Cansado de dar vueltas en la cama, con la perfecta excusa de levantarme para vaciar mi vejiga, fui al baño y me di por vencedor en la batalla contra el sueño.
Previendo el problema, después de la cena y antes de acostarme, tomé una buena copa de vino de sobremesa (a no confundir con una copa de buen vino). Intuyendo que no sería suficiente, después me preparé un recargado te de varias hierbas (manzanilla, tilo, boldo, etc.). Nada de esto dio resultado.
Sentado en la mesa de la cocina, leí un rato primero “María Domecq” de Juan Forn, pero como lo estaba por terminar y me gusto mucho preferí dejarlo para poder estirar una buena lectura. Después agarré la revista “Un Caño” y del sueño ni noticias. Me fui al living, prendí la radio y me dejé caer en el sillón para escuchar a Dolina.
Mi hija, a mi hermosa Guada parece que una pasajera angina viral no le impide descansar como se lo merece, creo que el Ibuprofeno debe tener que ver con el tema. También lo merecemos nosotros (me refiero a descansar de ella), yo diría que descansamos mutuamente.
Mi mujer que acuna en su vientre al segundo fruto de nuestro amor, tampoco parece tener problemas con el sueño, unos ronquidos tan suaves como constantes resultan ser la prueba de ello. Hasta Magui (la perra) veo que duerme muy placenteramente en el lavadero.
Me levanto del sillón y voy hasta la heladera, miro con desprecio unas porciones de pizza fría pero no me le animo. Agarro una gelatina empezada y abandonada por Guadi, que no tardo más de un minuto en terminar. Descubro también un yogur en un rincón, como en penitencia, si no esta vencido debería estarlo por su gusto, pero también lo incorporo buscando por lo menos, que algunos retorcijones de estomago hagan tal vez, que el sueño se de por fin una vuelta.
Vuelvo al sillón, apago la radio y enciendo la tele. Juego con el control remoto, tres recorridas sin volumen por los ochenta y pico de canales son suficientes para no encontrar nada. Apago, me pongo a pensar, en realidad es muy pretencioso el termino, preferiría decir a sentir cosas o ideas o que se yo que. Se me ocurren un par de ideas… las malas, mañana las recordaré seguro y las buenas… bueno, prefiero pensar que siempre las olvido a que nunca se me ocurren.
Me concentro en el silencio de la casa, silencio que no es tal pero se le parece bastante. El reloj de pared sigue trabado como hace ya varios días, en las diez menos cuarto. Igual insiste con su molesto tic-tac, tic-tac. La heladera aporta desde la cocina el casi imperceptible pero siempre presente ruido de su motor. Me quedo con los ojos cerrados, concentrado en el silencio. Irrumpe el sonido del camión recolector de basura, algunos gritos de los muchachos recolectores se mezclan con el silbido de los frenos del camión. Se detiene justo frente a casa, la compactadora se pone en marcha y se oye el ruido de las bolsas contaminantes compactarse unas con otras, como quejándose en agonía.
Aparece el primer bostezo casi tímido, intento cerrar la idea que empecé a escribir. Vuelvo a bostezar, me doy cuenta que la idea no fue tal y que en realidad no fue nada. Bostezo largo y tendido, las lágrimas que lo acompañan son la señal más elocuente de que el momento de abandonar ha llegado. Me voy a dormir, creo que otra vez escribir dio resultado para dejarme vencer por el sueño.
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Este es un blog de futbol, un blog de cuentos, un blog de historias y recuerdos; es un blog hecho con amigos, para viejos amigos y nuevos amigos.
La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..
Queremos recibir tus aportes y sugerencias a: correomanoinquieta@gmail.com
jueves, 20 de octubre de 2011
martes, 11 de octubre de 2011
La Aventura del conocimiento y el aprendizaje
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."
Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que una persona soberbia entienda que no es tan pícara como ella supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: "....haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos....."
Quizá se supriman algunos... detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las "señoritas livianas", los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando "Desde el Alma" sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho "vento" sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. "Nunca termina uno de aprender" reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. "Olvide hoy, pague mañana". Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que una persona soberbia entienda que no es tan pícara como ella supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los "sistemas para enseñar lo que es bueno", "a respetar, quién es uno", etc.
Todos estos cursos comienzan con la frase "Yo te voy a enseñar" y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba.
Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
"Aprenda a tocar la flauta en 100 años".
"Aprenda a vivir durante toda la vida".
"Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje".
ALEJANDRO DOLINA
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domingo, 25 de septiembre de 2011
LA RECETA PARA ESCRIBIR UN BUEN CUENTO
¡La puta madre!, ¡me gustaría escribir un cuento como la gente, digo como la gente que sabe escribir un buen cuento, técnicamente hablando!
Ya sé, se me ocurre que podría seguir los pasos que recomienda un escritor, ¿que tal el “Decálogo personal para escribir un cuento” de Juan Ramón Ribeyro?
1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
Esta es la historia del Bocha, un pibe de barrio que hasta los 4 años vivió en Parque Chacabuco, en la Capital, rodeado del amor de sus abuelos, sus padres y su hermana menor. A esa edad y siguiendo una recomendación médica para su padre que sufría de asma, la familia se mudó a Ituzaingó, en el Gran Buenos Aires, lugar con aire puro en aquel entonces y fuera de la Capital. Era el fin de la década del ´50.
2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
Los detalles de los sucesos que narra este cuento los conocí a través de un amigo, en una noche donde corrió el vino y la cerveza, cuando yo ya tenía más de 40. Recién ahora los cuento, por lo tanto, advierto que no puedo asegurar plenamente su veracidad.
3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
Trataré de ser breve para no cansar al que se le ocurra leer esto, aunque va a ser imprescindible que lo ubique con algunas referencias de la epoca.
4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
A mi los hechos me sorprendieron, pero mucho después, porque bocha era un pibe tranquilo. Yo también lo conocía del barrio, jugamos a la pelota muchas veces, aunque yo era del equipo de la placita, más cerca de la estación y él era del campito, casi fuera del barrio
5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
Fue a 29 de junio de 1966, a la noche, durante el festejo de San Pedro y San Pablo. Como era costumbre, en aquellos años, nos juntábamos los pibes del barrio para hacer la famosa fogata (“fogarata” como le decíamos) de San Pedro y San Pablo. Para eso, durante todo el día íbamos trayendo al campito toda la madera que podíamos encontrar, ya sea de troncos de árboles como de sillas viejas. Así se formaba una montaña inmensa que después en cosa de minutos se quemaba ante el asombro de los purretes.
6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
Lo que hizo diferente ese festejo fue que el día anterior se había producido el golpe de estado que derribó el gobierno de Arturo Illia, claro que nosotros ni enterados. En esos tiempos los chicos no participaban tan directamente de los problemas de los mayores, la tele recién comenzaba a invadir los hogares, por lo tanto tampoco había una cobertura permanente de las noticias como hoy. El diario era el medio de comunicación por excelencia. Las ediciones 5ta. y 6ta. de los diarios de la tarde: Crónica y La Razón, ya daban titulares inquietantes respecto de la situación política del país.
7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
El titular del Diario El mundo del 29 de junio, que compraban en casa, decía: “Proclama Revolucionaria - Asumirá hoy la presidencia el General Onganía” y ni una palabra de las fogatas de San Pedro y San Pablo que se estaban organizando en todos lados.
El 29 estaba todo preparado para que a eso de las 9 de la noche se prenda la fogata. A las 8 y media los pibes del barrio nos fuimos acercando al campito, pero faltaba el bocha. Juan , que vivía cerca de su casa, nos dijo que el viejo, que trabajaba en el centro, tampoco había llegado. De pronto apareció doña Alicia la madre del bocha desesperada.
En aquel momento solo recuerdo el revuelo que causo la situación, pero al poco tiempo, el encendido de la fogata, el fuego llegando a alturas asombrosas y el asombro de chicos y grandes ante semejante espectáculo, hizo que el hecho pasara desapercibido.
8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
Nadie imagino que el bocha estaba viviendo una experiencia muy distinta que cambiaria el rumbo de su vida.
9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
El papa del bocha era docente universitario, creo que con alguna militancia política en la época. No había vuelto a la casa ese día y este pelotudo lo fue a buscar al centro, utilizando los servicios del ferrocarril Sarmiento. El viejo, creo que con otros profesores de Ciencias Exactas y Naturales se quedaron resistiendo en la Universidad de Buenos Aires, próxima a ser intervenida lo cual arrojaba por tierra la Autonomía Universitaria y el cogobierno tripartito de estudiantes, docentes y graduados. Bocha encontró a su papa pero se ligo un reto de la gran puta y por supuesto se perdió la fogata de San Pedro y San Pablo.
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.
Un mes después ocurría otro episodio tremendo “La noche de los bastones largos” donde se reprimió, se detuvo a más de 400 personas y se destruyeron laboratorios y bibliotecas en distintas universidades. Una de ellas la de Ciencias Exactas y Naturales donde trabajaba en padre de Bocha. En los meses siguientes cientos de profesores fueron despedidos, renunciaron a sus cátedras o abandonaron el país.
En total emigraron mas de 300 profesores universitarios con sus familias, uno de ellos el papa de Bocha, que termino mudándose a Canadá. Nunca más lo vimos pero su recuerdo está íntimamente ligado a algo lindo, la fogata de San Pedro o San Pablo y a algo horrible, la represión y la dictadura.
P.D.: El cuento no salió muy bien, pero la receta es buena, la pueden usar.
Ya sé, se me ocurre que podría seguir los pasos que recomienda un escritor, ¿que tal el “Decálogo personal para escribir un cuento” de Juan Ramón Ribeyro?
1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.
Esta es la historia del Bocha, un pibe de barrio que hasta los 4 años vivió en Parque Chacabuco, en la Capital, rodeado del amor de sus abuelos, sus padres y su hermana menor. A esa edad y siguiendo una recomendación médica para su padre que sufría de asma, la familia se mudó a Ituzaingó, en el Gran Buenos Aires, lugar con aire puro en aquel entonces y fuera de la Capital. Era el fin de la década del ´50.
2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.
Los detalles de los sucesos que narra este cuento los conocí a través de un amigo, en una noche donde corrió el vino y la cerveza, cuando yo ya tenía más de 40. Recién ahora los cuento, por lo tanto, advierto que no puedo asegurar plenamente su veracidad.
3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
Trataré de ser breve para no cansar al que se le ocurra leer esto, aunque va a ser imprescindible que lo ubique con algunas referencias de la epoca.
4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.
A mi los hechos me sorprendieron, pero mucho después, porque bocha era un pibe tranquilo. Yo también lo conocía del barrio, jugamos a la pelota muchas veces, aunque yo era del equipo de la placita, más cerca de la estación y él era del campito, casi fuera del barrio
5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
Fue a 29 de junio de 1966, a la noche, durante el festejo de San Pedro y San Pablo. Como era costumbre, en aquellos años, nos juntábamos los pibes del barrio para hacer la famosa fogata (“fogarata” como le decíamos) de San Pedro y San Pablo. Para eso, durante todo el día íbamos trayendo al campito toda la madera que podíamos encontrar, ya sea de troncos de árboles como de sillas viejas. Así se formaba una montaña inmensa que después en cosa de minutos se quemaba ante el asombro de los purretes.
6. El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.
Lo que hizo diferente ese festejo fue que el día anterior se había producido el golpe de estado que derribó el gobierno de Arturo Illia, claro que nosotros ni enterados. En esos tiempos los chicos no participaban tan directamente de los problemas de los mayores, la tele recién comenzaba a invadir los hogares, por lo tanto tampoco había una cobertura permanente de las noticias como hoy. El diario era el medio de comunicación por excelencia. Las ediciones 5ta. y 6ta. de los diarios de la tarde: Crónica y La Razón, ya daban titulares inquietantes respecto de la situación política del país.
7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.
El titular del Diario El mundo del 29 de junio, que compraban en casa, decía: “Proclama Revolucionaria - Asumirá hoy la presidencia el General Onganía” y ni una palabra de las fogatas de San Pedro y San Pablo que se estaban organizando en todos lados.
El 29 estaba todo preparado para que a eso de las 9 de la noche se prenda la fogata. A las 8 y media los pibes del barrio nos fuimos acercando al campito, pero faltaba el bocha. Juan , que vivía cerca de su casa, nos dijo que el viejo, que trabajaba en el centro, tampoco había llegado. De pronto apareció doña Alicia la madre del bocha desesperada.
En aquel momento solo recuerdo el revuelo que causo la situación, pero al poco tiempo, el encendido de la fogata, el fuego llegando a alturas asombrosas y el asombro de chicos y grandes ante semejante espectáculo, hizo que el hecho pasara desapercibido.
8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
Nadie imagino que el bocha estaba viviendo una experiencia muy distinta que cambiaria el rumbo de su vida.
9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.
El papa del bocha era docente universitario, creo que con alguna militancia política en la época. No había vuelto a la casa ese día y este pelotudo lo fue a buscar al centro, utilizando los servicios del ferrocarril Sarmiento. El viejo, creo que con otros profesores de Ciencias Exactas y Naturales se quedaron resistiendo en la Universidad de Buenos Aires, próxima a ser intervenida lo cual arrojaba por tierra la Autonomía Universitaria y el cogobierno tripartito de estudiantes, docentes y graduados. Bocha encontró a su papa pero se ligo un reto de la gran puta y por supuesto se perdió la fogata de San Pedro y San Pablo.
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.
Un mes después ocurría otro episodio tremendo “La noche de los bastones largos” donde se reprimió, se detuvo a más de 400 personas y se destruyeron laboratorios y bibliotecas en distintas universidades. Una de ellas la de Ciencias Exactas y Naturales donde trabajaba en padre de Bocha. En los meses siguientes cientos de profesores fueron despedidos, renunciaron a sus cátedras o abandonaron el país.
En total emigraron mas de 300 profesores universitarios con sus familias, uno de ellos el papa de Bocha, que termino mudándose a Canadá. Nunca más lo vimos pero su recuerdo está íntimamente ligado a algo lindo, la fogata de San Pedro o San Pablo y a algo horrible, la represión y la dictadura.
P.D.: El cuento no salió muy bien, pero la receta es buena, la pueden usar.
EL ALQUIMISTA (J.V.)
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jueves, 15 de septiembre de 2011
Homenaje a Jorge “Matelisto” y a todos los verdaderos periodistas deportivos
Cuando los muchachos comenzaron a hacer realidad este blog, Hernán G. (Pig o Fenicio), un integrante algo perezoso del grupo fundador, me había comentado que existía una publicación en el lugar donde trabajaba en la cual escribía comentarios futbolísticos un tal “Matelisto”. Hice un contacto vía mail con él y me mandó algunos ejemplares virtuales de esa publicación: “El Chajá Deportivo Digital”. En él Matelisto comentaba los partidos del torneo interempresas que jugaban los muchachos de la compañía Akapol.
Me parecieron excelentes comentarios, porque a pesar de tratarse de particularidades propias del ambiente que solo los participantes conocen, tenían una referencia común y un gran sentido del humor que nos identifica a todos los amantes del fútbol.
El tiempo pasó, Hernán G. ya no trabaja más en esa empresa y perdí el contacto con este verdadero periodista deportivo digital.
No lo conozco, pero, por ser tocayo y a través de las cosas que escribió confieso que le he tomado un “cariño virtual” y hoy quiero compartir un numero de “El Chajá Deportivo Digital” con la familia de Mano Inquieta. Además, como dijo nuestro amigo Pig “creemos fervientemente que compartiendo esto con la gente contribuimos a creer que todavía se pueden contar las cosas de otra manera que no sea el Ole o algunas otras publicaciones poco felices...”
Muchas gracias Matelisto por esta colaboración y cuando quieras.....
CLÁSICO AKAPOLENSE
Por “Matelisto”
¡Cómo le va, amigo lector!
Hacía como tres años que no se jugaba el clásico, y el viernes pasado, en un anochecer inclemente, bajo una leve chispeada, se enfrentaron los representativos de Zelaya y Ballester en el complejo de Marangoni, en Blanco Encalada y Terrero, donde San Isidro empieza a mostrar sus luces y su lustre.
No vaya a creer que eran las selecciones de ambas plantas, no; apenas unos rejuntaditos de algunos sectores, pero valió la pena ir, ya que hemos visto un partido bastante entretenido. Eso sí, fuera de reglamento. Se había pactado formaciones de la categoría “Super 30”, de buena fe, sin constatación de documentos ni nada por el estilo, pero pudimos ver que en el estacionamiento, entre los coches de Zelaya, había un monopatín, y también nos resultó sospechoso un barrilete atado en el alambrado, que desapareció una vez finalizado el encuentro.
A las diferencias deportivas vistas sobre el sintético nos referiremos en instantes; antes queremos detenermos un momento en las de organización. El conjunto zelayense ubicó tras la raya de cal un grupo de cuatro personas cumpliendo distintas funciones: Técnico, Ayudante de Campo, Manager y Director Deportivo, o sea, las mayores jerarquías en apoyo a los que transpiran la camiseta, y como hinchada dos chicos de las inferiores, aunque en este caso no descartamos la posibilidad de que dos madres les hayan dicho a sus maridos “ma sí, andá a jugar pero llevate al nene”. Como usted bien supone, al plantel de Ballester no lo acompañó ni el loro. Y la organización, estimado lector, tiene incidencia sobre lo deportivo. Fijesé si no: los de Ballester jugaron por largos minutos con uno menos, hasta que alguien de Zelaya, con toda hidalguía, los avivó de la pifiada. Aunque, en honor a la verdad, la equiparación de fuerzas resultó más inútil que bocina de submarino, ya que ni bien ingresó otro jugador les encajaron dos pepas consecutivas.
Vamos al grano deportivo. En casi todo momento, el equipo de Zelaya fue el más compacto, el de mayor entendimiento entre sus líneas, con una base muy sólida en el arco, atacantes efectivos y un medio campo creador y dinámico, frente al tan entusiasta como falto de ideas de su oponente.
Como queda dicho, uno de los puntos más altos estuvo bajo los palos, defendidos de manera inmejorable por el “Lolo” Domínguez, quien con su actuación sin fallas dio por tierra con la primera -y prejuiciosa- impresión que nos dejara antes del inicio. Es que el hombre se presentó luciendo (es un decir), una casaca con el logo de “El pulpito” en el pecho (es otro decir). El “Lolo” es un hombre pleno de poesía, inspiración...y ravioles, motivo por el cual la camiseta no le llegó a calzar adecuadamente y el pobre cefalópodo quedó estirado como tabaquera de goma; Tupac Amaru parecía, mire. Uno de los ojitos saltones por encima del ombligo del “Lolo” y el otro por debajo, con tal expresión de espanto que parecía perseguido por una barracuda. Estableciendo un parangón con “Nemo”, se nos ocurre que bien podría desarrollarse un producto destinado al entretenimiento infantil, alguna plastilina con esa figura grotesca y cómica de “El pulpito” en el envase y -porqué no- un “tatoo” para los niños. Habría que hacer vestir de arquero al “Lolo” y fotografiarlo para copiar el modelo; pero rápido, no sea cosa que se le ocurra ponerse a dieta.
