Este es un blog de futbol, un blog de cuentos, un blog de historias y recuerdos; es un blog hecho con amigos, para viejos amigos y nuevos amigos.
La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..
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martes, 14 de mayo de 2013
Crónica de una pasión Canalla
Fui por primera vez a la cancha -palabra lacaniana, vaginal- una tarde dictatorialmente hermosa, plenamente azul, del invierno de 1977. Jugaron dos equipos, Argentinos Juniors y Rosario Central, que por esos años y el par de décadas que los rodearon darían lo mejor de sí mismos, lo mejor de la leyenda a medias consumada del viejo fútbol lírico argentino, ese que produjo tanta mala poesía y tanta mala ideología, el fútbol del toque y la gambeta propinados por equipos no monopólicos. Fui a la platea, fui con mi viejo, que tenía puesta una chaqueta de cuero que le duró toda mi infancia y mi adolescencia, con mi tío Jaime y con mi hermano Lucas. Estábamos en un lateral, cerca del arco a cuyas espaldas no hay, todavía hoy, una tribuna, sino una pared. Algún jugador bestial tiró un par de pelotas a la calle, y me llamó la atención que unos chicos, agazapados en la vereda de San Blas, se abalanzaran sobre ellas para robarlas, ¡era plena dicta, prehistoria de la sensación de inseguridad! ¿Quién era el inventor de Rosario Central en mi cabeza, el tipo que me llevó de la mano a las puertas de una creencia a la que todavía adhiero? Mi viejo venía de simpatizar un tiempo, moderadamente, con los sueños armados de su generación, y ahora se las estaba arreglando como podía para arrimar el guiso a esa familia de varones que estaba fabricando con mi vieja: otro hermano más, Felipe, incubaba en la panza de ella, y Federico llegaría tres años después. A los setenta y siete minutos de ese partido del Campeonato Metropolitano del año en que el punk coronó, un partido que El Gráfico calificó como discreto -malo, regular, las misteriosas discreto e intenso, bueno, muy bueno y excelente eran las categorías que manejaba la revista monopólica-, Argentinos hizo un cambio. Un delantero con dotes equinas habrá salido al trote, un trote ni apurado ni estirado, y se habrá besado, a lo macho, con un chico delgadito, un adolescente de 16 años, petiso, rápido, decorado con unos rulos morochos, afro casi. Mi abuelo había palmado un año antes, de un infarto, a los sesentaipico. Le había dejado a mi viejo una bonita casa al pie de una barranca en Vicente López -donde vivíamos desde el '75 y de la que se mudarían, él y mi vieja, animales del museo de la costumbre, recién treinta y cinco años después- y una crisis bastante importante en el ánimo: la dictadura y la sombra de su padre self made man (de un humilde hogar inmigrante en La Boca a la vicepresidencia de Boca Juniors y la intendencia paraperonista de Avellaneda) sonreían sobre la cabeza atribulada de mi viejo. Después del partido, fuimos, como todos los domingos a la noche, a la casona de Belgrano donde ahora vivían solo mi abuela y mi tío Jaime. Mientras se hablaba, probablemente, de la plata que empezaba a ser dulce, de los partidos de esa tarde, tal vez de política (¿cómo se hablaría de política, entonces? No muy distinto que ahora, estoy seguro), mi hermano Lucas se acostó en el piso a dibujar una escena del partido. Los rulos del morocho de Argentinos ocupaban casi la mitad de la hoja. En sus trece minutos y pico en la cancha, el morocho no había podido hacer demasiado para el Bicho, pero su carril izquierdo en ese segundo tiempo estaba ahí, a metros de nosotros, y algo de su magia pelotera, que se haría célebre (el más ligero de los signos de esa celebridad sería que el estadio adonde habíamos ido llevaría décadas más tarde su nombre: Diego Armando Maradona), sedujo a nuestras neuronas inocentes, desde