sobre natural con acentuada influencia sobre mi cerebro y con injerencia en la aceleración de mi proceso de sístole y diástole actuó nuevamente antes del comienzo de una competición de los muchachos de la Selección? Este interrogante, como no podría ser de otra manera, me lo respondí yo mismo, si no, no sería un digno argentino enfervorizado por el fútbol. Pero como pasa frecuentemente en las charlar y discusiones que giran en torno a la redonda, se creó una maraña de conjeturas y suposiciones, que me pasé horas tratando de dilucidar por qué me ilusionaba con un equipo en formación que me aburrió en cada amistoso previo a la Copa América.
Creo que me pasó algo similar a lo que los hinchas de River sienten en este receso, previo al inicio del Torneo de la B Nacional, lugar al que llegaron por méritos propios y que ahora asoma como el ansiado salto hacia la gloria perdida luego de años de dirigencia pobre y equipos desteñidos. La sensación de incredulidad y la necesidad de una alegría suprema se pelean en el borde de la línea de entrada a la cancha, pero una vez que el equipo entra quiero estar en la gambeta de Messi, en la juventud de Romero, en la paciencia de Zanetti, en el vértigo de Di María… Pero este intento de teletransportarme es sumamente riesgoso, porque después de algunos partidos puedo caer en un efecto inverso donde gambeteo sin otro destino que el de camisetas de otro color, donde mis manos se vuelven viejas de tantos pelotazos, donde mi paciencia se transforma en un arma inofensiva, y ya no puedo prometer vértigo porque mis ojos están tapados por la sombra de los rivales que me corren con la tranquilidad de no tener que alcanzarme porque saben que tropiezo con mis propios errores.
Y otra vez me veo reflejado en la pantalla de mi Phillips 29”, porque a decir verdad ni siquiera quiero gastar en un LCD, cansado de gritarle a quienes no me escuchan, enojado porque la jugada no termina como yo quiero o porque un comentarista gordo y tendencioso pide a los jugadores y al técnico cosas que él en su vida ha podido hacer, pero tampoco tengo la valentía de ver el partido sin volumen. Necesito sentir el aliento de la gente, el grito de los jugadores que piden la pelota, el golpe del botín contra la pelota…
Mi necesidad de triunfo no tiene límite de tiempo, parece. No pasa lo mismo con mi paciencia. Habrá que ver quién gana. Porque sería fácil colgar los botines y no esperar nada más. O echarle la culpa a que ellos son millonarios y yo no! Qué boludez tan grande! O acaso si yo pudiera no me compraría un BMW o un Audi como los que salieron del predio de Ezeiza después de quedar eliminados???
No muchachos, nada de toda esta charla que tuve conmigo mismo me termina de cerrar.
La culpa es mía.
lunes, 28 de marzo de 2011
Que ... ¿yo no juego?
Ya me lo había dicho hace rato, y yo que soy insistente le venía recordando que la promesa seguía sin cumplirse. Pero como todo en esta vida pasa, seguí con mis obligaciones y decidí darle aire, al fin y al cabo no era algo que yo podía resolver. El domingo arrancó raro. Yo me levanté un poco más tarde de lo habitual, y eso que nos habíamos acostado temprano. En mi familia tenemos la sana costumbre de juntarnos los fines de semana en la casa de amigos. Siempre hay alguno que invita, arma la picada, comemos un asadito o simplemente se piden una pizzas y mientras los grandes charlan de sus cosas, los más pequeños están en su mundo. A veces se hacen las 2 o 3 de la madrugada y seguimos todos despiertos como si el sol todavía acariciara nuestra sien. Pero no había sido el caso este fin de semana. Así que me acerqué al living y lo encontré ahí, tomando mates, mirando por la ventana como buscando alguna respuesta mientras algunos autos pasaban e interrumpían el silencio de domingo. Pero mi sorpresa fue grande al ver que no había diario, él siempre se levanta tempranito, camina las 5 cuadras por Sarmiento, saluda a las pocas personas que a esa hora barren en la vereda o salen de compras, llega hasta el puesto de diarios, y a la vuelta, mientras le da un vistazo a los titulares, compra “algo rico” para el desayuno. Fue entonces cuando advertí que charlaban entre ellos, mientras me miraban tratando que yo no escuchara, pero los de mi generación tenemos algo especial, no nos engañan así nomás. Sabemos cuando hay algo interesante para investigar y tenemos nuestras estrategias para llegar a la verdad.
Ellos se dieron cuenta de mi descubrimiento, se sintieron observados e intimidados y no tuvieron otro remedio que contarme lo que estaban tramando. Tal vez porque no estaba del todo confirmado que íbamos a poder hacerlo, o porque no querían que preguntara cada dos minutos “¿falta mucho?”. Así son, a veces no los entiendo. Quieren que seamos creativos, que preguntemos, que no nos dejemos engañar, que formemos nuestra opinión, pero en cuanto los acorralamos con nuestras inquietudes nos salen con que todavía somos chicos, que esperemos que termine el noticiero, y no se cuántas cosas más. Así que una vez que me lo contaron, contuve mi alegría aunque seguro que mi cara me delataba, porque era lo que esperaba desde hace mucho tiempo .Entonces decidí ser un buen ejemplo para los míos, y después de agradecer agarré la bici y me fui derechito desde la cocina hasta el quincho como cincuenta veces, como un perrito que lleva y trae su hueso. El domingo se hizo interminable. No por aburrido, sino porque la ansiedad hasta me hizo olvidar de pedirle que me lleve a la vereda para andar en monopatín. Al día siguiente, luego de haber cumplido con mis obligaciones, colgué mi mochila en la habitación, dejé el guardapolvos preparado, y le pedí a mi mamá que me preparara el equipo de Independiente así cuando volvía mi papá ya estaba listo. Estaba a punto de cumplir con mi sueño, vestido con los colores que mi papá me enseñó a querer, iba a conocer “la cancha”. Yo quería ponerme los botines porque imaginaba que iba a entrar a jugar, pero mi ilusión se transformó cuando mi mamá me dijo que “sólo” íbamos a mirar el partido. A las cinco de la tarde en punto, tal como lo había prometido, mi papá llegó más contento que nunca, tomó unos mates con mamá, y nos fuimos a cumplir el sueño de estar por primera vez en la cancha del Rojo. El Libertadores de América resultó más grande de lo que yo imaginaba. Cuando nos ubicamos en la butaca de la platea alta con mi papá y mis tíos me di cuenta por qué yo no podía jugar ahí. Todavía soy muy chiquito, y además, el partido terminó como a las once de la noche, y al otro día tenía que ir al jardín. Leer más...
