La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

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jueves, 12 de mayo de 2011

Encender un Fuego, de Jack London.

Cuando le dieron a elegir a Edgar Allan Poe su cuento favorito eligio, “Encender un fuego”, de Jack London (Hacer el fuego u hoguera en algunas traducciones). Para mi humilde punto de vista uno de los 5 mejores cuentos que leí….
Jack London fue un maestro de la técnica de los cuentos. Si Poe inventó el cuento moderno, London lo perfeccionó, lo afinó como una navaja, y lo dejó ahí listo para que lo agarraran Hemingway, Woolf, y otros. En un cuento de Jack London nada sobra, nada falta, y no puede cambiarse de él ni una coma. En él se suman una narración al mismo tiempo enérgica y sintética, y una maravillosa descripción de los paisajes helados de Alaska, de su crueldad y de su extremada belleza.
Pero hay más. En “Encender el fuego”, London cuenta una historia engañosamente simple. Un hombre decide salir a caminar solo en un día en el que hacen 45 grados bajo cero. El hombre es un chechaquo, es decir, un recién llegado al Yukón. El chechaquo decide salir solo aunque los viejos pobladores le advirtieron que la primera, la única ley del invierno en el Yukón es que nunca se sale sin un compañero. El hombre se ríe; él es joven, es fuerte: sale entonces con su perro…..
Es un cuento largo, pero si empiezan no lo van a poder largar…..

ENCENDER EL FUEGO
Acababa de amanecer un día gris y frío, enormemente gris y frío, cuando el hombre abandonó la ruta principal del Yukón y trepó el alto terraplén por donde un sendero apenas visible y escasamente transitado se abría hacia el este entre bosques de gruesos abetos. La ladera era muy pronunciada, y al llegar a la cumbre el hombre se detuvo a cobrar aliento, disculpándose a sí mismo el descanso con el pretexto de mirar su reloj. Eran las nueve en punto. Aunque no había en el cielo una sola nube, no se veía el sol ni se vislumbraba siquiera su destello. Era un día despejado y, sin embargo, cubría la superficie de las cosas una especie de manto intangible, una melancolía sutil que oscurecía el ambiente, y se debía a la ausencia de sol. El hecho no le preocupaba. Estaba hecho a la ausencia de sol. Habían pasado ya muchos días desde que lo había visto por última vez, y sabía que habían de pasar muchos más antes de que su órbita alentadora asomara fugazmente por el horizonte para ocultarse prontamente a su vista en dirección al sur.

Echó una mirada atrás, al camino que había recorrido. El Yukón, de una milla de anchura, yacía oculto bajo una capa de tres pies de hielo, sobre la que se habían acumulado otros tantos pies de nieve. Era un manto de un blanco inmaculado, y que formaba suaves ondulaciones. Hasta donde alcanzaba su vista se extendía la blancura ininterrumpida, a excepción de una línea oscura que partiendo de una isla cubierta de abetos se curvaba y retorcía en dirección al sur y se curvaba y retorcía de nuevo en dirección al norte, donde desaparecía tras otra isla igualmente cubierta de abetos. Esa línea oscura era el camino, la ruta principal que se prolongaba a lo largo de quinientas millas, hasta llegar al Paso de Chilcoot, a Dyea y al agua salada en dirección al sur, y en dirección al norte setenta millas hasta Dawson, mil millas hasta Nulato y mil quinientas más después, para morir en St. Michael, a orillas del Mar de Bering.

Pero todo aquello (la línea fina, prolongada y misteriosa, la ausencia del sol en el cielo, el inmenso frío y la luz extraña y sombría que dominaba todo) no le produjo al hombre ninguna impresión. No es que estuviera muy acostumbrado a ello; era un recién llegado a esas tierras, un chechaquo, y aquel era su primer invierno. Lo que le pasaba es que carecía de imaginación. Era rápido y agudo para las cosas de la vida, pero sólo para las cosas, y no para calar en los significados de las cosas. Cincuenta grados bajo cero significaban unos ochenta grados bajo el punto de congelación. El hecho se traducía en un frío desagradable, y eso era todo. No lo inducía a meditar sobre la susceptibilidad de la criatura humana a las bajas temperaturas, ni sobre la fragilidad general del hombre, capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor, ni lo llevaba tampoco a perderse en conjeturas acerca de la inmortalidad o de la función que cumple el ser humano en el universo. Cincuenta grados bajo cero significaban para él la quemadura del hielo que provocaba dolor, y de la que había que protegerse por medio de manoplas, orejeras, mocasines y calcetines de lana. Cincuenta grados bajo cero se reducían para él a eso... a cincuenta grados bajo cero. Que pudieran significar algo más, era una idea que no hallaba cabida en su mente.

Al volverse para continuar su camino escupió meditabundo en el suelo. Un chasquido seco, semejante a un estallido, lo sobresaltó. Escupió de nuevo. Y de nuevo crujió la saliva en el aire, antes de que pudiera llegar al suelo. El hombre sabía que a cincuenta grados bajo cero la saliva cruje al tocar la nieve, pero en este caso había crujido en el aire. Indudablemente la temperatura era aún más baja. Cuánto más baja, lo ignoraba. Pero no importaba. Se dirigía al campamento del ramal izquierdo del Arroyo Henderson, donde lo esperaban sus compañeros. Ellos habían llegado allí desde la región del Arroyo Indio, atravesando la línea divisoria, mientras él iba dando un rodeo para estudiar la posibilidad de extraer madera de las islas del Yukón la próxima primavera. Llegaría al campamento a las seis en punto; para entonces ya habría oscurecido, era cierto, pero los muchachos, que ya se hallarían allí, habrían encendido una hoguera y la cena estaría preparada y aguardándolo. En cuanto al almuerzo... palpó con la mano el bulto que sobresalía bajo la chaqueta. Lo sintió bajo la camisa, envuelto en un pañuelo, en contacto con la piel desnuda. Aquel era el único modo de evitar que se congelara. Se sonrió ante el recuerdo de aquellas galletas empapadas en grasa de cerdo que encerraban sendas lonchas de tocino frito.

Se introdujo entre los gruesos abetos. El sendero era apenas visible. Había caído al menos un pie de nieve desde que pasara el último trineo. Se alegró de viajar a pie y ligero de equipaje. De hecho, no llevaba más que el almuerzo envuelto en el pañuelo. Le sorprendió, sin embargo, la intensidad del frío. Sí, realmente hacía frío, se dijo, mientras se frotaba la nariz y las mejillas insensibles con la mano enfundada en una manopla. Era un hombre velludo, pero el vello de la cara no lo protegía de las bajas temperaturas, ni los altos pómulos, ni la nariz ávida que se hundía agresiva en el aire helado.

Pegado a sus talones trotaba un perro esquimal, el clásico perro lobo de color gris y de temperamento muy semejante al de su hermano, el lobo salvaje. El animal avanzaba abrumado por el tremendo frío. Sabía que aquél no era día para viajar. Su instinto le decía más que el raciocinio al hombre a quien acompañaba. Lo cierto es que la temperatura no era de cincuenta grados, ni siquiera de poco menos de cincuenta; era de sesenta grados bajo cero, y más tarde, de setenta bajo cero. Era de setenta y cinco grados bajo cero. Teniendo en cuenta que el punto de congelación es treinta y dos sobre cero, eso significaba ciento siete grados bajo el punto de congelación. El perro no sabía nada de termómetros. Posiblemente su cerebro no tenía siquiera una conciencia clara del frío como puede tenerla el cerebro humano. Pero el animal tenía instinto. Experimentaba un temor vago y amenazador que lo subyugaba, que lo hacía arrastrarse pegado a los talones del hombre, y que lo inducía a cuestionarse todo movimiento inusitado de éste como esperando que llegara al campamento o que buscara refugio en algún lugar y encendiera una hoguera. El perro había aprendido lo que era el fuego y lo deseaba; y si no el fuego, al menos hundirse en la nieve y acurrucarse a su calor, huyendo del aire.

La humedad helada de su respiración cubría sus lanas de una fina escarcha, especialmente allí donde el morro y los bigotes blanqueaban bajo el aliento cristalizado. La barba rojiza y los bigotes del hombre estaban igualmente helados, pero de un modo más sólido; en él la escarcha se había convertido en hielo y aumentaba con cada exhalación. El hombre mascaba tabaco, y aquella mordaza helada mantenía sus labios tan rígidos que cuando escupía el jugo no podía limpiarse la barbilla. El resultado era una barba de cristal del color y la solidez del ámbar que crecía constantemente y que si cayera al suelo se rompería como el cristal en pequeños fragmentos. Pero al hombre no parecía importarle aquel apéndice a su persona. Era el castigo que los aficionados a mascar tabaco habían de sufrir en esas regiones, y él no lo ignoraba, pues había ya salido dos veces anteriormente en días de intenso frío. No tanto como en esta ocasión, eso lo sabía, pero el termómetro en Sesenta Millas había marcado en una ocasión cincuenta grados, y hasta cincuenta y cinco grados bajo cero.

Anduvo varias millas entre los abetos, cruzó una ancha llanura cubierta de matorrales achaparrados y descendió un terraplén hasta llegar al cauce helado de un riachuelo. Aquel era el Arroyo Henderson. Se hallaba a diez millas de la bifurcación. Miró la hora. Eran las diez. Recorría unas cuatro millas por hora y calculó que llegaría a ese punto a las doce y media. Decidió que celebraría el hecho almorzando allí mismo.

Cuando el hombre reanudó su camino con paso inseguro, siguiendo el cauce del río, el perro se pegó de nuevo a sus talones, mostrando su desilusión con el caer del rabo entre las patas. La vieja ruta era claramente visible, pero unas doce pulgadas de nieve cubrían las huellas del último trineo. Ni un solo ser humano había recorrido en más de un mes el cauce de aquel arroyo silencioso. El hombre siguió adelante a marcha regular. No era muy dado a la meditación, y en aquel momento no se le ocurría nada en qué pensar excepto que comería en la bifurcación y que a las seis de la tarde estaría en el campamento con los compañeros. No tenía a nadie con quien hablar, y aunque lo hubiera tenido le habría sido imposible hacerlo debido a la mordaza que le inmovilizaba los labios. Así que siguió adelante mascando tabaco monótonamente y alargando poco a poco su barba de ámbar.

De vez en cuando se reiteraba en su mente la idea de que hacía mucho frío y que nunca había experimentado temperaturas semejantes. Conforme avanzaba en su camino se frotaba las mejillas y la nariz con el dorso de una mano enfundada en una manopla. Lo hacía automáticamente, alternando la derecha con la izquierda. Pero en el instante en que dejaba de hacerlo, los carrillos se le entumecían, y al segundo siguiente la nariz se le quedaba insensible. Estaba seguro de que tenía heladas las mejillas; lo sabía y sentía no haberse ingeniado un antifaz como el que llevaba Bud en días de mucho frío y que le protegía casi toda la cara. Pero al fin y al cabo, tampoco era para tanto. ¿Qué importancia tenían unas mejillas entumecidas? Era un poco doloroso, es cierto, pero nada verdaderamente serio.

A pesar de su poca inclinación a pensar era buen observador y reparó en los cambios que había experimentado el arroyo, en las curvas y los meandros y en las acumulaciones de troncos y ramas provocadas por el deshielo de la primavera. Tenía especial cuidado en mirar dónde ponía los pies. En cierto momento, al doblar una curva, se detuvo sobresaltado como un caballo espantado; retrocedió unos pasos y dio un rodeo para evitar el lugar donde había pisado. El arroyo, el hombre lo sabía, estaba helado hasta el fondo (era imposible que corriera el agua en aquel frío ártico), pero sabía también que había manantiales que brotaban en las laderas y corrían bajo la nieve y sobre el hielo del río. Sabía que ni el frío más intenso helaba esos manantiales, y no ignoraba el peligro que representaban. Eran auténticas trampas. Ocultaban bajo la nieve verdaderas lagunas de una profundidad que oscilaba entre tres pulgadas y tres pies de agua. En ocasiones estaban cubiertas por una fina capa de hielo de un grosor de media pulgada oculta a su vez por un manto de nieve. Otras veces alternaban las capas de agua y de hielo, de modo que si el caminante rompía la primera, continuaba rompiendo sucesivas capas con peligro de hundirse en el agua, en ocasiones hasta la cintura. Por eso había retrocedido con pánico. Había notado cómo cedía el suelo bajo su pisada y había oído el crujido de una fina capa de hielo oculta bajo la nieve. Mojarse los pies en aquella temperatura era peligroso. En el mejor de los casos representaba un retraso, pues le obligaría a detenerse y a hacer una hoguera, al calor de la cual calentarse los pies y secar sus mocasines y calcetines de lana. Se detuvo a estudiar el cauce del río, y decidió que la corriente de agua venía de la derecha. Reflexionó unos instantes, sin dejar de frotarse las mejillas y la nariz, y luego dio un pequeño rodeo por la izquierda, pisando con cautela y asegurándose cuidadosamente de dónde ponía los pies. Una vez pasado el peligro se metió en la boca una nueva porción de tabaco y reemprendió su camino.

En el curso de las dos horas siguientes tropezó con varias trampas semejantes. Generalmente la nieve acumulada sobre las lagunas ocultas tenía un aspecto glaseado que advertía del peligro. En una ocasión, sin embargo, estuvo a punto de sucumbir, pero se detuvo a tiempo y quiso obligar al perro a que caminara ante él. El perro no quiso adelantarse. Se resistió hasta que el hombre se vio obligado a empujarlo, y sólo entonces se adentró apresuradamente en la superficie blanca y lisa. De pronto el suelo se hundió bajo sus patas, el perro se ladeó y buscó terreno más seguro. Se había mojado las patas delanteras, y casi inmediatamente el agua adherida a ellas se había convertido en hielo. Sin perder un segundo se aplicó a lamerse las pezuñas, y luego se tendió en el suelo y comenzó a arrancar a mordiscos el hielo que se había formado entre los dedos. Así se lo dictaba su instinto. Permitir que el hielo continuara allí acumulado significaba dolor. Él no lo sabía, simplemente obedecía a un impulso misterioso que surgía de las criptas más profundas de su ser. Pero el hombre sí lo sabía, porque su juicio le había ayudado a comprenderlo, y por eso se quitó la manopla de la mano derecha y ayudó al perro a quitarse las partículas de hielo. Se asombró al darse cuenta de que no había dejado los dedos al descubierto más de un minuto y ya los tenía entumecidos. Sí, señor, hacía frío. Se volvió a enfundar la manopla a toda prisa y se golpeó la mano con fuerza contra el pecho.