ahí hasta la eternidad. A mi viejo lo había seducido, casi veinte años antes, la pegada de un flaco que jugaba para Central, y que en ese año 1977 era el entrenador de la Selección. Menotti sería pronto campeón del mundo, pero postergaría por ocho años la posibilidad de que el chico de rulos también lo fuera; en lugar del delantero de Argentinos, el goleador de ese Mundial iba a ser Mario Alberto Kempes, una bestia humana que había arrollado todo a su paso por Central. Pero a comienzos de los sesenta, Menotti jugaba al trote lento en Central, y mi viejo y mi tío Jaime, que hasta entonces eran de Boca, habían visto la luz, casualmente también en un partido de Argentinos con Central, en la misma cancha de La Paternal. Los caminos del Dios de Central son misteriosos. En ese del '77 que fue mi primer partido de fútbol en la cancha como hincha, mi viejo andaba un poco a la deriva (¡es un quilombo hacer una familia con cuatro hijos, haberse mandado unos moquitos de joven, que un gobierno autoritario medio te persiga, y que tu viejo se acabe de morir!) y decidió, quizás por tener los 33 de Cristo, volver a abrazar la fe católica, refugiarse ahí, en esos antiguos rituales, del bardo de la vida. En el Argentinos-Central de los sesenta, en cambio, mi viejo y mi tío habían visto la luz y habían abrazado para siempre la fe canalla. La católica fue una creencia problemática, de la que sus hijos abjuramos promovidos por nuestras hormonas y por la democracia laica. Pero bajo esa otra fe anómala, extraña, desviada, obsesiva y rebelde que fue ser porteños hinchas de Central nos hicimos hombres los varoncitos de la familia. En el Argentinos-Central del '77, en el minuto setenta y siete, cuando el morochito de rulos pisó el pasto que treinta años más tarde llevaría su nombre, puede decirse, terminó la era del fútbol profesional y popular, y empezó la era del fútbol mediático. Yo tenía cinco años. Empezaba, de algún modo, a hacerme hombre: a eso vamos los varones a las canchas. El fútbol es una cuestión de padres e hijos: al menos lo fue en mi caso. Aunque la platea del Gigante de Arroyito es famosa por sus muchachas en flor, el espectáculo del fútbol es todavía hoy muy predominantemente varonero. Cincuenta mil tipos se juntan todos los domingos y cantan sus bravatas. Les cambian la letra a melodías románticas, le ponen vino y droga a lo que venga, juran que van a matar a todos y proclaman su amor eterno por una entidad abstracta: un acting exagerado que da ternura infinita. ¿Qué es lo que se ama? ¿Al club? ¿A la camiseta? ¿A los jugadores? Ninguna de esas respuestas es correcta: como toda fe, la del hincha de fútbol es un intento por reparar el misterio y la contradicción. Por eso el fútbol es un espectáculo que ignora los silogismos y tiene mucho de masoquismo. Se crece a partir del sufrimiento, del dolor. Ser hincha de fútbol es aceptar la fatalidad. Ya desde el primer minuto en una tribuna, las caras de los espectadores se desencajan y los maxilares braman las palabras del inconsciente. Referís, técnicos, jugadores rivales y jugadores propios son el blanco imaginario o real de cargadas o puteadas endemoniadas, gritadas, susurradas o cantadas. Creamos nuestro yo a partir de los otros. Los partidos y los campeonatos proveen la estructura del relato, un lapso en el cual los héroes (hinchas o jugadores) afrontan peripecias y salen de ellas transformados. Igual que en la vida, a veces se gana, otras se pierde y otras se empata. En lapsos más largos (un campeonato), la mayoría de las veces se promedia la mitad de tabla: ni se cumplen las expectativas más locas ni las profecías más trágicas. Pero hay excepciones, excepciones necesarias que funcionan como los grandes relatos épicos nacionales: el Mio Cid o el Martín Fierro nos tranquilizan, garantizan