Ellos se dieron cuenta de mi descubrimiento, se sintieron observados e intimidados y no tuvieron otro remedio que contarme lo que estaban tramando. Tal vez porque no estaba del todo confirmado que íbamos a poder hacerlo, o porque no querían que preguntara cada dos minutos “¿falta mucho?”. Así son, a veces no los entiendo. Quieren que seamos creativos, que preguntemos, que no nos dejemos engañar, que formemos nuestra opinión, pero en cuanto los acorralamos con nuestras inquietudes nos salen con que todavía somos chicos, que esperemos que termine el noticiero, y no se cuántas cosas más. Así que una vez que me lo contaron, contuve mi alegría aunque seguro que mi cara me delataba, porque era lo que esperaba desde hace mucho tiempo .Entonces decidí ser un buen ejemplo para los míos, y después de agradecer agarré la bici y me fui derechito desde la cocina hasta el quincho como cincuenta veces, como un perrito que lleva y trae su hueso. El domingo se hizo interminable. No por aburrido, sino porque la ansiedad hasta me hizo olvidar de pedirle que me lleve a la vereda para andar en monopatín. Al día siguiente, luego de haber cumplido con mis obligaciones, colgué mi mochila en la habitación, dejé el guardapolvos preparado, y le pedí a mi mamá que me preparara el equipo de Independiente así cuando volvía mi papá ya estaba listo. Estaba a punto de cumplir con mi sueño, vestido con los colores que mi papá me enseñó a querer, iba a conocer “la cancha”. Yo quería ponerme los botines porque imaginaba que iba a entrar a jugar, pero mi ilusión se transformó cuando mi mamá me dijo que “sólo” íbamos a mirar el partido. A las cinco de la tarde en punto, tal como lo había prometido, mi papá llegó más contento que nunca, tomó unos mates con mamá, y nos fuimos a cumplir el sueño de estar por primera vez en la cancha del Rojo. El Libertadores de América resultó más grande de lo que yo imaginaba. Cuando nos ubicamos en la butaca de la platea alta con mi papá y mis tíos me di cuenta por qué yo no podía jugar ahí. Todavía soy muy chiquito, y además, el partido terminó como a las once de la noche, y al otro día tenía que ir al jardín. Leer más...
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sábado, 5 de marzo de 2011
F.L.I.A

Hace unos días me enteré de la existencia de un espacio cultural denominado F.L.I.A (Feria del Libro Independiente y Autogestiva) gracias a una charla con un Profesor de Educación Física (sí señores, leyeron bien). Javier es un escritor de los tantos que existen en el mundo y se animan a exponer ante el público lo que sale de su lapicera. Y sin dudarlo, invitó al equipo de Mano Inquieta y a todos los seguidores al encuentro que se realizará el 20 de Marzo en Ituzaingó.
Según sus propios creadores " La F.L.I.A es un universo alternativo, abierto a todos los escritores y artistas independientes, donde prevalece la horizontalidad y se aprecian las creaciones por su valor artístico y no material.
Con un espíritu netamente autogestivo, e independiente de las grandes editoriales o productoras, para que estas expresiones puedan estar al alcance de todos los seres que quieran darse una vuelta.
Este mágico universo artístico lo hacemos colectivamente, entre todos y todas las que queremos y creemos en una nueva forma de generar y consumir cultura,
derribando estructuras monopólicas con amor y autogestión. "
Hay F.L.I.A `s por todo el país: Posadas, Resistencia, La Plata, Rosario, Neuquen, San Marcos Sierra, Capilla del Monte, Córdoba, Mar del Plata, Haedo, Tapiales. También en Santiago de Chile, Bogotá y muchos otros lugares.
Sin dudas, coincidimos en muchas de las razones por las cuales nos volcamos a este intento de adoración a la cultura, dando lugar a expresiones de diversos orígenes e ideologías.
Así es que la cita está para todos aquellos que quieran seguir descubriendo gente que busca mediante cosas sencillas, llegar a lugares donde sólo el arte puede acercarnos.
Les paso los datos:
http://www.fliaoeste.blogspot.com/ (Blog de F.L.I.A Oeste. Acá también verán el panfleto)
www.javiermascaro.blogspot.com (Blog de Javier)
Abrazo cultural-latinoamericano para todos!
Grafo
Agradecimientos a Javier M. por la información
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lunes, 28 de febrero de 2011
Pioneros
Históricamente, la práctica de Fútbol ha estado vinculada a la vida de los argentinos, siendo en muchas ocasiones protagonista principal de la vida del País. En cada rincón de nuestro extenso territorio existe un arco fabricado con la más artesanal de las pasiones, así es como dos ramas rígidas se clavan a una distancia proporcional para transformarse en la mejor de las metas. Aunque muchas veces ante el primer pelotazo se destroza y hay que buscar nuevos parantes, o bien sacrificar la remera que tanto cuidamos y reemplazar el viejo arco con uno que dejará ciertas dudas ante el paso algo más que rasante de la pelota y alguno de los tantos árbitros que juegan el picado tendrá que dictaminar: “Gol o va de nuevo”.
Algunos tienen suerte y usan la canchita del Club del barrio, otros hasta se compran la misma camiseta para tenerla ante algún desafío de los vecinos. Hasta existe la posibilidad de saltar algún alambrado o paredón y meterse a alguna cancha privada mientras el dueño no está. En este caso, el partido puede durar tanto horas como algunos minutos, y si el dueño se da cuenta habrá que buscar un nuevo escenario para concluir con el cotejo.
Pero hasta ahora, sólo había visto este tipo de situaciones en las películas. “Pioneros” es un Equipo de Fútbol que participa del Torneo Argentino C, y sus jugadores son personas privadas de la libertad, agentes penitenciarios, ex internos y ex guardiacárceles, todos ellos de las Unidades Penitenciarias 21 y 41 de la localidad de Campana. Los jugadores que forman parte del equipo tienen un promedio de edad de 22 años, algunos de ellos participaron en las divisiones inferiores de Chacarita Junior, Tigre, Deportivo Morón, Almagro, San Miguel. Villa Dálmine y Puerto Nuevo.
Allá por el año 2009, en el Campo de Deportes de la Unidad 21, se jugó el primer partido de este conjunto ante el combinado de Las Acacias con un empate en 2 goles. También jugaron los equipos de Reserva donde los visitantes lograron un triunfo por 3 a 2. Esta primer participación correspondió a la Liga Campanense de Fútbol, donde se acordó que Pioneros jugaría siempre de local.