Ocupó la última posición en la línea defensiva Jorge Bengoechea, ilustre apellido del fútbol charrúa. Cumplió una actuación satisfactoria y se lo vió como un jugador preocupado por la marca. No entendemos a qué se debió tal preocupación, dado que en largos pasajes el único atacante (¿?) fue Pablito Guasasco. Como si la recia presencia de Bengoechea no fuese suficiente, lo acompaño recostándose sobre el lateral izquierdo Romeo Schneider. Y lo de recostarse no es un eufemismo; casi se nos duerme el hombre. Vio la papa por ese lado y aplicó la ley del menor esfuerzo.
En el medio estuvo lo mejor, el fútbol más puro. En cuanto vimos en acción a un jugador que gasta más suela que empeine, preguntamos: y ese ¿quién es?. "Esmolares", se nos respondió. ¿Quién? ¿Morales?, insistimos. "No, Esmolares", fue la réplica. ¡Ah!...es Molares, dijimos dándolo por comprendido. "No, no, no" se nos espetó con un dejo de impaciencia, "Esmolares, Mario Esmolares". ¡Aaaah...! soltamos, para no hacerla lunga, pero no quedamos satisfechos. Llegados a la redacción alguien nos dijo: "Mirá, si por una vez observás con detenimiento tu PC, verás un ícono que dice "Aplicaciones", hacéle clic y buscá "Select"; repetí el clic y buscá un archivejo denominado FU00085. Lo hicimos, no sin tropiezos, y vimos que el jugador que más nos gustó se llama Mario Smolares. ¡Hubiéramos empezado por ahí! Nos resulta más sencillo llamarlo "Virulazo", ya que nos lo hace recordar cuando la pisa, gira y dibuja.
Otro que no le anduvo en zaga en cuanto a calidad fue Pablo Sierra, maniobrando por la izquierda y acompañando a los delanteros. Mostró buen manejo, toque y probó de media distancia con puntería, ya que dos goles llegaron por rebotes de tiros suyos. Dado su aspecto imberbe, sospechamos que el monopatín era suyo.
Si con estos dos hombres el medio campo de Zelaya se vistió de calidad, funcionó mucho mejor con el aporte esporádico pero inteligente y práctico de un jugador que anda buscando dónde clavar el clavo para colgar los botines. Se trata de Sergio Zaccardi. Cada tanto deja la función de Ayudante de Campo y entra para mejorar la cosa. De la observación de su desempeño fuera de los límites de la cancha, concluímos que Bertón tiene un campito por aquellos pagos y Sergio le da una mano con los chanchos, gallinas, el ordeñe, la levantada de la soja y demás tareas agropecuarias, porque como auxiliar del equipo el tipo no abrió la boca ni para bostezar. Y no es para menos...¡quién se atrevería a insinuar siquiera una indicación al DT Principal, Director Supremo, Presidente de la Corte Suprema de Interpretación Reglamentaria, Comendador, Regente, Mariscal, Fuhrer, Negus y Mbareté rubichá de todos los planteles habidos y por haber en la cantera zelayense! Sabemos que Sergio está haciendo el curso de Técnico a distancia con el secreto anhelo de refregarle el título en las narices al "Zelayasaurio almaceniis". Aclaramos que lo de la distancia no significa que estará habilitado para dirigir desde lejos ni que realice el curso vía Internet, sino que el fulano vive en la loma del peludo.
Como media punta se movió Gabriel Franco. A los tres minutos tiró un lindo tiro sobre el travesaño. Es lo mejor que podemos acotar. Alguien del entorno dijo: "¡Qué bien atajaba Gabriel hace un tiempo!"
David Carrizo, repatriado después de su estrepitoso fracaso en la Liga Zarateña, eligió su club de origen. Sobre su labor vamos a estampar dos líneas:
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- El análisis final queda para el "Negro" Ibarra. Si aplicáramos el criterio "Niembro-Clos", le otorgaríamos el premio "Rififí" de la fecha por ser el goleador. El muchacho se movió menos que peón tapando un jaque, pero se las rebuscó para hacer tres goles. En cuanto marcó el tercero Bertón lo sacó. ¡Que conducción ridícula, por favor...! Entró él y...¡marcó otro...! Al ratito salió...creemos que de la vergüenza. Fue de tal magnitud el regalo que le hizo Hernán García para que la meta, que por primera vez en su vida debió experimentar tal sentimiento.
La progresión del marcador fue como sigue:
20' Pablo Sierra le pegó desde quince metros, sobre la izquierda; dio en la base de un poste e Ibarra la empujó. Solo tuvo que hacer un movimiento como muñequito de metegol. 1 a 0.
22' De nuevo el "Negro" después de una buena jugada colectiva. 2 a 0.
28' Fuerte disparo de Pablo Sierra; el arquero da rebote y el "Negro", que andaba por ahí, la guardó. 3 a 0.
33' El único de Ballester que podía hacer un gol, lo hizo; Martín Garavaglia. 1 - 3.
40' Eduardo Bertón. 4 a 1. Si quieren detalles pregúntenle a él, que estará dispuesto a abundar en ellos. A nosotros nos supera. En la Academia de Periodismo Deportivo no nos enseñan a ser estoicos.
48' Martín Garavaglia arrancó desde la mitad, sobre el costado derecho y en diagonal arrastrando gente hasta enfrentar la salida simultánea del "Lolo" y el "Pulpito". Con un toque magistral, de comba y elevación exactas, superó los tentáculos de éste y las manos de aquél para estampar el mejor gol de la jornada. 2 - 4 final.
Hubo tercer tiempo. Un momento muy agradable, de compartida y sincera camaradería. Copamos un barcito en la planta alta de una galería, con vista a la calle. Resultó el mejor paseo de vacaciones invernales para los pibes de Bertón y Romeo, que miraban extasiados los coches y las luces (el de Bertón, más crecidito, le echaba el ojo a cuanta rubia sanisidrense pasaba), mientras saboreaban una importante hamburguesa. Claro, nunca habían visto el mundo nocturno desde esa altura; a lo más que habían trepado es a lomo de caballo o a la montaña rusa de un parque de diversiones que una vez supo pasar por Matheu
¿Qué si jugó un solo equipo? ¡Aaah...no...! Estuvo Ballester. No a la altura de las circunstancias, pero individualmente no lo hicieron mal. El arquero, por ejemplo, resultó una sorpresa. Tanto, que a instantes nomás del inicio, varios de sus compañeros nos preguntaban: "Che...quién es el quía". "Es Mauricio Presaras, de Ardal". "Se coló..." "No creo; alguien lo habrá convocado". Y el hombre se destacó, pese a los cuatro goles. Creemos que será titular por mucho tiempo, por lo menos hasta la vuelta del "Gato" Corinaldesi, cuando se recupere de su lesión.
Otra sorpresa fue una jugada tipo "remolino", por lo enredada, en la que "Leonardinho" Barbieri gambeteó dos rivales con sendos caños y siguió hasta que la cancha dijo "basta, se terminó".
Si en lo individual no hubieron defecciones, salvo la inexplicable entrega del "Quemero" Hernán a Bertón, en lo colectivo reinó la desorientación. Cómo habrá sido que Guillermo Ponce le preguntó al hombre del estacionamiento dónde quedaba la Panamericana...¡la Panamericana...no el Museo Latinoamericano de Arte Preincaico! Y...son las generaciones de prisioneros de la compu, no las de la vida al aire libre con los Niños Exploradores.
Hubo un aspecto digno de destacar en el conjunto ballesterense: y es el que deriva del precepto enunciado por el filósofo chino del siglo nosecuanto Soy Chan Ta: "Sólo estarás vencido cuando dejes de luchar". El revolcón que un zapatazo de Martín Tarelli le hizo dar al "Lolo" y al "Pulpito" justo al final, lo confirma.
Pero, muchachos, hay que organizarse. Recuerden la máxima del General: "La organización sobrevive al individuo". Si les resulta demasiado profunda, no olviden aquella experiencia del fulano que fue a participar de una festichola mixta con la promesa de obtener seguro placer y que al rato, con cierta parte del cuerpo dolorida clamaba: "hay que organizarse...hay que organizarse"
Hasta la próxima, estimado lector. Leer más...
Me parecieron excelentes comentarios, porque a pesar de tratarse de particularidades propias del ambiente que solo los participantes conocen, tenían una referencia común y un gran sentido del humor que nos identifica a todos los amantes del fútbol.
El tiempo pasó, Hernán G. ya no trabaja más en esa empresa y perdí el contacto con este verdadero periodista deportivo digital.
No lo conozco, pero, por ser tocayo y a través de las cosas que escribió confieso que le he tomado un “cariño virtual” y hoy quiero compartir un numero de “El Chajá Deportivo Digital” con la familia de Mano Inquieta. Además, como dijo nuestro amigo Pig “creemos fervientemente que compartiendo esto con la gente contribuimos a creer que todavía se pueden contar las cosas de otra manera que no sea el Ole o algunas otras publicaciones poco felices...”
Muchas gracias Matelisto por esta colaboración y cuando quieras.....
CLÁSICO AKAPOLENSE
Por “Matelisto”
¡Cómo le va, amigo lector!
Hacía como tres años que no se jugaba el clásico, y el viernes pasado, en un anochecer inclemente, bajo una leve chispeada, se enfrentaron los representativos de Zelaya y Ballester en el complejo de Marangoni, en Blanco Encalada y Terrero, donde San Isidro empieza a mostrar sus luces y su lustre.
No vaya a creer que eran las selecciones de ambas plantas, no; apenas unos rejuntaditos de algunos sectores, pero valió la pena ir, ya que hemos visto un partido bastante entretenido. Eso sí, fuera de reglamento. Se había pactado formaciones de la categoría “Super 30”, de buena fe, sin constatación de documentos ni nada por el estilo, pero pudimos ver que en el estacionamiento, entre los coches de Zelaya, había un monopatín, y también nos resultó sospechoso un barrilete atado en el alambrado, que desapareció una vez finalizado el encuentro.
A las diferencias deportivas vistas sobre el sintético nos referiremos en instantes; antes queremos detenermos un momento en las de organización. El conjunto zelayense ubicó tras la raya de cal un grupo de cuatro personas cumpliendo distintas funciones: Técnico, Ayudante de Campo, Manager y Director Deportivo, o sea, las mayores jerarquías en apoyo a los que transpiran la camiseta, y como hinchada dos chicos de las inferiores, aunque en este caso no descartamos la posibilidad de que dos madres les hayan dicho a sus maridos “ma sí, andá a jugar pero llevate al nene”. Como usted bien supone, al plantel de Ballester no lo acompañó ni el loro. Y la organización, estimado lector, tiene incidencia sobre lo deportivo. Fijesé si no: los de Ballester jugaron por largos minutos con uno menos, hasta que alguien de Zelaya, con toda hidalguía, los avivó de la pifiada. Aunque, en honor a la verdad, la equiparación de fuerzas resultó más inútil que bocina de submarino, ya que ni bien ingresó otro jugador les encajaron dos pepas consecutivas.
Vamos al grano deportivo. En casi todo momento, el equipo de Zelaya fue el más compacto, el de mayor entendimiento entre sus líneas, con una base muy sólida en el arco, atacantes efectivos y un medio campo creador y dinámico, frente al tan entusiasta como falto de ideas de su oponente.
Como queda dicho, uno de los puntos más altos estuvo bajo los palos, defendidos de manera inmejorable por el “Lolo” Domínguez, quien con su actuación sin fallas dio por tierra con la primera -y prejuiciosa- impresión que nos dejara antes del inicio. Es que el hombre se presentó luciendo (es un decir), una casaca con el logo de “El pulpito” en el pecho (es otro decir). El “Lolo” es un hombre pleno de poesía, inspiración...y ravioles, motivo por el cual la camiseta no le llegó a calzar adecuadamente y el pobre cefalópodo quedó estirado como tabaquera de goma; Tupac Amaru parecía, mire. Uno de los ojitos saltones por encima del ombligo del “Lolo” y el otro por debajo, con tal expresión de espanto que parecía perseguido por una barracuda. Estableciendo un parangón con “Nemo”, se nos ocurre que bien podría desarrollarse un producto destinado al entretenimiento infantil, alguna plastilina con esa figura grotesca y cómica de “El pulpito” en el envase y -porqué no- un “tatoo” para los niños. Habría que hacer vestir de arquero al “Lolo” y fotografiarlo para copiar el modelo; pero rápido, no sea cosa que se le ocurra ponerse a dieta.
Ocupó la última posición en la línea defensiva Jorge Bengoechea, ilustre apellido del fútbol charrúa. Cumplió una actuación satisfactoria y se lo vió como un jugador preocupado por la marca. No entendemos a qué se debió tal preocupación, dado que en largos pasajes el único atacante (¿?) fue Pablito Guasasco. Como si la recia presencia de Bengoechea no fuese suficiente, lo acompaño recostándose sobre el lateral izquierdo Romeo Schneider. Y lo de recostarse no es un eufemismo; casi se nos duerme el hombre. Vio la papa por ese lado y aplicó la ley del menor esfuerzo.
En el medio estuvo lo mejor, el fútbol más puro. En cuanto vimos en acción a un jugador que gasta más suela que empeine, preguntamos: y ese ¿quién es?. "Esmolares", se nos respondió. ¿Quién? ¿Morales?, insistimos. "No, Esmolares", fue la réplica. ¡Ah!...es Molares, dijimos dándolo por comprendido. "No, no, no" se nos espetó con un dejo de impaciencia, "Esmolares, Mario Esmolares". ¡Aaaah...! soltamos, para no hacerla lunga, pero no quedamos satisfechos. Llegados a la redacción alguien nos dijo: "Mirá, si por una vez observás con detenimiento tu PC, verás un ícono que dice "Aplicaciones", hacéle clic y buscá "Select"; repetí el clic y buscá un archivejo denominado FU00085. Lo hicimos, no sin tropiezos, y vimos que el jugador que más nos gustó se llama Mario Smolares. ¡Hubiéramos empezado por ahí! Nos resulta más sencillo llamarlo "Virulazo", ya que nos lo hace recordar cuando la pisa, gira y dibuja.
Otro que no le anduvo en zaga en cuanto a calidad fue Pablo Sierra, maniobrando por la izquierda y acompañando a los delanteros. Mostró buen manejo, toque y probó de media distancia con puntería, ya que dos goles llegaron por rebotes de tiros suyos. Dado su aspecto imberbe, sospechamos que el monopatín era suyo.
Si con estos dos hombres el medio campo de Zelaya se vistió de calidad, funcionó mucho mejor con el aporte esporádico pero inteligente y práctico de un jugador que anda buscando dónde clavar el clavo para colgar los botines. Se trata de Sergio Zaccardi. Cada tanto deja la función de Ayudante de Campo y entra para mejorar la cosa. De la observación de su desempeño fuera de los límites de la cancha, concluímos que Bertón tiene un campito por aquellos pagos y Sergio le da una mano con los chanchos, gallinas, el ordeñe, la levantada de la soja y demás tareas agropecuarias, porque como auxiliar del equipo el tipo no abrió la boca ni para bostezar. Y no es para menos...¡quién se atrevería a insinuar siquiera una indicación al DT Principal, Director Supremo, Presidente de la Corte Suprema de Interpretación Reglamentaria, Comendador, Regente, Mariscal, Fuhrer, Negus y Mbareté rubichá de todos los planteles habidos y por haber en la cantera zelayense! Sabemos que Sergio está haciendo el curso de Técnico a distancia con el secreto anhelo de refregarle el título en las narices al "Zelayasaurio almaceniis". Aclaramos que lo de la distancia no significa que estará habilitado para dirigir desde lejos ni que realice el curso vía Internet, sino que el fulano vive en la loma del peludo.
Como media punta se movió Gabriel Franco. A los tres minutos tiró un lindo tiro sobre el travesaño. Es lo mejor que podemos acotar. Alguien del entorno dijo: "¡Qué bien atajaba Gabriel hace un tiempo!"
David Carrizo, repatriado después de su estrepitoso fracaso en la Liga Zarateña, eligió su club de origen. Sobre su labor vamos a estampar dos líneas:
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- El análisis final queda para el "Negro" Ibarra. Si aplicáramos el criterio "Niembro-Clos", le otorgaríamos el premio "Rififí" de la fecha por ser el goleador. El muchacho se movió menos que peón tapando un jaque, pero se las rebuscó para hacer tres goles. En cuanto marcó el tercero Bertón lo sacó. ¡Que conducción ridícula, por favor...! Entró él y...¡marcó otro...! Al ratito salió...creemos que de la vergüenza. Fue de tal magnitud el regalo que le hizo Hernán García para que la meta, que por primera vez en su vida debió experimentar tal sentimiento.
La progresión del marcador fue como sigue:
20' Pablo Sierra le pegó desde quince metros, sobre la izquierda; dio en la base de un poste e Ibarra la empujó. Solo tuvo que hacer un movimiento como muñequito de metegol. 1 a 0.
22' De nuevo el "Negro" después de una buena jugada colectiva. 2 a 0.
28' Fuerte disparo de Pablo Sierra; el arquero da rebote y el "Negro", que andaba por ahí, la guardó. 3 a 0.
33' El único de Ballester que podía hacer un gol, lo hizo; Martín Garavaglia. 1 - 3.
40' Eduardo Bertón. 4 a 1. Si quieren detalles pregúntenle a él, que estará dispuesto a abundar en ellos. A nosotros nos supera. En la Academia de Periodismo Deportivo no nos enseñan a ser estoicos.
48' Martín Garavaglia arrancó desde la mitad, sobre el costado derecho y en diagonal arrastrando gente hasta enfrentar la salida simultánea del "Lolo" y el "Pulpito". Con un toque magistral, de comba y elevación exactas, superó los tentáculos de éste y las manos de aquél para estampar el mejor gol de la jornada. 2 - 4 final.
Hubo tercer tiempo. Un momento muy agradable, de compartida y sincera camaradería. Copamos un barcito en la planta alta de una galería, con vista a la calle. Resultó el mejor paseo de vacaciones invernales para los pibes de Bertón y Romeo, que miraban extasiados los coches y las luces (el de Bertón, más crecidito, le echaba el ojo a cuanta rubia sanisidrense pasaba), mientras saboreaban una importante hamburguesa. Claro, nunca habían visto el mundo nocturno desde esa altura; a lo más que habían trepado es a lomo de caballo o a la montaña rusa de un parque de diversiones que una vez supo pasar por Matheu
¿Qué si jugó un solo equipo? ¡Aaah...no...! Estuvo Ballester. No a la altura de las circunstancias, pero individualmente no lo hicieron mal. El arquero, por ejemplo, resultó una sorpresa. Tanto, que a instantes nomás del inicio, varios de sus compañeros nos preguntaban: "Che...quién es el quía". "Es Mauricio Presaras, de Ardal". "Se coló..." "No creo; alguien lo habrá convocado". Y el hombre se destacó, pese a los cuatro goles. Creemos que será titular por mucho tiempo, por lo menos hasta la vuelta del "Gato" Corinaldesi, cuando se recupere de su lesión.