A las doce, la claridad era mayor, pero el sol había descendido demasiado hacia el sur en su viaje invernal, como para poder asomarse sobre el horizonte. La tierra se interponía entre él y el Arroyo Henderson, donde el hombre caminaba bajo un cielo despejado, sin proyectar sombra alguna. A las doce y media en punto llegó a la bifurcación. Estaba contento de la marcha que llevaba. Si seguía así, a las seis estaría con sus compañeros. Se desabrochó la chaqueta y la camisa y sacó el almuerzo La acción no le llevó más de un cuarto de minuto y, sin embargo, notó que la sensibilidad huía de sus dedos. No volvió a ponerse la manopla; esta vez se limitó a sacudirse los dedos contra el muslo una docena de veces. Luego se sentó sobre un tronco helado a comerse su almuerzo. El dolor que le había provocado sacudirse los dedos contra las piernas se desvaneció tan pronto que se sorprendió. No había mordido siquiera la primera galleta. Volvió a sacudir los dedos repetidamente y esta vez los enfundó en la manopla, descubriendo, en cambio, la mano izquierda. Trató de hincar los dientes en la galleta, pero la mordaza de hielo le impidió abrir la boca. Se había olvidado de hacer una hoguera para derretirla. Se rió de su descuido, y mientras se reía notó que los dedos que había dejado a la intemperie se le habían quedado entumecidos. Sintió también que las punzadas que había sentido en los pies al sentarse se hacían cada vez más tenues. Se preguntó si sería porque los pies se habían calentado o porque habían perdido sensibilidad. Trató de mover los dedos de los pies dentro de los mocasines y comprobó que los tenía entumecidos.

Se puso la manopla apresuradamente y se levantó. Estaba un poco asustado. Dio una serie de patadas contra el suelo, hasta que volvió a sentir las punzadas de nuevo. Sí, señor, hacía frío, pensó. Aquel hombre del Arroyo del Sulfuro había tenido razón al decir que en aquella región el frío podía ser estremecedor. ¡Y pensar que cuando se lo dijo él se había reído! No había vuelta que darle, hacía un frío de mil demonios. Paseó de arriba a abajo dando fuertes patadas en el suelo y frotándose los brazos con las manos, hasta que volvió a calentarse. Sacó entonces los fósforos y comenzó a preparar una hoguera. En el nivel más bajo de un arbusto cercano encontró un depósito de ramas acumuladas por el deshielo la primavera anterior. Estaban completamente secas y se avenían perfectamente a sus propósitos. Añadiendo ramas poco a poco a las primeras llamas logró hacer una hoguera perfecta; a su calor se derritió la mordaza de hielo y pudo comerse las galletas. De momento había logrado vencer al frío del exterior. El perro se solazó al fuego y se tendió sobre la nieve a la distancia precisa para poder calentarse sin peligro de quemarse.

Cuando el hombre terminó de comer llenó su pipa y fumó sin apresurarse. Luego se puso las manoplas, se ajustó las orejeras y comenzó a caminar siguiendo la orilla izquierda del arroyo. El perro, desilusionado, se resistía a abandonar el fuego. Aquel hombre no sabía lo que hacía. Probablemente sus antepasados ignoraban lo que era el frío, el auténtico frío, el que llega a los ciento setenta grados bajo el punto de congelación. Pero el perro sí sabía; sus antepasados lo habían experimentado y él había heredado su sabiduría. Él sabía que no era bueno ni sensato echarse al camino con aquel frío salvaje. Con ese tiempo lo mejor era acurrucarse en un agujero en la nieve y esperar a que una cortina de nubes ocultara el rostro del espacio exterior de donde procedía el frío. Pero entre el hombre y el perro no había una auténtica compenetración. El uno era siervo del otro, y las únicas caricias que había recibido eran las del látigo y los sonidos sordos y amenazadores que las precedían. Por eso el perro no hizo el menor esfuerzo por comunicar al hombre sus temores. Su suerte no le preocupaba; si se resistía a abandonar la hoguera era exclusivamente por sí mismo. Pero el hombre silbó y le habló con el lenguaje del látigo, y el perro se pegó a sus talones y lo siguió.

El hombre se metió en la boca una nueva porción de tabaco y dio comienzo a otra barba de ámbar. Pronto su aliento húmedo le cubrió de un polvo blanco el bigote, las cejas y las pestañas. No había muchos manantiales en la orilla izquierda del Henderson, y durante media hora caminó sin hallar ninguna dificultad. Pero de pronto sucedió. En un lugar donde nada advertía del peligro, donde la blancura ininterrumpida de la nieve parecía ocultar una superficie sólida, el hombre se hundió. No fue mucho, pero antes de lograr ponerse de pie en terreno firme se había mojado hasta la rodilla.

Se enfureció y maldijo en voz alta su suerte. Quería llegar al campamento a las seis en punto y aquel percance representaba una hora de retraso. Ahora tendría que encender una hoguera y esperar a que se le secaran los pies, los calcetines y los mocasines. Con aquel frío no podía hacer otra cosa, eso sí lo sabía. Trepó a lo alto del terraplén que formaba la ribera del riachuelo. En la cima, entre las ramas más bajas de varios abetos enanos, encontró un depósito de leña seca hecho de troncos y ramas principalmente, pero también de algunas ramillas de menor tamaño y de briznas de hierba del año anterior. Arrojó sobre la nieve los troncos más grandes, con objeto de que sirvieran de base para la hoguera e impidieran que se derritiera la nieve y se hundiera en ella la llama que logró obtener arrimando una cerilla a un trozo de corteza de abedul que se había sacado del bolsillo La corteza de abedul ardía con más facilidad que el papel. Tras colocar la corteza sobre la base de troncos, comenzó a alimentar la llama con las briznas de hierba seca y las ramas de menor tamaño.

Trabajó lentamente y con cautela, sabedor del peligro que corría. Poco a poco, conforme la llama se fortalecía, fue aumentando el tamaño de las ramas que a ella añadía. Decidió ponerse en cuclillas sobre la nieve para poder sacar la madera de entre las ramas de los abetos y aplicarlas directamente al fuego. Sabía que no podía permitirse un solo fallo. A setenta y cinco grados bajo cero y con los pies mojados no se puede fracasar en el primer intento de hacer una hoguera. Con los pies secos siempre se puede correr media milla para restablecer la circulación de la sangre, pero a setenta y cinco bajo cero es totalmente imposible hacer circular la sangre por unos pies mojados. Cuanto más se corre, más se hielan los pies.

Esto el hombre lo sabía. El veterano del Arroyo del Sulfuro se lo había dicho el otoño anterior, y ahora se daba cuenta de que había tenido razón. Ya no sentía los pies. Para hacer la hoguera había tenido que quitarse las manoplas, y los dedos se le habían entumecido también. El andar a razón de cuatro millas por hora había mantenido bien regadas de sangre la superficie del tronco y las extremidades, pero en el instante en que se había detenido, su corazón había aminorado la marcha. El frío castigaba sin piedad en aquel extremo inerme de la tierra y el hombre, por hallarse en aquel lugar, era víctima del castigo en todo su rigor. La sangre de su cuerpo retrocedía ante aquella temperatura extrema. La sangre estaba viva como el perro, y como el perro quería ocultarse, ponerse al abrigo de aquel frío implacable. Mientras el hombre andaba a cuatro millas por hora obligaba a la sangre a circular hasta la superficie, pero ahora ésta, aprovechando su inacción, se retraía y se hundía en los recovecos más profundos de su cuerpo. Las extremidades fueron las primeras que notaron los efectos de su ausencia. Los pies mojados se helaron, mientras que los dedos expuestos a la intemperie perdieron sensibilidad, aunque aún no habían empezado a congelarse. La nariz y las mejillas estaban entumecidas, y la piel del cuerpo se enfriaba conforme la sangre se retiraba.

Pero el hombre estaba a salvo. El hielo sólo le afectaría los dedos de los pies y la nariz, porque el fuego comenzaba ya a cobrar fuerza. Lo alimentaba ahora con ramas del grueso de un dedo. Un minuto más y podría arrojar a él troncos del grosor de su muñeca. Entonces se quitaría los mocasines y los calcetines y mientras se secaban acercaría a las llamas los pies desnudos, no sin antes frotarlos, naturalmente, con un puñado de nieve. La hoguera era un completo éxito. Estaba salvado. Recordó el consejo del veterano del Arroyo del Sulfuro y sonrió. El anciano había enunciado con toda seriedad la ley según la cual por debajo de cincuenta grados bajo cero no se debe viajar solo por la región del Klondike. Pues bien, allí estaba él; había sufrido el accidente más temido, iba solo, y, sin embargo, se había salvado. Abuelos veteranos, pensó, eran bastante cobardes, al menos algunos de ellos. Mientras no se perdiera la cabeza no había nada que temer. Se podía viajar solo con tal de que se fuera hombre de veras. Aun así era asombrosa la velocidad a que se helaban la nariz y las mejillas. Nunca había sospechado que los dedos pudieran quedar sin vida en tan poco tiempo. Y sin vida se hallaban los suyos porque apenas podía unirlos para coger una rama y los sentía lejos, muy lejos de su cuerpo. Cuando trataba de coger una rama tenía que mirar para asegurarse con la vista de que había logrado su propósito. Entre su cerebro y las yemas de sus dedos quedaba escaso contacto.

Pero todo aquello no importaba gran cosa. Allí estaba la hoguera crujiendo y chisporroteando y prometiendo vida con cada llama retozona. Trató de quitarse los mocasines. Estaban cubiertos de hielo. Los gruesos calcetines alemanes se habían convertido en láminas de hierro que llegaban hasta media pantorrilla. Los cordones de los mocasines eran cables de acero anudados y enredados en extraña confabulación. Durante unos momentos trató de deshacer los nudos con los dedos; luego, dándose cuenta de la inutilidad del esfuerzo, sacó su cuchillo.

Pero antes de que pudiera cortar los cordones ocurrió la tragedia. Fue culpa suya o, mejor dicho, consecuencia de su error. No debió hacer la hoguera bajo las ramas del abeto. Debió hacerla en un claro. Pero le había resultado más sencillo recoger el material de entre las ramas y arrojarlo directamente al fuego. El árbol bajo el que se hallaba estaba cubierto de nieve. El viento no había soplado en varias semanas y las ramas estaban excesivamente cargadas. Cada brizna de hierba, cada rama que cogía, comunicaba al árbol una leve agitación, imperceptible a su entender, pero suficiente para provocar el desastre. En lo más alto del árbol una rama volcó su carga de nieve sobre las ramas inferiores, y el impacto multiplicó el proceso hasta acumularse toda la nieve del árbol sobre las ramas más bajas. La nieve creció como en una avalancha y cayó sin previo aviso sobre el hombre y sobre la hoguera. El fuego se apagó. Donde pocos momentos antes había crepitado, no quedaba más que un desordenado montón de nieve fresca.

El hombre quedó estupefacto. Fue como si hubiera oído su sentencia de muerte. Durante unos instantes se quedó sentado mirando hacia el lugar donde segundos antes ardiera un alegre fuego. Después se tranquilizó. Quizá el veterano del Arroyo del Sulfuro había tenido razón. Si tuviera un compañero de viaje, ahora no correría peligro. Su compañero podía haber encendido el fuego. Pero de este modo sólo él podía encender otra hoguera y esta segunda vez un fallo sería mortal. Aun si lo lograba, lo más seguro era que perdería para siempre parte de los dedos de los pies. Debía tenerlos congelados ya, y aún tardaría en encender un fuego.

Estos fueron sus pensamientos, pero no se sentó a meditar sobre ellos. Mientras merodeaban por su mente no dejó de afanarse en su tarea. Hizo una nueva base para la hoguera, esta vez en campo abierto, donde ningún árbol traidor pudiera sofocarla. Reunió luego un haz de ramillas e hierbas secas acumuladas por el deshielo. No podía cogerlas con los dedos, pero sí podía levantarlas con ambas manos, en montón. De esta forma cogía muchas ramas podridas y un musgo verde que podría perjudicar al fuego, pero no podía hacerlo mejor. Trabajó metódicamente; incluso dejó en reserva un montón de ramas más gruesas para utilizarlas como combustible una vez que el fuego hubiera cobrado fuerza. Y mientras trabajaba, el perro lo miraba con la ansiedad reflejándose en los ojos, porque lo consideraba el encargado de proporcionarle fuego, y el fuego tardaba en llegar.

Cuando todo estuvo listo, el hombre buscó en su bolsillo un segundo trozo de corteza de abedul. Sabía que estaba allí, y aunque no podía sentirla con los dedos la oía crujir, mientras revolvía en sus bolsillos. Por mucho que lo intentó no pudo hacerse con ella. Y, mientras tanto, no se apartaba de su mente la idea de que cada segundo que pasaba los pies se le helaban más y más. Comenzó a invadirlo el pánico, pero supo luchar contra él y conservar la calma. Se puso las manoplas con los dientes y blandió los brazos en el aire para sacudirlos después con fuerza contra los costados. Lo hizo primero sentado, luego de pie, mientras el perro lo contemplaba sentado sobre la nieve con su cola peluda de lobo enroscada en torno a las patas para calentarlas, y las agudas orejas lupinas proyectadas hacia el frente. Y el hombre, mientras sacudía y agitaba en el aire los brazos y las manos, sintió una enorme envidia por aquella criatura, caliente y segura bajo su cobertura natural.

Al poco tiempo sintió la primera señal lejana de un asomo de sensación en sus dedos helados. El suave cosquilleo inicial se fue haciendo cada vez más fuerte hasta convertirse en un dolor agudo, insoportable, pero que él recibió con indecible satisfacción. Se quitó la manopla de la mano derecha y se dispuso a buscar la astilla. Los dedos expuestos comenzaban de nuevo a perder sensibilidad. Luego sacó un manojo de fósforos de sulfuro. Pero el tremendo frío había entumecido ya totalmente sus dedos. Mientras se esforzaba por separar una cerilla de las otras, el paquete entero cayó al suelo Trató de recogerlo, pero no pudo. Los dedos muertos no podían ni tocar ni coger. Ejecutaba cada acción con una inmensa cautela. Apartó de su mente la idea de que los pies, la nariz y las mejillas se le helaban a enorme velocidad, y se entregó en cuerpo y alma a la tarea de recoger del suelo las cerillas. Decidió utilizar la vista en lugar del tacto, y en el momento en que vio dos de sus dedos debidamente colocados uno a cada lado del paquete, los cerró, o mejor dicho quiso cerrarlos, pero la comunicación estaba ya totalmente cortada y los dedos no obedecieron. Se puso la manopla derecha y se sacudió la mano salvajemente sobre la rodilla. Luego, utilizando ambas manos, recogió el paquete de fósforos entre un puñado de nieve y se lo colocó en el regazo. Pero con esto no había conseguido nada. Tras una larga manipulación logró aprisionar el paquete entre las dos manos enguantadas, y de esta manera lo levantó hasta su boca. El hielo que sellaba sus labios crujió cuando con un enorme esfuerzo consiguió separarlos. Contrajo la mandíbula, elevó el labio superior y trató de separar una cerilla con los dientes. Al fin lo logró, y la dejó caer sobre las rodillas. Seguía sin conseguir nada. No podía recogerla. Al fin se le ocurrió una idea. La levantó entre los dientes y la frotó contra el muslo. Veinte veces repitió la operación, hasta que logró encender el fósforo. Sosteniéndolo aún entre los dientes lo acercó a la corteza de abedul, pero el vapor de azufre le llegó a los pulmones y le causó una tos espasmódica. El fósforo cayó sobre la nieve y se apagó.