La camiseta es de un color azul, muy parecido a la de Cruz Azul de México, y tiene a la derecha tres colores: verde, blanco y rojo, que representan esperanza, paz y pasión, en ese orden.
Tanto los Agentes como los reclusos tienen que cumplir con el entrenamiento físico-futbolístico semanal, lo cual se convierte en una motivación para los presos, ya que tienen la posibilidad de salir del encierro y realizar una actividad placentera, cargada de emociones donde pueden expresar su pasión más allá de la situación de vida que les tocó en suerte. Así se pensó este Proyecto por parte de las Autoridades del Penal, utilizando el Deporte como medio de reinserción, manifestando la intención de transformar la realidad mediante un método no convencional para este ámbito.
Por supuesto que los reclusos deben cumplir, además, con normas de conducta y convivencia para poder formar parte del equipo y permanecer dentro de este grupo selecto.
En el 2010, Pioneros se consagró Campeón de la Liga de Campana, y este año competirá en una de las 84 zonas del Argentino C, donde compartirá grupo con: Everton (La Plata), San Carlos (Capitán Sarmiento) y UTA (Luján).
Justamente ante UTA se dieron el lujo, luego de haber pasado por todo el trámite autorizaciones y previsiones, de jugar de VISITANTE. Jugaron en la Cancha de Villa Dálmine, escenario que alguna vez pisaron los grandes equipos de Primera División.
Y ahí estaban sus seres queridos, esos que hasta ese momento sólo podían verlos a través de las rejas. Ahora podían gritarles, aplaudirlos, alentarlos, emocionarse ante un caño, una gambeta, un sombrero o simplemente verlos correr en libertad. Por noventa minutos los límites fueron de cal, sin barrotes ni muros.
Poco importa que en su estreno como visitantes hayan sido goleados (8-1). Porque el partido recién comienza. Gracias al fútbol.
Publicado por GRAFOInfo: Subsecretaría de Medios de la Provincia de Buenos Aires
Sportia - Programa televisivo de Deporte Leer más...
Algunos tienen suerte y usan la canchita del Club del barrio, otros hasta se compran la misma camiseta para tenerla ante algún desafío de los vecinos. Hasta existe la posibilidad de saltar algún alambrado o paredón y meterse a alguna cancha privada mientras el dueño no está. En este caso, el partido puede durar tanto horas como algunos minutos, y si el dueño se da cuenta habrá que buscar un nuevo escenario para concluir con el cotejo.
Pero hasta ahora, sólo había visto este tipo de situaciones en las películas. “Pioneros” es un Equipo de Fútbol que participa del Torneo Argentino C, y sus jugadores son personas privadas de la libertad, agentes penitenciarios, ex internos y ex guardiacárceles, todos ellos de las Unidades Penitenciarias 21 y 41 de la localidad de Campana. Los jugadores que forman parte del equipo tienen un promedio de edad de 22 años, algunos de ellos participaron en las divisiones inferiores de Chacarita Junior, Tigre, Deportivo Morón, Almagro, San Miguel. Villa Dálmine y Puerto Nuevo.
Allá por el año 2009, en el Campo de Deportes de la Unidad 21, se jugó el primer partido de este conjunto ante el combinado de Las Acacias con un empate en 2 goles. También jugaron los equipos de Reserva donde los visitantes lograron un triunfo por 3 a 2. Esta primer participación correspondió a la Liga Campanense de Fútbol, donde se acordó que Pioneros jugaría siempre de local.
La camiseta es de un color azul, muy parecido a la de Cruz Azul de México, y tiene a la derecha tres colores: verde, blanco y rojo, que representan esperanza, paz y pasión, en ese orden.
Tanto los Agentes como los reclusos tienen que cumplir con el entrenamiento físico-futbolístico semanal, lo cual se convierte en una motivación para los presos, ya que tienen la posibilidad de salir del encierro y realizar una actividad placentera, cargada de emociones donde pueden expresar su pasión más allá de la situación de vida que les tocó en suerte. Así se pensó este Proyecto por parte de las Autoridades del Penal, utilizando el Deporte como medio de reinserción, manifestando la intención de transformar la realidad mediante un método no convencional para este ámbito.
Por supuesto que los reclusos deben cumplir, además, con normas de conducta y convivencia para poder formar parte del equipo y permanecer dentro de este grupo selecto.
En el 2010, Pioneros se consagró Campeón de la Liga de Campana, y este año competirá en una de las 84 zonas del Argentino C, donde compartirá grupo con: Everton (La Plata), San Carlos (Capitán Sarmiento) y UTA (Luján).
Justamente ante UTA se dieron el lujo, luego de haber pasado por todo el trámite autorizaciones y previsiones, de jugar de VISITANTE. Jugaron en la Cancha de Villa Dálmine, escenario que alguna vez pisaron los grandes equipos de Primera División.
Y ahí estaban sus seres queridos, esos que hasta ese momento sólo podían verlos a través de las rejas. Ahora podían gritarles, aplaudirlos, alentarlos, emocionarse ante un caño, una gambeta, un sombrero o simplemente verlos correr en libertad. Por noventa minutos los límites fueron de cal, sin barrotes ni muros.
Poco importa que en su estreno como visitantes hayan sido goleados (8-1). Porque el partido recién comienza. Gracias al fútbol.
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martes, 21 de septiembre de 2010
El Rifle
En cada comienzo de año, cuando los profesores nos pedían que nos presentáramos y contemos algo de nuestras vidas, "el Rifle", así le pusimos a José Augusto Trípodi desde el día que trajo un Super Valiant calibre 5.5 que era del viejo, para asustar a uno de 5º año que lo tenía de hijo. Claro, nosotros, pibitos recién entrados a la secundaria y ellos grandulotes que no tenían otra cosa que hacer que molestar a los novatos. Decía que en esas presentaciones de principio de año Trípodi inventaba una historia diferente con cada profesor nuevo. Todo esto ante la atenta y cómplice escucha de todos nosotros, que aunque sabíamos que era mentira, no queríamos perder el hilo de la narración para después comentarla en el recreo. Hasta se paraba el muy hijo de puta, se paraba y hacía gestos ampulosos, agrandaba las anécdotas con tanta facilidad que el profe Guevara le auguraba un futuro promisorio como dirigente. Mucho no le pifió Guevara, porque el Rifle fue el primer Presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela después de la época de los milicos.Bajo su mandato se organizaron los mejores bailes estudiantiles de la Escuela. Los bailes del Nacional se empezaron a hacer famosos, hasta los Directores lo felicitaban por la organización y la popularidad. Todo era éxito para la Lista Verde, encabezada por el rifle, el cabezón Murúa y la petisa González, que como toda petisa tenía toda su belleza acumulada entre sus pantorrillas y su cintura, aunque a decir verdad también venía bien de delantera. La habían puesto como Secretaria para captar los votos de los pebetes de 1º año, que estaban embobados con el culo de la enana. Claro, si usaba un guardapolvo tamaño extra small, que más que guardapolvo parecía una vincha.