Otra sorpresa fue una jugada tipo "remolino", por lo enredada, en la que "Leonardinho" Barbieri gambeteó dos rivales con sendos caños y siguió hasta que la cancha dijo "basta, se terminó".
Si en lo individual no hubieron defecciones, salvo la inexplicable entrega del "Quemero" Hernán a Bertón, en lo colectivo reinó la desorientación. Cómo habrá sido que Guillermo Ponce le preguntó al hombre del estacionamiento dónde quedaba la Panamericana...¡la Panamericana...no el Museo Latinoamericano de Arte Preincaico! Y...son las generaciones de prisioneros de la compu, no las de la vida al aire libre con los Niños Exploradores.
Hubo un aspecto digno de destacar en el conjunto ballesterense: y es el que deriva del precepto enunciado por el filósofo chino del siglo nosecuanto Soy Chan Ta: "Sólo estarás vencido cuando dejes de luchar". El revolcón que un zapatazo de Martín Tarelli le hizo dar al "Lolo" y al "Pulpito" justo al final, lo confirma.
Pero, muchachos, hay que organizarse. Recuerden la máxima del General: "La organización sobrevive al individuo". Si les resulta demasiado profunda, no olviden aquella experiencia del fulano que fue a participar de una festichola mixta con la promesa de obtener seguro placer y que al rato, con cierta parte del cuerpo dolorida clamaba: "hay que organizarse...hay que organizarse"
Hasta la próxima, estimado lector. Leer más...
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sábado, 20 de agosto de 2011
La escondida de Poy
"Este hecho no me pertenece, es más, creo que nunca me perteneció. Fui la síntesis de los deseos de miles de hinchas. La excusa y el móvil utilizado por el apetito centralista. Mi imagen, mi cuerpo, mi vuelo. Algo me dice que me utilizaron para objetivos preciosos. Motivos que se intuyen lejanos, pero que serían difíciles de calificar con el lenguaje. Por eso es hora de multiplicar el efecto. Sean ustedes yo. Porque yo soy ustedes” Aldo Pedro Poy.
Nació el 14 de septiembre de 1945 e la ciudad de Rosario, criado a solo cinco cuadras del gigante de Arroyito. En el año 1962 ingresó a las inferiores de Rosario Central, club de el que obviamente era hincha. Delantero de notables condiciones técnicas, muy oportunista, con las suficientes mañas futbolísticas para el armado de juego y muy aguerrido a la vez. Su debut en primera fue promediando el torneo de 1965, ante Huracán en Parque Patricios. Su primer gol se lo hizo a Amadeo Carrizo en el monumental el 24 de Julio de 1966, para el empate
La anécdota me la contó hace mas de 10 años mi entrañable amigo “el gordo” Ángel, que ya no es gordo y sigue siendo un angel. En diciembre de 1967 el club atlético Los Andes asciende a primera división por segunda vez en la historia, para el inicio del año 1968 el director técnico del mil rayitas Don Ángel Tulio Zof y los dirigentes del club de la zona sur de la pcia de Bs. As, viajaron a Rosario en busca de contratar como refuerzo para la temporada en primera a Poy.
Aldo Pedro no era titular en Central y la propia gente le demostraba con frecuencia su reprobación. Enterado de un principio de acuerdo entre dirigentes, se hizo negar por su madre cuando Don Ángel lo fue a buscar a su casa. Después que se fue el técnico con la negativa, el rosarino salió a caminar para despejarse y pensar como tantas veces la sabía hacer, el destino fue la zona del parque Alem que para esos tiempos se caracterizaba por ser lugar de los pescadores (hoy el balneario municipal), entre una cosa y otra terminó embarcado rumbo a la isla El Espinillo. Se quedó dos noches allí, tiempo suficiente para que Don Ángel y los dirigentes de los andes peguen la vuelta para Bs. As desestimando contratarlo.
La historia que sigue ya es muy conocida, autor de un gol mitológico para el futbol de Rosario Central (la palomita) en la semifinal del campeonato Nacional del año 1971 nada menos que ante Newell’s, ídolo absoluto y figura indiscutida. A menos de diez años de su debut en primera, una lesión en la rodilla lo obligó a retirarse del futbol. Su ultimo partido fue ante Newell’s (como no podría ser de otra manera) el 30 de diciembre de 1974, en el marco de un triangular clasificatorio para la copa libertadores de 1975, el triunfo fue canalla por
En el final les dejo un reportaje a Poy en donde cuenta la anécdota.
Para todos los canallas y muy especialmente para Angelito González, un fuerte abrazo!
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miércoles, 10 de agosto de 2011
El Hincha - Mempo Giardinelli
Mempo Giardinelli es escritor y periodista, nació en Resistencia, Chaco en 1947. Vivió y trabajo en Buenos Aires entre los años 1969 y 1976. Fue censurado y amenazado por la dictadura militar, razón por la cual se exilió en México. De regreso en 1984, fundó y dirigió la revista “Puro Cuento” (1986-1992). Es autor de novelas, libros de cuentos y ensayos, antologías y asiduos artículos en revistas y diarios de diferentes países. Su obra fue traducida a veinte idiomas y multipremiada por todo el mundo. Se destaca la fluidez de su lectura, la sencillez de sus personajes y el marcado origen de su pago.
En 1996 donó su biblioteca personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación en el Chaco, dedicada al fomento del libro y a la lectura, a la docencia e investigación en pedagogía de la lectura. Ha creado y sostiene diversos programas culturales, educativos y solidarios.
Para el final, les dejo el cuento por Alejandro Apo, altamente recomendable.
El hincha
El 29 de Diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sarsfield derrotó al Racing Club por cuatro tantos a dos. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Webbe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, diez segundos después, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia. A la memoria de mi padre, que murió sin ver campeón a Vélez Sarsfield.
-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! - gritaba Fioravanti.-¡Gol! ¡Golazo carajo, saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas frente al radiorreceptor. Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes.
Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra "papá", del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, iban acercándose al club para alistarse en la novena división. Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfield (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a la tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en Primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota “Mihanovich” y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de abordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires-Asunción-Buenos Aires, y también aquel día de Mayo de 1931, cuando el "Ciudad de Asunción" se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días, y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel “Chanta Cuatro”; después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River; y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el '34 y en el '35, Conde en el '54, Rugilo, guardavallas de la Selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de "El León de Wembley"), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que, al año siguiente, seria comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de barra. Claro que había retenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo termino encaramado al tope de la tabla, solo detrás de River. O aquellas ¿temporadas en que Zubeldía, Ferraro, Marrapodi en el arco, Avio, Conde formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la Selección Nacional: Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieran seis goles, total Carrizo era de River. Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces, no se transmitían los partidos que jugaba Vélez, sólo se mencionaba laformación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente. Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba "El Territorio" en la esquina de la Catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River. Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba: -Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh? -Calláte, pendejo -respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa sería la revancha de su vida. No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón.
Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarreaba esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse. Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Diosmelibre Giovanotro y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Ángel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell'Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.
En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de mayo de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el '23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja, a rayas verticales, que usaron hasta el '40 y que todavía guardaba en su ropero. No le importaban las pullas, el fastidio ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el '41, cuando Vélez descendió de categoría y "Dios me libre" sentenció"Amaro, no hablés más de ese cuadrito de Primera B", y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el '43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas. Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo.
Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de Primera B. Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la Capital desde aquella mañana en la que abordó el "Ciudad de Asunción", rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo, y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse.
Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a Primera A. Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana. El sol le dio de frente hasta el mediodía y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos. Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera jugar en la A al año siguiente. Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta; pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia. Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria.
Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:-Un buen jugador era el pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...
O bien: -¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...Y cuando los demás reaccionaban:-¡Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar! A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en un perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo.
La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odiosa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizás por eso aprendió a ver la esperanza en cada partido, confiado en que su constancia tendría un premio, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria. Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente.
Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas si son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantales, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían. Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos. Goooooooool de Velesárfiiiiiilllllll!La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores. Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas. Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.
-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro-.
Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia. Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.
Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y lo aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de Diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó ¡Viva Vélez Carajo! y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa. Dejó colgado el banderín en el picaporte del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se agitaba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers.
Amaro suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en el pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que lo muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.
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En 1996 donó su biblioteca personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación en el Chaco, dedicada al fomento del libro y a la lectura, a la docencia e investigación en pedagogía de la lectura. Ha creado y sostiene diversos programas culturales, educativos y solidarios.
Para el final, les dejo el cuento por Alejandro Apo, altamente recomendable.
El hincha
El 29 de Diciembre de 1968, el Club Atlético Vélez Sarsfield derrotó al Racing Club por cuatro tantos a dos. A los noventa minutos de juego, el puntero Omar Webbe marcó el cuarto gol para el equipo vencedor que, diez segundos después, se clasificaba Campeón Nacional de fútbol por primera vez en su historia. A la memoria de mi padre, que murió sin ver campeón a Vélez Sarsfield.
-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! -gritaba Fioravanti.-¡Goooooool de Velesárfiiiiiillllllll! - gritaba Fioravanti.-¡Gol! ¡Golazo carajo, saltó Amaro Fuentes, golpeándose las rodillas frente al radiorreceptor. Había soñado con ese triunfo toda su vida. A los sesenta y cinco años, reciente jubilado de correos y todavía soltero, su existencia era lo suficientemente regular y despojada de excitaciones como para que sólo ese gol lo conmoviera, porque lo había esperado innumerables domingos, lo había imaginado y palpitado de mil modos diferentes.
Nacido en Ramos Mejía, cuando todo Ramos era adicto al entonces Club Argentinos de Vélez Sarsfield, Amaro estaba seguro de haber aprendido pronunciar ese nombre casi simultáneamente con la palabra "papá", del mismo modo que recordaba que sus primeros pasos los había dado con una pequeña pelota de trapo entre los pies, en el patio de la casona paterna, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril, cuando todavía existían potreros y los chicos se reunían a jugar al fútbol hasta que poco a poco, a medida que se destacaban, iban acercándose al club para alistarse en la novena división. Ya desde entonces, su vida quedó ligada a la de Vélez Sarsfield (de un modo tan definitivo que él ignoró por bastante tiempo), quizá porque todos quienes lo conocieron le auguraron un promisorio futuro futbolístico sobre todo cuando llegó a la tercera, a los diecisiete años, y era goleador del equipo; pero acaso su ligazón fue mayor al morir su padre, un mes después de que le prometieron el debut en Primera, porque tuvo que empezar a trabajar y se enroló como grumete en los barcos de la flota “Mihanovich” y dejó de jugar, con ese dolor en el alma que nunca se le fue, aunque siempre conservó en su valija la camiseta con el número nueve en la espalda, viajara donde viajara, por muchos años, y aún la tenía cuando ascendió a Primer Comisario de abordo, en los buques que hacían la línea Buenos Aires-Asunción-Buenos Aires, y también aquel día de Mayo de 1931, cuando el "Ciudad de Asunción" se descompuso en Puerto Barranqueras y debieron quedarse cinco días, y él, sin saber muy bien por qué, miró largamente esa camiseta, como despidiéndose de un muerto querido y decidió no seguir viaje, de modo que desertó y gastó sus pocos pesos en el Hotel “Chanta Cuatro”; después vendió billetes de lotería, creyó enamorarse de una prostituta brasileña que se llamaba Mara y que murió tuberculosa, trabajó como mozo en el bar La Estrella y se ganó la vida haciendo changas hasta que consiguió ese puestito en el correo, como repartidor de cartas en la bicicleta que le prestaba su jefe.Desde entonces, cada domingo implicó, para él, la obligación de seguir la campaña velezana, lo que le costó no pocos disgustos: durante casi cuarenta años debió soportar las bromas de sus amigos, de sus compañeros del correo; de la barra de La Estrella, porque en Resistencia todos eran de Boca o de River; y cada lunes la polémica lo excluía porque los jugadores de Vélez no estaban en el seleccionado, nunca encabezaban las tablas de goleadores, jamás sus arqueros eran los menos vencidos, y Cosso, goleador en el '34 y en el '35, Conde en el '54, Rugilo, guardavallas de la Selección (quien se había erigido como héroe mereciendo el apodo de "El León de Wembley"), eran sólo excepciones. La regla era la mediocridad de Vélez y lo más que podía ocurrir era que se destacara algún jugador, el que, al año siguiente, seria comprado, seguramente, por algún club grande. Y así sus ídolos pasaban a ser de Boca o de River. Y de sus amigos, de sus compañeros de barra. Claro que había retenido algunas satisfacciones: en 1953, por ejemplo, el glorioso año del subcampeonato, cuando el equipo termino encaramado al tope de la tabla, solo detrás de River. O aquellas ¿temporadas en que Zubeldía, Ferraro, Marrapodi en el arco, Avio, Conde formaban equipos más o menos exitosos. Todos ellos pasaron por la Selección Nacional: Ludovico Avio estuvo en el Mundial de Suecia, en 1958, y hasta marcó un gol contra Irlanda del Norte. Amaro había escuchado muy bien a Fioravanti, cuando relató ese partido desde el otro lado del mundo, y se imaginó a Avio vistiendo la celeste y blanca, admirado por miles y miles de rubios todos igualitos, como los chinos, pero al revés, y por eso no le importó que a Carrizo los checoslovacos le hicieran seis goles, total Carrizo era de River. Amaro podía acordarse de cada domingo de los últimos treinta y siete años porque todos habían sido iguales, sentado frente a la vieja y enorme radio, durante casi tres horas, en calzoncillos, abanicándose y tomando mate mientras se arreglaba las uñas de los pies. Entonces, no se transmitían los partidos que jugaba Vélez, sólo se mencionaba laformación del equipo, se interrumpía a Fioravanti cada vez que se convertía un gol o se iba a tirar un penal, y al final se informaba la recaudación y el resultado. Pero era suficiente. Todos los lunes a las seis menos cuarto, cuando iba hacia el correo, compraba "El Territorio" en la esquina de la Catedral y caminaba leyendo la tabla de posiciones, haciendo especulaciones sobre la ubicación de Vélez, dispuesto a soportar las bromas de sus compañeros, a escuchar los comentarios sobre las campañas de Boca o de River. Genaro Benítez, aquel cadetito que murió ahogado en el río Negro, frente al Regatas, siempre lo provocaba: -Che, Amaro, ¿por qué no te hacés hincha de Boca, eh? -Calláte, pendejo -respondía él, sin mirarlo, estoico, mientras preparaba su valija de reparto, distribuyendo las cartas calle por calle, con una mueca de resignación y tratando de pensar en que algún día Vélez obtendría el campeonato. Se imaginaba la envidia de todos, las felicitaciones, y se decía que esa sería la revancha de su vida. No le importaba que Vélez tuviera siempre más posibilidades de ir al descenso que de salir campeón.
Cada año que el equipo empezaba una buena campaña, Amaro era optimista, y se esforzaba por evitar que lo invadiera esa detestable sensación de que inexorablemente un domingo cualquiera comenzaría la debacle, la que, por supuesto, se producía y le acarreaba esas profundas depresiones, durante las cuales se sentía frustrado, se ensimismaba y dejaba de ir a La Estrella hasta que algún buen resultado lo ayudaba a reponerse. Un empate, por ejemplo, sobre todo si se lograba frente a Boca o a River, le servía de excusa para volver a la vereda de La Estrella y saludar, sonriente, como superando las miradas sobradoras, a los integrantes de la barra: Julio Candia, el Boina Blanca, el Barato Smith, Puchito Aguilar, Diosmelibre Giovanotro y tantos otros más, la mayoría bancarios o empleados públicos, solterones, viudos algunos, jubilados los menos (sólo los viejitos Ángel Festa, el que se quejaba de que en su vida nunca había ganado a la lotería, aunque jamás había comprado un billete; y Lindor Dell'Orto, el tano mujeriego que fue padre a los cincuenta y siete años y no encontró mejor nombre para su hija que Dolores, con ese apellido), pero todos solitarios, mordaces y crueles, provistos de ese humor acre que dan los años perdidos.
En ese ambiente, Amaro no desperdiciaba oportunidad de recordar la historia de Vélez. Podía hablar durante horas de la fundación del club, aquel primero de mayo de 1910, o evocar el viejo nombre, que se usó hasta el '23, y ponerse nostálgico al rememorar la antigua camiseta verde, blanca y roja, a rayas verticales, que usaron hasta el '40 y que todavía guardaba en su ropero. No le importaban las pullas, el fastidio ni los flatos orales con que todos, en La Estrella, acogían sus remembranzas. Como sucedió en el '41, cuando Vélez descendió de categoría y "Dios me libre" sentenció"Amaro, no hablés más de ese cuadrito de Primera B", y él se mantuvo en silencio durante dos años, mortificado y echándole íntimamente la culpa al cambio de camiseta, esa blanca con la ve azul, a la que odió hasta el '43, una época en la que las malas actuaciones lo sumieron en tan completa desolación que hasta dejó de ir a La Estrella los lunes, para no escuchar a sus amigos, para no verles las caras burlonas. Pero lo que más le dolía era sentirse avergonzado de Vélez. Tan deprimido estuvo esos años, que en el correo sus superiores le llamaron la atención reiteradamente, hasta que el señor Rodríguez, su jefe, comprendió la causa de su desconsuelo.
Rodríguez, hincha de Boca y hombre acostumbrado a saborear triunfos, se condolió de Amaro y le concedió una semana de vacaciones para que viajara a Buenos Aires a ver la final del campeonato de Primera B. Era un noviembre caluroso y húmedo. Amaro no bajaba a la Capital desde aquella mañana en la que abordó el "Ciudad de Asunción", rumbo al Paraguay, para su último viaje. La encontró casi desconocida, ensanchada, más alta, más cosmopolita que nunca y casi perdida aquella forma de vida provinciana de los años veinte. No se preocupó por saludar al par de tías a quienes no veía desde hacía tanto tiempo, y durante cinco días deambuló por el barrio de Liniers, recordando su niñez, rondando la cancha de Villa Luro, y el viernes anterior al partido fue a ver el entrenamiento y se quedó con la cara pegada al alambrado, deseoso de hablar con alguno de los jugadores, pero sin atreverse.