que un país o una civilización existen. De la misma manera, el relato oral y periodístico de las grandes hazañas futbolísticas refuerza la pertenencia imaginaria a esa experiencia mística que es ser de un equipo de fútbol. Las cábalas son los rituales de esta religión, la certeza irracional de que todo el universo está ordenado en función del propio equipo. El fútbol, dice el periodista español Santiago Segurola, es la guerra ritualizada: ahí es cuando aparecen las mujeres. La mamá que nos prepara los ravioles antes de ir a la cancha o la novia que nos acompaña en los primeros tiempos del romance son comprobación y testigo de nuestra condición varonil, enfermeras físicas y morales de nuestro pasaje por la guerra simbólica, productoras de sonrisas que creemos comprensivas con el destino fatal y cambiante que nos depara nuestra obsesión con el juego de la pelotita de cuero. ¡Pobre mi vieja! No solo nos bancó a sus cuatro hijos un total de 36 meses dentro de su vientre, sino que se bancó a los cinco (hijos y marido) conversando obsesivamente, durante todos los años ochenta y noventa, acerca del lejano, exótico, fastidioso Rosario Central (a cuya tribuna había ido un par de veces, aguja y ovillo de lana en mano, en los comienzos sesentistas de su romance con mi padre). Éramos la patrulla perdida de una utopía insistente. Lejos de la inquina con nuestros primos leprosos, estábamos rodeados de gallinas, de bosteros, de hinchas del Rojo, y muchas veces nuestra pasión venía con nota al pie: "No, cuando digo la Academia me refiero a la Academia rosarina". Entre el 84 y el 87, un equipo terrible, un par de directores técnicos estupendos, cuatro o cinco grandes jugadores y una veintena de animalitos de Dios consumaron la Edad de Oro Canalla. Entré a esa era a los 12 (luces calientes atravesaban mi mente) y salí a los 15, transformado en un adolescente ardiente, provisto de una fe que me permitía afirmar mi identidad, tener una marca en el orillo, ser reconocido, ser yo, de Central hasta la muerte. La Edad de Oro Canalla empezó, por supuesto, de manera horrible. Fue el domingo 16 de diciembre del 84, en un Falcon gris del 79 estacionado en la quinta de Arturo Goetz, un amigo de mi viejo. Tiene que haber hecho calor, pero yo me acuerdo de una tarde fría. Ahí escuché, con esperanzas cada vez más espesas, al Gordo Muñoz narrando cómo Boca le ganaba 2 a 0 a Central. Cuando terminó el partido, giré mi brazo derecho doblado en el codo, cerré el puño y extendí mi pulgar hacia abajo, mirando a mi viejo que a ochenta metros, desde la mesa de los adultos, me miraba fijo, pero fingiendo interés en la conversación con sus amigos: Boca nos había mandado a la B. A eso se le llama pasión: a sufrir. Pero en los años subsiguientes hubo milagros suficientes para completar los formularios de la fe. En el último campeonato de la B antes de que se inventara el Nacional B, el del '85, el Central de Pedro Marchetta hizo desastres de la mano del pequeño Raúl de la Cruz Chaparro, salió primero por varios puntos y dejó tercero a Racing, descendido dos años antes. Durante las vacaciones futbolísticas de Central antes de su regreso a primera, hizo magia en México aquel morocho de rulos al que habíamos visto casi debutar: la del Mundial '86 es una historia más conocida. Y, en el país de los campeones del mundo, el primer campeón fue el recién ascendido Rosario Central, que practicó el último fulbito de la vieja escuela, guiado por dos insides lentos, tocadores, campantes: el Negro Palma y el Pato Gasparini. El 2 de mayo del '87 nos preparábamos para salir hacia el partido consagratorio en la cancha de Temperley (Central le llevaba apenas un punto a sus segundos) cuando se oyó el llanto de un excluido. Mi hermano menor, alias Tito, de 5 años, no estaba contemplado en