Pero una vez la cagó Trípodi. Fue en 5º año. Entró a la escuela una profesora nueva de Filosofía que reemplazaba a María Azucena Stornud. De más está decir la interminable lista de cargadas que teníamos para con Azucena, que se había tomado una licencia antes de jubilarse. Ya estaba grande, y seguramente tendría inflada la paciencia de todas nuestras boberías. O por lo menos eso era lo que nosotros pensábamos, porque por ahí se fue un año a vivir a una casa en la montaña.
La nueva se llamaba Lucía Claxon. Rubia, flaquita, con una nariz prominente, siempre estaba bien arreglada. Y si bien no tenía grandes atributos físicos, la contemplamos de manera exhaustiva la primera vez que la vimos. Ahí fue cuando el rifle nos avisó: "esta es pan comido".
"Bueno, yo soy José Augusto Trípodi. Tengo 17 años, soy hincha de Chacarita, me gusta jugar al ludo. Pero mucho tiempo no tengo, porque los días de semana cuido a mis 9 hermanitos y los fines de semana trabajo de limpieza en un boliche".
El silencio fue total. Nosotros hacíamos fuerza para no reirnos, pero el rifle como siempre tan seguro de su poder de oratoria, se paró junto a su banco y siguió:
"Por eso me cuesta tanto estudiar, sobre todo con las materias que tienen tantas fotocopias. Parece que los profesores no tienen en cuenta estas cosas, pero los alumnos también tenemos nuestros problemas."
La profesora lo escuchó atentamente, y cuando terminó su presentación pudimos observar como trataba de disimular, y con los nudillos del dedo índice se secaba las lágrimas incontenibles ante el relato del joven Trípodi. Pero en lugar de hacerlo pasar por víctima por su supuesta vida sacrificada, se quedó con el comentario de la bibliografía:
- Lo que tenés que saber … José, es que hay materias en las que no se puede profundizar sin la bibliografía adecuada. Es más, nosotros tratamos de recortar capítulos o libros para compilarlos de manera que no sea demasiado para los alumnos. Pero voy a tener muy en cuenta tu comentario – . Dijo esto y el rifle se sentó lentamente, con esa cara de hijo de puta que ponía después de llevar a cabo una nueva cagada.
Ese año, Lucía Claxon fue la única profesora nueva que tuvimos. Tal vez por eso, la teníamos muy en cuenta con cada comentario, porque era raro que los profesores nos hablen con tanta paciencia, con tanta dulzura y demuestren preocupación por lo que pasaba en nuestras vidas.
Un día, la profesora entró a la clase con una bolsa de consorcio. Nadie le preguntó qué traía, porque pensamos que tal vez era algo personal y no quisimos ser tan chusmas. Pero cuando terminó la clase, Lucía le pidió a Trípodi que se quede a hablar con ella. Y como el rifle nunca pasaba desapercibido, todos nos quedamos asombrados del pedido de la profesora, porque sabíamos que la mentira había sido tan exagerada que en algún momento se iba a caer. Así fue que cuando salimos del aula, algunos se fueron al baño a fumarse un pucho, otros al kiosco a comer un tostado, esos que a Don Antonio le salían tan bien, y algunos nos quedamos en el pasillo intentando escuchar algo de lo que la Claxon le decía a Trípodi.
A los cinco minutos, el rifle salió del aula, y dejó pasar a la profesora que se fue caminando con pasos cortos, mirando al piso, como si en cualquier momento se fuera a dar vuelta para ver como una docena de adolescentes nos amontonábamos alrededor de Trípodi.
- Chicos, me fui a la mierda. Les juro que nunca mas me mando una de estas boludeces!- Fue lo único que dijo el flaco cuando Lucía ya se había alejado.
La bolsa que había traido la Profesora era ropa que había juntado de sus sobrinos para los supuestos 9 hermanos que Trípodi tenía a su cargo. En la charla que tuvieron, la Claxon hasta se había ofrecido para cuidar a alguno de los hermanitos de Trípodi cuando el rifle no pudiera hacerlo para cumplir con su agenda laboral desbordada. Prometió que volvería a juntar más ropa y también juguetes, si es que eso no lo ofendía. Ella tenía una debilidad por los niños, tal vez porque aún no tenía ninguno, pero lo cierto es que se ofreció de mil maneras para hacer más liviana la tarea de este adolescente.
Después de eso, el rifle faltó a clases una semana entera. Lo fuimos a buscar un par de veces para jugar al fútbol, pero nadie nos atendía. Era como si hubiese decidido borrarse del mapa. Ni siquiera lo encontramos en la verdulería de la esquina, en lo de Don Ramón, donde se pasaba horas y horas viendo como pasaban las minas del Colegio Parroquial. Nos preocupaba porque él no era de faltar, si hasta los días de lluvia iba, porque sabía que no iba nadie y aprovechaba para chamuyarse alguna piba. Había empezado noviembre y ya estábamos a pleno con los preparativos de la fiesta de egresados, y la presencia de Trípodi se hacía imprescindible.
El día que decidió volver, justo ese día, volvió también la profesora Stornud. Cuando entró al aula, nos quedamos mudos. La cara del rifle se transformó, fue como si hubiese visto un fantasma. Creo que estuvo cuarenta y cinco segundos apretando el capuchón de la bic azul sin dejar de mirar a la profesora.
María Azucena estaba renovada, hasta parecía más joven. Si no la hubiésemos conocido de antes, tal vez le daríamos unos 60 años. Pero estaba serena, de buen humor y a modo de introducción nos dijo:
“- Espero que este mes que queda de clases nos sirva para conocernos un poco aunque sea, he vuelto con muchas ganas y aunque se que ustedes ya están terminando la escuela secundaria quiero que se lleven un lindo recuerdo de nuestra clase. Ustedes ya me conocen, porque hace mucho tiempo que estoy en la escuela, pero yo quiero saber cómo han pasado este año. Así que me gustaría que alguien de ustedes, el que se anime, me cuente algo que…”
En ese momento, un chillido agudo estremeció el aula. La silla del rifle cayó estrepitosamente, con sus largas zancadas salió corriendo, abrió la puerta y el aula quedó en silencio.