Le pareció, simplemente, que estaba en presencia de los mejores muchachos del mundo, imaginó las ilusiones de cada uno de ellos, los contempló como a buenos y tiernos jóvenes de vida sacrificada, tan enamorados de la casaca como él mismo, y supo que Vélez iba a volver a Primera A. Aquel domingo, en el Fortín, las tribunas comenzaron a llenarse a partir de las dos de la tarde, pero Amaro estuvo en la platea desde las once de la mañana. El sol le dio de frente hasta el mediodía y el partido empezó cuando le rebotaba en la nuca y él sentía que vivía uno de los momentos culminantes de su existencia. Se acordó de los muchachos del correo, de la barra de La Estrella, de todos los domingos que había pasado, tan iguales, en calzoncillos, pendiente de ese equipo que ahora estaba ante sus ojos. Le pareció que todo Resistencia aguardaba la suerte que correría Vélez esa tarde. De ninguna manera podía admitir que alguno deseara una derrota. Lo cargaban, sí, pero sabía que todos querrían que Vélez volviera jugar en la A al año siguiente. Miró el partido sin verlo, y lloró de emoción cuando el gol del chico ése, García, aseguró el triunfo y el ascenso de Vélez. Y cuando salió del estadio tenía el rostro radiante, los ojos brillosos y húmedos, las manos transpiradas y como una pelota en la garganta; pero la pucha Amaro, un tipo grande, se dijo a sí mismo, meneando la cabeza hacia los costados, y después pateó una piedra de la calle y siguió caminando rumbo a la estación, bajo el crepúsculo medio bermejo que escamoteaban los edificios, y esa misma noche tomó La Internacional hacia Resistencia. Desde entonces, cada domingo, Amaro se transportaba imaginariamente a Buenos Aires, era un hombre más en la hinchada, revivía la tarde del triunfo, se acordaba del pibe García y lo veía dominar la pelota, hacer fintas y acercarse a la valla adversaria.
Y todas las tardes, en La Estrella, cada vez que se discutía sobre fútbol, Amaro recordaba:-Un buen jugador era el pibe García. Si lo hubiesen visto. Tenía una cinturita...
O bien: -¿Una defensa bien plantada? Cuando yo estuve en Buenos Aires...Y cuando los demás reaccionaban:-¡Qué me hablan de Boca, de River, de tal o cual delantera, si ustedes nunca los vieron jugar! A medida que fueron pasando los años, Amaro Fuentes se convirtió en un perfecto solitario, aferrado a una sola ilusión y como desprendido del mundo.
La vejez pareció caérsele encima con el creciente malhumor, la debilidad de su vista, la pérdida de los dientes y esa magra jubilación que le acarreó una odiosa, fatigante artritis y el reajuste de sus ya medidos gastos. Como nunca había ahorrado dinero, ni había sentido jamás sensualidad alguna que no fuera su amor por Vélez Sarsfield, su vida continuó plena de carencias y nadie sabía de él más que lo que mostraba: su cuerpo espigado y lleno de arrugas, su pasividad, su estoicismo, su mirada lánguida y esa pasión velezana que se manifestaba en el escudito siempre prendido en la solapa del saco, más con empecinamiento que con orgullo porque carajo, decía, alguna vez se tiene que dar el campeonato, ese único sobresalto que esperaba de la vida monótona, sedentaria que llevaba y que parecía que sólo se justificaría si Vélez salía campeón. Y quizás por eso aprendió a ver la esperanza en cada partido, confiado en que su constancia tendría un premio, como si alcanzar el título fuera una cuestión personal y él no estuviera dispuesto a morir sin haberse tomado una revancha contra la adversidad porque, como se decía a sí mismo, si llevé una vida de mierda por lo menos voy a morirme saboreando una pizca de gloria. Casualidad o no, la campaña de Vélez Sarsfield en 1968 fue sorprendente.
Tras las primeras confrontaciones, Amaro intuyó que ése sería el esperado gran año. Desde poco después de la sexta fecha, la escuadra de Liniers se convirtió en la sensación del torneo, y las radios porteñas comenzaron a transmitir algunos partidos que jugaba Vélez, en los clásicos con los equipos campeones, lo que para Amaro fue una doble satisfacción, puesto que también sus amigos tenían que escuchar los relatos y sólo se sabía de Boca o de River por el comentario previo o por la síntesis final de la jornada, como antes ocurría con Vélez, y éstas si son tardes memorables, gran siete, pensaba Amaro mientras tomaba un par de pavas de mate y hasta se cortaba los callos plantales, que eran los más difíciles, confiado en que sus muchachos no lo defraudarían. Era el gran año, sin duda, y la barra de La Estrella pronto lo comprendió, de modo que todos debían recurrir al pasado para sus burlas. Pero a Amaro eso no le importaba porque le sobraban argumentos para contraatacar: los riverplatenses hacía diez años que salían subcampeones, los boquenses estaban desdibujados, y todos envidiaban a Willington, a Wehbe, a Marín, a Gallo, a Luna y a todos esos muchachos que eran sus ídolos. Goooooooool de Velesárfiiiiiilllllll!La voz de Fioravanti estiraba las vocales en el aparato y Amaro, llorando, sintió que jamás nadie había interpretado tan maravillosamente la emoción de un gol. Vélez se clasificaba, por fin, campeón nacional de fútbol, tras cumplir una campaña significativa: además de encabezar las posiciones, tenía la delantera más positiva, la defensa menos batida, y Carone y Wehbe estaban al tope de la tabla de goleadores. Pocos segundos después de ese cuarto gol, cuando Fioravanti anunció la finalización del partido, Amaro estaba de pie, lanzando trompadas al aire, dando saltitos y emitiendo discretos alaridos. Dio la tan jurada vuelta olímpica alrededor de la mesa, corrió hacia el ropero, eligió la corbata con los colores de Vélez y su mejor traje y salió a la calle, harto de ver todos los años, para esa época, las caravanas de hinchas de los cuadros grandes, que recorrían la ciudad en automóviles, cantando, tocando bocinas y agitando banderas. Caminó resueltamente hacia la plaza, mientras el crepúsculo se insinuaba sobre los lapachos y las cigarras entonaban sus últimas canciones vespertinas, y frente a la iglesia se acercó a la parada de taxis, eligió el mejor coche, un Rambler nuevito, y subió a él con la suficiencia de un ejecutivo que acaba de firmar un importante contrato.
-Hola, Amaro -saludó el taxista, dejando el diario.
-A recorrer la ciudad, Juan, y tocando bocina -ordenó Amaro-.
Vélez salió campeón.
Bajó los cristales de las ventanillas, extrajo el banderín del bolsillo del saco y empezó a agitarlo al viento, en silencio, con una sonrisa emocionada y el corazón galopándole en el pecho, sin importarle que la solitaria bocina desentonara, casi afónica, con el atardecer, y sin reparar siquiera en el reloj que marcaba la sucesión de fichas que le costaría el aguinaldo, pero carajo, se justificó, el campeonato me ha costado una espera de toda la vida y los muchachos de Vélez, en todo caso, se merecen este homenaje a mil kilómetros de distancia. Cuando llegaron a la cuadra de La Estrella, Amaro vio que la barra estaba en la vereda, ya organizada la larga mesa de habitués que los domingos al anochecer se reunían para comentar la jornada. Y vio también que cuando descubrieron al Rambler en la esquina, con la solitaria banderita asomándose por la ventanilla se pusieron todos de pie y empezaron a aplaudir.
Más despacio, Juan, pero sin detenernos -dijo Amaro mientras se esforzaba por contener esas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, libremente, como gotas de lluvia, y lo aplausos de la barra de La Estrella se tornaban más vigorosos y sonoros, como si supieran que debían llenar la tarde de Diciembre sólo para Amaro Fuentes, el amigo que había dedicado su vida a esperar un campeonato, y hasta alguno gritó ¡Viva Vélez Carajo! y Amaro ya no pudo contenerse y le pidió al chofer que lo llevara hasta su casa. Dejó colgado el banderín en el picaporte del lado de afuera, y entró en silencio. Hacía unos minutos que su corazón se agitaba desusadamente. Un cierto dolor parecía golpearle el pecho desde adentro. Amaro supo que necesitaba acostarse. Lo hizo, sin desvestirse, y encendió la radio a todo volumen. Un equipo de periodistas desde Buenos Aires, relataba las alternativas de los festejos en las calles de Liniers.
Amaro suspiró y enseguida sintió ese golpe seco en el pecho. Abrió los ojos, mientras intentaba aspirar el aire que se le acababa, pero sólo alcanzó a ver que lo muebles se esfumaban, justo en el momento en que el mundo entero se llamaba Vélez Sarsfield.
martes, 2 de agosto de 2011
“ELOGIO DEL OCIO”- LOS QUE NUNCA DEJARON
“…quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno…” Leí esto al extraer el cd de “Los que nunca dejaron” de la caja para escucharlo por primera vez y algo me hizo sentir que un buen rato estaba por pasar.
“Elogio de Ocio” es el titulo del primer disco del trío que conforman Claudio Vecchione (batería, percusión, coros y arreglos), Leo Arrube (Bajo, coros, voz, dirección y arreglos) y Frichi Fridman (Voz y guitarras), acompañados por el productor artístico del disco e invitado estable Juan Subirá (piano, acordeón, coros, programación de loops y arreglos). Es una producción independiente que fue grabada entre octubre y diciembre de 2010 en los estudios La Carpa en Florida, Bs. As.
Muchos músicos invitados se arriman a esta comunión de trece canciones. El collage es múltiple, alguna con inicio en forma de rap (“No me premien mas”), otra en forma de hermoso reggae ("Serenata para Renata"), un breve pero muy contundente trash/hardcore ("La derecha acecha"), hasta un aire de murga con los Bersuit de invitados ("Nadie sabe bien de que se trata"), todas canciones de rock tan logradas como pulidas, donde reluce con brillo una anécdota hecho vals ("Vals del olvidado"). En tiempo donde no abundan de los buenos, celebro de sobremanera este disco. El compromiso manifiesto por la palabra de Frichi Fridman (compositor de todos los temas), que se materializa en letras ajustadísimas, acompañadas por el talento de la banda para darle sustento musical a la idea, completan un disco para no perderse, altamente recomendable.
Terminé de escucharlo y al poner el disco en la caja leí, “…el ocio es la madre de todos los vicios (¿y quién no ama a una madre?)…” Cuánta razón tienen LQND! Amigos inquietos, a amar a la madre se ha dicho, a subir el volumen y a disfrutar del disco! Abrazo Leer más...
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Musinquieta,
Una mano a los que no les gusta el Futbol
martes, 19 de julio de 2011
Medieval Times - Roberto Fontanarrosa
Hoy 19 de Julio se cumplen 4 años de la partida del Negro Fontanarrosa.
Para los que se animen hay un concurso de cuentos cortos, que incluyan personajes del Negro.
www.cuentosymas.com.ar es la pagina en cuestión.
Los dejamos con un cuento del Negro, Medieval Times, del libro "La Mesa de los Galanes"; y al final, el video del mismo con una actuación impresionante del Puma Goity.
MEDIEVAL TIMES
No, dejame explicarte. No porque me haya ido a los Estados Unidos quiere decir que ande derecho. Quiero aclarártelo bien porque vos bien sabés que yo nunca cagué a nadie. Ahora, si vos me das quince minutos te explico bien qué fue lo que me pasó porque te juro que si alguien te lo cuenta no se lo podés creer. Solamente a mí me pasan este tipo de cosas, será porque soy un pelotudo o porque soy de esa clase de tipos que no se la bancan ¿me entendés? Hay otra gente que se queda más en el molde y se aguanta lo que le tiren pero yo en ese aspecto, no sé si para bien o para mal, siempre fui medio retobado, ¿me explico? Pero lo que quiero es dejar la cosa bien clarita con vos como para que entiendas como viene la mano y que no estoy tratando, de ninguna manera, de pasarte. Es verdad que yo me fui a los Estados Unidos, es verdad. Yo te admito que habíamos quedado en vernos el 14 de febrero y yo me piré y no te avisé absolutamente nada. Pero no te avisé porque no tuve tiempo y vos sabés como es el Pancho. Dijo "vamos, vamos" y a mí me pareció interesante la mano y agarré viaje. En parte también para ver si se enderezaba la cosa y empezaba a verle las patas a la sota de una buena vez por todas. Porque yo fui a laburar a los Estados Unidos, Horacio, fui a poner la giba, no me fui de joda como es posible que te hayan batido por ahí.
El Pancho y Rulo (porque el Rulo también fue) hace como cuatro años que hacen este tipo de viajes a Miami a comprar pilchas para las vaquerías y han hecho su buena diferencia. Y vos lo sabés bien, Horacio, a mí se me estaba cayendo el negocio, especialmente después del quilombo con la negra. Entonces agarré, junté los pocos pesos que tenía, y me fuí con Pancho y el Rulo, no solo para ver el asunto de los vaqueros (porque el mercado del jean ya esta un poco emputecido) sino también lo de los muñecos de peluche, que allá están a un precio que es joda, verdadera joda, y son unos muñecos con una confección de la puta madre y que acá los fabricantes no pueden competir en precios ni que se caguen. Porque allá los yankis, vos viste como son estos hijos de puta, ahora han encontrado el yeite de hacer laburar a los amarillos. Vos agarrás las pilchas, los artefactos, los juguetes y son todos de Taiwán, Corea, Singapur, de todos esos lugares donde al obrero lo tienen bajo un régimen de explotación esclavista y lo hacen laburar día y noche por una taza de arroz. Porque los hacen laburar por una taza de arroz a esos tipos. Eso, cuando no hacen laburar a los que están en la cárcel, te juro, para mantenerlos ocupados, y no les pagan un carajo. ¡Los famosos Tigres del Pacífico! Se los han recogido bien recogidos a los tigres del Pacífico. Estos yankis si no te cagan militarmente te cagan con el comercio. La cuestión es que me interesaban también los ositos de peluche porque si la cosa sigue así con la vaquería yo no me hago mucho drama y largo a la mierda. A otra cosa. Pongo un salón de ventas, lo lleno de pelotudeces y a otra cosa mariposa. Traje de esos bichos de felpa, una belleza te juro ¿Qué edad tiene tu pibe? No, tu pibe ya está grande pero te digo que a los pendejos les vuelan el bocho esos muñecos. Hasta pescados de peluche te hacen los hijos de puta. Vos nunca te hubieras imaginado un pescado peludo pero los guachos lo hacen y no quedan nada mal, mirá lo que te digo. Me fuí Horacio, entonces ¿qué iba a hacer? Vos no sabés el quilombo que yo tenía aquí, pero me fuí. Bah, vos sí lo sabías. Así que no tenía otra. No tenía otra. Muy bien, llegamos a Miami y ahí empezamos a entrevistarnos con distintos tipos. Bien los tipos, bien. Cubanos casi todos. Una suerte, te digo, porque el Pancho y el Rulo no hablan un sorete de inglés. Que yo antes me preguntaba ¿cómo hacen estos monos para entenderse en una charla de negocios si no saben un joraca de inglés? Pero, bueno, allá son todos cubanos y la cosa se hace más fácil. Más fácil es un decir. Rápidos los cubanos. El más boludo se coge un avestruz al trote. No te creas que han hecho la guita por infelices. Me decían que el poderío actual de todo Miami es gracias a estos cubanos, cosa que yo no podía creer, gusanos de mierda, que se rajaron todos huyendo de la revolución y llegaron con el culo a cuatro manos hasta Miami, sin un puto mango. Porque yo pregunté si habían llegado con guita y me dijeron que no. Que Fidel no les dió tiempo ni para llevarse un calzoncillo, mirá lo que te digo. Y sin embargo los ñatos, los que habían sido multimillonarios en Cuba a los 20 años, veinte años después ya habían recuperado esa fortuna en Miami. Mirá vos los tipos. Unas luces los cubanos. Charlamos un poco con ellos a pesar del asco que me daban esos gusanos, y se nos quedó colgada una entrevista con un pesado de las pilcherías, un tal Ajubel, me acuerdo, para tres días después. Teníamos tres días al pedo entonces. Y va el Pancho, que tiene un petardo en el culo vos lo conocés: no hay Dios que lo haga quedar más de dos minutos en un mismo lugar y se le ocurre ir a Disneylandia. ¡A Disneylandia, fijate vos! Que no había ido nunca, que para qué mierda nos íbamos a quedar en Miami y todo eso, empezó a romper las pelotas. Y el Rulo se anotó. También con lo mismo. Yo no quería ir ni en pedo. Y te lo digo porque sin duda ya habrá habido alguno que te haya venido con el cuento de que yo me piré a Disneylandia en onda bacán y todo ese verso. Yo fuí porque aquellos dos se encajetaron con eso y si no yo me iba a tener que quedar como un pelotudo en Miami, solito mi alma, mirando los canales para latinos. ¡Yo me quería ir para Las Vegas, querido! De haber tenido guita y tiempo, yo me hubiera ido para Las Vegas ¡Qué te parece! Ninguna duda. Me dijeron que estaba en pedo, que Las Vegas estaba en la loma del orto, que el avión, que el tiempo, que las pelotas de Mahoma, en fin... Nos fuimos a Orlando. El Pancho alquiló un auto, porque le encanta manejar, y nos fuimos para Disneylandia. Te juro, no sé si no era mas lejos que Las Vegas. Es lejísimo eso. Yo escuchaba siempre hablar de Disneylandia, de Miami, de la península de Florida, y me creía que estaba ahí nomás. Como si vos cazás el auto acá en Rosario y te vas hasta Roldán, o a San Lorenzo, una cosa así. Santa Fe , por decirte mucho. Los otros dos boludos encantados. Que la ruta, que el coche, que la señalización, que las hamburguesas... Te la hago corta. Llegamos a Orlando, nos metimos en un hotel cerca de los parques (porque son como parques eso), y nos fuimos el primer día a Disneylandia... A las cuatro horas de caminar, te