El veterano del Arroyo del Sulfuro tenía razón, pensó el hombre en el momento de resignada desesperación que siguió al incidente. A menos de cincuenta grados bajo cero se debe viajar siempre con un compañero. Dio unas cuantas palmadas, pero no notó en las manos la menor sensación. Se quitó las manoplas con los dientes y cogió el paquete entero de fósforos con la base de las manos. Como aún no tenía helados los músculos de los brazos pudo ejercer presión sobre el paquete. Luego frotó los fósforos contra la pierna. De pronto estalló la llama. ¡Sesenta fósforos de azufre ardiendo al mismo tiempo! No soplaba ni la brisa más ligera que pudiera apagarlos. Ladeó la cabeza para escapar a los vapores y aplicó la llama a la corteza de abedul. Mientras lo hacía notó una extraña sensación en la mano. La carne se le quemaba. A su olfato llegó el olor y allá dentro, bajo la superficie, lo sintió. La sensación se fue intensificando hasta convertirse en un dolor agudo. Y aún así lo soportó manteniendo torpemente la llama contra la corteza que no se encendía porque sus manos se interponían, absorbiendo la mayor parte del fuego.

Al fin, cuando no pudo aguantar más, abrió las manos de golpe. Los fósforos cayeron chisporroteando sobre la nieve, pero la corteza de abedul estaba encendida. Comenzó a acumular sobre la llama ramas y briznas de hierba. No podía seleccionar, porque la única forma de transportar el combustible era utilizando la base de las manos. A las ramas iban adheridos fragmentos de madera podrida y de un musgo verde que arrancó como pudo con los dientes. Cuidó la llama con mimo y con torpeza. Esa llama significaba la vida, y no podía perecer. La sangre se retiró de la superficie de su cuerpo, y el hombre comenzó a tiritar y a moverse desarticuladamente. Un montoncillo de musgo verde cayó sobre la llama. Trató de apartarlo, pero el temblor de los dedos desbarató el núcleo de la hoguera. Las ramillas se disgregaron. Quiso reunirlas de nuevo, pero a pesar del enorme esfuerzo que hizo por conseguirlo, el temblor de sus manos se impuso y las ramas se disgregaron sin remedio. Cada una de ellas elevó en el aire una pequeña columna de humo y se apagó. El hombre, el encargado de proporcionar el fuego, había fracasado. Mientras miraba apáticamente en torno suyo, su mirada recayó en el perro, que sentado frente a él, al otro lado de los restos de la hoguera, se movía con impaciencia, levantando primero una pata, luego la otra, y pasando de una a otra el peso de su cuerpo.

Al ver al animal se le ocurrió una idea descabellada. Recordó haber oído la historia de un hombre que, sorprendido por una tormenta de nieve, había matado a un novillo, lo había abierto en canal y había logrado sobrevivir introduciéndose en su cuerpo. Mataría al perro e introduciría sus manos en el cuerpo caliente, hasta que la insensibilidad desapareciera. Después encendería otra hoguera. Llamó al perro, pero el tono atemorizado de su voz asustó al animal, que nunca lo había oído hablar de forma semejante. Algo extraño ocurría, y su naturaleza desconfiada olfateaba el peligro. No sabía de qué se trataba, pero en algún lugar de su cerebro el temor se despertó. Agachó las orejas y redobló sus movimientos inquietos, pero no acudió a la llamada. El hombre se puso de rodillas y se acercó a él. Su postura inusitada despertó aún mayores sospechas en el perro, que se hizo a un lado atemorizado.

El hombre se sentó en la nieve unos momentos y luchó por conservar la calma. Luego se puso las manoplas con los dientes y se levantó. Tuvo que mirar al suelo primero para asegurarse de que se había levantado, porque la ausencia de sensibilidad en los pies le había hecho perder contacto con la tierra. Al verle en posición erecta, el perro dejó de dudar, y cuando el hombre volvió a hablarle en tono autoritario con el sonido del látigo en la voz, volvió a su servilismo acostumbrado y lo obedeció. En el momento en que llegaba a su lado, el hombre perdió el control. Extendió los brazos hacia él y comprobó con auténtica sorpresa que las manos no se cerraban, que no podía doblar los dedos ni notaba la menor sensación. Había olvidado que estaban ya helados y que el proceso se agravaba por momentos. Aun así, todo sucedió con tal rapidez que antes de que el perro pudiera escapar lo había aferrado entre los brazos. Se sentó en la nieve y lo mantuvo aferrado contra su cuerpo, mientras el perro se debatía por desasirse.

Aquello era lo único que podía hacer. Apretarlo contra sí y esperar. Se dio cuenta de que ni siquiera podía matarlo. Le era completamente imposible. Con las manos heladas no podía ni empuñar el cuchillo ni asfixiar al animal. Al fin lo soltó y el perro escapó con el rabo entre las patas, sin dejar de gruñir. Se detuvo a unos cuarenta pies de distancia, y desde allí estudió al hombre con curiosidad, con las orejas enhiestas y proyectadas hacia el frente.

El hombre se buscó las manos con la mirada y las halló colgando de los extremos de sus brazos. Le pareció extraño tener que utilizar la vista para encontrarlas. Volvió a blandir los brazos en el aire golpeándose las manos enguantadas contra los costados. Los agitó durante cinco minutos con violencia inusitada, y de este modo logró que el corazón lanzara a la superficie de su cuerpo la sangre suficiente para que dejara de tiritar. Pero seguía sin sentir las manos. Tenía la impresión de que le colgaban como peso muerto al final de los brazos, pero cuando quería localizar esa impresión, no la encontraba.

Comenzó a invadirle el miedo a la muerte, un miedo sordo y tenebroso. El temor se agudizó cuando cayó en la cuenta de que ya no se trataba de perder unos cuantos dedos de las manos o los pies, que ahora constituía un asunto de vida o muerte en el que llevaba todas las de perder. La idea le produjo pánico; se volvió y echó a correr sobre el cauce helado del arroyo, siguiendo la vieja ruta ya casi invisible. El perro trotaba a su lado, a la misma altura que él. Corrió ciegamente sin propósito ni fin, con un miedo que no había sentido anteriormente en su vida. Mientras corría desesperado entre la nieve comenzó a ver las cosas de nuevo: las riberas del arroyo, los depósitos de ramas, los álamos desnudos, el cielo... Correr le hizo sentirse mejor. Ya no tiritaba. Era posible que si seguía corriendo los pies se le descongelaran y hasta, quizá, si corría lo suficiente, podría llegar al campamento. Indudablemente perdería varios dedos de las manos y los pies y parte de la cara, pero sus compañeros se encargarían de cuidarlo y salvarían el resto. Mientras acariciaba este pensamiento le asaltó una nueva idea. Pensó de pronto que nunca llegaría al campamento, que se hallaba demasiado lejos, que el hielo se había adueñado de él y pronto sería un cuerpo rígido, muerto. Se negó a dar paso franco a este nuevo pensamiento, y lo confinó a los lugares más recónditos de su mente, desde donde siguió pugnando por hacerse oír, mientras el hombre se esforzaba en pensar en otras cosas.

Le extrañó poder correr con aquellos pies tan helados que ni los sentía cuando los ponía en el suelo y cargaba sobre ellos el peso de su cuerpo. Le parecía deslizarse sobre la superficie sin tocar siquiera la tierra. En alguna parte había visto un Mercurio alado, y en aquel momento se preguntó qué sentiría Mercurio al volar sobre la tierra.

Su teoría acerca de correr hasta llegar al campamento tenía un solo fallo: su cuerpo carecía de la resistencia necesaria. Varias veces tropezó y se tambaleó, y al fin, en una ocasión, cayó al suelo. Trató de incorporarse, pero le fue imposible. Decidió sentarse y descansar; cuando lograra poder levantarse andaría en vez de correr, y de este modo llegaría a su destino. Mientras esperaba a recuperar el aliento notó que lo invadía una sensación de calor y bienestar. Ya no tiritaba, y hasta le pareció sentir en el pecho una especie de calorcillo agradable. Y, sin embargo, cuando se tocaba la nariz y las mejillas no experimentaba ninguna sensación. A pesar de haber corrido del modo en que lo había hecho, no había logrado que se deshelaran, como tampoco las manos ni los pies. De pronto se le ocurrió que el hielo debía ir ganando terreno en su cuerpo. Trató de olvidarse de ello, de pensar en otra cosa. La idea despertaba en él auténtico pánico, y tenía miedo al pánico. Pero el pensamiento iba cobrando terreno, afirmándose y persistiendo hasta que el hombre conjuró la visión de un cuerpo totalmente helado. No pudo soportarlo y comenzó a correr de nuevo.

Y siempre que corría, el perro lo seguía, pegado a sus talones. Cuando el hombre se cayó por segunda vez, el animal se detuvo, reposó el rabo sobre las patas delanteras y se sentó a mirarlo con fijeza extraña. El calor y la seguridad de que disfrutaba enojaron al hombre de tal modo que lo insultó hasta que el animal agachó las orejas con gesto contemporizador. Esta vez el temblor invadió al hombre con mayor rapidez. Perdía la batalla contra el hielo, que atacaba por todos los flancos a la vez. El temor lo hizo correr de nuevo, pero no pudo sostenerse en pie más de un centenar de pies. Tropezó y cayó de bruces sobre la nieve. Aquella fue la última vez que sintió el pánico. Cuando recuperó el aliento y se dominó, comenzó a pensar en recibir la muerte con dignidad. La idea, sin embargo, no se le presentó de entrada en estos términos. Pensó primero que había perdido el tiempo al correr como corre la gallina con la cabeza cortada (aquel fue el símil que primero se le ocurrió). Si tenía que morir de frío, al menos lo haría con cierta decencia. Y con esa paz recién estrenada llegaron los primeros síntomas de sopor. ¡Qué buena idea, pensó, morir durante el sueño! Como si le hubieran dado anestesia. El frío no era tan terrible como la gente creía. Había peores formas de morir.

Se imaginó el momento en que los compañeros lo encontrarían al día siguiente. Se vio avanzando junto a ellos en busca de su propio cuerpo. Surgía con sus compañeros de una revuelta del camino y hallaba su cadáver sobre la nieve. Ya no era parte de sí mismo... Había escapado de su envoltura carnal y junto con sus amigos se miraba a sí mismo muerto sobre el hielo. Sí, la verdad es que hacía frío, pensó. Cuando volviera a su país le contaría a su familia y a sus conocidos lo que era aquello. Recordó luego al anciano del Arroyo del Sulfuro. Lo veía claramente con los ojos de la imaginación, cómodamente sentado al calor del fuego, mientras fumaba su pipa.

-Tenías razón, viejo zorro, tenías razón -susurró quedamente el hombre al veterano del Arroyo del Sulfuro.

Y después se hundió en lo que le pareció el sueño más tranquilo y reparador que había disfrutado jamás. Sentado frente a él esperaba el perro. El breve día llegó a su fin con un crepúsculo lento y prolongado. Nada indicaba que se preparara una hoguera. Nunca había visto el perro sentarse un hombre así sobre la nieve sin aplicarse antes a la tarea de encender un fuego. Conforme el crepúsculo se fue apagando, fue dominándolo el ansia de calor, y mientras alzaba las patas una tras otra, comenzó a gruñir suavemente al tiempo que agachaba las orejas en espera del castigo del hombre. Pero el hombre no se movió. Más tarde el perro gruñó más fuerte, y aún más tarde se acercó al hombre, hasta que olfateó la muerte. Se irguió de un salto y retrocedió. Durante unos segundos permaneció inmóvil, aullando bajo las estrellas que brillaban, brincaban y bailaban en el cielo gélido. Luego se volvió y avanzó por la ruta a un trote ligero, hacia un campamento que él conocía, donde estaban los otros proveedores de alimento y proveedores de fuego.
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miércoles, 27 de abril de 2011

EL ABUELO POETA

Muchos se preguntaron, a raíz del emocionante comentario realizado por el Edu, en su artículo “1 año de Mano Inquieta”, si el abuelo Joaquín había escrito algo. Les voy a dar una sorpresa, que para mi también lo fue.

Si bien me consta que el abuelo escribía desde joven hermosos poemas, alguno de los cuales “le robe” para componer alguna que otra canción en la guitarra, parece que con el tiempo dejó esa hermosa costumbre y se dedicó a la prosa.

Así es que intecambiaba cartas con amistades (como Arnaldo y Alcira que viven aún en Malargüe Mendoza, su prima de Córdoba y Cacho y Elena la familia de R.D. que viven en Catamarca).

En esos relatos, alguno de los cuales conservo, hacía alarde de una prosa mu y depurada, que hacía olvidar totalmente el hecho de que solo terminó el sexto grado de la escuela primaria, aunque también hay que reconocer con una letra horrible

De esas cartas, guardo algunas y una en especial fue también una sorpresa para mí, porque no la había leído o no me acordaba de su contenido.

Agradezco que a raíz de la participación y de los comentarios de Edu en el blog, se pueda rescatar para sus nietos y bisnietos estos hermosos poemas.

La carta fechada el 19 de marzo de 1990 está dirigida a “Los amigos de Catamarca”

“Hacía mucho que no escribía versos (no me atrevería a llamar a esto poesía). Pero me di cuenta al sentir la necesidad de hacerlo, de que la impresión recibida de este viaje fue profunda y duradera. Todo contribuyó a que fuera así. En primer lugar por supuesto todos ustedes. Y luego tanta belleza paisajística. Tanta grandiosidad con tantas anécdotas y recuerdos que al viajar por ejemplo, con Salomón e Isolina nos permitieron adentrarnos no solo en lo pintoresco, sino en el espíritu de lugares y paisajes, de gentes e historias, de dramas y alegrías.

“Y a pesar de que los poquitos días pasados en Rincón, quizá por lo que acabo de decir, y porque realmente esa zona tiene una personalidad que nos pareció muy especial, dejó en nosotros una tan fuerte impresión, que me hizo cometer esta vez dos pecados, que aquí van:

LOS PUEBLOS DEL AMBATO (*)

Los pueblos del Ambato se arman como juguetes,
que antaño eran de lata pero que hoy son de plástico
sobre la falda abrupta se alinean arbolitos
y entre ellos las casitas con cartones pintados.

El viajero que mira desde allá, desde el llano,
no imagina la vida que se agita entre los álamos,
no repara en nogales, viñedos, ni tejados,
no sabe de tortillas, ni de hornos de barro.

El Ambato vigila, hosco, austero y cercano
y a veces de estremece, vomita piedra y barro,
y recuerda a los pueblos de cartones pintados
que podría borrarlos con brutal manotazo.

Pero que no lo hace, pues de allá, desde el llano,
perdería el viajero la ilusión de juguetes
que armaba de pequeño, con latitas o plástico.