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sábado, 29 de mayo de 2010
El regalo de don Atilio
“Hay veces que no alcanzan las palabras”. Vicente se dio cuenta de esto cuando Atilio, el abuelo del gordo Chiarenza, le regaló sus primeros botines. En aquellos tiempos los Fulvencito eran algo así como el calzado de privilegiados para los pibes del barrio. Cuando los recibió en aquella bolsa de Casa Tía, Vicente los apretó contra el pecho y se fue corriendo a su casa a mostrárselos a su mamá. En el camino gritaba sin parar, le agradecía a Don Atilio por tanda bondad. Los gritos de ese pibe con botines nuevos se escucharon en todo el barrio, así como se escuchaban los pelotazos que daban contra la pared de al lado del campito donde se hacía las veces de local cuando algún equipo proponía el desafío.Cuando llegó la noche, Vicente se sentó en la puerta de la casa, ahí justo en el escaloncito de material que hace unos días había hecho su papá. Justamente a él lo esperaba. El Chueco (así se lo conocía en la cuadra) era uno mas de esos hombres sin rostro que todos los días viajaba temprano al centro, enlatado, compartiendo el viaje con miles de rostros que cada día se multiplicaban. Pero a pesar de todo, cuando llegaba a su casa, tenía energías para levantar a su hijo y tirar algunas paredes desde la vereda hasta la cocina, ahí donde los esperaba Bety, la mamá de Vicente.
Esa noche, cuando el Chueco apareció en la esquina, Vicente sintió como si su corazón se le saliera del cuerpo. Corrió a toda velocidad, como un wing que quiere llegar al fondo para encontrarse con la pelota delante suyo y con chanfle de afuera hacia adentro ponerle la pelota en la frente al centro delantero. La bolsita de Casa Tía flameaba en el aire cual banderín que va a ser entregado al capitán del equipo contrario.
Al llegar a su papá, el pequeño saltó y se colgó como quien festeja con el compañero a quien le había prometido dedicarle el gol. Fue entonces cuando intercambiaron las primeras palabras en este ansiado encuentro:
- Hola hijo! No sabés la noticia que tengo para darte!! – dijo el Chueco con un tono misterioso.
- Mirá Papá, mirá! - gritaba Vicente sin dejar de saltar. Don Chiarenza me regaló unos botines, mirá …
La cara del Chueco se transformó. Inmediatamente abrazó a Vicente y le dijo:
- ¿Y qué esperás para ponertelos? Los tenés que ablandar para el domingo.
- Pero … si el domingo no hay partido … el campeonato empieza el mes que viene, pá.
Fue ahí cuando el Chueco volvió a tener esa mirada misteriosa, como quien quiere alargar la sorpresa pero no puede contener la alegría, tal vez porque es demasiado para guardarlo para después.
- Recién vengo del Club. El domingo vienen dos equipos de Ferro a jugar a nuestra cancha. Dicen que quieren ver a los chicos del barrio porque llegó el comentario que hay muchos pibes con condiciones.
- ¿En serio? ¡Vamos todavíiiia! – Vicente volvió a dar saltos gigantes ante la atenta mirada de su padre.
- Lo que nadie sabe es quien hizo llegar el comentario hasta Caballito, porque así de un día para el otro llamaron al Club y avisaron que el domingo están acá a las 10 de la mañana con dos equipos para jugar. Pero eso lo de menos, hay que prepararse … dale, te juego una carrera hasta casa!!!
Antes de la cena, el Chueco fue hasta la casa de don Chiarenza y le agradeció por el gesto. Atilio, amable como siempre, lo abrazó y le dijo que su Vicentito se lo merecía, por buen pibe. Así que una vez terminado el agradecimiento, el Chueco volvió a su casa.
Esa noche, Vicente no paró de pensar. Se veía con sus botines nuevos, con la número nueve en la espalda violeta de la camiseta del Alumni, su querido Alumni. Se veía perseguido por camisetas verdes que lo miraban mientras él se acercaba al área. Hasta escuchaba los gritos de Pepe pidiéndole que se la pase: “dale, dale que estoy solo, pasaala …”
Daba vueltas y vueltas en la cama, pensando cómo iba a ser su primer partido con los botines nuevos.
- Los tendría que probar mañana – pensaba.
- ¡No, qué boludo! Mañana es sábado, tengo que ir a catecismo!! La puta madre!
Y si no voy, mamá me mata y no me van a dejar jugar el domingo.
Para cuando pensó esto, ya estaba sentado en la cama, mirando donde había dejado los Fulvencito. Tenía ganas de lustrarlos, pero se dio cuenta que todavía no los había usado, no valía la pena, así que los puso más cerca de la cama, se acostó boca abajo y dejó un brazo colgando, con la mano apoyada en los botines. Así, con su tesoro bien custodiado, se entregó al sueño. Tal vez soñando podría imaginar todas las gambetas necesarias para el domingo.
Era domingo por la mañana, el Chueco y Bety tomaban mate en la cocina. El silencio que compartían mientras miraban por la ventana se interrumpió con un ruido extraño que se acercaba por el pasillo que llevaba a la pieza de Vicente. Fue entonces cuando lo vieron: camiseta violeta de Alumni, shorcito y medias blancas y … los Fulvencito! Con los pelos revueltos y la cara típica de un chico con botines nuevos se acercó al padre:
- ¡Vamos a la cancha, pá … vamos!
- Pará, pará campeón, hay que desayunar primero! Le contestó el padre mientras le acercaba la taza de mate cocido.
- Te preparé unas tostadas con manteca como te gustan – le dijo la mamá con ese tono de voz que tienen las madres cuando uno se siente tan ansioso.
El desayuno familiar siguió en silencio, salvo por el ruido de los tapones de Vicente galopando en el piso. Por la ventana se veían unas nubes oscuras que parecían preocupar al Chueco. Claro, si se largaba a llover …chau partido y ¿qué hacía con las ganas de Vicente de estrenar los botines que le regaló don Chiarenza?
Una vez que terminaron de desayunar, llenaron la canasta con galletitas, termo, mate, y un bidón de jugo de naranja y salieron los tres caminando para la cancha. A medida que se acercaban, Vicente caminaba más rápido, hacía un trotecito, levantaba las rodillas, pateaba una pelota que no estaba…
Al llegar a la esquina de la cancha, Vicente vio a sus compañeros y emprendió una carrera veloz que incluyó un salto para cruzar la zanja que rodeaba a la cancha de Alumni. Y ahí se perdió, entre tantas caras felices con sus compañeros de equipo, que como él no veían la hora de empezar a jugar.