la excursión, pero su instinto de pertenencia futbolera pudo con todas las precauciones maternas. Le fue colocada la enseña auriazul y partió junto al resto a su bautismo de guerra. La célula canalla estaba completa, y partimos, desde el chalé de Vicente López hacia el conurbano sur, a ver a Palma transformar un penal anodino en un gol tan inolvidable como el que un año antes Diego les había hecho a los ingleses. La vida de un hincha de fútbol, sin embargo, se puede volver burocrática. Años y años de pelotazos impunes, gambetas cojas, goles rascados en el fondo de la olla ponen a prueba la mejor pasión. Central campeonó cuatro veces entre el año en que nací y el año en que cumplí 15. De mis 15 a mis actuales 40, nada, y cada vez más nada. Una y otra vez visité lugares impiadosos, como el mausoleo visitante del gélido Monumental de Núñez, solo para ver cómo los Francescoli, los Salas, los Aimar y los Saviola nos pintaban al óleo. In my face, ¡Conejo maldito! Pero lo peor no sé si fue padecer el genio ajeno, sino perder cada vez más seguido contra rivales cada vez más grises. Los tiempos me cambiaron terriblemente a mí, pero también a todos, incluso un poco al mundo, tan lento y largoplacista. El finísimo Diego Maradona se fue transformando en un ídolo impresentable, difícil de asimilar. El Diego, jugador de los medios, le cedió su trono a Messi, jugador de la Play. El fútbol argentino se fue precarizando a la par de la aceptación de nuestro destino social sudamericano. Las hinchadas, en particular la de Central, dejaron de mirar los partidos y se quedaron ahí, entonando drogadas sus Cantos a Sí Mismas, las canciones autorreferenciales de una fe tantas veces castigada por el apuro mercantil de dirigentes, entrenadores y jugadores. Yo en el medio hice un poquito de todo. Me mandé un par de moquitos y un par de gambetas, las mejores de las cuales fueron producir en sociedad con una bella muchacha a mi hijo, León (a la misma edad, veintiocho, que tenía mi padre cuando yo nací), y a mi hija Benita, la primera canallita mujer full full de la familia. Quizá por la falta de entusiasmo que emanaba hacia mí la ristra de mediocres que se aturrullaban con enjundia en los mediocampos centralistas, a León el bicho de la pasión tardó en entrarle. Pero otra vez un hecho trágico hizo de bautismo de esta guerra ritual, y la infección canalla le entró como un rayo a mi hijo. Una tarde de junio de 2010, Central se fue otra vez a la B después de ser humillado por All Boys en el Gigante de Arroyito. Esa tarde triste yo, desde el cinismo desesperado, cargué a mi pobre viejo con una maldición que confío equivocada: le dije que tal vez ese era el último partido de Central en la A que él veía en su vida. Desde entonces, el equipo más grande del interior del país vegeta en esa divisional que, sin embargo, se nos ha vuelto apasionante. Estoy entrando en esa edad en que el futuro se parece cada vez más al pasado: empiezo a entender a Borges, la historia es cíclica. Fingiendo que educo a mi hijo, me sumerjo otra vez en la pasión canalla. Atravesado por la corriente eléctrica de esta fe que lo convertirá en un hombre, León se pasa sus tardes preadolescentes pensando en Central desde Facebook, y sus noches soñando con lo mismo. Nuestras conversaciones empiezan a limitarse a un solo tema. Cuando trato de tener con él "esa" conversación (ya tiene 12), me interrumpe para hablarme de Jesús. De Jesús Méndez, la figura del equipo. La temporada 2012-2013 amaneció tan lluviosa para el equipo como las anteriores. Hacia la fecha one, con delanteros que eran un chiste, Central ocupaba el puesto catorce sobre veinte equipos. El horizonte de la vuelta a Primera parecía un espejismo inalcanzable. Esa vez, hicimos seiscientos kilómetros para ver perder a Central, de local, con