(*) El cordón Ambato-Manchao es el límite de las Regiones Oeste y Centro de la provincia de Catamarca, en Argentina. Tiene una altura de 4.300 metros sobre el nivel del mar, en el Cerro El Manchao. En la ladera occidental se encuentran enclavados los pueblos de Rincón, Mischango, Mutquin, Rosario de Colana y Pomán


RINCON

Rincón mira al Oeste, y está alegre y ufano
pues para llegar a él , se cruzan pueblos hermanos
de Pomán, de Colona, de Mutquín y Mischango

por caminos que trepan en cerros y quebradas
y en la fiesta del aire, las montañas y el pájaro,
del rio y de la piedra, de la laja y el árbol.

Rincón mira al Oeste y está triste y cansado
pues para ir a Joyango debe bajar al llano
o internarse en senderos de mulas y caballos

Rincón mira al Oeste y descansa de alturas
cuando baja a Saujil, tobogán resbalando
o vuelve de Siján, racimos saboreando.

Rincón mira al Oeste, salar de Pipanaco,
el salar que bordeaban miles de algarrobales
que talaron y nunca fueron a renovarlos.
(Sin embargo semillas reemplazaron a humanos
y hoy viajan acaballo con el hacha y el lazo
artesanos que tallan bateas por encargo)

Rincón mira al Oeste y pide que lo cuiden,
que lo amen como lo amo, como lo amaron antaño
muchos que ya descansan en el cementerio alado

que no mira al Oeste, que mira a los cuatro vientos:
a los cerros, quebradas, las piedras y los álamos,
los nogales y el río, el Ambato y los llanos
los niños de alma alegre y los viejos cansados.


GRACIAS JOAQUIN, MI VIEJO.
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domingo, 24 de abril de 2011

Denis Stracqualursi y una historia de apellidos difíciles de José Luis Ponsico

El delantero de Tigre es una de las figuras del Clausura de fútbol 2011: lleva convertidos ocho goles, tres consagratorios, los tres que le marcó a Boca Juniors en el empate 3-3 del domingo pasado en la Bombonera.
"Era vago, dejé la escuela y este presente se lo debo a mí viejo", contó hace poco el 9 del apellido con ocho consonantes que llegó a la Primera de Gimnasia hace tres años y alcanzó la gloria en el último triunfo del Lobo sobre Estudiantes de La Plata.
"Traca", como le dicen, nació en Rafaela, Santa Fe, el 20 de octubre del 87. A los 23 años es -junto al uruguayo Santiago Silva, repetido "artillero" en Vélez y antes en Banfield-, uno de los delanteros del momento.
Hincha de Colón, supo mezclarse con la barra. "Estuve a punto de tomar un camino equivocado" recordó también. Según se supo, en la entrada a la adolescencia y salvo algunas "changas" con un tío, "no hacía nada y vivía el ocio de malas compañías", reconoció.

El fútbol argentino tuvo otros futbolistas con apellidos difíciles. De seis o más consonantes como Stracqualursi.

En los años 50 Racing tuvo a Cosme Sciancalépore, lateral izquierdo, suplente de José García Pérez, compañero de Pedro Dellacha.

En el 56 Racing también tuvo a Domingo Scatolini, reemplazante de Arnaldo Balay; en tanto Estudiantes de La Plata tenía en el arco a Héctor Giambartolomei, que pasó a Boca y Gimnasia y Esgrima, a Rodolfo Smargiassi, que jugó nueve temporadas sin faltar ningún partido como número "6".

Rosario Central entre 1951 y 1955 "aportó" a Roberto Apicciafuocco como entreala derecho (8) y el ala izquierda Eduardo L´Epíscopo y Juan Portaluppi, que pasó a San Lorenzo.
El puntero izquierdo siempre fue muy recordado por el extinto Roberto Fontanarrosa: hizo cuatro goles en un partido Rosario Central 9 - Tigre 2, el "debut" del humorista rosarino concurriendo con su padre al estadio de Arroyito en el 54.

De Estudiantes a Central fue más tarde Alberto Cazaubón, también "wing" -así se decía- izquierdo. Cuando Roberto Perfumo, "crack" de Racing y la selección, fue adquirido por Cruzeiro de Belo Horizonte, Brasil, lo reemplazó Osvaldo Batocletti.
"Duro, de incipiente calva", según el periodista Osvaldo Ardizzone. "La calvicie era por el agua de Avellaneda", decía su novia.

Un delantero inolvidable por apellido en los 70 fue Dantón Seppaquercia, ex Flandria, adquirido por River a fines del 77 y luego jugador de Gimnasia. Le pegaba muy fuerte y fue autor del gol más rápido a Jesús Borzi, arquero de Huracán.
El 18 de marzo del 79 anotó a los 5 segundos en el estadio del Bosque.
"Se la di a Antonio García Ameijenda en el círculo central, apenas iniciado. Le pedí que la devolviera rápido porque el arquero de ellos estaba distraído y lejos del arco", contó.

Newell´s en el 55 tenía un lateral derecho llamado Aldo Mastrogiuseppe, compañero de Jorge Griffa, Ricardo Ramaciotti, Raúl Oscar Belén y José Yudica, entre otros que llegaron a la selección nacional.

Rarezas del futbol argentino…..


FUENTE: Agencia Telam
Gracias por el aporte, Javier Rehl Leer más...

domingo, 10 de abril de 2011

Acosta juega igual


Sacó con el mismo cuidado de siempre las dos pilas triple A escondidas debajo del colchón. Caminó sigilosamente hasta el inodoro, se hizo de la portátil y fue para el lado de la celda que podría agarrar alguna AM. Puso las pilas en la radio, estiró la antena y con su diestra empezó a buscar el sonido de la transmisión cuerva.
Cuando por fin pudo sintonizar, ya habían dado las formaciones de los dos equipos. No pudo emitir sonido de queja y de bronca, el silencio era primordial para no ser descubierto. Tomó impulso respirando profundo… no le gustaba nada lo que estaba pasando.
Propaganda, más propaganda y más propaganda, estaba harto de tanta mierda para vender y nada que él pudiese comprar. Los puchos son los únicos que sabían llegar, a costo de mucha plata que no podía tener y quedaba a merced de alguno prestado ó alguna colilla sin terminar.
El programa partidario que seguía la campaña de su amado ciclón comenzaba la transmisión propiamente dicha, cuando el led de encendido de la radio empezó a perder luminosidad. Llegó a escuchar como en la agonía de pilas el partido comenzaba.
Ya nada le quedaba de aquellos momentos tan felices en el nuevo gasómetro… nada, ni siquiera aquel ritual que llevaban a cabo cuando empezaba el partido de San Lorenzo. El Chino, aquel eterno cumpa de la cancha, prendería uno y se lo pasaría luego de tres secas. Pitarían mirando al cielo rogando por un triunfo más.
Robo calificado estaba titulada la causa que lo tenía entre rejas, todavía le quedan algo así como cinco años de prisión. El defensor oficial le había asegurado que por buena conducta en poco menos de tres años comenzaría un régimen de salidas transitorias…
Todo sucedió una media mañana de frío otoñal, las hojas secas se paseaban de la mano del viento en avenida de mayo por pleno microcentro porteño. Él venia de boedo en subte y se había bajado en la estación Bolívar para ganarle efectivo a algún turista descuidado que esté dispuesto a perderlo de sus bolsillos. Caminó hasta Florida y dobló para el lado de Corrientes, zigzagueó peatones y vendedores ambulantes buscando presa para su cometido. Al llegar al edificio de Aerolíneas Argentinas, vio como una pareja iba en el mismo compartimiento de una vidriada puerta giratoria y juntos guardaban dinero en una cartera de mano, mientras salían en dirección a la calle. Apuró el paso y empuñó su navaja escondida.
Cuando se encontró frente a ellos, escuchó como charlaban en portugués y con su zurda arrebató la cartera en mano del hombre. El turista interpuso su brazo en forma instintiva para intentar detener el comienzo de la corrida de quien le estaba robando, como respuesta obtuvo una puñalada certera y casi imperceptible. La mujer empezó a gritar “ ladraonnn, ladraooo…”, él enfiló rápido hacia Rivadavia en dirección a la calle Maipú. Hizo algunos metros, escondió la cartera en sus genitales y volvió a apurar el trote, los gritos de “ladrón, ladrón…” empezaron a reproducirse tanto como su desesperación por escapar. Al llegar a la esquina dobló hacia la derecha en dirección a la avenida Diagonal Norte, en plena corrida divisó que en la esquina de la calle Mitre lo esperaba un oficial. Se freno, los gritos se multiplicaban más y más, cruzó de vereda y corrió a toda velocidad en forma contraria. A mitad de cuadra un tipo que salía de un kiosco se lanzó con los pies hacia adelante como si fuese aquel cornudo marcador central cortando una jugada de gol, pero en plena vereda de un metro veinte de ancho. El impacto llegó sobre su tobillo derecho que chocó con el otro y sus sesenta kilos empezaron a rodar por el piso. El poste de la parada del 17 sirvió como freno, cuando intentó reincorporarse una tormenta de patadas se largó sobre su humanidad. En cuestión de segundos que parecieron horas, tenía su cara entre el piso y la planta de un borceguí de un federal mientras que otro de los azules le colocaba las esposas…

Se sentó en el piso mugroso de la celda, derrumbado por no poder escuchar al ciclón apoyó la espalda sobre la pared. Dejó caer el mentón sobre su pecho, rascó con uñas que ya no tenía su pelada transpirada. Trató de imaginar el partido con los ojos cerrados, cantó en silencio y de memoria los diez primeros minutos (igual que en ese momento lo haría la hinchada). Sintió en su garganta el mismo ardor como cuando gritaba en la tribuna, imaginó escuchar al vendedor “… a la coca, a la coca…” y soñó con tomarse de un solo trago un enorme vaso. Con su brazo agitó imaginariamente el trapo mitad azul y mitad rojo que llevaba la inscripción: “MI GRAN REMEDIO PARA UN GRAN MAL”, la música de bombos y redoblantes paseaban por sus oídos. En seguida se le hinchó el pecho de orgullo por aquel trapo ricotero que junto al Chino habían podido mandar a hacer.
Los minutos pasaban y la resignación le empezó a ganar. El partido se fue diluyendo en su imaginación, para meterse en esa tortuosa tarea infinitamente ya hecha, de releer los acontecimientos que lo trajeron hasta aquí. Cuan arrepentido se sentía… cuanto tiempo mirando ese cielo repleto de sombra. Cuanta cosa, cuanta vida se extraña entre rejas. Es como vivir con un puñal clavado que te machaca el pellejo de a poco y cada día. Con la incomodísima y enorme duda por saber cual es el curso de las cosas allá afuera en su plena ausencia.
¿Su hermano seguiría yendo a entrenar en bondi a la ciudad deportiva sin que fuese él quien vele por el pibe y aliente a la promesa de crack desde el alambrado? talvez la única esperanza de toda la familia. ¿El gordo Noel habría dejado regalos para los dos hermanitos sin que él se encargue de la tarea? ¿Y los cumpleaños de la vieja? Desde que aquel hijo de re mil putas y pedazo de cachibache que tenía de marido la había dejado, ella tuvo que salir a laburar en casa de familia para parar la olla. Trabajaba doce horas diarias, sino fuese él quien lo recuerde nadie la saludaría. Tal vez los familiares de su madre que aún le quedaba en el Chaco también lo recordasen, pero la distancia y la falta de teléfono les imposibilitarían hacérselo notar. ¿Y el alquiler? ¿Quien iría a calmar la bronca después del cuarto mes vencido? no era tarea para escatimar coraje enfrentar al viejo Tulio, dueño cascarrabias de la pensión.
No vaya a ser para justificarse ni menos para ponerse reiterativo, pero ante el pucho de oportunidades que él tuvo, salir a ganarse la calle tomando prestado cosas ajenas, fue la salida que encontró al callejón en que su vida se fue encerrando. Sin estudios secundarios (ni el primario completó), sin oficio ni ganas de tenerlo. La vereda lo cobijó, se dispuso a patearla y solo sobrellevarla para pasarla lo mejor posible. Muchos fueron los tropezones, pero estar encerrado fue la caída más inmensa y dolorosa con la que pudo haberse encontrado en esta vida. Seguramente que peor sería no poder contarla, como decía su padrino el bicicletero “…probarse el traje de madera…”. Ese es hoy el motivo principal para pensar profundamente en su existencia, cambiar aquel remedio para su gran mal.
Se levantó y caminó hasta la cama. Se sentó en esa feta de colchón y perdió la vista en la nada misma. Pasaron horas tal vez y el crujir de visagras lo despertó de esa especie de siesta con ojos abiertos en la que se encontraba. El ocupante de la celda de enfrente al que llamaban Peto, era tal vez su único amigo en la cárcel. Esperó que el guardia se vaya, que Peto se sentara en el piso y se acercó a la reja para poder intercambiar siempre en silencio algunas señas. Este flaco traía data que soplaban los reclusos que pueden oír e intercambiar gritos del otro lado del paredón de la calle lindera a Devoto.
El mensajero levantó un pulgar y dibujó una cómplice sonrisa en su rostro, él recibió la noticia y festejó elevando sus puños mirando el techo. Luego Peto subió el indice de una mano y con la otra unió índice con pulgar formando un cero. Él, sin dejar de festejar, hizo muchoncitos con sus manos y los agitó para seguir preguntando. Su compañero pausó la respiración, tomó aire y volvió a dar señales. En una mano mostró los cinco dedos y cuatro en la otra. Clarisimo! Ganó San Lore uno a cero con gol del Beto. Vamo´ Cuervo carajo!

(Inspirado en la canción “Callejero de Boedo” y librado a mi escasa imaginación…)
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lunes, 4 de abril de 2011

Un gustito personal, sepan disculpar....



Como pegarle en un tiro libre....



Algunos de sus goles de Tiro Libre:


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jueves, 31 de marzo de 2011

El sistema de juego del Barcelona. ¿Tiene antecedentes?


Permítanme queridos amigos que esboce una teoría temeraria, no para mí porque creo poder demostrarla, sino para los que piensan o pensaban ( creo que ya quedan pocos de esa especie), que el Barza solo tiene buenos jugadores y que desarrolla un juego no muy vistoso, que se asemeja al de la selección campeona del mundo 2010: España.
Invito a los lectores a realizar un homenaje en silencio al director técnico y al equipo de fútbol que desplegó, en estas tierras del Oeste Bonaerense, un sistema de juego que resulta ser el antecedente del gran Barcelona: Carlos Timoteo Griguol y Ferrocarril Oeste, en los principios de la década del `80.
Paso a detallar los fundamentos de semejante teoría, aclarando que obviamente, el presupuesto en euros del Barza, comparado con el del humilde verdolaga, es inconmensurable, lo cual explica la “plantilla” de jugadores y la diferencia de puntos obtenidos y goles marcados por uno y otro, cada uno en su tiempo respectivo.
Para los que quieran profundizar el análisis con gráficos, flechas y otras delicias de la tecnología Internet, busquen el sitio http://futbolitis.terra.es/articulo/juego-barcelona-guardiola-infografia-3726.htm, que es donde saqué los fundamentos del juego del Barza y me di cuenta que no eran otros que los de “El tren bala del oeste”

Las semejanzas son las siguientes:
Sistema: 4 – 3 – 3. La pelota como principio de todo. La posesión es importante pero la recuperación es fundamental. Tocar hasta encontrar superioridad, pero recuperar en campo contrario no dejando respirar al adversario.