Cuando llegó la hora del partido, el Chueco vio a Vicente parado en la mitad de la cancha preparado para empezar el juego y no pudo contener la emoción. Lo veía tan feliz, con tantas ganas de jugar para estrenar sus botines que se acordó inmediatamente de don Atilio Chiarenza y le agradeció en silencio. Abrazó a Bety que no paraba de apludir y se preparó para disfrutar.
Del otro lado de la cancha, donde estaban los de Ferro, Don Atilio Chirenza charlaba con el Director Técnico de los de Caballito, pero el Chueco no lo había visto.
Y en la mitad de la cancha estaba Vicente: camiseta violeta, shorcito y media blancas, los Fulvencito a punto de tener su primer partido, los pelos revueltos por el viento y con la cara típica de un chico con botines nuevos.
Las nubes negras de la mañana desaparecieron, dándole lugar a un sol radiante que iluminó a toda la ansiosa gente del barrio que esperaba rodeando toda la cancha. Nadie quería perderse el partido.
Fue entonces cuando el pibe se miró los botines, miró para los costados, y con una sonrisa movió la pelota para que empiece el juego. Leer más...
sábado, 1 de mayo de 2010
Yo albañil
El siguiente poema, cuya autoría está compartida, surge en alguna obra en construcción donde dos señores albañiles (vaya a saber uno en qué situación), deciden comenzar un poema autodedicado. Uno de ellos, mi viejo, más conocido como Don Juan, me lo dió hace un tiempo para que lo leyera. Demás está decir la emoción que sentí. Así que con un permiso tácito, he decidido compartirlo con ustedes.
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Todos cantan a la Madre
todos cantan un sentir
quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Y a pesar de ser muy pobre
construyo casas de a mil,
porque me gusta hacer techos
aunque al razo sé dormir.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Poco techo tiene el pobre
poca cama pa` dormir.
Pero vivimos soñando
con un mejor porvenir.
Muy larga es nuestra esperanza,
muy largo es nuestro sufrir,
Y casi llegamos al cielo,
dale construir y construir.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Construir es realizar algo,
es constructivo el Amor.
Así lo dijo el Maestro,
aquel gran Predicador.
“Amaos unos a otros
y el mundo será mejor”
Y nos mostró un cielo puro
limpio, de color añil.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Mi gremio es un gremio rudo,
se llama la construcción,
dentro de ella hay tanto anhelo,
tanta pasión, tanto Amor,
que al levantar una casa
mezclamos de corazón,
polvo, arena, cal, cemento
junto con nuestro sudor.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Cuando todos mis hermanos
y Pueblo Trabajador
tenga un techito propio
¡Qué contento estaré yo!
No es mucho lo que pedimos,
compréndanos Gran Señor,
no queremos casas quintas
ni chalets ni bungalows,
esas casas son pa` ustedes
un techito pido yo.
Dejenme cantar a mi gremio
porque yo Soy Albañil.
22-04-85
PACUÁ y VERGARA
¡Feliz día del Trabajador!
todos cantan un sentir
quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Y a pesar de ser muy pobre
construyo casas de a mil,
porque me gusta hacer techos
aunque al razo sé dormir.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Poco techo tiene el pobre
poca cama pa` dormir.
Pero vivimos soñando
con un mejor porvenir.
Muy larga es nuestra esperanza,
muy largo es nuestro sufrir,
Y casi llegamos al cielo,
dale construir y construir.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Construir es realizar algo,
es constructivo el Amor.
Así lo dijo el Maestro,
aquel gran Predicador.
“Amaos unos a otros
y el mundo será mejor”
Y nos mostró un cielo puro
limpio, de color añil.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Mi gremio es un gremio rudo,
se llama la construcción,
dentro de ella hay tanto anhelo,
tanta pasión, tanto Amor,
que al levantar una casa
mezclamos de corazón,
polvo, arena, cal, cemento
junto con nuestro sudor.
Quiero cantarle a mi gremio
porque Yo soy Albañil.
Cuando todos mis hermanos
y Pueblo Trabajador
tenga un techito propio
¡Qué contento estaré yo!
No es mucho lo que pedimos,
compréndanos Gran Señor,
no queremos casas quintas
ni chalets ni bungalows,
esas casas son pa` ustedes
un techito pido yo.
Dejenme cantar a mi gremio
porque yo Soy Albañil.
22-04-85
PACUÁ y VERGARA
¡Feliz día del Trabajador!
Los Trabajadores del Fútbol
Muchos han sido quienes alguna vez soñaron con ganarse la vida jugando a la pelota. Puedo incluirme en ese grupo, puesto que durante años conviví con esa sensación de estar haciendo una actividad placentera con miles de horizontes, pero sin la certeza de alguna vez alcanzar el tesoro. Y hablo del tesoro como un fin que nada tiene que ver con el brillo del oro. Simplemente llegar. Parece sencillo, pero no lo es. ¿Cuántas veces escuchamos: "en el barrio hay un pibe que la rompe, no sabés cómo juega el loco ... ese seguro llega"? Frases de intelectuales del potrero, hacedores de cracks, que muchas veces aciertan, pero que en muchas ocasiones sólo encienden una llama que más tarde no son capaces de avivar.
Porque a toda esa ilusión y talento bruto le hacen falta varios ingredientes más: una cuota de suerte, el Club apropiado, un Entrenador capaz y ... TRABAJO, CONSTANCIA, PERSEVERANCIA.
¿O quién puede negar que sin talento todo se hace más difícil? "Algunos nacen estrellas, y otros estrellados" Tan crudo como apropiado para la ocasión.
Por eso hoy, DÍA DEL TRABAJADOR (también es el cumpleaños de mi Vieja, vaya coincidencia) yo quiero dedicarle uno párrafos a aquellos jugadores que desprovistos de talento vistoso, de una zurda endiablada, o de un potente disparo, olfato goleador o capaz de asistir a un compañero y ponerlo de cara al gol, y a pesar de eso se mantuvieron o se mantienen en el fútbol hiper profesional de los últimos años.
A mi querido Nelson, defensor que no le esquivó a ninguna posición y que con su aguerrida personalidad supo ser elegido por varios entrenadores, entre ellos dos de la SELECCIÓN NACIONAL. Por supuesto que también estuvo por Europa, porque en el viejo continente no sólo se fijan en el talento sudamericano, a veces necesitan de estos jugadores de técnica correcta que se parecen más a un italiano que a un Argentino. Y pagan fortuna por ellos.
Así hubo delanteros como Sergio, especimen de otro planeta, que supo deleitar a calamares y xeneises con una jugada que con el correr del tiempo sólo engañaba a quienen querían creer que había sido una buena compra.