Douglas Haig. Tres fechas más tarde, armamos una excursión peronista a Florencio Varela y ¡por fin! festejamos un triunfo, por más avaro que haya sido, contra Defensa y Justicia. Desde entonces, lentamente, empezó a producirse un milagro, y una partida de nuestra patrulla canalla iba tras sus huellas: a Rosario, a Mar del Plata, a Junín. Central ganaba siempre, uno a cero pero ganaba. Así hasta prender de nuevo la máquina de la ilusión, y, como dicen los relatores, hasta treparse a lo más alto de la tabla, después de tanto tiempo. En la última excursión, al bravo Bajo Flores para enfrentar al bravísimo Chicago en la cancha de San Lorenzo, el Azul Mecánico en que se transformó Central (por cábala, el equipo intenta no usar la tradicional camiseta azul y amarilla) hiló su duodécimo triunfo al hilo, récord histórico para los equipos del club. A mí se me mezclan los recuerdos y el presente. En mi cabeza Jesús Méndez se transforma en el Negro Palma, el lento Paulo Ferrari en el intrépido Hernán Díaz, el rosarino Encina en el cordobés Gasparini, y así. León se sabe de memoria el cancionero canalla, el fixture de las fechas que restan, el puntaje y la formación de todos los rivales. En la Play, creó un torneo de la B Nacional (los nerds del FIFA todavía no incluyeron esa división). Este curso acelerado de geografía social, de participación en un ejército informal, este tránsito hacia la contradictoria masculinidad adulta en el que hago de acompañante de mi hijo se verá dificultado, tarde o temprano, por una derrota: pero así es la vida. Habrá que rezar, levantarse, alisarse la auriazul a rayas verticales y ponerse a caminar otra vez. Mientras tanto, seguimos cantando una que empieza así: "Quiero a Central de corazón, desde hace ya mucho tiempo...". Leer más...
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miércoles, 24 de abril de 2013
Nueva Exposición de Dibujo y Pintura
Les dejamos una nueva invitación para disfrutar de un
espacio de Arte.
EXPOSICIÓN DE DIBUJO Y PINTURA
MARIANA VILARRASA
Desde el 22 de Abril al 3 de Mayo. De 8 a 20 hs en el Parque
Cultural de San Antonio de Padua (frente a la estación)
El 26 de Abril de 18 a 20
hs la Artista estará en el lugar compartiendo un grato momento junto a
los visitantes.
miércoles, 17 de abril de 2013
Charla Tecnica
Es obvio que el entrenador actual emplea gran parte de su tiempo en comunicarse con sus jugadores, podríamos ampliar esta definición diciendo que además de con estos también con directivos, prensa etc.
Es por ello que se le atribuyen entre otras características las de un buen comunicador, a las ya conocidas de sabio del fútbol, psicólogo, motivador, líder y un interminable etc, que de darse todas en la misma persona harían de él, un hombre perfecto. No existe.
En cualquier caso convendremos que a la hora de las llamadas “charlas tácticas” es imprescindible poseer rasgos de gran comunicador, exigible y necesario.
Cuando leemos o escuchamos aquello de “durante la semana preparamos el partido”, la frase es tan sencilla aunque tan llena de sentido tanto como que los profesionales preparamos el siguiente partido durante toda la semana, ensayando movimientos, estrategia, probaturas de jugadores, y otros menesteres.
Una vez conseguida la puesta a punto semanal, nos vemos en uno de los momentos mas complicados a la vez que excitantes para el entrenador.
La charla pre-partido debería conducirse entre una y dos horas mínimo antes del partido, cuando los jugadores aún están receptivos y no envueltos en la tensión propia de los minutos antes del choque. Es habitual que conceptos básicos, como fortalezas y debilidades del contrario ya hayan sido abordadas durante las sesiones previas, pero los futbolistas son olvidadizos, como todos ante el estrés, y conviene recordarles estas pautas.