Equipo titular:
Barcelona: Valdez; Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets , Keita , Xavi; Messi, Ibrahimovic y Henry. Formación cuando ganó el Mundial de Clubes en 2009. ¡No jugó Iniesta! Director técnico: Pef Guardiola
Ferro: Baricio, Gomez, Cuper, Roquia y Garré. Carlos Arregui, Sacardi y Cañete. Croco, Gimenez (después Márcico) y Juarez . Formación titular en la mayoría de los partidos en 1981 y 1982. Director técnico: Carlos Timoteo Griguol

Automatismos:
a)2 x1 en los costados:
En el Barza: se adelantan como punteros Alves y Abidal y se cierran en diagonal Messi y Henry
En Ferro: se adelantaban como punteros Gomez y Garre y se cerraban en diagonal Croco y Juarez.
b)La llegada de la 2º línea:
En el Barza: El 9 se tira a una punta y ahí entran Xavi y Busquet (ni hablemos de Iniesta) para el gol.
En Ferro: Márciso se tiraba a las puntas y ahí entraban Arregui y Cañete para el gol

La clave:
Tocar la pelota en los costados para abrir los espacios por adentro. Abrir los espacios para desequilibrar en el centro del campo. Múltiples variantes de llegadas. En Ferro todos hicieron goles: de cabeza los defensores centrales Cuper y Rocchia. Los mediocampistas Arregui y Cañete. Y todos los delanteros.

A medida que voy escribiendo recuerdo ciertas críticas que se le hacían a Ferro en aquellos gloriosos años de la década del ´80, en los cuales realizó las siguientes campañas:
1981: Subcampeón del metro: atrás del Boca de Diego Maradona y Brindizi
1981: Subcampeón del nacional: atrás del River de Mario Kempes
1982: Campeón Nacional
1983: Tercero en el metropolitano
1984: Campeón del Nacional y Subcampeón del Metro.

Con todo respeto, esta humilde contribución la dedico a todos aquellos que no supieron o no quisieron ver, en aquella época, los méritos del gran equipo de Timoteo. Los perdono, no todos tiene la misma sensibilidad para reconocer un equipo chico, que fue un grande durante 5 años.

El Alquimista Refutador
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lunes, 28 de marzo de 2011

Que ... ¿yo no juego?

Ya me lo había dicho hace rato, y yo que soy insistente le venía recordando que la promesa seguía sin cumplirse. Pero como todo en esta vida pasa, seguí con mis obligaciones y decidí darle aire, al fin y al cabo no era algo que yo podía resolver. El domingo arrancó raro. Yo me levanté un poco más tarde de lo habitual, y eso que nos habíamos acostado temprano. En mi familia tenemos la sana costumbre de juntarnos los fines de semana en la casa de amigos. Siempre hay alguno que invita, arma la picada, comemos un asadito o simplemente se piden una pizzas y mientras los grandes charlan de sus cosas, los más pequeños están en su mundo. A veces se hacen las 2 o 3 de la madrugada y seguimos todos despiertos como si el sol todavía acariciara nuestra sien. Pero no había sido el caso este fin de semana. Así que me acerqué al living y lo encontré ahí, tomando mates, mirando por la ventana como buscando alguna respuesta mientras algunos autos pasaban e interrumpían el silencio de domingo. Pero mi sorpresa fue grande al ver que no había diario, él siempre se levanta tempranito, camina las 5 cuadras por Sarmiento, saluda a las pocas personas que a esa hora barren en la vereda o salen de compras, llega hasta el puesto de diarios, y a la vuelta, mientras le da un vistazo a los titulares, compra “algo rico” para el desayuno. Fue entonces cuando advertí que charlaban entre ellos, mientras me miraban tratando que yo no escuchara, pero los de mi generación tenemos algo especial, no nos engañan así nomás. Sabemos cuando hay algo interesante para investigar y tenemos nuestras estrategias para llegar a la verdad.
Ellos se dieron cuenta de mi descubrimiento, se sintieron observados e intimidados y no tuvieron otro remedio que contarme lo que estaban tramando. Tal vez porque no estaba del todo confirmado que íbamos a poder hacerlo, o porque no querían que preguntara cada dos minutos “¿falta mucho?”. Así son, a veces no los entiendo. Quieren que seamos creativos, que preguntemos, que no nos dejemos engañar, que formemos nuestra opinión, pero en cuanto los acorralamos con nuestras inquietudes nos salen con que todavía somos chicos, que esperemos que termine el noticiero, y no se cuántas cosas más. Así que una vez que me lo contaron, contuve mi alegría aunque seguro que mi cara me delataba, porque era lo que esperaba desde hace mucho tiempo .Entonces decidí ser un buen ejemplo para los míos, y después de agradecer agarré la bici y me fui derechito desde la cocina hasta el quincho como cincuenta veces, como un perrito que lleva y trae su hueso. El domingo se hizo interminable. No por aburrido, sino porque la ansiedad hasta me hizo olvidar de pedirle que me lleve a la vereda para andar en monopatín. Al día siguiente, luego de haber cumplido con mis obligaciones, colgué mi mochila en la habitación, dejé el guardapolvos preparado, y le pedí a mi mamá que me preparara el equipo de Independiente así cuando volvía mi papá ya estaba listo. Estaba a punto de cumplir con mi sueño, vestido con los colores que mi papá me enseñó a querer, iba a conocer “la cancha”. Yo quería ponerme los botines porque imaginaba que iba a entrar a jugar, pero mi ilusión se transformó cuando mi mamá me dijo que “sólo” íbamos a mirar el partido. A las cinco de la tarde en punto, tal como lo había prometido, mi papá llegó más contento que nunca, tomó unos mates con mamá, y nos fuimos a cumplir el sueño de estar por primera vez en la cancha del Rojo. El Libertadores de América resultó más grande de lo que yo imaginaba. Cuando nos ubicamos en la butaca de la platea alta con mi papá y mis tíos me di cuenta por qué yo no podía jugar ahí. Todavía soy muy chiquito, y además, el partido terminó como a las once de la noche, y al otro día tenía que ir al jardín. Leer más...

lunes, 21 de marzo de 2011

“UN ABRAZO A LOS MUCHACHOS…”

Ya van casi 10 horas y todavía no lo habían interrogado, lo tenían en una piecita, con una bombita de luz mortecina y no le habían dado ni un vaso de agua. Cada tanto se habría una mirilla y una voz lo verdugueaba durante algunos minutos. Siempre le decían lo mismo “¿y “Loco”, a que hora viene el General? Mira que si no te vas a quedar a vivir acá. ¿Porqué no cantás ahora la marchita a ver como te sale?”
A cada rato le hacían el mismo jueguito, pero él no les daba bola que lo verdugueen todo lo que quieran, seguro que deben ser cuervos y gorilas, pensaba.
Además tanto quilombo por un simple saludo. Si el no fue a verlo para arreglar nada. Simplemente se enteró que el General estaba en Panamá y se le ocurrió ir a visitarlo, ver como estaba, porque después que se fue de Buenos Aires, en la Cañonera Paraguaya, no se sabía nada de él, hasta decían que lo habían matado al salir del Paraguay.
Además, como no iba a ir con todo lo que el y su familia querían al General. Era 23 de Diciembre. Al otro día a la mañana la Delegación de Huracán salía para Buenos Aires. Habló con los dirigentes y les dijo que no se preocupen, que el se las arreglaba para volver a Buenos Aires. Los 100 dólares de viáticos que le quedaban, se los gastó en el viaje hasta la ciudad de Colón, que quedaba en la otra costa de Panamá. Después de mucho preguntar, finalmente llegó a la casa donde estaba el General. Era un humilde chalecito, rodeado de custodia. Lo tuvieron en la puerta un rato largo, hasta que finalmente salió un hombre bajo, morocho y corpulento. “Usted es Montaño?, le preguntó, venga por acá”. Lo hizo pasar a una pequeña sala y entonces apareció el General: “¡Elio, como le va, que alegría verlo, dos potencias se saludan!”, le dijo mientras le daba un largo abrazo que lo hizo conmover. Lo invitó a sentarse y enseguida empezó a preguntarle cosas de la Argentina: Cómo estaba el pueblo, que había pasado con Lonardi, cómo andaban Huracán y la Selección.
El Loco no podía creer que el General se interesara por el, por su carrera: “Usted tendría que ser el 9 titular de la Selección, Elio usted es más que “Poncho negro” Cejas”, ¡sabía todo, hacía tres meses que estaba fuera del país, y estaba al tanto de todo…!
Esa noche comieron el General, el morocho que le abrió la puerta y un tal Américo Barrios. Solo los cuatro. Nadie más. Después de la cena, el morocho se le acercó y le dijo: “No sabe Montaño lo bien que le hizo al General su visita. En realidad, estaba muy triste. Imagínese, mañana es Navidad y nosotros acá, lejos de la Patria, rodeados de espías yanquis que no nos dejan salir ni a la puerta. Usted lo hizo reír como hacía mucho que no lo hacía.”
Al otro día, bien temprano, el General andaba caminando por los jardines. “El Loco” también se despertó temprano y fue a saludarlo, pensando en que tenía que volver a Buenos Aires con su familia. Y entonces el General, con esa sonrisa que tanto recordaba le dijo: “Elio, porque no se queda a pasar la Navidad con nosotros, hoy va a ser difícil que consiga vuelo, quédese”. ¡Cómo le iba a decir que no; era el General!
Y se quedó. Fue una noche inolvidable. Llena de recuerdos y nostalgia. Brindaron por el pueblo, por la Patria, por la familia de cada uno. Después el General se quedó un largo rato contándole sobre el libro que había escrito en esos meses: “La fuerza es el derecho de las bestias”.
Al otro día, mientras preparaba el bolso para la vuelta, el General se acercó a la pieza y le dio un sobre con los pasajes y el dinero para el viaje, volvió a abrazarlo y le dijo: “Elio, mándele un abrazo a los muchachos, cuídese, y no se olvide que algún día vamos a vernos de nuevo, algún día seguro yo voy a volver…”
En esos pensamientos estaba cuando se abrió la puerta del calabozo. Entró un milico de bigote finito y peinado a la gomina, debía ser algún jefe porque atrás de él entraron dos más que se pararon firmes contra la pared como esperando alguna orden.
El loco se levantó como para saludarlo y el milico lo paró en seco: “Siéntese que acá no estamos de joda” “El Loco” se sentó y lo miró con aire extrañado. Pensaba: “Estos tipos están calientes de verdad, ¿quien se creen que soy yo?”
El milico lo miró serio un rato y finalmente le dijo: “¿y Montaño, porqué no me entrega lo que le dió el tirano prófugo, y terminamos rápido con esta milonga?. Y no diga que no le dió nada, porque sabemos que estuvo como tres días en Panamá recibiendo instrucciones, así que cuanto más rápido cante, mejor para Ud.”
El loco entendió que la cosa iba en serio, quien sabe la historia que se habían hecho estos tipos, pero sabía que sea lo que sea, para los milicos era importante. “Escúcheme jefe, respondió el Loco, lo que me dio, para ustedes no vale nada, para mi sí, pero a Uds. seguro no les importa”.
“Mire Montaño, Ud. no entiende nada, (le dijo el milico, cada vez más caliente), si no canta, va a ir a parar a Ushuaia, junto con los otros cómplices del tirano. Así que tiene una hora para reflexionar sino ya sabe lo que le espera”, dijo pegando un golpe a la mesita donde “el Loco” tenía apoyado los codos. El milico junto a los otros dos, salió dando un portazo.
El loco Montaño se quedó solo moviendo la cabeza de un lado a otro, pensando en que decirles cuando vuelvan dentro de una hora: “si yo les doy lo que me dio el General, este tipo me pega un tiro. Están muy locos. Bah, ya veremos”.
Se sentó y comenzó a sonreírse. Pensaba en el encuentro con el General y una sensación de felicidad lo embargaba: “cuando les cuente a mis viejos, cuando les diga que pasé la Navidad con él no lo van a poder creer. Ya la veo a mi viejita llorando y preguntándome como está el General, si está flaco, si anda bien de salud, si tiene alguien que lo cuide. Después de la muerte de Evita, a mi vieja siempre le preocupó quien iba a cuidarlo, quien lo iba a esperar cuando volviera de la Rosada. Cosas de mujeres. No le importaba nada mas”.
Mientras mira la puerta por la que salieron los milicos, recuerda el día que conoció al General. En ese entonces tenía 16 años recién cumplidos. Era un pibe más de aquella Casilda del sur de Santa Fe. Un pibe más corriendo en los potreros polvorientos, soñando con ser crack, con jugar algún día con la celeste y blanca. Ya en ese entonces tenía la costumbre de relatar los partidos mientras jugaba: “la lleva Montaño, elude a uno, elude a dos, gambetea al arquero y GOL!!!, GOL DE MONTAÑO!!! GOLAZO DE ELVIO MONTAÑO!!!” y así siempre que jugaban, por eso y otras locuras que fue haciendo a lo largo de su vida todos lo conocían como “El Loco” Montaño.
La vida en Casilda transcurría tranquila, bien de pueblo del interior, pero ese 16 de enero del 46 era un día especial, la gente del pueblo estaba conmocionada por las próximas elecciones del 24 de febrero, y ese día llegaba en campaña el Coronel Perón. En los días previos los boliches ardían en discusiones. Ya se perfilaba en ese entonces los bandos que se enfrentarían en las elecciones. Por un lado, los dueños de los campos, los oligarcas del pueblo que desconfiaban de ese Coronel que dos años antes había sancionado el “Estatuto del Peón de Campo”. Y del otro, los peones de pata al suelo. En ese ambiente, el loco Montaño, hijo de trabajadores, integrante de una familia numerosa, no podía ser otra cosa que Peronista. Pero si faltaba algo para decidirlo, ese día a la tarde, cuando la sonrisa del Coronel y sus brazos en alto entraban subidos a un camión por la calle principal del pueblo, el loco se transformó. Cuando pasó frente a él, pegó un salto y se subió, abrazó al Coronel y antes de bajarse una muchacha rubia que iba al lado lo paró y con una sonrisa de ángel, le alcanzó una pelota de fútbol y le dijo: “para vos y tus amigos, de parte del Coronel, para que no le tengan que pedir a los hijos del patrón”. El “Loco” le agradeció con una sonrisa de oreja a oreja, saltó del camión y fue a buscar a sus amigos, a mostrarles el regalo que le habían dado Perón y la muchacha rubia que después se enteró que se llamaba Evita.
El taconeo de los milicos lo trajeron de vuelta al presente. Se abrió la puerta y esta vez entró otro milico más viejo, vestido de otra forma, con cara de laucha, chiquito, con anteojos negros y un gesto de asesino que esta vez le hizo temblar las patas. Se le paró delante y con absoluta frialdad le dijo: “Montaño, le queda media hora, o canta lo que le dio el tirano prófugo o usted va a ser el primer fusilado del Régimen Corrupto. Acuérdese que si fuimos capaces de bombardear Plaza de Mayo, poco nos va a costar despachar a un simple jugador de fútbol”.
El loco no podía creer lo que escuchaba. ¡Esa rata disfrazada le había dicho “simple jugador de fútbol” a el, nada menos que al loco Montaño, el 9 de la Selección Argentina! En ese momento se le pasó el susto y estuvo a punto de levantarse y pegarle un cabezazo a ese gorila con cara de Hormiga Negra. Si no fuera que entró otro milico diciendo: “Almirante, lo espera el Presidente”, seguro le hubiese acomodado una piña.
Otra vez se quedó solo. A esa altura ya estaba fastidioso, empezó a bullirle la sangre de bronca e impotencia “que hijos de puta pensaba, tenía razón el General que le dijo cuando se despidieron: “Cuídese Montaño, cuando llegue a la Argentina, los gorilas lo van a estar esperando. Ahora que lo echaron a Lonardi, seguro va a agarrar la manija el Almirante Rojas, ese tipo es un asesino, tenga cuidado, el pueblo va a sufrir mucho con ese salvaje”. Ahí cayó en la cuenta, "Claro, este payaso con cara de rata seguro es Rojas, tenía razón el General, están enfermos de odio”.
La calentura por esos tipos que lo prepoteaban, se iba haciendo cada vez más grande. Encima se acordó de los viejos en la madrugada del 16 de setiembre; ¡como lloraba la viejita! No tenía consuelo, se abrazó al viejo y él los vio cuando se arrodillaron frente a la imagen de la Virgen del Valle y la foto de Evita, para pedir que no le pase nada al General. Verlos de esa manera le rompió el corazón y entendió cuánto lo querían.
Y ahora estos tipos creían que iban a poder verduguearlo así nomás. Entonces se decidió, “Cuando vuelvan de nuevo les voy a dar lo que me dio el General y que sea lo que Dios quiera. Lo lamento por mi viejita que a esta altura debe estar desesperada mirando por la ventana a ver si llego, encima los muchachos hace casi una semana que volvieron de la gira y ella no sabe que yo me quedé para ver al General. Espero que estos turros, después que me liquiden no se la agarren con mi familia. Estos son capaces de todo”.
El tiempo pasaba y el loco estaba cada vez más decidido. Finalmente se abrió la puerta y volvió el que lo había interrogado primero junto con tres tipos más.
Apenas entró, “El Loco" se le paró firme delante, el milico lo miró furioso: “y Montaño, se acabó el tiempo, va a entregar lo que le dio el tirano o se va a seguir haciendo el héroe” “El Loco” lo miró tranquilo y entonces, se puso cara a cara y le dijo: “le voy a dar lo que me dio el General. Usted y ninguno de los que voltearon a Perón se lo merece, pero se lo voy a dar igual”. Entonces, ante el asombro de los otros que miraban, abrazó fuerte al milico y sin soltarlo le dijo: “esto me dio el General, un Abrazo Peronista, un abrazo de compañero, que para mi será inolvidable toda la vida”. Se separó del milico que lo miraba azorado sin saber que hacer y finalmente le dijo: “Ahora hagan lo que quieran conmigo, pero háganlo rápido que ya me quiero ir de acá”.
El milico se dio vuelta, y salió pegándole una patada a la silla que la tiró contra la pared. “El Loco” se levantó lentamente, se sentó, estiró las piernas, se puso las manos detrás de la nuca y mirando el cielorraso, empezó a reírse sin parar. Pensaba en la cara del milico recibiendo el abrazo del General y no podía parar de reírse. “¡Que susto que se pegó ese milico, creyó que lo iba a amasijar!, al final son pura espuma, son guapos con los que no se pueden defender. Tenía razón el General, no valen ni siquiera una puteada. Y bueno, ahora hay que aguantar lo que venga…”
Una hora después se abrió la puerta y dos soldaditos con cara de susto le dijeron: “Señor Montaño, se puede ir, pero dijo el Almirante que mejor que no vuelva a intentar ver a Perón, porque la próxima lo fusila”.
El Loco agarró el bolso y lentamente salió a la calle. Recién estaba amaneciendo, cruzó Balcarce hasta la Plaza de Mayo, la miró con nostalgia. ¡Cuantas veces después que vino a Buenos Aires cuando lo compró Boca, había venido hasta la Plaza a escuchar al General! ¡Que distinta era aquella Plaza llena de alegría a esta otra, triste y sombría! Miró el balcón desde donde tantas veces habló el General y lo invadió una profunda tristeza. Pegó la vuelta y encaró por el centro de la Plaza para el lado del Cabildo.
Y entonces sintió la necesidad de desahogarse, de descargar la bronca contenida, y ahí le salió “El Loco” que llevaba adentro y dándose vuelta mirando a la Rosada, gritó sin importarle lo que pasara: “¡Ya van a ver, gorilas, ya van a ver, el General va a volver y yo voy a estar esperándolo para devolverle el abrazo que me dio en Panamá, ya van a ver, se los juro, como que me llamo Elio Rubén Montaño…!”