El Colorado, defensor aguerrido que supo defender con empeño y sudor la franja izquierda. Que también llegó a la Selección y hoy en día todavía transita por el mundo del fútbol. En sus épocas de jugador, si uno lo veía pasar por la calle podríamos haberlo confundido con algún cadete, kiosquero, encargado de edificio, pero no con un jugador de fútbol.
Arévalo. ¿Alguien recuerda a Árevalo? Si ven una foto ahora, bien podría ser un baterista de grupo heavy. Era una cabaña de la montaña: todo rústico.
Y voy a dejar mi último párrafo para un trabajador que hoy en día ha superado ampliamente sus propias ambiciones: El Chapu Braña. Acepto todas las discrepancias, todas. Personalmente, lo he agredido con mis pensamientos en sus inicios con la camiseta de Quilmes. Era un roedor callejero. No se guardaba nada, ni en lo físico ni en lo técnico-táctico. Porque no le sobraba. Hoy, vaya uno a saber por qué (si eso no es trabajo, ¿el trabajo donde está?) le sobra por todos lados.
Creo que no hacen falta aclaraciones. Todas estas apreciaciones son totalmente subjetivas. Llevan un análisis objetivo, sí. Pero se centran en lo que espero como espectador de fútbol, sea cual sea el equipo.
Han pasado y pasarán miles de jugadores por nuestro fútbol. Cada uno tiene en su poder un pedacito de historia. A algunos los recordaremos por sus goles, por sus atajadas, por como pateaban un penal o tiro libre, porque en las áreas eran infalibles, etc etc etc. Pero creo fervientemente que hay que recordar también a los TRABAJADORES DEL FÚTBOL. Los que salen a la cancha desnudos de talento y partido tras partido siguen cosechando alegrías. Alegrías propias y ajenas.
Ojalá que estos párrafos hayan hecho TRABAJAR su memoria. Estoy seguro que agregarán muchos otros ejemplos.
¡A TODOS USTEDES, FELIZ DÍA DEL TRABAJADOR!
Autor: Hugo P. (Grafo) Leer más...
Porque a toda esa ilusión y talento bruto le hacen falta varios ingredientes más: una cuota de suerte, el Club apropiado, un Entrenador capaz y ... TRABAJO, CONSTANCIA, PERSEVERANCIA.
¿O quién puede negar que sin talento todo se hace más difícil? "Algunos nacen estrellas, y otros estrellados" Tan crudo como apropiado para la ocasión.
Por eso hoy, DÍA DEL TRABAJADOR (también es el cumpleaños de mi Vieja, vaya coincidencia) yo quiero dedicarle uno párrafos a aquellos jugadores que desprovistos de talento vistoso, de una zurda endiablada, o de un potente disparo, olfato goleador o capaz de asistir a un compañero y ponerlo de cara al gol, y a pesar de eso se mantuvieron o se mantienen en el fútbol hiper profesional de los últimos años.
A mi querido Nelson, defensor que no le esquivó a ninguna posición y que con su aguerrida personalidad supo ser elegido por varios entrenadores, entre ellos dos de la SELECCIÓN NACIONAL. Por supuesto que también estuvo por Europa, porque en el viejo continente no sólo se fijan en el talento sudamericano, a veces necesitan de estos jugadores de técnica correcta que se parecen más a un italiano que a un Argentino. Y pagan fortuna por ellos.
Así hubo delanteros como Sergio, especimen de otro planeta, que supo deleitar a calamares y xeneises con una jugada que con el correr del tiempo sólo engañaba a quienen querían creer que había sido una buena compra.
El Colorado, defensor aguerrido que supo defender con empeño y sudor la franja izquierda. Que también llegó a la Selección y hoy en día todavía transita por el mundo del fútbol. En sus épocas de jugador, si uno lo veía pasar por la calle podríamos haberlo confundido con algún cadete, kiosquero, encargado de edificio, pero no con un jugador de fútbol.
Arévalo. ¿Alguien recuerda a Árevalo? Si ven una foto ahora, bien podría ser un baterista de grupo heavy. Era una cabaña de la montaña: todo rústico.
Y voy a dejar mi último párrafo para un trabajador que hoy en día ha superado ampliamente sus propias ambiciones: El Chapu Braña. Acepto todas las discrepancias, todas. Personalmente, lo he agredido con mis pensamientos en sus inicios con la camiseta de Quilmes. Era un roedor callejero. No se guardaba nada, ni en lo físico ni en lo técnico-táctico. Porque no le sobraba. Hoy, vaya uno a saber por qué (si eso no es trabajo, ¿el trabajo donde está?) le sobra por todos lados.
Creo que no hacen falta aclaraciones. Todas estas apreciaciones son totalmente subjetivas. Llevan un análisis objetivo, sí. Pero se centran en lo que espero como espectador de fútbol, sea cual sea el equipo.
Han pasado y pasarán miles de jugadores por nuestro fútbol. Cada uno tiene en su poder un pedacito de historia. A algunos los recordaremos por sus goles, por sus atajadas, por como pateaban un penal o tiro libre, porque en las áreas eran infalibles, etc etc etc. Pero creo fervientemente que hay que recordar también a los TRABAJADORES DEL FÚTBOL. Los que salen a la cancha desnudos de talento y partido tras partido siguen cosechando alegrías. Alegrías propias y ajenas.
Ojalá que estos párrafos hayan hecho TRABAJAR su memoria. Estoy seguro que agregarán muchos otros ejemplos.
¡A TODOS USTEDES, FELIZ DÍA DEL TRABAJADOR!
Autor: Hugo P. (Grafo) Leer más...
jueves, 18 de marzo de 2010
La ilusión
El hombre mira una vez más el reloj, y como hace dos minutos se siente por enésima vez un imbécil. "¡Cuántas cosas podría estar haciendo en este momento!" piensa y se sumerge en una nueva cebada de su único compañero de la tarde. Ni siquiera ese rayo de sol que se cuela por las cortinas blancas puede detener su nueva espera. Pero todo esto lo decía por el simple hecho de estar ante una situación de incertidumbre. Ángel no soportaba lo extraño, lo imponderable.
Ella todavía no aparece, pero él sabe bien que en cualquier momento aparecerá y ya todo cambiará su rumbo. Sólo falta conocer con qué nuevas ideas irrumpirá en la escena.