juro, yo ya tenía las pelotas por el suelo. Lo llegaba a encontrar a Mickey y lo cagaba a trompadas, te lo juro. Gente grande, jugando a esas cosas, haciendo colas para ver la Cueva de los Piratas. Pelotudos grandotes en pantaloncito corto, tomando helados. Arabes, iraníes, con una cara de turcos que asustaba, musulmanes, mi viejo, fundamentalistas que vos pensabas que estarían ahí para ponerle una bomba a la Mansión de los Fantasmas, comiendo pororó y esperando como corderos para meterse en esas lanchitas donde te ataca el tiburón. Una cosa de locos, demencial, te lo juro. Una cagada. Tenía razón el mejicano que manejaba la combi que nos llevó hasta Magic Kingdom, --ellos le llaman Magic Kingdom a Disneylandia-- y te llevan desde el hotel en una combi. El mejicano, Luis se llamaba, un facho hijo de mil putas, nos decía, "Son retardados los yankis, retrasados mentales. Les gustan todas estas cosas, se enloquecen con estos juegos. Retardados mentales, señor" nos decía. Aunque él, te digo, yo no sé si se las quería tirar del reivindicador de Latinoamérica, del gran revolucionario, de Emiliano Zapata o qué. Por ahí como nos veía argentinos y sabía que nosotros siempre hemos pensado que a los mejicanos los yankis se los han vivido recogiendo (como cuando le chorrearon Texas) se las quería tirar de vengador de los pobres, de algo así. "Yo tuve como cuarenta de estos yankis a mi cargo, señor" nos decía , porque había laburado en una empresa de transportes. "Y los trataba mal, mal los trataba. No; son retardados. Imbéciles, drogadictos". Pero bien que el hijo de puta no solo vivía en los Estados Unidos, sino que se había comprado una casa para cuando se jubilara ("el retiro" le decía él) y se la había comprado ahí , en la costa de Florida, nos contaba. Mejicano piojoso. Los otros le mataban el hambre y éste se la tiraba de revolucionario. Y en esa combi que viajamos a Disney fue con nosotros también una venezolana, que justo se sienta al lado mío. Te digo que la venezolana era un cuatro, a lo sumo un cinco. Del uno al diez era un cinco, digamos, siendo generosos. Te juro que acá esa mina no me tocaba el culo ni con un palo, pero allá, ¿viste? la soledad te lleva a hacerte un poco el pelotudo. La venezolana, Leonor creo que se llamaba, andaba sola y como nosotros, también le habían quedado un par de días sandwich por negocios. Justo vuelve en la misma combi con nosotros y ahí retomamos el chamuye. Y al día siguiente, a la mañana, la volvemos a encontrar para el desayuno. Una casualidad de aquellas, porque son unos hoteles de la gran puta que siempre están llenos de gente. Pero la encuentro. Pancho y el Rulo de nuevo para Magic Kingdom, mejor dicho para Epcot, que me decían que era más interesante, más para intelectuales, me cargaban. Yo los mandé a la concha de su madre, les dije que se fueran solos, que a mí no me agarraban más. Aparte tenía los pies que eran dos albóndigas de tanto patear el día anterior en Disneylandia. Me quedé en el telo pero arreglé con la venezolana de salir juntos a cenar esa noche. Te repito que la venzolana no me movía un pelo pero, en parte, también quería un poco refregársela por la jeta a los otros dos boludos que andaban babosos con "Regreso al Futuro", "La Montaña Espacial" y me venían a hablar maravillas de la tecnología y del Primer Mundo. Que si eso es el Primer Mundo mejor que nos cortemos las bolas y se las tiremos a los chanchos. Un poco decirles, "Loco, ustedes sigan sacándose fotos con Minnie y el Perro Pluto que yo me voy de conga con una mina. En una de esas hasta me echo un fierro y que después me la vengan a contar de la Montaña Rusa" Porque vos sabés bien, Horacio (y en eso somos todos parecidos) que yo puedo decirte que la venezolana no me movía un pelo, pero que si la mina me daba bola (y me daba bola) a eso de las doce de la noche (porque allá es todo más temprano) con un par de cervezas de más yo soy capaz de voltearme a esa venezolana y si me quedo más de tres días hasta en una de esas me lo pincho al mejicano hijo de mil putas y todo, vos lo sabés. La encuentro a la venezolana a la noche y me dice, muy animada, que incluso ya me había preparado un programa. Que íbamos a ir a Medieval Times, que ya había reservado mesa, contratado el transporte y que ella me invitaba. Ahí me dí cuenta que me quería bajar la caña, pero me hice bien el boludo. Un duro, ¿viste? Tipo Clint Eastwood. Le pregunté, como te preguntarías vos, como se preguntaría cualquiera, qué era eso de Medieval Times. Me dijo que era un restaurante que, mientras vos morfás, hay un espectáculo medieval, de esos con caballeros, que hacen duelos con lanzas. ¿Te acordás Horacio de aquella película "Ivanhoe", que hacían esas justas medievales, a caballo, con escudos y lanzas, que el que lo tiraba al otro a la mierda del caballo ganaba?. Bueno, de eso, me dice. "Cagamos" pensé. Yo que imaginaba, no te digo en un Mc Donald, pero una cosita modesta, algún boliche italiano que los hay, donde comer alguna pasta. Incluso una pizza, un vaso de vino. Yo hacía cuatro días que estaba en Miami y ya extrañaba la comida. Mirá que boludo. Parece mentira pero es así. Y esta mina me salía con eso. Comer mientras se ve un espectáculo de caballeros con armadura, que se cagan a espadazos. Te juro que estuve a punto de decirle que no, que no iba, que se metiera en el orto las invitaciones y las reservas. Pero estaba al pedo, tenía hambre y ya me había quedado desenganchado de los muchachos. Ellos no iban a llegar al hotel hasta tarde y además iban a venir destrozados, como yo volví el día anterior, después de caminar más de ocho horas como unos pelotudos por todo Epcot. Ir solo a comer no me convenía porque con un solo año de inglés en la Cultural (cuando yo tenía siete) no me alcanzaba ni para pedir la sal en un boliche. Y allí en Orlando no es como en Miami que todo el mundo la parla en castellano. Allá la cagaste, hermano. Algo de inglés tenés que manejar y esta venezolana me había dicho que ella lo hablaba perfectamente porque había trabajado en Maracaibo en una compañía petrolera de los yankis. Sabes que los yankis se han cogido bien recogidos a los venezolanos, entre otros muchos, con el verso de la privatización del petróleo y todo eso. Así que me fui con la mina. Por supuesto, de nuevo el chofer de la combie era el gordo Luis. Y otra vez con lo mismo. Ya no conmigo, sino con una pareja de españoles que iban con nosotros. "Retrasados mentales, señor, idiotas, ladrones también" y decía, refiriéndose a eso del Medieval Times: "Está bien, sí, muy bonito" con un tono ¿cómo te diría? despectivo, "Como para venir una sola vez, por supuesto. Usted lo ve una vez y ya está bien, señor". Medio medio ya como tratándonos como infradotados por ir a ver ese espectáculo. Como diciendo: "¡Gente grande viniendo a ver estas pelotudeces!". Te juro que me dió bronca, ya me hinchó las bolas el mejicano. Tanto, te juro, que me predispuso bien con el espectaculo. ¿Viste?. De contrera nomás. Yo soy así, por eso me pasan las cosas que me pasan. Dije: "Este mejicano esta hablando al pedo. No hay verga que le venga bien" Y entré contento al boliche, entré bien, de buen ánimo... ¡Para qué! Dios querido... ¡Para qué! Tenía razón el hombre. Primero te cuento que es un lugar inmenso, que quiere imitar a un castillo, por la parte de afuera. Entrás por arriba de un puente levadizo y te metés a una especie de sala de espera, enorme, muy grande. Adentro, para mí que quería una cena íntima, ya había como mil personas. Pero no te lo digo en un sentido figurado. Había como mil personas, no menos. Pero antes, antes de entrar (cuando te piden la reserva, las entradas y esas cosas) ahí una minita vestida de la Edad Media, te entrega un corona. Una corona berreta de esas de cartón que se usan para los cumpleaños de los pendejos, ¿viste? De algún color. Verde, o azul, o rojo. A nosotros nos tocó una a cuadritos blanca y negra. Y nos indicaron que nos las pusiéramos. Ahí yo ya agarré para la mierda. ¿Viste cuando uno empieza a sentir como una calentura que se sube desde el estómago hacia la cabeza? Una cosa así empecé a sentir yo. La venezolana se puso la corona lo más campante y me pidió que yo hiciera lo mismo. Y yo no le dí ni cinco de pelota. Hasta ese momento trataba de ser más o menos cordial, trataba de no darme máquina porque yo me conozco. Además, no quería dejarla para la mierda a esta pobre mina (que era buenita te cuento) porque ella me había invitado y hacía todo con la mejor buena voluntad. Lo que pasa es que los venezolanos son unos colonizados y yo no sé porqué, pero les caben todas esas payasadas que hacen los yankis. Pero te juro que eso era una reverenda payasada. Eso de que te reciban en un boliche y te den una coronita de cartón pintado para que te la pongas. Y no era la Cantina del Lolo, que uno va con globos a bailar la tarantela. No. Eso pretendía ser un lugar bacán, un boliche de primera. Agarré la corona y me la metí debajo del brazo, por no desentonar y tirarla ahí mismo al carajo. Después la máxima: antes de pasar a la sala te recibe un tipo vestido de rey ¡de rey, mi viejo! Con capa, corona dorada, barba, espada, y tenés que sacarte una foto con él. Bah, te ofrecen sacarte una foto con él, casi que te obligan, porque si no no pasás. Segunda payasada de la noche. No solo te tenés que poner una corona como un pelotudo sino que tenés que sacarte una foto con esa corona y con un tipo disfrazado de monarca, cosa de que quede un testimonio gráfico para las generaciones futuras y que después los muchachos del barrio se caguen de risa del pelotudo que viajó a Miami. Para colmo, yo no tuve reacción para mandarlo al monarca a la concha de su madre. Me quedé como un pelotudo al lado de él y me escracharon en la foto. Porque es todo tán rápido, chas, chas y a la lona. Y eso, el no haber podido reaccionar, me dió más bronca todavía. Por suerte, no salí con la coronita puesta (al menos defendí ese pedacito de mi honor) salí con la corona debajo del brazo, como corresponde a alguien que no le da pelota a esas cosas. Arriba la venezolana, después ya en el salón, me cargaba. Me decía que había salido muy lindo y que le podría llevar esa foto a mis chicos. Me quería sacar la información la minita, muy bicha, sobre si yo estaba casado y esas cosas, pero yo tenía tal moto encima que ni siquiera le prestaba atención a la mina.
En la sala de espera, Horacio, te juro, toda la gente, las casi mil personas, con la coronita puesta. A los yankis les decís que se pongan un sorete en la cabeza y se lo ponen. Tipos grandes, viejos, gordos pelados, viejas chotas de lo más elegantes, con la coronita puesta. Y entonces, vino lo máximo. Lo que ya me sacó definitivamente de mis casillas y me dió bien por el forro de las pelotas. La minita que nos había recibido en la puerta del castillo le habla a la venezolana y le indica una cosa, que después la venezolana me transmite. A nosotros nos había tocado la corona blanca y negra y entonces teníamos que hinchar por el caballero Blanco y Negro. ¡Pero mirá vos, si serán pelotudos estos yankis!. ¡Mirá si se cagarán en la libre determinación de los pueblos! ¡No solo te obligan a ponerte una coronita ridícula sino que, además, te indicaban para quien tenías que hinchar en la pelea a espadazos! ¡Es algo inconcebible! ¡Tenías coronita blanca y negra y tenías que alentar al caballero Blanco y Negro! Es como si acá vos, por ejemplo, vas a un cuadrangular de fútbol-sala y no sos hincha de ninguno de los cuatro equipos. Bueno, muy bien, a los cinco minutos de verlos jugar, si se te cantan las pelotas, ya podés elegir a alguno de los equipos. Porque te gusta cómo la pisan, porque juega un tipo que es amigo tuyo, por el color de la camiseta, porque van perdiendo y te resultan simpáticos o por lo que puta fuere, querido, por lo que puta fuere. Pero decidís vos, elegís vos, vos solito. Te juro que yo, a esa altura, ya tenía un veneno, pero un veneno, que no le daba ni cinco de bola a la venezolana que creo que se estaba dando cuenta de que esa noche no me cogía. Aunque te cuento que yo, hasta ese momento, tragaba y tragaba. No te digo que sonreía pero trataba de no agarrar para la mierda y empezar a putearlos a todos en voz alta. Para colmo aparece el payaso del rey ése, el barbudo, y anuncia que nos preparáramos para pasar al lugar del espectáculo. En inglés, por supuesto, pero la venezolana me iba traduciendo. Que primero iban a pasar los de corona verde, después los de corona roja, y así hasta pasar todos. Y yo pensaba "¿Pero qué es esto? ¿El colegio? ¿Porqué no nos hacen formar fila y agarrarnos de las manos también?" ¡Y los yankis lo más contentos! ¡Todos iban pasando de acuerdo al color de las coronitas, saltando, cagándose de risa! ¡Como corderos, mi viejo! ¡Después te vienen con la exaltación del individualismo y todos esos versos! ¡Con John Wayne saludando solo desde el horizonte o Bruce Willis haciendo la suya a pesar de que el jefe de policía le ordena lo contrario! ¡Te juro que Bruce Willis va a Medieval Times y se pone la coronita colorada y grita para el caballero Colorado como cualquiera de esos otros pelotudos! ¡Si así los han llevado a Vietnam, a Corea, a la Segunda Guerra, querido! ¡Como corderos! Les dicen te damos una gorra y una escopeta y ellos felices, dale que va... ¡Huy cómo estaba yo, mi viejo! Envenenado estaba, te juro, envenenado. Entramos (cuando nos toco el turno) al salón del show, del espectáculo y donde presumiblemente teníamos que morfar. Mirá, es una especie de tinglado, largo, rectangular, enorme (no sé cuanto tendrá de largo) como si te dijera una cuadra por cuarenta metros de ancho. A lo largo, a los dos costados, las tribunas para la gente, que está dividida por sectores. Acá los rojos, acá los verdes, acá los azules, cosa de que no se mezclen las parcialidades. Porque si llegan a hacer lo mismo en la Argentina, al primer vino que nos tomamos ya estamos todos cagándonos a trompadas. Y son como graderías, donde vos estás sentado en una tribuna y adelante tenés una especie de mostradorcito, también todo a lo largo, como un pupitre continuo te diría, adonde te podes apoyar y adonde además te ponen las cosas para comer. Y todo bastante apretadito, pegado al lado tuyo nomás tenes la otra persona, el ñato que sigue. En una de las cabeceras, alto, hay una especie de palco, que es donde va el tipo disfrazado de rey, el barbudo que, además, es el que dirige la batuta y no para de hablar en toda la noche. Y por la otra cabecera entran los caballeros. Entre tribuna y tribuna, por supuesto, el piso, la pista, no sé cómo decirle, para los caballos. Que tiene una especie de arena, como en los circos. Y las luces, las banderas, esas trompetas que anuncian cuando llega el rey, o la reina. O cuando salen los tipos que se van a cagar a lanzazos, todo eso. Yo me dije "Bueno Carlitos, pará la mano, relajate y disfrutá. Tratá de pasarla lo mejor posible y bajate de la moto." Porque por ahí, en una de esas, hasta me garchaba a la venezolana y todo. Ya se habia puesto medio cariñosona ¿viste? y se aprovechaba que había que estar bastante apretaditos para franelearme un poco. Me daba en la boca unos pedazos de apio, de pepino, no sé qué mierda era lo que nos habían puesto en unos platitos, como entrada fría. Todo medio rústico (porque se come con la mano ahí) como en las películas, eso no te lo había contado. Una copa grisácea de plástico o no sé de qué carajo era, que pretendía ser de bronce. Un copón, como para el Principe Valiente. Aparte, un vaso de vidrio y el palito con los pepinos. Para mejor, en mi intento por aflojarme y ser feliz, cuando empiezan a servir (pasaba un flaco disfrazado de paje o cosa así) me llenan un vaso de sangría. ¡Sangría, loco! ¡Como en Sportivo Constitución! Yo no se si estará de moda o en la Corte del Rey Arturo se tomaría, lo cierto es que nos llenan los vasos con sangría. Y ahí le empecé a dar parejo a la sangría. Meta sangría. Cada vez que me pasaba por delante el paje ése, yo lo cazaba de esa especie de bombachudito que ellos usan y le pedía otro vaso. Al final ya medio me miraba fulero pero me daba, me daba. Porque si hay algo envidiable en esos tipos es esa buena onda con que trabajan. Al parecer siempre contentos, siempre cagándose de risa. Yo pensaba "Claro... ¡cómo no van a progresar estos quías con semejante contracción para el laburo y semejante estado de ánimo! No son como los japoneses que laburan porque son enfermos del bocho y si paran de laburar se agarran una depre terrible y se tiran debajo de un Tren Bala. A estos les gusta". Hasta que la venezolana me lo aclaró. Los pibes laburan por la propina. Por eso tienen tan buena onda, o fingen tener tan buena onda. Y allá el patron te quiere rajar y te dice te tomas el piro y minga de preaviso de despido, o de indemnización o cualquiera de esas cosas. Te pegan una patada en medio del orto y anda a reclamarle una mensualidad al Seguro de Desempleo. Para colmo, te cuento, para colmo, al poco rato de dejar las sangrías pasa de nuevo el rubio, esta vez con cerveza, y me la sirve en una jarrita grande, también símil peltre o cosa así. Y ya mezclé la bebida, ya mezclé la bebida. Yo, que sé que me hace mal. Porque si yo largo con champú, puedo seguirla con champú toda la noche que vos ni lo notás. Pero si por ahí lo mezclo con algún whisky o algún gin-tonic, ahi viene la cagada, eso me ha pasado.