Elio Rubén Montaño fue un nueve habilidoso y goleador. Jugó en Newells hasta 1949 cuando fue transferido a Boca. En el 54 lo compró Huracán y al año siguiente jugó en la Selección en los Panamericanos de México. En diciembre del55, Huracán estaba de gira por Centroamérica. Al llegar a Panamá, “El Loco” Montaño se enteró que el General Perón estaba exiliado en ese país y decidió ir a pasar la Navidad con él. Cuando volvió a la Argentina, lo tuvieron más de 12 horas detenido en la Casa Rosada, interrogado por la SIDE, le pedían lo que le había dado Perón. “El Loco”, que era un tipo divertido e ingenuo, atinó a decirles que solo le había dado un abrazo. Tuvieron que soltarlo porque realmente no tenía nada que ver. Más adelante pasó a jugar a Peñarol reemplazando a Pepe Schiafino. En Uruguay cumplió su ciclo más brillante saliendo campeón con Peñarol y goleador. Lo que más se recuerda cuando lo compraron era el título de los diarios uruguayos:"Peñarol trae a un delantero Peronista…” Ése era “El Loco” Elio Rubén Montaño.

Fuente: Tribuna Justicialista.blogspot Artículo: “Montaño, el fútbol y Perón”
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viernes, 18 de marzo de 2011

1 año de MANO INQUIETA!!!!!

Hoy 18 de Marzo cumplimos un año...
Queremos agradecerles a todos los que nos visitan diariamente, a los que se atreven a comentar, a los que nos leen en silencio y a los que alguna vez se dieron una vuelta por este humilde espacio de literatura casera.
Gracias a todos, felicidades a los que se cumplimos el sueño de realizar este proyecto; a mi humilde opinión: GRAN TRABAJO!!
-MANO INQUIETA BLOG-
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viernes, 11 de marzo de 2011

Aunque ganes o pierdas

Cuando uno tiene la gracia de experimentar la paternidad de un hijo varón se encuentra con un montón de sentimientos y sensaciones que si bien en algún momento te las pueden haber contado, nunca pensé que serian tan fuertes.
Constantemente me preguntaron porque soy hincha de Huracan y siempre sostuve “por herencia familiar” mi abuelo, mi papa, mi hermano, mi tío, etc.y varias gastadas me he comido por tal motivo …Ni les cuento las cosas que me dicen cuando Felipe reconoce que es hincha de Huracan como yo… “no lo hagas de ese cuadro que no lo va a ver campeón nunca, pobre chico”… pero uno insiste, le enseño las canciones que repite sin siquiera saber bien su significado, vemos los partidos por TV, nos ponemos nuestras camisetas para vestirnos en compasé, etc.
Pero hace unas semanas creo que encontré la respuesta a estas preguntas que todos me han hecho alguna vez. A pesar de que el equipo está en zona de promoción, en la pretemporada solo cosecho 2 empates y 3 derrotas en amistosos y con expectativa de nulo espectáculo futbolístico, luego de varias promesas lo lleve al mismísimo Palacio Tomas A. Duco en la primera fecha del torneo.
Llegamos al barrio una hora antes del inicio del juego, dejamos el auto a unas cuadras y así comenzó todo… fuimos caminando de la mano rodeados de gente que enarbolaba banderas, vestidos con nuestras camisetas y cantando… sus ojos estaban llenos de asombro ante tamaño espectáculo y sonreía al escuchar SU canción. A esa altura yo ya sentía el nudo en la garganta como doña Rosa a punto de llorar con el final de la novela de la tarde.
Entramos al estadio y luego de varias escaleras llegamos donde nos esperaban mi viejo, hermanos y amigos con los que compartimos todos estos años de militancia quemera. Cantamos y saltamos desaforadamente, gritamos un gol al inicio del partido y puteamos cuando nos empataron en el minuto 44 del segundo tiempo.
Una vez finalizado el partido mientras a puro canto esperamos que los de enfrente se fueran Felipe me dijo, “papa ganamos, no?” y si…el tenia razón ganamos un momento único en el que 3 generaciones nos dimos un lujo de compartir eso que aun hoy no puedo explicar.
Sin que me vieran solté unas lágrimas, y seguimos cantando… Porque esa noche el partido más importante lo ganamos nosotros.
“Aunque ganes o pierdas no me importa una mierda, sigo siendo quemero porque al globo lo quiero…porque al globo lo quiero”

AUTOR: PIC
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sábado, 5 de marzo de 2011

F.L.I.A


Hace unos días me enteré de la existencia de un espacio cultural denominado F.L.I.A (Feria del Libro Independiente y Autogestiva) gracias a una charla con un Profesor de Educación Física (sí señores, leyeron bien). Javier es un escritor de los tantos que existen en el mundo y se animan a exponer ante el público lo que sale de su lapicera. Y sin dudarlo, invitó al equipo de Mano Inquieta y a todos los seguidores al encuentro que se realizará el 20 de Marzo en Ituzaingó.
Según sus propios creadores " La F.L.I.A es un universo alternativo, abierto a todos los escritores y artistas independientes, donde prevalece la horizontalidad y se aprecian las creaciones por su valor artístico y no material.
Con un espíritu netamente autogestivo, e independiente de las grandes editoriales o productoras, para que estas expresiones puedan estar al alcance de todos los seres que quieran darse una vuelta.

Este mágico universo artístico lo hacemos colectivamente, entre todos y todas las que queremos y creemos en una nueva forma de generar y consumir cultura,
derribando estructuras monopólicas con amor y autogestión.
"
Hay F.L.I.A `s por todo el país: Posadas, Resistencia, La Plata, Rosario, Neuquen, San Marcos Sierra, Capilla del Monte, Córdoba, Mar del Plata, Haedo, Tapiales. También en Santiago de Chile, Bogotá y muchos otros lugares.
Sin dudas, coincidimos en muchas de las razones por las cuales nos volcamos a este intento de adoración a la cultura, dando lugar a expresiones de diversos orígenes e ideologías.
Así es que la cita está para todos aquellos que quieran seguir descubriendo gente que busca mediante cosas sencillas, llegar a lugares donde sólo el arte puede acercarnos.
Les paso los datos:

http://www.fliaoeste.blogspot.com/ (Blog de F.L.I.A Oeste. Acá también verán el panfleto)

www.javiermascaro.blogspot.com (Blog de Javier)

Abrazo cultural-latinoamericano para todos!
Grafo
Agradecimientos a Javier M. por la información
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viernes, 4 de marzo de 2011

AMANTES DEL FÚTBOL - Las mejores puteadas de la cancha

Esto me lo mandó mi amigo de la secundaria Angelito Spoto. Aunque nunca se destacó por ser un gran jugador, su reciedumbre demostrada cuando jugaba en alguna las dos puntas como férreo marcador, lo autorizan a aportar esta gran selección de puteadas contra jugadores, de épocas pasadas y de este presente del futbol argentino.


"Arzeno, correte que están jugando!!!"

"Delorte pasate a nafta hijo de puta"

Se va la pelota al lateral y queda al lado de un perro policía. El jugador encargado del saque no se acerca al perro y el policía tampoco le acercaba la pelota. Desde la tribuna se oye: "Dale pelotudo que el perro no come mierda!!!!"

Argentina en el Monumental. El Piojo López tiraba los centros a la tribuna y de la tribuna baja un: "Piojo la próxima tirala autografiada, la concha de tu hermana !!!"

Cada vez que era córner, lo iba a patear el 9, y un gordo desde la tribuna le grita: “9! Chupame la pija!”, “9! Chupame la pija!”. En un momento lo va a patear el 7, y el mismo gordo le grita: “7! Decile al 9 que me chupe la pija!”

A un juez de línea medio canoso con bigote: "La concha de tu madre Rolo Puente!!!!"

"Tomate un Actimel, Ribonetto!!"

Eliminatorias para mundial 2006. Argentina-Paraguay termina en empate bien amargo. Salida. Uno de los argentinos, pasando por debajo de la tribuna de los paraguayos que festejaban el empate, grita: "Qué festejás la concha de tu hermana, mañana me tenés que venir a destapar el baño.”

"Ese Krupoviesa le ponés dos medias de distinto color y se caga a patadas solo"

"Pipa Estévez deformado, naciste con la pija en la cara hijo de mil putas !!!"

"krupoviesa en tu casa hasta los muebles usan canilleras burrooooo"

"Che 9, hacé de cuenta que estás en Esperanto y encarate a alguien FORRO"

"Balsas, movete que te va a mear un perro!!""

"Falcioni devolvele la cara al perro!!"

"Tenés menos definición que un Atari la puta que te parió!!"


"Piojo, tenés menos centro que Las Toninas en abril, la concha de tu madre."

"Fabbiani en el piso: "Tírenle agua que se seca la ballena!""

"Hijo de puta!!! Sofovich corre más que vos, rengo de mierda!!!"

"Ortigozaaaa: La mochila dejala en el vestuario!"

"sacale la caja a los botines para jugar, muertooo"

"no le pongás aerosol, ponele Blem que es de madera ese hijo de puta"

"Cabral, los de la banda roja son tus compañeros pelotuudoo"

"4, no te conoce ni tu vieja. Cuando te llama a comer te grita: Cuatro a comer"

"Cormillot , Fabbiani es argentino"

"a Patiño "Negro quita hipo""

"Ahumada, ya te aprendiste los números de todos, ahora sacales la pelota!!"

"Hrabina con vos los radiólogos se llenaron de plata!!! (Juro q Hrabina se tentó y se empezó a reír, un Grande)"

"Barradooo!!! Quién te puso Diego Armando, el mentiroso de tu papá????? "

"Garce traé alfajores!!!"

"Pero vos sos pelotudo o tus viejos son primos!?!?!"

"Lux, salí al área grande a ver si llueve por lo menos"

"A un gordo en la tribuna de Independiente... Gordo vomitá a la gente que falta!!"