Ángel quiere que el encuentro sea mágico. De la misma manera que lo hace con su cabello canoso, con raya al costado, ordenó cada objeto sobre la mesa con precisión envidiable. Los sillones están simétricamente enfrentados, hasta parecieran tener brazos que intentan alcanzarse. La luz es la mínima indispensable, una mezcla de intimidad y secreto pero con la suficiente claridad para no perder ningún detalle, ningún movimiento. Hasta el entorno parece comprometido con este encuentro; los automóviles pasan a escasa velocidad, no hay ningún vendedor de pochoclos y pirulines, el colectivo pasa como si sus pasajeros estuvieran en esos micros sin techo, paseando como turistas ante alguna maravilla urbana.
Ya pasaron quince minutos desde la última señal y el reloj se acerca a la hora indicada. Ángel mira su teléfono para corroborar que el encuentro se llevará a cabo como estaba planeado. A esa altura de la tarde no resistiría una desilusión. Hace 1 año que no la veía. Sí, hace doce meses que estaba desesperado por contemplarala, disfrutarla como la primera vez. Nadie es tan paciente ni tan poco sentimental cuando se trata de su primer amor.
Se escuchan unos pasos acercándose. Sólo Ángel podría ser capaz de detectar y adivinar que eran de ella. Sandra se acercaba al lugar del encuentro, y de sólo pensarlo lo envolvían sus propios nervios al pobre Ángel. Una vez más iban a estar frente a frente. Una vez más iban a fundir sus miradas y a buscar en el otro un gesto que hable más que mil palabras.
En el momento en que Sandra se acerca al living, Ángel sube el volumen del televisor y la hinchada de Chacarita en primer plano festeja por la vuelta del equipo a su remodelado estadio. Ahí donde Ángel había pasado cada tarde de domingo (o sábado, o lunes o martes) alentando a su equipo. En el mismo lugar donde conoció al "Chueco" Martinez, hermano de Sandra quien ahora era su esposa. La misma que le permitió casarse con la bandera del funebrero atada en el cuello, y que ahora lo miraba como si se tratara de un extraño.
Ella no dejaba de mirarlo. Él tampoco. Sandra buscaba en Ángel un gesto de humanidad y que de una vez por todas se diera cuenta que estaba a su lado. Ángel miraba como habían quedado las plateas, qué "cómodos" estaban los de la popular y se acercaba al televisor cuando la cámara enfocaba de cerca a los hinchas de Chaca, por ahí veía a alguno de sus "secuaces".
Pero nada.
Ni Sandra lograba la atención de su marido, ni Ángel lograba encontar a sus amigotes en medio de miles de camisetas tricolor. Claro, el "pelado" Nuñez estaba en el cumpleaños de su hija menor; "tato" Heredia se había ido de pesca con el "oso" Brizuela y el "pájaro" Lopez estaba de vacaciones.
Por eso no había tres docenas de facturas en la mesita, por eso los sillones estaban acomodados, por eso Ángel esperaba el partido solo, y tal vez, sólo digo tal vez, por eso Sandra ya se había resignado. Ya había colgado su saquito de hilo negro, se había soltado el cabello y se estaba sacando el maquillaje mientras murmuraba por una nueva derrota de domingo por la tarde.
Y eso que el partido recién comenzaba.
Autor: Grafo (Hugo P.)
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Ella todavía no aparece, pero él sabe bien que en cualquier momento aparecerá y ya todo cambiará su rumbo. Sólo falta conocer con qué nuevas ideas irrumpirá en la escena.
Ángel quiere que el encuentro sea mágico. De la misma manera que lo hace con su cabello canoso, con raya al costado, ordenó cada objeto sobre la mesa con precisión envidiable. Los sillones están simétricamente enfrentados, hasta parecieran tener brazos que intentan alcanzarse. La luz es la mínima indispensable, una mezcla de intimidad y secreto pero con la suficiente claridad para no perder ningún detalle, ningún movimiento. Hasta el entorno parece comprometido con este encuentro; los automóviles pasan a escasa velocidad, no hay ningún vendedor de pochoclos y pirulines, el colectivo pasa como si sus pasajeros estuvieran en esos micros sin techo, paseando como turistas ante alguna maravilla urbana.
Ya pasaron quince minutos desde la última señal y el reloj se acerca a la hora indicada. Ángel mira su teléfono para corroborar que el encuentro se llevará a cabo como estaba planeado. A esa altura de la tarde no resistiría una desilusión. Hace 1 año que no la veía. Sí, hace doce meses que estaba desesperado por contemplarala, disfrutarla como la primera vez. Nadie es tan paciente ni tan poco sentimental cuando se trata de su primer amor.
Se escuchan unos pasos acercándose. Sólo Ángel podría ser capaz de detectar y adivinar que eran de ella. Sandra se acercaba al lugar del encuentro, y de sólo pensarlo lo envolvían sus propios nervios al pobre Ángel. Una vez más iban a estar frente a frente. Una vez más iban a fundir sus miradas y a buscar en el otro un gesto que hable más que mil palabras.
En el momento en que Sandra se acerca al living, Ángel sube el volumen del televisor y la hinchada de Chacarita en primer plano festeja por la vuelta del equipo a su remodelado estadio. Ahí donde Ángel había pasado cada tarde de domingo (o sábado, o lunes o martes) alentando a su equipo. En el mismo lugar donde conoció al "Chueco" Martinez, hermano de Sandra quien ahora era su esposa. La misma que le permitió casarse con la bandera del funebrero atada en el cuello, y que ahora lo miraba como si se tratara de un extraño.
Ella no dejaba de mirarlo. Él tampoco. Sandra buscaba en Ángel un gesto de humanidad y que de una vez por todas se diera cuenta que estaba a su lado. Ángel miraba como habían quedado las plateas, qué "cómodos" estaban los de la popular y se acercaba al televisor cuando la cámara enfocaba de cerca a los hinchas de Chaca, por ahí veía a alguno de sus "secuaces".
Pero nada.
Ni Sandra lograba la atención de su marido, ni Ángel lograba encontar a sus amigotes en medio de miles de camisetas tricolor. Claro, el "pelado" Nuñez estaba en el cumpleaños de su hija menor; "tato" Heredia se había ido de pesca con el "oso" Brizuela y el "pájaro" Lopez estaba de vacaciones.
Por eso no había tres docenas de facturas en la mesita, por eso los sillones estaban acomodados, por eso Ángel esperaba el partido solo, y tal vez, sólo digo tal vez, por eso Sandra ya se había resignado. Ya había colgado su saquito de hilo negro, se había soltado el cabello y se estaba sacando el maquillaje mientras murmuraba por una nueva derrota de domingo por la tarde.
Y eso que el partido recién comenzaba.
Autor: Grafo (Hugo P.)
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