Y te cuento que estos ñatos no te servían sangría y además cerveza de generosos nomás. ¡Te lo sirven así porque no saben chupar, hermano! Ellos mezclan, mezclan cualquier cosa ¿O acaso no toman cerveza con tequila? ¡Toman cerveza con tequila! A mí me contaron que hacen así. Y creen que tomando vino son mas refinados. Vos viste que en las películas los que aparecen tomando vino son los intelectuales y resulta que tienen unos vinos de mierda que no se pueden probar. Se la pasan hablando de los vinos californianos y me decía Pancho que te tomás un vaso de vino y andás con cagadera como cuatro días con ese vino. La cosa es que te cuento que la cerveza y la sangría me cayeron para la mierda y no me relajaron un sorete. Para colmo de arranque los tipos largan con una sopa. De arranque ¿viste? ¡Una sopa, podés creer? Mirame a mí, muchacho grande, tomando una sopa en la Corte del Rey Arturo. Se la ofrecí a la venezolana que, te aseguro, chupaba y morfaba lo que le ponía adelante. Han sido países muy hambreados ¿viste? Y aunque se notaba que la venezolana andaba bien de guita también era claro que la gente de esas nacionalidades sojuzgadas cuando les dan de comer, aprovechan, no tiran nada, porque no saben si el día de mañana van a tener para lastrar. Aunque la venezolana ya estaba en otra. Habían entrado los caballeros, digamos, había empezado el espectáculo y la gente se habí¡a vuelto completamente loca. ¡Pero completamente loca, te juro Horacio! A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Verde, gritaban para el Caballero Verde. A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Rojo, gritaban para el Caballero Rojo. ¡Y todo así! ¡Como corderos, hermano! ¡Te llevaban como ciego estos imperialistas guachos! Y la venezolana estaba como desorbitada. Gritaba y aplaudía al Caballero Blanco y Negro que se había parado delante nuestro a saludar a su hinchada, porque cada uno se paraba delante de su hinchada para saludarla. Me acuerdo que yo le digo (yo estaba muy mal, te juro) le digo: "Pero vos sos una reventada hija de mil putas!". Decí que la mina no me escuchó con el griterío y todo eso, no me escuchó. Pero entonces yo decidí gritar por el Amarillo. A la mierda. De contrera, nomás. Por el Amarillo. Parado en medio de la tribuna de los del Blanco y Negro, empecé a los gritos: "¡Vamos Amarillo, todavía! ¡Vamos Amarillo, carajo!". Los que estaban alrededor mío medio que me miraban raro. Incluso los de las otras hinchadas. Si te digo que hasta detrás nuestro había un grupo de pendejas brasileñas de no más de catorce, quince años, que hacían un quilombo de novela, que me empezaron a abuchear. ¡Como a un traidor me abucheaban! ¡Si hasta el Amarillo se dió cuenta del despelote y miró para mi lado y yo lo saludé con un puño en alto! ¡Tenía una pinta de grone del Saladillo el pobre santo que más ganas me dieron de hinchar por él! Debía ser algún chicano, alguno de esos portoriqueños o algún mejicanito de ésos que se cuelan en los Estados Unidos escondidos adentro de un mionca o cruzando un río. Vendría de alguna hacienda de por ahí en Guadalajara y por eso sabría andar a caballo y el pobre cristo había ido a parar a esa payasada y tenía que seguir con el circo para ganarse un mango. Me imagino la vergüenza de escribir una carta a tu vieja diciendo "Conseguí laburo en los Estados Unidos" y mandar una foto donde estás vos disfrazado de dama antigua con esa lanza, el escudo, la espadita de juguete. Porque están empilchados perfectamente de época los desgraciados. Así como vos los ves en las películas ésas de los castillos. Y los caballos también, te aseguro. Te juro que cuando las brasucas ésas, las pendejas brasileñas me empezaron a abuchear, me paré, me dí vuelta y las mandé a la concha de su madre. Me hervía la sangre, te juro, y para colmo la mezcla de bebidas ya me había puesto muy alterado. Se ve que ahora están de moda esos viajes de pendejas de quince años, que en lugar de festejar el cumpleaños con una fiesta las mandan a Disneylandia. Y saltaban, gritaban, cantaban esas cosas de Xuxa, y estaban todas recalientes con el caballero Blanco y Negro que había venido a saludar a su parcialidad y que tenía una pinta de trolo el hijo de puta, vos no sabés la pinta de trolo que tenía ese muchacho. Pero claro, con esas pilchas, con el pelito largo, el caballo, todo eso, las pendejas estaban recalientes y chillaban como si lo vieran a Michael Jackson. Si a esas brasucas las mandan los viejos a los Estados Unidos a ver si algún negro se las recoge de una buena vez por todas y las desvirgan, para eso las mandan. Y yo me ponía más loco. Dejáme de joder, un pueblo creativo como el brasileño, con ése condimento africano, alentando a un vago nada más porque a la entrada les dijeron que tenían que alentarlo. ¿Pero porqué no se van a la reputa madre que los reparió? Por algo les va como les va, por algo son casi todos analfabetos esos guampudos, que no saben ni leer.
Decí que en eso trajeron pollo para comer y yo me puse a comer pollo. Pero la joda es que no te traían un pedazo de pollo, un cuarto de pollo, no era que el paje ése, el rubio de bombachudo, te preguntaba "¿La pata o la pechuga?" No. El rubio venía con una bandeja así de grande y le iba dejando un pollo a cada uno. Un pollito no muy grande, así sería, enterito, al horno y con una salsa de esas que ellos le ponen a todo, medio dulzona. Porque te aseguro que ellos se creen que comen muy bien y no saben comer un carajo. A todo le meten el ketchup y esas porquerías. La savora, la salsa de tomate. Y con la mano, mi viejo, como los reyes. Yo le entré a dar al pollo por dos razones. Primero, que estaba buenísimo, hay que reconocerlo; y segundo, que me dí cuenta que tenía que comer algo porque había venido chupando groso y con el estomago vacío. Y eso es mortal. Me había levantado una curda en cinco minutos porque no había comido nada hasta ese momento. Y esa es otra maniobra de estos yankis hijos de puta. Te ponen en pedo para quebrarte la voluntad. Uno, borracho, hace lo que el otro quiere. Y estos yankis lo aprendieron de los españoles, esos otros hijos de puta. ¿O no lo aprendieron de los españoles? ¿O los españoles no los cagaron a los indios con el alcohol? Los cagaron con el alcohol mi querido. ¿O acaso la península de Florida no estuvo llena de españoles? Y te garanto que, conmigo, lo consiguieron. Porque yo me comí el pollo, que estaba buenísimo, y también un par de costillitas de cerdo que tambien te traían, y una papa al horno, y no se me pasó la mamúa. Te aseguro que hay partes que no te cuento porque no me acuerdo un carajo. Es toda una nebulosa que no me acuerdo y eso fue uno de los argumentos (después te voy a completar bien el asunto) de donde se agarró la abogada, aunque eso es algo que te voy a ir ampliando al final. Lo que sí te juro es que quedé con grasa hasta las pelotas con ese fato de comer con la mano. Porque además, ya habían empezado las peleas eliminatorias entre los caballeros. Te explico: primero los tipos éstos hacen una especie de ejercitación de destreza, digamos. Sacan con la lanza una argolla parecida a la sortija, clavan unas lanzas mas cortitas en unos blancos de paja. En fin... te diría que esta es la parte más honesta de la cosa porque ahí no hay arreglo, ahí es simplemente una demostración de habilidad ecuestre. Pero en las peleas es un completo circo, un arreglo donde deben decir "Bueno, hoy ganás vos y mañana gana este otro". Así de simple, como en "Titanes en el Ring". Cosa de que no gane siempre el mismo y el tipo se sienta Gardel y ya pretenda el día de mañana irse a las olimpíadas de las Justas Medievales. O se les descuelgue a los tipos con que quiere más guita porque él es el Rey de la Milonga. La cosa es que habían empezado a eliminarse entre ellos y la gente deliraba. Hacían duelos de uno contra uno, de aquellos de Ivanhoe. Con las lanzas largas, uno a cada lado de una especie de valla bajita, se venían y se pegaban en los escudos. El que caía quedaba eliminado. ¡Y el mío venía prendido, che! Y yo que había seguido con la sangría, estaba cada vez más dado vuelta, te reconozco. Me limpiaba las manos con grasa en la espalda de la venezolana, por ejemplo. No por hijo de puta. De los nervios, nomás. ¿Viste cuando vos ves que estás perdiendo el control, que hay algo que te sube y te sube desde el estómago por la garganta y no lo podés contener? Para colmo las brasileñas me gritaban de todo porque el Blanco y Negro también venía clasificándose para la final. ¡Cómo estaría yo de acelerado, de desorbitado, fuera de mí mismo, que el Caballero Amarillo cuando ganó la penúltima pelea, primero saludó a su público y después se vino enfrente mío y me saludó con una inclinación de la lanza! Hasta el Rey, el pelotudo ese que no paraba de hablar, me miró desde su palco como cabrero. ¡Y para qué te cuento que la final fué entre el Caballero Amarillo y el Blanco y Negro! Ahí me volví loco. Me paré en mi asiento, me dí vuelta hacia las brasucas, saqué guita que tenía en el bolsillo y la estrellé contra el respaldo de nuestra fila. "¡Hay guita a mano del Amarillo!" grité "¡Hay guita a mano del Amarillo, la concha de su madre!". Y arrugaron, las brasileñas arrugaron --vos bien sabés que los brasucas arrugan de visitantes-- pero empezaron a cantar no sé qué cosa. Me miraban y me señalaban, se reían las pendejas, muy ladillas, saltaban en sus asientos. Empezó el duelo final y yo, te lo digo con una mano en el corazón, estaba más nervioso que con Central. Para colmo, tenía la intuición de que al Caballero Amarillo no le tocaba ganar esa noche, pero que se había agrandado fundamentalmente por el apoyo mío. Había encontrado un pelotudo que lo alentaba contra viento y marea, metido entre medio de la hinchada de los contrarios, pateándole el tablero a todos esos yankis mariconazos y había dicho "Yo a este tipo no puedo fallarle". El morocho se había envalentonado, cansado de que lo basurearan los otros por ser hispanoparlante y había dicho "Esta noche gano yo y se van todos a la puta madre que los reparió" ¡Y se vienen, che, y el Amarillo lo sienta al otro de culo de un lanzazo! ¡A la mierda con el rubiecito trolo, el Blanco y Negro! No sé, no me acuerdo muy bien qué fue lo que hice. Me paré en el asiento, creo que le grité algo al rey y me agarraba de las bolas, le hice así con los dedos como que me los cogía a todos. Despues me dí vuelta hacia las brasileñas y también me agarraba los huevos y se los mostraba. Ni sé donde carajo había ido a parar la venezolana, por ejemplo. Creo que le pegué un empujón cuando el Blanco y Negro rodó por el piso y la tiré como cuatro escalones más abajo. Estaba loco, loco. Tan loco estaba puteándolas a las brasuquitas que no me dí cuenta de que el Blanco y Negro se había parado, había sacado su espada y se le venía al humo al Amarillo. ¡La pelea no había terminado! Me apiolé recién cuando ví que las brasuquitas ya no me puteaban sino que saltaban y alentaban de nuevo mirando la pista de las peleas. Y el Blanco y Negro lo cagó al Amarillo. Simularon pelearse a espadas y con esas bolas de pinchos (porque fue una simulación asquerosa) y el negro puto ese del mejicano se tiró al piso como quien se tira a la pileta, se dejó ganar el hijo de puta. La dignidad azteca en la que yo había confiado no le alcanzó para tanto. Habrá pensado, el piojoso, que era mejor asegurarse un plato de frijoles que ganar esa noche para darle el gusto a un argentino totalmente en pedo. Entonces el Caballero Blanco y Negro se vino hacia nosotros, hacia nuestro sector, caminando nomás, y saludó con la espada hacia su tribuna, especialmente hacia el grupito de brasileñas que chillaban histéricas. Ahí fue donde yo cacé el vaso, yo cacé el vaso de vidrio, el alto, el de la sangría Horacio, yo cacé el vaso y, mirá (el Caballero Blanco y Negro estaría como de acá a allá) y le zumbé con el vaso. Acá se lo puse, exactamente acá, en medio de la trucha, en el entrecejo. Cayó redondo el hijo de puta. No dijo ni "Ay". Le salía sangre hasta de las orejas. Acá se la puse. Lo que vino después, bueno, vos te lo imaginarás. Vos sabés como son estos yankis con la cuestión de los juicios. Hay una industria del juicio allá. Vos venís a mi casa a comer una noche, te atragantás con una miga de pan y me metés un juicio, así nomás, derecho viejo. No sabés el tiempo que estuve detenido. Después pude salir por eso que te decía de la abogada que adujo "Descontrol psíquico bajo estado de emoción violenta". Pero la cosa continúa, Horacio. A través de la Embajada. Si tengo que ponerme, son arriba de 27.000 dolares, hermano, no es moco de pavo, ¿me entendés? Por eso te digo que me aguantes un poco, yo no tengo ninguna intención de cagarte, eso de más está decirlo. Vos sabés bien cómo son los norteamericanos. Y esta es otra de las formas que los tipos tienen para sacarle la guita a los tercermundistas. Especialmente a todos aquellos que se oponen al sistema. Por eso te digo, aguantame un cacho hasta que salga la sentencia. Aguantame un cacho, Horacio, que yo creo que todo se va a solucionar.
Para los que se animen hay un concurso de cuentos cortos, que incluyan personajes del Negro.
www.cuentosymas.com.ar es la pagina en cuestión.
Los dejamos con un cuento del Negro, Medieval Times, del libro "La Mesa de los Galanes"; y al final, el video del mismo con una actuación impresionante del Puma Goity.
MEDIEVAL TIMES
No, dejame explicarte. No porque me haya ido a los Estados Unidos quiere decir que ande derecho. Quiero aclarártelo bien porque vos bien sabés que yo nunca cagué a nadie. Ahora, si vos me das quince minutos te explico bien qué fue lo que me pasó porque te juro que si alguien te lo cuenta no se lo podés creer. Solamente a mí me pasan este tipo de cosas, será porque soy un pelotudo o porque soy de esa clase de tipos que no se la bancan ¿me entendés? Hay otra gente que se queda más en el molde y se aguanta lo que le tiren pero yo en ese aspecto, no sé si para bien o para mal, siempre fui medio retobado, ¿me explico? Pero lo que quiero es dejar la cosa bien clarita con vos como para que entiendas como viene la mano y que no estoy tratando, de ninguna manera, de pasarte. Es verdad que yo me fui a los Estados Unidos, es verdad. Yo te admito que habíamos quedado en vernos el 14 de febrero y yo me piré y no te avisé absolutamente nada. Pero no te avisé porque no tuve tiempo y vos sabés como es el Pancho. Dijo "vamos, vamos" y a mí me pareció interesante la mano y agarré viaje. En parte también para ver si se enderezaba la cosa y empezaba a verle las patas a la sota de una buena vez por todas. Porque yo fui a laburar a los Estados Unidos, Horacio, fui a poner la giba, no me fui de joda como es posible que te hayan batido por ahí.
El Pancho y Rulo (porque el Rulo también fue) hace como cuatro años que hacen este tipo de viajes a Miami a comprar pilchas para las vaquerías y han hecho su buena diferencia. Y vos lo sabés bien, Horacio, a mí se me estaba cayendo el negocio, especialmente después del quilombo con la negra. Entonces agarré, junté los pocos pesos que tenía, y me fuí con Pancho y el Rulo, no solo para ver el asunto de los vaqueros (porque el mercado del jean ya esta un poco emputecido) sino también lo de los muñecos de peluche, que allá están a un precio que es joda, verdadera joda, y son unos muñecos con una confección de la puta madre y que acá los fabricantes no pueden competir en precios ni que se caguen. Porque allá los yankis, vos viste como son estos hijos de puta, ahora han encontrado el yeite de hacer laburar a los amarillos. Vos agarrás las pilchas, los artefactos, los juguetes y son todos de Taiwán, Corea, Singapur, de todos esos lugares donde al obrero lo tienen bajo un régimen de explotación esclavista y lo hacen laburar día y noche por una taza de arroz. Porque los hacen laburar por una taza de arroz a esos tipos. Eso, cuando no hacen laburar a los que están en la cárcel, te juro, para mantenerlos ocupados, y no les pagan un carajo. ¡Los famosos Tigres del Pacífico! Se los han recogido bien recogidos a los tigres del Pacífico. Estos yankis si no te cagan militarmente te cagan con el comercio. La cuestión es que me interesaban también los ositos de peluche porque si la cosa sigue así con la vaquería yo no me hago mucho drama y largo a la mierda. A otra cosa. Pongo un salón de ventas, lo lleno de pelotudeces y a otra cosa mariposa. Traje de esos bichos de felpa, una belleza te juro ¿Qué edad tiene tu pibe? No, tu pibe ya está grande pero te digo que a los pendejos les vuelan el bocho esos muñecos. Hasta pescados de peluche te hacen los hijos de puta. Vos nunca te hubieras imaginado un pescado peludo pero los guachos lo hacen y no quedan nada mal, mirá lo que te digo. Me fuí Horacio, entonces ¿qué iba a hacer? Vos no sabés el quilombo que yo tenía aquí, pero me fuí. Bah, vos sí lo sabías. Así que no tenía otra. No tenía otra. Muy bien, llegamos a Miami y ahí empezamos a entrevistarnos con distintos tipos. Bien los tipos, bien. Cubanos casi todos. Una suerte, te digo, porque el Pancho y el Rulo no hablan un sorete de inglés. Que yo antes me preguntaba ¿cómo hacen estos monos para entenderse en una charla de negocios si no saben un joraca de inglés? Pero, bueno, allá son todos cubanos y la cosa se hace más fácil. Más fácil es un decir. Rápidos los cubanos. El más boludo se coge un avestruz al trote. No te creas que han hecho la guita por infelices. Me decían que el poderío actual de todo Miami es gracias a estos cubanos, cosa que yo no podía creer, gusanos de mierda, que se rajaron todos huyendo de la revolución y llegaron con el culo a cuatro manos hasta Miami, sin un puto mango. Porque yo pregunté si habían llegado con guita y me dijeron que no. Que Fidel no les dió tiempo ni para llevarse un calzoncillo, mirá lo que te digo. Y sin embargo los ñatos, los que habían sido multimillonarios en Cuba a los 20 años, veinte años después ya habían recuperado esa fortuna en Miami. Mirá vos los tipos. Unas luces los cubanos. Charlamos un poco con ellos a pesar del asco que me daban esos gusanos, y se nos quedó colgada una entrevista con un pesado de las pilcherías, un tal Ajubel, me acuerdo, para tres días después. Teníamos tres días al pedo entonces. Y va el Pancho, que tiene un petardo en el culo vos lo conocés: no hay Dios que lo haga quedar más de dos minutos en un mismo lugar y se le ocurre ir a Disneylandia. ¡A Disneylandia, fijate vos! Que no había ido nunca, que para qué mierda nos íbamos a quedar en Miami y todo eso, empezó a romper las pelotas. Y el Rulo se anotó. También con lo mismo. Yo no quería ir ni en pedo. Y te lo digo porque sin duda ya habrá habido