"Al Piojo López, “Van a cerrar Aeroparque!! Estás a punto de tirar un avión hijo de puta”

"(desde atrás del arco a Nacho González) Hace 40 grados pelotudo, tenés várices?"

"Seis, te putearía pero no sé quién sos"

"Cubero te cogés a Nicole porque le gustan los perros"

"TUZZIO!! CERRÁS MENOS QUE FARMACITY HIJO DE PUTA!!!"

"Orteguita jugá tranquilo que no hay alcoholemia!!"

"Qué cobró? Qué cobró?!? -Ah, es para nosotros? - Amarilla? Era para roja, la concha de tu madre!!"


"Leyenda... a vos te meten un gol con la pelota de Kiko!!'

"Tacuara te olvidaste los huevos en el micro pelotudo!"

"Papi, por qué todo el mundo le dice malas palabras a Taborda?" "Porque es un reverendo HDP!!"

"Lugüercio sos el pesimista del gol"

"Fabiani, Te pido un remís para volver?"

"Abbondanzieri tenés menos reflejos que un espejo de corcho!!!!"

"9 matate! Menos patada que una pila tenés!!!"

"Zelaya, sos mas lento que "only you"

"Hincha a un suplente: "Ehhh, 14, ehhh, 14, si estos perros son los titulares qué malo que serás vos HIJO DE PUTA!!!"

"Marino tenés menos esfuerzo que un piquetero con plan social"

"Carreño, va un pie después del otro, muerto, hijo de puta"

"Árbitro expulsá a Caruso del banco que el humo no me deja ver el partido"

"Tenés menos marca que Once, ¡muerto de hambre!"

"¡Que lo pisen, que lo pisen! Plateísta de River cuando el carrito de lesionados se acercó a Toresani tendido en el pasto"

"4, tenés menos sorpresa que un kinder abierto,¡ lpqtp!"

"Patiñoooo, ¡sos más feo que un Twingo!"

"Meijide, hijo de la radiación solar"

"Cappa si tu equipo jugara como insultás serías campeón, la puta que te parió!!!"

"CARUCHII CHARUCHII te amo caruchi!! (sí, al Carucha Muller)"

"Heinze, pasa el 9 corriendo en ojotas y te gana hijo de puta!!"

"Luchetti salí que es sábado!!!"

"Verón vendepatria, ojalá te mueras de diarrea tomando un yogurt cada día"

"Pasarlo al Flaco Schiavi es como agarrar un cable pelado en patas, te recontra caga a patadas!"

Al árbitro de un Tigre/ Boca marcando la línea de la barrera con la espuma: matalo a Luna con el aerosol matalo que es una cucaracha!!"
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lunes, 28 de febrero de 2011

Pioneros

Históricamente, la práctica de Fútbol ha estado vinculada a la vida de los argentinos, siendo en muchas ocasiones protagonista principal de la vida del País. En cada rincón de nuestro extenso territorio existe un arco fabricado con la más artesanal de las pasiones, así es como dos ramas rígidas se clavan a una distancia proporcional para transformarse en la mejor de las metas. Aunque muchas veces ante el primer pelotazo se destroza y hay que buscar nuevos parantes, o bien sacrificar la remera que tanto cuidamos y reemplazar el viejo arco con uno que dejará ciertas dudas ante el paso algo más que rasante de la pelota y alguno de los tantos árbitros que juegan el picado tendrá que dictaminar: “Gol o va de nuevo”.
Algunos tienen suerte y usan la canchita del Club del barrio, otros hasta se compran la misma camiseta para tenerla ante algún desafío de los vecinos. Hasta existe la posibilidad de saltar algún alambrado o paredón y meterse a alguna cancha privada mientras el dueño no está. En este caso, el partido puede durar tanto horas como algunos minutos, y si el dueño se da cuenta habrá que buscar un nuevo escenario para concluir con el cotejo.
Pero hasta ahora, sólo había visto este tipo de situaciones en las películas. “Pioneros” es un Equipo de Fútbol que participa del Torneo Argentino C, y sus jugadores son personas privadas de la libertad, agentes penitenciarios, ex internos y ex guardiacárceles, todos ellos de las Unidades Penitenciarias 21 y 41 de la localidad de Campana. Los jugadores que forman parte del equipo tienen un promedio de edad de 22 años, algunos de ellos participaron en las divisiones inferiores de Chacarita Junior, Tigre, Deportivo Morón, Almagro, San Miguel. Villa Dálmine y Puerto Nuevo.
Allá por el año 2009, en el Campo de Deportes de la Unidad 21, se jugó el primer partido de este conjunto ante el combinado de Las Acacias con un empate en 2 goles. También jugaron los equipos de Reserva donde los visitantes lograron un triunfo por 3 a 2. Esta primer participación correspondió a la Liga Campanense de Fútbol, donde se acordó que Pioneros jugaría siempre de local.
La camiseta es de un color azul, muy parecido a la de Cruz Azul de México, y tiene a la derecha tres colores: verde, blanco y rojo, que representan esperanza, paz y pasión, en ese orden.
Tanto los Agentes como los reclusos tienen que cumplir con el entrenamiento físico-futbolístico semanal, lo cual se convierte en una motivación para los presos, ya que tienen la posibilidad de salir del encierro y realizar una actividad placentera, cargada de emociones donde pueden expresar su pasión más allá de la situación de vida que les tocó en suerte. Así se pensó este Proyecto por parte de las Autoridades del Penal, utilizando el Deporte como medio de reinserción, manifestando la intención de transformar la realidad mediante un método no convencional para este ámbito.
Por supuesto que los reclusos deben cumplir, además, con normas de conducta y convivencia para poder formar parte del equipo y permanecer dentro de este grupo selecto.
En el 2010, Pioneros se consagró Campeón de la Liga de Campana, y este año competirá en una de las 84 zonas del Argentino C, donde compartirá grupo con: Everton (La Plata), San Carlos (Capitán Sarmiento) y UTA (Luján).
Justamente ante UTA se dieron el lujo, luego de haber pasado por todo el trámite autorizaciones y previsiones, de jugar de VISITANTE. Jugaron en la Cancha de Villa Dálmine, escenario que alguna vez pisaron los grandes equipos de Primera División.
Y ahí estaban sus seres queridos, esos que hasta ese momento sólo podían verlos a través de las rejas. Ahora podían gritarles, aplaudirlos, alentarlos, emocionarse ante un caño, una gambeta, un sombrero o simplemente verlos correr en libertad. Por noventa minutos los límites fueron de cal, sin barrotes ni muros.
Poco importa que en su estreno como visitantes hayan sido goleados (8-1). Porque el partido recién comienza. Gracias al fútbol.
Publicado por GRAFOInfo: Subsecretaría de Medios de la Provincia de Buenos Aires
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viernes, 25 de febrero de 2011

LOS ULTIMOS: ¿SERAN LOS PRIMEROS?

Cuando imaginé este artículo, me pareció importante el recuerdo, doloroso, ¿porqué no decirlo?, de los equipos que tuvieron la desgracia de salir últimos en los torneos oficiales de Primera división del fútbol argentino. El problema, como en toda investigación es determinar claramente “el objeto de estudio”, ya que, en este caso, nuestro fútbol profesional arranca en 1931 y era un despropósito recordar esos años tan lejanos.


Entonces elegí empezar por la modalidad actual de campeonatos, rara por cierto, que experimentamos los argentinos desde 1991: dos torneos por año: el apertura (al final del año) y el clausura (a principios de cada año). En su momento nos explicaron, creo recordar, que era para asimilarlo a los torneos en Europa que comienzan a mediados de cada año (¡que pelotudos!: nosotros por copiar esa pelotudez).
Otra rareza es que no todos los últimos se fueron al descenso. Por una extraña alquimia (propia de alguna ficción literaria), se implementó el sistema de promedios (promiedos: como dice Crónica), para salvar, según decían los especialistas, a los equipos grandes que eventualmente podían tener una mala campaña en un año, pero difícilmente esa campaña se repetiría durante 3 años consecutivos. Bueno, si hubiera sido así, hay que preguntarle a Racing y Huracán (lo pongo entre los grandes por mi yerno y por mis nietos) que opinan. No obstante, hay otros casos como los de River Plate e Independiente que efectivamente se salvaron.
Más rarezas: Newells sale último en el apertura de 1992, cuando en el Clausura había salido campeón, bajo la recordada dirección técnica del loco Bielsa.
Muchos equipos no volvieron a la primera división: Mandiyú (ni se si existe todavía), Talleres, Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Gimnasia y Tiro de Salta, Deportivo Español, Platense, Ferro (¡que tristeza!), Rosario Central, Nueva Chicago, huracán de Tres Arroyos, Instituto de Córdoba, Tito Federal y Atlético Tucumán.
Los “más últimos” del período, o sea que salieron últimos en sucesivos campeonatos fueron: 1991/1992: Quilmes, Ferro Carril Oeste 1999/2000, Huracán 2002/2003, Huracán de Tres Arroyos 2004/2005 y nuevamente Quilmes en 2006/2007
Con relación al título de la nota “Los últimos, ¿serán los primeros?”, solamente los equipos de Avellaneda en este período lo consiguen: Racing Club habiendo terminado último el campeonato apertura del año 2000, salió Campeón en el Apertura 2001 e Independiente, último en el Clausura de 2002, sale campeón del Apertura 2002
Después de todos estos comentarios en base a una investigación al recontra pedo, que no modifica nada y que me parece que no le va a importar a nadie, a continuación, los últimos de los campeonatos de Primera División de 1991 a 2010 y perdón por el recuerdo para algunos.

1991 Apertura Quilmes
1992 Clausura Quilmes

1992 Apertura Newells
1993 Clausura Talleres

1993 Apertura Estudiantes
1994 Clausura Mandiyu

1994 Apertura Talleres
1995 Clausura Argentinos Juniors

1995 Apertura Banfield
1996 Clausura Argentinos

1996 Apertura Banfield
1997 Clausura G y E de Jujuy

1997 Apertura G y Tiro Salta
1998 Clausura Deportivo Español

1998 Apertura Platense
1999 Clausura Huracán

1999 Apertura Ferro
2000 Clausura Ferro

2000 Apertura Racing
2001 Clausura Rosario Central

2001 Apertura Talleres
2002 Clausura Independiente

2002 Apertura Huracan
2003 Clausura Huracan

2003 Apertura Nueva Chicago
2004 Clausura Rosario Central

2004 Apertura Huracan T.A,
2005 Clausura Huracan T.A.

2005 Apertura Instituto
2006 Clausura Tiro Federal

2006 Apertura Quilmes
2007 Clausura Quilmes

2007 Apertura Rosario Central
2008 Clausura Racing

2008 Apertura River Plate
2009 Clausura Argentinos

2009 Apertura Tigre
2010 Clausura Atletico Tucuman


2010 Apertura Independiente


AUTOR: EL Alquimista Refutador.-
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domingo, 20 de febrero de 2011

El Recuerdo


El recuerdo se repite incasablemente, hasta en sueños hoy en día se presenta. Mi abuela me trae de la mano de regreso del jardín por la vereda en la esquina de mi casa, yo con delantal de cuadraditos verdes bien diminutos y bolsita a tono en la mano. Ella canta bien sonriente para mí una canción y yo se lo festejo con la felicidad de niño. La frenada de una camioneta oscura nos distrae de esa feliz escena, unos hombres salen de mi casa y de muy mala manera suben a los empujones a mi mamá y a mi papá a la cúpula de la camioneta. Yo lloro a los gritos y mi abuela también, pero mi abuela no es como mi abuela y mis padres no son los que me enseñaron en fotos.
Me despierto llorando la mayoría de las veces, cuando el recuerdo se me aparece sin dormir no puedo contener lágrimas. Me angustio fuertemente, me duele el pecho con solo pensarlo. Hace dos años he comenzado terapia para intentar deshilvanar este rollo que me ata y me atormenta. Nada he podido conseguir aún, en realidad he conseguido más interrogantes que imposibilitan cada vez mas mi subsistencia.
Tengo 28 años, fui criado por mis abuelos, mis padres murieron cuando yo tenía tres años en un accidente de tránsito mientras viajaban por trabajo en el exterior. Sus cuerpos no pudieron ser reconocidos por la magnitud del accidente, de manera que nunca tuve ni siquiera una tumba para llorarlos. Mis abuelos no me hicieron faltar nada, tuve una infancia feliz y una adolescencia normal hasta la aparición de este tormento. Mi abuelo ha fallecido hace un año y guardo un gran recuerdo de él, a pesar de que en los últimos tiempos no tuvimos una gran comunicación. Discutimos mucho por varios temas, pero sobretodo por este recuerdo. El reiteró hasta el cansancio (mío, suyo y de mi abuela) que le quite importancia, que ocupara mi mente en los estudios y que me preparase para por fin terminar con la universidad.
Hoy estaba tirado en el sillón haciendo zapping, sin nada para ver y no sé porque me detuve en un canal de una señal de noticias. Estaban trasmitiendo en vivo un juicio a militares de la última dictadura. Debo confesar que nunca le di demasiada importancia al tema, tal vez mal influenciado por mi abuelo que solía decir que eran temas del pasado que no resolvían nada de los tantos problemas del presente. En uno de los banquillos de los acusados encontré a José Luis, aquel amigo de mi abuelo con el que tantas veces habían ido a pescar juntos. No lo podía creer, aquel viejito buenacho era juzgado por crímenes de lesa humanidad. Escuché atentamente los cargos en su contra, la expropiación de niños era el principal motivo por el cual lo llevarían a la cárcel.
Como un elefante blanco inmenso delante de mis narices, la imagen se me vino encima. Me levanté y fui a ducharme para poder pensar un rato. Las lágrimas se mezclaron con el agua y mis ideas con mis sentimientos. Le mandé un mensaje de texto a mi analista, necesitaba verlo en forma urgente. Su respuesta tardó en llegar como casi siempre, a las nueve y cuarto de la noche me esperaba en su consultorio.
Me fui de casa antes de que regresara mi abuela, prefería no cruzarla. Me largué a caminar sin destino aparente, puse música clásica en mis auriculares que me ayuden a despejar la mente. En vano fue el intento, llegué sin quererlo a plaza Italia, me senté en un banco y les di de comer a las palomas galletitas que yo ni por la fuerza podía tragar. Me colgué un largo rato mirando el zoológico, me ví en esos niños sonrientes que ingresaban, recordé como tantas veces llegué con ese mismo gesto con mi abuelo, ¿era mi abuelo? ¿Y mi abuela, lo era también? Tendría que hablar con ella ¿antes o después del examen de ADN? Mi decisión la podría dejar en la cárcel, en realidad no lo sabía pero no era difícil imaginarlo. Las preguntas siguieron paseando por mi mente hasta que me di cuenta que si no apuraba el paso llegaría tarde a terapia.
Cuando llegué al consultorio me dejé caer sobre el diván, no detuve mi relato por casi media hora o más. Me incorporé para poder sentarme, vi en los ojos de mi analista la ausencia de sorpresa y le pregunté porque no parecía sorprenderlo lo que estaba diciendo. Me contestó que había supervisado mi caso con otros colegas, que estaba buscando la forma de que juntos en el espacio de terapia podamos dar con los indicios de sus conclusiones. En su opinión, aquel recuerdo o sueño que me atormentaba no era más que una manifestación de mi inconsciente que expresaba a gritos una verdad callada por años. No pude contener el llanto, lloré mucho hasta el punto de que mi respiración se cortara. Me trajo un vaso de agua, me tomé una aspirina y balbucee algunas palabras más. Cuando pude tranquilizarme, me ofreció el teléfono de su consultorio para llamar a la sede de abuelas de plaza de mayo. Llamé y hablé con una chica de nombre Mariana que me trató muy bien. Tomó mis datos y quedamos en que mañana por la mañana pasaría para tener una entrevista.
Nos despedimos muy afectuosamente con mi analista, llamé a mi abuela para decirle que no iría a dormir. Me excuse que me quedaría a estudiar en lo de Darío y no me dejé persuadir con la idea. Me fui a dormir a un hotel, no hubo sueño ni recuerdo que me torturara y por fin dormí como un bebe que recién ha sido amamantado.
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domingo, 13 de febrero de 2011

Todo lo anunciaba esa noche


Todo lo anunciaba esa noche.


Miles de almas esperaban la crónica de un sufrimiento anunciado. ..

Era el fin, ¿era realmente el fin?

Olas de humanos solo querían que a esta altura todo terminara. Preferían mil veces el final, a seguir sufriendo, …obviamente.

El viento empezó a soplar y las pocas nubes que habían, pronto cubrieron todas las estrellas. El viento cada vez mas espeso, casi un vapor insoportable se convertía poco a poco en tiniebla.

Mirar repetidamente el cielo apocalíptico era continuo en esos seres. Mirar a otro lado para no mirar.

Todo lo anunciaba esa noche.

Los niños preguntaban a sus padres cuando llegaría el fin y estos solo atinaban a mirar esquivos el cielo, para evitar mirar sus ojitos temerosos.

El rumor se dispersaba, aún mas rápido que el viento. No era un rumor de palabras, era un rumor de inquietud de cuerpos chocando uno con otros, un rumor de zumbidos.. la gente no escuchaba, el silencio de zumbidos era insoportable.

Todo lo anunciaba esa noche, absolutamente todo.

Era inevitable el largo e infinito final. Insoportables los segundos que corrian.

De pronto alguien por fin rompió el silencio, parado, casi flotando sobre un caño grito:

-¡¡¡Hijo de mil putas, 5 minutos!!! ¡¡¿¿5 minutos de qué??!! Termínalo de una vez por favor…..!!

Todo lo anunciaba esa noche, de visitante en Brasil, seguro que iba a descontar 5 minutos el turro del referí..
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jueves, 10 de febrero de 2011

¿Quién aprende de quién?


Jugar al fútbol en la Selección Argentina es un privilegio para pocos. En cada reportaje a algún jugador siempre se pone de manifiesto el orgullo y la satisfacción que conlleva una convocatoria. No debe haber jugador, de ninguna de las categorías de nuestro fútbol, que no sueñe vestirse con la celeste y blanca, entrar a la cancha y sentir en carne propia el aire espeso y sentimental que rodea misteriosamente a ese rectángulo de césped.
Ayer, en ocasión del partido amistoso frente a Portugal, pudimos ver a chicos que alguna vez fueron parte de algún Seleccionado juvenil. Cambiaso estuvo en el título de Malasia 97, por ejemplo. Messi en 2005; Romero, Banega y Di María en 2007. Y así la selección mayor se fue nutriendo de jugadores formados en los Sub 17 y/o 20. Sería demasiado extensa la lista si nombrara a otros que formaron parte de ambas instancias: Riquelme, Scaloni, Coloccini, Sorín, Aimar, Saviola, D`alessandro, Samuel, Garay, Agüero, etcétera, etcétera…
Uno veía esos equipos y daba placer contemplar como las pequeñas figuras iban tomando color. Cómo se conectaban los de buen pie, con los metedores, con los que hacían su tarea con mucha prolijidad, sin brillar tal vez, pero de una manera tan eficaz que le dejaban el terreno y la pelota servida en bandeja a aquellos que la tenían clara de verdad.
Hace tiempo que esto no se ve en los Juveniles, y no es casualidad. La Selección no puede escapar de la realidad de los clubes, sino que al contario, las virtudes y los errores se magnifican cuando suceden en el predio de Ezeiza, porque se supone que ahí están los mejores. O por lo menos uno espera que estén los que en ese momento son los mejores. En el caso de los juveniles nos sorprendemos cuando vemos un Iturbe, o un Araujo, pibes que no tuvieron rodaje suficiente en primera para ser considerados cracks, pero que muestran condiciones de sobra para tenerlo. Pero hay algo que no entusiasma, o por lo menos a mí no me entusiasma: la idea futbolística, el estilo que se les quiere enseñar a los pibes está muy lejos de lo que se ve en las competencias. Esto no es para caerle encima a los jugadores, porque ellos están en FORMACIÓN, si no que el Plan Estratégico en la formación de jugadores para la Selección sigue en transición, y mientras tanto se sufre en juveniles y se padece en la mayor.
El discurso desde la AFA es que se les inculca el buen trato de la pelota, el control del partido en base a la tenencia de balón, pero cuando llega la hora de los resultados, vale ganar de cualquier forma, igual que en el picado con amigos, igual que los sábados en El Palmar (cita futbolística del plantel de Mano Inquieta hace más de 5 años)
Los Clubes hablan también de Proyectos que tengan en cuenta la formación y promoción de sus Divisiones Inferiores para que sean protagonistas en el Plantel de Primera División, pero si aparece un grupo empresario y ofrece 2 millones por un pibe de 18 años con 5 partidos en primera, se lo envuelven en papel de regalo. O lo que es peor, en cada apertura del libro de pases compran y venden por docena a jugadores que terminan tapando a sus propios juveniles.
Y por si esto fuera poco, cuando esos pibes tienen la posibilidad de ir a jugar a la Selección Juvenil, no se los dan porque tienen que hacer la PRETEMPORADA CON LA PRIMERA DIVISIÓN. Por favor! Cuántas incoherencias! Son pibes de 18, 19 años que tienen la posibilidad de clasificar a Argentina al Mundial y a los JUEGOS OLÍMPICOS, y se quedan en su Club para salvarlo de una mala campaña que … todavía no comenzó!!!Por todo esto y por muchas otras cuestiones que no vale la pena citar para no saturar de mas esta descarga emocional, me despido con la esperanza que en algún momento de la historia alguno de los grandes pensadores que tenemos en la AFA se de cuenta que las Selecciones Juveniles, y las Divisiones Inferiores son instancias de FORMACIÓN y PROMOCIÓN de jugadores, instancias que hay que respetar y acompañar con gente formada PROFESIONALMENTE para tal fin. No alcanza con haber sido un gran jugador, hay que formarse y capacitarse como en toda profesión donde se trabaja con seres humanos interactuando y exponiendo sus procesos de desarrollo y crecimiento. Dejar en manos inexpertas a los que recién comienzan es mucho más peligroso que dejar a las super estrellas del fútbol en manos de un técnico novato, porque el técnico novato va a tener posibilidades de seguir aprendiendo, pero el joven jugador va a crecer con ideas equivocadas.
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viernes, 4 de febrero de 2011

La Pesadilla de Pedro

Ya hace casi un mes que la llegada de la noche es una tortura. El solo hecho que empiece a atardecer le produce un estado de angustia insoportable.
Al principio pensó que había sido algo pasajero producto del cansancio del laburo o la ansiedad por el comienzo de un nuevo campeonato, pero cuando le pasó por tercera vez consecutiva se empezó a preocupar.
Hace 25 noches, a la misma hora, 3 y 25 de la madrugada, se despierta agitado, con el corazón que le salta del pecho, empapado y temblando, con los ojos que se le salen de las órbitas, y a partir de ese momento ya no se puede volver a dormir.
Todas las noches igual.
Todas las noches esa terrible pesadilla, ese sueño horroroso que lo precipita en un abismo insondable, tenebroso, espantosamente angustiante.
Ni los relatos mas tortuosos sobre los sueños terroríficos que le contaban los amigos y conocidos cuando el les contaba el suyo, podían compararse con este horrible sueño que lo torturaba todas las noches, ni siquiera pensar en el descenso lo angustiaba tanto como esta pesadilla incomprensible.
Su mujer, tampoco podía más. El llanto de su esposo en la madrugada la despertaba sobresaltada, siempre el mismo grito desgarrador : “¡No! ¡No puede ser! ¡ Tiene que entrar! ¡No fue así! ” y todas las noches igual. Tanto que ella se fue a dormir a la habitación con la hija más chica, en una de las camitas que quedó libre después que se casaron los varones. Sus amigos le decían : “ Pedro, porque no consultas con un médico , a lo mejor no te está llegando agua al tanque y eso te produce esa pesadilla…”
Lo peor era que Pedro andaba todo el día como un zombi, no solo por el sueño, por no dormir nada, sino porque llegó un momento en que empezó a pensar que el sueño, esa terrible pesadilla, era realidad.
Algo se estaba produciendo en la mente de Pedro que hacía que durante varias horas, después de la pesadilla, estuviera invadido por la angustia de pensar que todo era cierto. Que en vez de ser una travesura de la mente, era el recuerdo de algo que había sucedido realmente.
Daba vueltas en la cama tapándose los ojos para borrar esa imagen y el sueño estaba ahí, perfecto, exacto, la imagen nítida como si la hubiese visto de esa manera.
Se levantaba desesperado a revisar la colección de El Gráfico, buscaba en Internet, llamaba a sus amigos y siempre encontraba la misma respuesta : “Pedro, quedate tranquilo, es una pesadilla, no le des bola, nada cambió, calmate sino vas a terminar en un loquero…”
Recorrió todos los lugares que le recomendaron. Médicos, mano santas, curas sanadores, macumberos, tomo todos los brebajes y medicamentos, se fue a la Virgen del Rosario, a San Pantaleón, a Luján y siempre lo mismo, todo bien hasta que llegaba la noche y puntualmente a las 3 y 25, los fantasmas del horror volvían a aparecer.
En el laburo ya no lo podían bancar más. No porque Pedro no cumpliera, pero manejar un tacho con sueño por la Capital era una ruleta rusa. Un pestañeo podía hacer que se comiera una piña en cualquier esquina.
De todas maneras, lo veían tan angustiado relatando la pesadilla que lo atormentaba todas las noches, que no querían que Pedro perdiera su principal entretenimiento : Manejar y escuchar la FM TANGO.
Pero sus compañeros ya le habían dado el ultimátum: “Pedro, tenes que hacer algo, no podés seguir así mucho tiempo más.”
Por eso tomó una decisión desesperada, tenía que viajar para verlo.
No lo pensó más. Dejó todo y se fue para Santiago del Estero, para La Banda, a verlo a su casa, a que le diera una respuesta, porque solo “El” podía librarlo de tanta angustia.
Después de viajar toda la noche, despierto por la ansiedad de encontrarlo y luego de instalarse en un hotel de mala muerte, fue a verlo a su casa del barrio Los Naranjos.
Llegó y preguntó por El, le dijeron que no estaba, que no había vuelto, que estaba en el Deportivo Bandeño entrenando a los pibes de las inferiores y que seguro iba estar de vuelta a las 5 de la tarde.
Lo vieron tan angustiado que le ofrecieron quedarse a dormir en la casa. Pedro les agradeció, pero prefería quedarse en el Hotel porque en realidad no quería dormirse, no quería correr el riesgo de que esa horrible pesadilla que lo atormentaba hace 25 noches lo asaltara antes de verlo.
Cuando llegó la hora sintió que estaba a punto de encontrarse con su destino, que ya nada iba a poder impedir que la verdad se presentara ante sus ojos tal cual era. Los fantasmas que lo atormentaron durante tanto tiempo seguramente también rondarían este encuentro con “El”. Su suerte estaba echada.
A las 17 horas en punto llamó a la puerta de la casa. Cuando lo vió venir por el pasillo de la humilde vivienda, le pareció que un rayo de luz le iluminaba la silueta como si fuera un ser sobrenatural. Venía caminando lentamente, como intuyendo que esa persona que estaba parada en la puerta de su casa, mirándolo con ansias, venía a buscar una respuesta. Pedro lo veía venir hacia el y con lágrimas en los ojos recordaba cuantos momentos felices había vivido gracias a ese hombre que se acercaba con paso cansino en el sopor de la siesta santiagueña.
Cuando lo tuvo en frente Pedro cayó de rodillas, y entonces abrazado a las piernas del ”Chango CARDENAS” y entre sollozos le contó que hacía 25 noches que tenía una horrible pesadilla, que sueña que el arquero FALLON del CELTIC a los 56 minutos exactos, le saca el zurdazo que se metía al ángulo y la tira al corner por arriba del travesaño. Por eso venía a verlo, para saber la respuesta , porque solo El puede decirle si aquel sueño horroroso era solo una pesadilla o una terrible verdad escondida en su mente. Cuando terminó de hablar y mientras temblaba de angustia, El CHANGO, manso como siempre, lo levanta del piso, lo abraza y mirándolo a los ojos le dice: “ Quedate tranquilo Pedro, la pelota se clavó en el ángulo y ni FALLON ni dos arqueros más podrían haber sacado semejante zapatazo. Dormí tranquilo, fuimos los primeros campeones del mundo y ningún mal sueño puede cambiar esa historia. ”
Pedro se fue calmando , EL CHANGO lo invitó a tomar unos mates y se quedaron un largo rato recordando los cientos de anécdotas del “equipo de José”. Recién cuando se hizo de noche pegó la vuelta para el Hotel, se tiró en la cama y se quedó dormido mirando la tele. Lo despertaron los golpes del conserje que le avisaba que iba a perder el micro. Pedro miró el reloj: eran las 7 de la mañana . Y entonces se dio cuenta, después de 25 noches aquella horrorosa pesadilla había pasado, los fantasmas del CELTIC y su arquero FALLON sacando el zurdazo del chango CARDENAS por arriba del travesaño se habían ido para siempre. Respiró aliviado y con una sonrisa como hace tiempo no tenía pensó que ahora sí podía volver a dormir tranquilo , soñar como hace 44 años con aquel sueño inolvidable : ¡ RACING CAMPEÓN DEL MUNDO…!



P.D.: Este cuento está dedicado a mi hermano Pedro, al abuelo Joaquín, a Luis V., Angelito R. y tantos amigos racinguistas que después de casi 44 años siguen recordando aquel 4 de noviembre del 67 , en Montevideo, cuando el “Chango” CARDENAS con un zurdazo al ángulo del arquero FALLON del CELTIC de Escocia, hizo que la Academia se consagrara como el primer equipo argentino en ganar la Copa del Mundo de Clubes. ¡ Al glorioso RACING CLUB, Salud !
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