alguno que te haya venido con el cuento de que yo me piré a Disneylandia en onda bacán y todo ese verso. Yo fuí porque aquellos dos se encajetaron con eso y si no yo me iba a tener que quedar como un pelotudo en Miami, solito mi alma, mirando los canales para latinos. ¡Yo me quería ir para Las Vegas, querido! De haber tenido guita y tiempo, yo me hubiera ido para Las Vegas ¡Qué te parece! Ninguna duda. Me dijeron que estaba en pedo, que Las Vegas estaba en la loma del orto, que el avión, que el tiempo, que las pelotas de Mahoma, en fin... Nos fuimos a Orlando. El Pancho alquiló un auto, porque le encanta manejar, y nos fuimos para Disneylandia. Te juro, no sé si no era mas lejos que Las Vegas. Es lejísimo eso. Yo escuchaba siempre hablar de Disneylandia, de Miami, de la península de Florida, y me creía que estaba ahí nomás. Como si vos cazás el auto acá en Rosario y te vas hasta Roldán, o a San Lorenzo, una cosa así. Santa Fe , por decirte mucho. Los otros dos boludos encantados. Que la ruta, que el coche, que la señalización, que las hamburguesas... Te la hago corta. Llegamos a Orlando, nos metimos en un hotel cerca de los parques (porque son como parques eso), y nos fuimos el primer día a Disneylandia... A las cuatro horas de caminar, te juro, yo ya tenía las pelotas por el suelo. Lo llegaba a encontrar a Mickey y lo cagaba a trompadas, te lo juro. Gente grande, jugando a esas cosas, haciendo colas para ver la Cueva de los Piratas. Pelotudos grandotes en pantaloncito corto, tomando helados. Arabes, iraníes, con una cara de turcos que asustaba, musulmanes, mi viejo, fundamentalistas que vos pensabas que estarían ahí para ponerle una bomba a la Mansión de los Fantasmas, comiendo pororó y esperando como corderos para meterse en esas lanchitas donde te ataca el tiburón. Una cosa de locos, demencial, te lo juro. Una cagada. Tenía razón el mejicano que manejaba la combi que nos llevó hasta Magic Kingdom, --ellos le llaman Magic Kingdom a Disneylandia-- y te llevan desde el hotel en una combi. El mejicano, Luis se llamaba, un facho hijo de mil putas, nos decía, "Son retardados los yankis, retrasados mentales. Les gustan todas estas cosas, se enloquecen con estos juegos. Retardados mentales, señor" nos decía. Aunque él, te digo, yo no sé si se las quería tirar del reivindicador de Latinoamérica, del gran revolucionario, de Emiliano Zapata o qué. Por ahí como nos veía argentinos y sabía que nosotros siempre hemos pensado que a los mejicanos los yankis se los han vivido recogiendo (como cuando le chorrearon Texas) se las quería tirar de vengador de los pobres, de algo así. "Yo tuve como cuarenta de estos yankis a mi cargo, señor" nos decía , porque había laburado en una empresa de transportes. "Y los trataba mal, mal los trataba. No; son retardados. Imbéciles, drogadictos". Pero bien que el hijo de puta no solo vivía en los Estados Unidos, sino que se había comprado una casa para cuando se jubilara ("el retiro" le decía él) y se la había comprado ahí , en la costa de Florida, nos contaba. Mejicano piojoso. Los otros le mataban el hambre y éste se la tiraba de revolucionario. Y en esa combi que viajamos a Disney fue con nosotros también una venezolana, que justo se sienta al lado mío. Te digo que la venezolana era un cuatro, a lo sumo un cinco. Del uno al diez era un cinco, digamos, siendo generosos. Te juro que acá esa mina no me tocaba el culo ni con un palo, pero allá, ¿viste? la soledad te lleva a hacerte un poco el pelotudo. La venezolana, Leonor creo que se llamaba, andaba sola y como nosotros, también le habían quedado un par de días sandwich por negocios. Justo vuelve en la misma combi con nosotros y ahí retomamos el chamuye. Y al día siguiente, a la mañana, la volvemos a encontrar para el desayuno. Una casualidad de aquellas, porque son unos hoteles de la gran puta que siempre están llenos de gente. Pero la encuentro. Pancho y el Rulo de nuevo para Magic Kingdom, mejor dicho para Epcot, que me decían que era más interesante, más para intelectuales, me cargaban. Yo los mandé a la concha de su madre, les dije que se fueran solos, que a mí no me agarraban más. Aparte tenía los pies que eran dos albóndigas de tanto patear el día anterior en Disneylandia. Me quedé en el telo pero arreglé con la venezolana de salir juntos a cenar esa noche. Te repito que la venzolana no me movía un pelo pero, en parte, también quería un poco refregársela por la jeta a los otros dos boludos que andaban babosos con "Regreso al Futuro", "La Montaña Espacial" y me venían a hablar maravillas de la tecnología y del Primer Mundo. Que si eso es el Primer Mundo mejor que nos cortemos las bolas y se las tiremos a los chanchos. Un poco decirles, "Loco, ustedes sigan sacándose fotos con Minnie y el Perro Pluto que yo me voy de conga con una mina. En una de esas hasta me echo un fierro y que después me la vengan a contar de la Montaña Rusa" Porque vos sabés bien, Horacio (y en eso somos todos parecidos) que yo puedo decirte que la venezolana no me movía un pelo, pero que si la mina me daba bola (y me daba bola) a eso de las doce de la noche (porque allá es todo más temprano) con un par de cervezas de más yo soy capaz de voltearme a esa venezolana y si me quedo más de tres días hasta en una de esas me lo pincho al mejicano hijo de mil putas y todo, vos lo sabés. La encuentro a la venezolana a la noche y me dice, muy animada, que incluso ya me había preparado un programa. Que íbamos a ir a Medieval Times, que ya había reservado mesa, contratado el transporte y que ella me invitaba. Ahí me dí cuenta que me quería bajar la caña, pero me hice bien el boludo. Un duro, ¿viste? Tipo Clint Eastwood. Le pregunté, como te preguntarías vos, como se preguntaría cualquiera, qué era eso de Medieval Times. Me dijo que era un restaurante que, mientras vos morfás, hay un espectáculo medieval, de esos con caballeros, que hacen duelos con lanzas. ¿Te acordás Horacio de aquella película "Ivanhoe", que hacían esas justas medievales, a caballo, con escudos y lanzas, que el que lo tiraba al otro a la mierda del caballo ganaba?. Bueno, de eso, me dice. "Cagamos" pensé. Yo que imaginaba, no te digo en un Mc Donald, pero una cosita modesta, algún boliche italiano que los hay, donde comer alguna pasta. Incluso una pizza, un vaso de vino. Yo hacía cuatro días que estaba en Miami y ya extrañaba la comida. Mirá que boludo. Parece mentira pero es así. Y esta mina me salía con eso. Comer mientras se ve un espectáculo de caballeros con armadura, que se cagan a espadazos. Te juro que estuve a punto de decirle que no, que no iba, que se metiera en el orto las invitaciones y las reservas. Pero estaba al pedo, tenía hambre y ya me había quedado desenganchado de los muchachos. Ellos no iban a llegar al hotel hasta tarde y además iban a venir destrozados, como yo volví el día anterior, después de caminar más de ocho horas como unos pelotudos por todo Epcot. Ir solo a comer no me convenía porque con un solo año de inglés en la Cultural (cuando yo tenía siete) no me alcanzaba ni para pedir la sal en un boliche. Y allí en Orlando no es como en Miami que todo el mundo la parla en castellano. Allá la cagaste, hermano. Algo de inglés tenés que manejar y esta venezolana me había dicho que ella lo hablaba perfectamente porque había trabajado en Maracaibo en una compañía petrolera de los yankis. Sabes que los yankis se han cogido bien recogidos a los venezolanos, entre otros muchos, con el verso de la privatización del petróleo y todo eso. Así que me fui con la mina. Por supuesto, de nuevo el chofer de la combie era el gordo Luis. Y otra vez con lo mismo. Ya no conmigo, sino con una pareja de españoles que iban con nosotros. "Retrasados mentales, señor, idiotas, ladrones también" y decía, refiriéndose a eso del Medieval Times: "Está bien, sí, muy bonito" con un tono ¿cómo te diría? despectivo, "Como para venir una sola vez, por supuesto. Usted lo ve una vez y ya está bien, señor". Medio medio ya como tratándonos como infradotados por ir a ver ese espectáculo. Como diciendo: "¡Gente grande viniendo a ver estas pelotudeces!". Te juro que me dió bronca, ya me hinchó las bolas el mejicano. Tanto, te juro, que me predispuso bien con el espectaculo. ¿Viste?. De contrera nomás. Yo soy así, por eso me pasan las cosas que me pasan. Dije: "Este mejicano esta hablando al pedo. No hay verga que le venga bien" Y entré contento al boliche, entré bien, de buen ánimo... ¡Para qué! Dios querido... ¡Para qué! Tenía razón el hombre. Primero te cuento que es un lugar inmenso, que quiere imitar a un castillo, por la parte de afuera. Entrás por arriba de un puente levadizo y te metés a una especie de sala de espera, enorme, muy grande. Adentro, para mí que quería una cena íntima, ya había como mil personas. Pero no te lo digo en un sentido figurado. Había como mil personas, no menos. Pero antes, antes de entrar (cuando te piden la reserva, las entradas y esas cosas) ahí una minita vestida de la Edad Media, te entrega un corona. Una corona berreta de esas de cartón que se usan para los cumpleaños de los pendejos, ¿viste? De algún color. Verde, o azul, o rojo. A nosotros nos tocó una a cuadritos blanca y negra. Y nos indicaron que nos las pusiéramos. Ahí yo ya agarré para la mierda. ¿Viste cuando uno empieza a sentir como una calentura que se sube desde el estómago hacia la cabeza? Una cosa así empecé a sentir yo. La venezolana se puso la corona lo más campante y me pidió que yo hiciera lo mismo. Y yo no le dí ni cinco de pelota. Hasta ese momento trataba de ser más o menos cordial, trataba de no darme máquina porque yo me conozco. Además, no quería dejarla para la mierda a esta pobre mina (que era buenita te cuento) porque ella me había invitado y hacía todo con la mejor buena voluntad. Lo que pasa es que los venezolanos son unos colonizados y yo no sé porqué, pero les caben todas esas payasadas que hacen los yankis. Pero te juro que eso era una reverenda payasada. Eso de que te reciban en un boliche y te den una coronita de cartón pintado para que te la pongas. Y no era la Cantina del Lolo, que uno va con globos a bailar la tarantela. No. Eso pretendía ser un lugar bacán, un boliche de primera. Agarré la corona y me la metí debajo del brazo, por no desentonar y tirarla ahí mismo al carajo. Después la máxima: antes de pasar a la sala te recibe un tipo vestido de rey ¡de rey, mi viejo! Con capa, corona dorada, barba, espada, y tenés que sacarte una foto con él. Bah, te ofrecen sacarte una foto con él, casi que te obligan, porque si no no pasás. Segunda payasada de la noche. No solo te tenés que poner una corona como un pelotudo sino que tenés que sacarte una foto con esa corona y con un tipo disfrazado de monarca, cosa de que quede un testimonio gráfico para las generaciones futuras y que después los muchachos del barrio se caguen de risa del pelotudo que viajó a Miami. Para colmo, yo no tuve reacción para mandarlo al monarca a la concha de su madre. Me quedé como un pelotudo al lado de él y me escracharon en la foto. Porque es todo tán rápido, chas, chas y a la lona. Y eso, el no haber podido reaccionar, me dió más bronca todavía. Por suerte, no salí con la coronita puesta (al menos defendí ese pedacito de mi honor) salí con la corona debajo del brazo, como corresponde a alguien que no le da pelota a esas cosas. Arriba la venezolana, después ya en el salón, me cargaba. Me decía que había salido muy lindo y que le podría llevar esa foto a mis chicos. Me quería sacar la información la minita, muy bicha, sobre si yo estaba casado y esas cosas, pero yo tenía tal moto encima que ni siquiera le prestaba atención a la mina.
En la sala de espera, Horacio, te juro, toda la gente, las casi mil personas, con la coronita puesta. A los yankis les decís que se pongan un sorete en la cabeza y se lo ponen. Tipos grandes, viejos, gordos pelados, viejas chotas de lo más elegantes, con la coronita puesta. Y entonces, vino lo máximo. Lo que ya me sacó definitivamente de mis casillas y me dió bien por el forro de las pelotas. La minita que nos había recibido en la puerta del castillo le habla a la venezolana y le indica una cosa, que después la venezolana me transmite. A nosotros nos había tocado la corona blanca y negra y entonces teníamos que hinchar por el caballero Blanco y Negro. ¡Pero mirá vos, si serán pelotudos estos yankis!. ¡Mirá si se cagarán en la libre determinación de los pueblos! ¡No solo te obligan a ponerte una coronita ridícula sino que, además, te indicaban para quien tenías que hinchar en la pelea a espadazos! ¡Es algo inconcebible! ¡Tenías coronita blanca y negra y tenías que alentar al caballero Blanco y Negro! Es como si acá vos, por ejemplo, vas a un cuadrangular de fútbol-sala y no sos hincha de ninguno de los cuatro equipos. Bueno, muy bien, a los cinco minutos de verlos jugar, si se te cantan las pelotas, ya podés elegir a alguno de los equipos. Porque te gusta cómo la pisan, porque juega un tipo que es amigo tuyo, por el color de la camiseta, porque van perdiendo y te resultan simpáticos o por lo que puta fuere, querido, por lo que puta fuere. Pero decidís vos, elegís vos, vos solito. Te juro que yo, a esa altura, ya tenía un veneno, pero un veneno, que no le daba ni cinco de bola a la venezolana que creo que se estaba dando cuenta de que esa noche no me cogía. Aunque te cuento que yo, hasta ese momento, tragaba y tragaba. No te digo que sonreía pero trataba de no agarrar para la mierda y empezar a putearlos a todos en voz alta. Para colmo aparece el payaso del rey ése, el barbudo, y anuncia que nos preparáramos para pasar al lugar del espectáculo. En inglés, por supuesto, pero la venezolana me iba traduciendo. Que primero iban a pasar los de corona verde, después los de corona roja, y así hasta pasar todos. Y yo pensaba "¿Pero qué es esto? ¿El colegio? ¿Porqué no nos hacen formar fila y agarrarnos de las manos también?" ¡Y los yankis lo más contentos! ¡Todos iban pasando de acuerdo al color de las coronitas, saltando, cagándose de risa! ¡Como corderos, mi viejo! ¡Después te vienen con la exaltación del individualismo y todos esos versos! ¡Con John Wayne saludando solo desde el horizonte o Bruce Willis haciendo la suya a pesar de que el jefe de policía le ordena lo contrario! ¡Te juro que Bruce Willis va a Medieval Times y se pone la coronita colorada y grita para el caballero Colorado como cualquiera de esos otros pelotudos! ¡Si así los han llevado a Vietnam, a Corea, a la Segunda Guerra, querido! ¡Como corderos! Les dicen te damos una gorra y una escopeta y ellos felices, dale que va... ¡Huy cómo estaba yo, mi viejo! Envenenado estaba, te juro, envenenado. Entramos (cuando nos toco el turno) al salón del show, del espectáculo y donde presumiblemente teníamos que morfar. Mirá, es una especie de tinglado, largo, rectangular, enorme (no sé cuanto tendrá de largo) como si te dijera una cuadra por cuarenta metros de ancho. A lo largo, a los dos costados, las tribunas para la gente, que está dividida por sectores. Acá los rojos, acá los verdes, acá los azules, cosa de que no se mezclen las parcialidades. Porque si llegan a hacer lo mismo en la Argentina, al primer vino que nos tomamos ya estamos todos cagándonos a trompadas. Y son como graderías, donde vos estás sentado en una tribuna y adelante tenés una especie de mostradorcito, también todo a lo largo, como un pupitre continuo te diría, adonde te podes apoyar y adonde además te ponen las cosas para comer. Y todo bastante apretadito, pegado al lado tuyo nomás tenes la otra persona, el ñato que sigue. En una de las cabeceras, alto, hay una especie de palco, que es donde va el tipo disfrazado de rey, el barbudo que, además, es el que dirige la batuta y no para de hablar en toda la noche. Y por la otra cabecera entran los caballeros. Entre tribuna y tribuna, por supuesto, el piso, la pista, no sé cómo decirle, para los caballos. Que tiene una especie de arena, como en los circos. Y las luces, las banderas, esas trompetas que anuncian cuando llega el rey, o la reina. O cuando salen los tipos que se van a cagar a lanzazos, todo eso. Yo me dije "Bueno Carlitos, pará la mano, relajate y disfrutá. Tratá de pasarla lo mejor posible y bajate de la moto." Porque por ahí, en una de esas, hasta me garchaba a la venezolana y todo. Ya se habia puesto medio cariñosona ¿viste? y se aprovechaba que había que estar bastante apretaditos para franelearme un poco. Me daba en la boca unos pedazos de apio, de pepino, no sé qué mierda era lo que nos habían puesto en unos platitos, como entrada fría. Todo medio rústico (porque se come con la mano ahí) como en las películas, eso no te lo había contado. Una copa grisácea de plástico o no sé de qué carajo era, que pretendía ser de bronce. Un copón, como para el Principe Valiente. Aparte, un vaso de vidrio y el palito con los pepinos. Para mejor, en mi intento por aflojarme y ser feliz, cuando empiezan a servir (pasaba un flaco disfrazado de paje o cosa así) me llenan un vaso de sangría. ¡Sangría, loco! ¡Como en Sportivo Constitución! Yo no se si estará de moda o en la Corte del Rey Arturo se tomaría, lo cierto es que nos llenan los vasos con sangría. Y ahí le empecé a dar parejo a la sangría. Meta sangría. Cada vez que me pasaba por delante el paje ése, yo lo cazaba de esa especie de bombachudito que ellos usan y le pedía otro vaso. Al final ya medio me miraba fulero pero me daba, me daba. Porque si hay algo envidiable en esos tipos es esa buena onda con que trabajan. Al parecer siempre contentos, siempre cagándose de risa. Yo pensaba "Claro... ¡cómo no van a progresar estos quías con semejante contracción para el laburo y semejante estado de ánimo! No son como los japoneses que laburan porque son enfermos del bocho y si paran de laburar se agarran una depre terrible y se tiran debajo de un Tren Bala. A estos les gusta". Hasta que la venezolana me lo aclaró. Los pibes laburan por la propina. Por eso tienen tan buena onda, o fingen tener tan buena onda. Y allá el patron te quiere rajar y te dice te tomas el piro y minga de preaviso de despido, o de indemnización o cualquiera de esas cosas. Te pegan una patada en medio del orto y anda a reclamarle una mensualidad al Seguro de Desempleo. Para colmo, te cuento, para colmo, al poco rato de dejar las sangrías pasa de nuevo el rubio, esta vez con cerveza, y me la sirve en una jarrita grande, también símil peltre o cosa así. Y ya mezclé la bebida, ya mezclé la bebida. Yo, que sé que me hace mal. Porque si yo largo con champú, puedo seguirla con champú toda la noche que vos ni lo notás. Pero si por ahí lo mezclo con algún whisky o algún gin-tonic, ahi viene la cagada, eso me ha pasado.
Y te cuento que estos ñatos no te servían sangría y además cerveza de generosos nomás. ¡Te lo sirven así porque no saben chupar, hermano! Ellos mezclan, mezclan cualquier cosa ¿O acaso no toman cerveza con tequila? ¡Toman cerveza con tequila! A mí me contaron que hacen así. Y creen que tomando vino son mas refinados. Vos viste que en las películas los que aparecen tomando vino son los intelectuales y resulta que tienen unos vinos de mierda que no se pueden probar. Se la pasan hablando de los vinos californianos y me decía Pancho que te tomás un vaso de vino y andás con cagadera como cuatro días con ese vino. La cosa es que te cuento que la cerveza y la sangría me cayeron para la mierda y no me relajaron un sorete. Para colmo de arranque los tipos largan con una sopa. De arranque ¿viste? ¡Una sopa, podés creer? Mirame a mí, muchacho grande, tomando una sopa en la Corte del Rey Arturo. Se la ofrecí a la venezolana que, te aseguro, chupaba y morfaba lo que le ponía adelante. Han sido países muy hambreados ¿viste? Y aunque se notaba que la venezolana andaba bien de guita también era claro que la gente de esas nacionalidades sojuzgadas cuando les dan de comer, aprovechan, no tiran nada, porque no saben si el día de mañana van a tener para lastrar. Aunque la venezolana ya estaba en otra. Habían entrado los caballeros, digamos, había empezado el espectáculo y la gente se habí¡a vuelto completamente loca. ¡Pero completamente loca, te juro Horacio! A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Verde, gritaban para el Caballero Verde. A los que les habían dicho que gritaran para el Caballero Rojo, gritaban para el Caballero Rojo. ¡Y todo así! ¡Como corderos, hermano! ¡Te llevaban como ciego estos imperialistas guachos! Y la venezolana estaba como desorbitada. Gritaba y aplaudía al Caballero Blanco y Negro que se había parado delante nuestro a saludar a su hinchada, porque cada uno se paraba delante de su hinchada para saludarla. Me acuerdo que yo le digo (yo estaba muy mal, te juro) le digo: "Pero vos sos una reventada hija de mil putas!". Decí que la mina no me escuchó con el griterío y todo eso, no me escuchó. Pero entonces yo decidí gritar por el Amarillo. A la mierda. De contrera, nomás. Por el Amarillo. Parado en medio de la tribuna de los del Blanco y Negro, empecé a los gritos: "¡Vamos Amarillo, todavía! ¡Vamos Amarillo, carajo!". Los que estaban alrededor mío medio que me miraban raro. Incluso los de las otras hinchadas. Si te digo que hasta detrás nuestro había un grupo de pendejas brasileñas de no más de catorce, quince años, que hacían un quilombo de novela, que me empezaron a abuchear. ¡Como a un traidor me abucheaban! ¡Si hasta el Amarillo se dió cuenta del despelote y miró para mi lado y yo lo saludé con un puño en alto! ¡Tenía una pinta de grone del Saladillo el pobre santo que más ganas me dieron de hinchar por él! Debía ser algún chicano, alguno de esos portoriqueños o algún mejicanito de ésos que se cuelan en los Estados Unidos escondidos adentro de un mionca o cruzando un río. Vendría de alguna hacienda de por ahí en Guadalajara y por eso sabría andar a caballo y el pobre cristo había ido a parar a esa payasada y tenía que seguir con el circo para ganarse un mango. Me imagino la vergüenza de escribir una carta a tu vieja diciendo "Conseguí laburo en los Estados Unidos" y mandar una foto donde estás vos disfrazado de dama antigua con esa lanza, el escudo, la espadita de juguete. Porque están empilchados perfectamente de época los desgraciados. Así como vos los ves en las películas ésas de los castillos. Y los caballos también, te aseguro. Te juro que cuando las brasucas ésas, las pendejas brasileñas me empezaron a abuchear, me paré, me dí vuelta y las mandé a la concha de su madre. Me hervía la sangre, te juro, y para colmo la mezcla de bebidas ya me había puesto muy alterado. Se ve que ahora están de moda esos viajes de pendejas de quince años, que en lugar de festejar el cumpleaños con una fiesta las mandan a Disneylandia. Y saltaban, gritaban, cantaban esas cosas de Xuxa, y estaban todas recalientes con el caballero Blanco y Negro que había venido a saludar a su parcialidad y que tenía una pinta de trolo el hijo de puta, vos no sabés la pinta de trolo que tenía ese muchacho. Pero claro, con esas pilchas, con el pelito largo, el caballo, todo eso, las pendejas estaban recalientes y chillaban como si lo vieran a Michael Jackson. Si a esas brasucas las mandan los viejos a los Estados Unidos a ver si algún negro se las recoge de una buena vez por todas y las desvirgan, para eso las mandan. Y yo me ponía más loco. Dejáme de joder, un pueblo creativo como el brasileño, con ése condimento africano, alentando a un vago nada más porque a la entrada les dijeron que tenían que alentarlo. ¿Pero porqué no se van a la reputa madre que los reparió? Por algo les va como les va, por algo son casi todos analfabetos esos guampudos, que no saben ni leer.
Decí que en eso trajeron pollo para comer y yo me puse a comer pollo. Pero la joda es que no te traían un pedazo de pollo, un cuarto de pollo, no era que el paje ése, el rubio de bombachudo, te preguntaba "¿La pata o la pechuga?" No. El rubio venía con una bandeja así de grande y le iba dejando un pollo a cada uno. Un pollito no muy grande, así sería, enterito, al horno y con una salsa de esas que ellos le ponen a todo, medio dulzona. Porque te aseguro que ellos se creen que comen muy bien y no saben comer un carajo. A todo le meten el ketchup y esas porquerías. La savora, la salsa de tomate. Y con la mano, mi viejo, como los reyes. Yo le entré a dar al pollo por dos razones. Primero, que estaba buenísimo, hay que reconocerlo; y segundo, que me dí cuenta que tenía que comer algo porque había venido chupando groso y con el estomago vacío. Y eso es mortal. Me había levantado una curda en cinco minutos porque no había comido nada hasta ese momento. Y esa es otra maniobra de estos yankis hijos de puta. Te ponen en pedo para quebrarte la voluntad. Uno, borracho, hace lo que el otro quiere. Y estos yankis lo aprendieron de los españoles, esos otros hijos de puta. ¿O no lo aprendieron de los españoles? ¿O los españoles no los cagaron a los indios con el alcohol? Los cagaron con el alcohol mi querido. ¿O acaso la península de Florida no estuvo llena de españoles? Y te garanto que, conmigo, lo consiguieron. Porque yo me comí el pollo, que estaba buenísimo, y también un par de costillitas de cerdo que tambien te traían, y una papa al horno, y no se me pasó la mamúa. Te aseguro que hay partes que no te cuento porque no me acuerdo un carajo. Es toda una nebulosa que no me acuerdo y eso fue uno de los argumentos (después te voy a completar bien el asunto) de donde se agarró la abogada, aunque eso es algo que te voy a ir ampliando al final. Lo que sí te juro es que quedé con grasa hasta las pelotas con ese fato de comer con la mano. Porque además, ya habían empezado las peleas eliminatorias entre los caballeros. Te explico: primero los tipos éstos hacen una especie de ejercitación de destreza, digamos. Sacan con la lanza una argolla parecida a la sortija, clavan unas lanzas mas cortitas en unos blancos de paja. En fin... te diría que esta es la parte más honesta de la cosa porque ahí no hay arreglo, ahí es simplemente una demostración de habilidad ecuestre. Pero en las peleas es un completo circo, un arreglo donde deben decir "Bueno, hoy ganás vos y mañana gana este otro". Así de simple, como en "Titanes en el Ring". Cosa de que no gane siempre el mismo y el tipo se sienta Gardel y ya pretenda el día de mañana irse a las olimpíadas de las Justas Medievales. O se les descuelgue a los tipos con que quiere más guita porque él es el Rey de la Milonga. La cosa es que habían empezado a eliminarse entre ellos y la gente deliraba. Hacían duelos de uno contra uno, de aquellos de Ivanhoe. Con las lanzas largas, uno a cada lado de una especie de valla bajita, se venían y se pegaban en los escudos. El que caía quedaba eliminado. ¡Y el mío venía prendido, che! Y yo que había seguido con la sangría, estaba cada vez más dado vuelta, te reconozco. Me limpiaba las manos con grasa en la espalda de la venezolana, por ejemplo. No por hijo de puta. De los nervios, nomás. ¿Viste cuando vos ves que estás perdiendo el control, que hay algo que te sube y te sube desde el estómago por la garganta y no lo podés contener? Para colmo las brasileñas me gritaban de todo porque el Blanco y Negro también venía clasificándose para la final. ¡Cómo estaría yo de acelerado, de desorbitado, fuera de mí mismo, que el Caballero Amarillo cuando ganó la penúltima pelea, primero saludó a su público y después se vino enfrente mío y me saludó con una inclinación de la lanza! Hasta el Rey, el pelotudo ese que no paraba de hablar, me miró desde su palco como cabrero. ¡Y para qué te cuento que la final fué entre el Caballero Amarillo y el Blanco y Negro! Ahí me volví loco. Me paré en mi asiento, me dí vuelta hacia las brasucas, saqué guita que tenía en el bolsillo y la estrellé contra el respaldo de nuestra fila. "¡Hay guita a mano del Amarillo!" grité "¡Hay guita a mano del Amarillo, la concha de su madre!". Y arrugaron, las brasileñas arrugaron --vos bien sabés que los brasucas arrugan de visitantes-- pero empezaron a cantar no sé qué cosa. Me miraban y me señalaban, se reían las pendejas, muy ladillas, saltaban en sus asientos. Empezó el duelo final y yo, te lo digo con una mano en el corazón, estaba más nervioso que con Central. Para colmo, tenía la intuición de que al Caballero Amarillo no le tocaba ganar esa noche, pero que se había agrandado fundamentalmente por el apoyo mío. Había encontrado un pelotudo que lo alentaba contra viento y marea, metido entre medio de la hinchada de los contrarios, pateándole el tablero a todos esos yankis mariconazos y había dicho "Yo a este tipo no puedo fallarle". El morocho se había envalentonado, cansado de que lo basurearan los otros por ser hispanoparlante y había dicho "Esta noche gano yo y se van todos a la puta madre que los reparió" ¡Y se vienen, che, y el Amarillo lo sienta al otro de culo de un lanzazo! ¡A la mierda con el rubiecito trolo, el Blanco y Negro! No sé, no me acuerdo muy bien qué fue lo que hice. Me paré en el asiento, creo que le grité algo al rey y me agarraba de las bolas, le hice así con los dedos como que me los cogía a todos. Despues me dí vuelta hacia las brasileñas y también me agarraba los huevos y se los mostraba. Ni sé donde carajo había ido a parar la venezolana, por ejemplo. Creo que le pegué un empujón cuando el Blanco y Negro rodó por el piso y la tiré como cuatro escalones más abajo. Estaba loco, loco. Tan loco estaba puteándolas a las brasuquitas que no me dí cuenta de que el Blanco y Negro se había parado, había sacado su espada y se le venía al humo al Amarillo. ¡La pelea no había terminado! Me apiolé recién cuando ví que las brasuquitas ya no me puteaban sino que saltaban y alentaban de nuevo mirando la pista de las peleas. Y el Blanco y Negro lo cagó al Amarillo. Simularon pelearse a espadas y con esas bolas de pinchos (porque fue una simulación asquerosa) y el negro puto ese del mejicano se tiró al piso como quien se tira a la pileta, se dejó ganar el hijo de puta. La dignidad azteca en la que yo había confiado no le alcanzó para tanto. Habrá pensado, el piojoso, que era mejor asegurarse un plato de frijoles que ganar esa noche para darle el gusto a un argentino totalmente en pedo. Entonces el Caballero Blanco y Negro se vino hacia nosotros, hacia nuestro sector, caminando nomás, y saludó con la espada hacia su tribuna, especialmente hacia el grupito de brasileñas que chillaban histéricas. Ahí fue donde yo cacé el vaso, yo cacé el vaso de vidrio, el alto, el de la sangría Horacio, yo cacé el vaso y, mirá (el Caballero Blanco y Negro estaría como de acá a allá) y le zumbé con el vaso. Acá se lo puse, exactamente acá, en medio de la trucha, en el entrecejo. Cayó redondo el hijo de puta. No dijo ni "Ay". Le salía sangre hasta de las orejas. Acá se la puse. Lo que vino después, bueno, vos te lo imaginarás. Vos sabés como son estos yankis con la cuestión de los juicios. Hay una industria del juicio allá. Vos venís a mi casa a comer una noche, te atragantás con una miga de pan y me metés un juicio, así nomás, derecho viejo. No sabés el tiempo que estuve detenido. Después pude salir por eso que te decía de la abogada que adujo "Descontrol psíquico bajo estado de emoción violenta". Pero la cosa continúa, Horacio. A través de la Embajada. Si tengo que ponerme, son arriba de 27.000 dolares, hermano, no es moco de pavo, ¿me entendés? Por eso te digo que me aguantes un poco, yo no tengo ninguna intención de cagarte, eso de más está decirlo. Vos sabés bien cómo son los norteamericanos. Y esta es otra de las formas que los tipos tienen para sacarle la guita a los tercermundistas. Especialmente a todos aquellos que se oponen al sistema. Por eso te digo, aguantame un cacho hasta que salga la sentencia. Aguantame un cacho, Horacio, que yo creo que todo se va a solucionar.
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lunes, 18 de julio de 2011
La culpa es mía

Con el paso del tiempo me he convertido en un crítico permanente, algo que no llamaría demasiado la atención, ya que en Argentina tenemos ese don de opinar sobre cualquier tema. Pero con el fútbol pasa algo raro. O por lo menos tengo la sensación de estar en un momento histórico en el que se van a recordar jugadores, equipos, entrenadores, presidentes, periodistas, selecciones por hacer todo lo posible para hacer de nuestro deporte popular un lugar donde depositar decepciones e ilusiones inconclusas.
Una vez terminado el Mundial de Sudáfrica y la participación del Sub 20 en el Sudamericano me permití opinar acerca del escaso trabajo o por lo menos, de las pocas muestras de una estrategia con respecto a la formación de una Selección Nacional. Pero esto es historia pasada, no voy a aburrir con ese tema otra vez.
Mi pregunta es: ¿qué fuerza sobre natural con acentuada influencia sobre mi cerebro y con injerencia en la aceleración de mi proceso de sístole y diástole actuó nuevamente antes del comienzo de una competición de los muchachos de la Selección? Este interrogante, como no podría ser de otra manera, me lo respondí yo mismo, si no, no sería un digno argentino enfervorizado por el fútbol. Pero como pasa frecuentemente en las charlar y discusiones que giran en torno a la redonda, se creó una maraña de conjeturas y suposiciones, que me pasé horas tratando de dilucidar por qué me ilusionaba con un equipo en formación que me aburrió en cada amistoso previo a la Copa América.
Creo que me pasó algo similar a lo que los hinchas de River sienten en este receso, previo al inicio del Torneo de la B Nacional, lugar al que llegaron por méritos propios y que ahora asoma como el ansiado salto hacia la gloria perdida luego de años de dirigencia pobre y equipos desteñidos. La sensación de incredulidad y la necesidad de una alegría suprema se pelean en el borde de la línea de entrada a la cancha, pero una vez que el equipo entra quiero estar en la gambeta de Messi, en la juventud de Romero, en la paciencia de Zanetti, en el vértigo de Di María… Pero este intento de teletransportarme es sumamente riesgoso, porque después de algunos partidos puedo caer en un efecto inverso donde gambeteo sin otro destino que el de camisetas de otro color, donde mis manos se vuelven viejas de tantos pelotazos, donde mi paciencia se transforma en un arma inofensiva, y ya no puedo prometer vértigo porque mis ojos están tapados por la sombra de los rivales que me corren con la tranquilidad de no tener que alcanzarme porque saben que tropiezo con mis propios errores.
Y otra vez me veo reflejado en la pantalla de mi Phillips 29”, porque a decir verdad ni siquiera quiero gastar en un LCD, cansado de gritarle a quienes no me escuchan, enojado porque la jugada no termina como yo quiero o porque un comentarista gordo y tendencioso pide a los jugadores y al técnico cosas que él en su vida ha podido hacer, pero tampoco tengo la valentía de ver el partido sin volumen. Necesito sentir el aliento de la gente, el grito de los jugadores que piden la pelota, el golpe del botín contra la pelota…
Mi necesidad de triunfo no tiene límite de tiempo, parece. No pasa lo mismo con mi paciencia. Habrá que ver quién gana. Porque sería fácil colgar los botines y no esperar nada más. O echarle la culpa a que ellos son millonarios y yo no! Qué boludez tan grande! O acaso si yo pudiera no me compraría un BMW o un Audi como los que salieron del predio de Ezeiza después de quedar eliminados???
No muchachos, nada de toda esta charla que tuve conmigo mismo me termina de cerrar.
La culpa es mía.
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Una vez terminado el Mundial de Sudáfrica y la participación del Sub 20 en el Sudamericano me permití opinar acerca del escaso trabajo o por lo menos, de las pocas muestras de una estrategia con respecto a la formación de una Selección Nacional. Pero esto es historia pasada, no voy a aburrir con ese tema otra vez.
Mi pregunta es: ¿qué fuerza sobre natural con acentuada influencia sobre mi cerebro y con injerencia en la aceleración de mi proceso de sístole y diástole actuó nuevamente antes del comienzo de una competición de los muchachos de la Selección? Este interrogante, como no podría ser de otra manera, me lo respondí yo mismo, si no, no sería un digno argentino enfervorizado por el fútbol. Pero como pasa frecuentemente en las charlar y discusiones que giran en torno a la redonda, se creó una maraña de conjeturas y suposiciones, que me pasé horas tratando de dilucidar por qué me ilusionaba con un equipo en formación que me aburrió en cada amistoso previo a la Copa América.
Creo que me pasó algo similar a lo que los hinchas de River sienten en este receso, previo al inicio del Torneo de la B Nacional, lugar al que llegaron por méritos propios y que ahora asoma como el ansiado salto hacia la gloria perdida luego de años de dirigencia pobre y equipos desteñidos. La sensación de incredulidad y la necesidad de una alegría suprema se pelean en el borde de la línea de entrada a la cancha, pero una vez que el equipo entra quiero estar en la gambeta de Messi, en la juventud de Romero, en la paciencia de Zanetti, en el vértigo de Di María… Pero este intento de teletransportarme es sumamente riesgoso, porque después de algunos partidos puedo caer en un efecto inverso donde gambeteo sin otro destino que el de camisetas de otro color, donde mis manos se vuelven viejas de tantos pelotazos, donde mi paciencia se transforma en un arma inofensiva, y ya no puedo prometer vértigo porque mis ojos están tapados por la sombra de los rivales que me corren con la tranquilidad de no tener que alcanzarme porque saben que tropiezo con mis propios errores.
Y otra vez me veo reflejado en la pantalla de mi Phillips 29”, porque a decir verdad ni siquiera quiero gastar en un LCD, cansado de gritarle a quienes no me escuchan, enojado porque la jugada no termina como yo quiero o porque un comentarista gordo y tendencioso pide a los jugadores y al técnico cosas que él en su vida ha podido hacer, pero tampoco tengo la valentía de ver el partido sin volumen. Necesito sentir el aliento de la gente, el grito de los jugadores que piden la pelota, el golpe del botín contra la pelota…
Mi necesidad de triunfo no tiene límite de tiempo, parece. No pasa lo mismo con mi paciencia. Habrá que ver quién gana. Porque sería fácil colgar los botines y no esperar nada más. O echarle la culpa a que ellos son millonarios y yo no! Qué boludez tan grande! O acaso si yo pudiera no me compraría un BMW o un Audi como los que salieron del predio de Ezeiza después de quedar eliminados???
No muchachos, nada de toda esta charla que tuve conmigo mismo me termina de cerrar.
La culpa es mía.
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