El principio fundamental del mensaje es “sea positivo”, transmita a sus jugadores seguridad, por supuesto evite cualquier ápice de duda, de temor, aunque lo tenga, es usted entrenador y en su sueldo entra el confiar en sus jugadores, de otro modo es usted un entrenador pre-cesado.
Recordar las virtudes del rival sin mostrarse inferior es un principio fundamental, argumentar a sus futbolistas que haciendo las cosas bien y según lo planeado puede llevarles al triunfo.
Adivine (pa´provocar nomás), en las siguientes 2 charlas, de dos estilos diferentes, quien gano su partido……
Angelito......
Ricardito.....
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lunes, 25 de marzo de 2013
La conmovedora historia de Bayan Mahmud
Llegó de Ghana en barco escapando de una guerra de tribus. Tiene 18 años, juega en la 4ª de Boca y vive en la pensión de Casa Amarilla. Quiere triunfar en Boca y ser “el primer negro en jugar en la Selección Argentina”.
"Yo dormía atrás de una contena (contenedor), en el piso. Porque no tenía documentos ni nada. Estuve ahí escondido un día y medio. Al final, salí. Si no, iba a morir. Y por supuesto los que me vieron son muy buena gente. Me dijeron que me quedara tranquilo, que no saliera mucho. Cuando era el tiempo de comida, me traían. Y así estuve las tres semanas que duró el viaje. Yo no sabía que estaba viniendo a Argentina. Me subí a cualquier barco, tenía que escapar de la guerra. Mis padres habían fallecido en 2005 en la guerra y sabía que era muy peligroso. Después de eso, estuve con mi hermano en una casa de orfanatos. Pero la guerra de tribus apareció otra vez en el 2010. Yo soy de la tribu Kusazi y nos venían a perseguir. Ellos se reconocen por una marca que llevan en el cuerpo. Si me veían, se iban a dar cuenta de que no tenía ninguna marca porque nosotros no nacimos en la capital. Y me podían matar o hacer algo. Por eso, quería irme. Empezamos a correr, ese lugar es medio jodido. Y no sabía qué pasaba con mi hermano. Fui a otra ciudad para entrar a un barco. Estuve como una semana. Hice amigos en ese barco, me contaron que salía al día siguiente y me ayudaron a meterme. Era muy peligroso. Yo entré ahí pero no sabía adónde iba”.
De repente los ojos se humedecen, la sonrisa se transforma en esa nostalgia aromatizada, los recuerdos lo atrapan, la voz se entrecorta, los silencios hablan y la historia se escribe en tiempo presente.
Bayan Mahmud tiene ahora 18 años. Hace 28 meses se escapó de Ghana, en el oeste de Africa, para no ser víctima de una guerra de tribus que ya había arrasado con sus padres. En el camino perdió a su hermano, se subió a un barco y llegó a Argentina. Y a Boca. El club lo cobijó, lo alimentó, lo ayudó en su proceso de refugiado para poder radicarse definitivamente en el país. Bayan es integrante de la categoría 94 desde principios de 2011 y este año fue inscripto para poder jugar oficialmente. Bayan es un volante por derecha devenido en lateral, que como todo chico de su edad, sueña con llegar a Primera y deslumbrar con luces de neón en la Bombonera. Vive en la pensión del club y se entrena todos los días con la Cuarta en el complejo Pedro Pompilio. Bayan admira a Riquelme y a Hugo Ibarra. Bayan dice “jodido” y “boludo”. Bayan quiere ser “el primer negro en jugar en la Selección Argentina”.
Su papá Mahmud, ex futbolista de un prestigioso club ghanés, y su mamá Fátima le dieron una educación “correcta”. Con su hermano Muntala se la pasaban de finca en finca en busca de una pelota. Así, todos los días. Por eso, tal vez, en apenas un par de pruebas en Boca se dieron cuenta de su potencial. “Cuando me bajé del barco-se acuerda Bayan- estuve tres días sin hablar. Hasta que me encontré con un par de senegaleses y nos pusimos a charlar del Mundial de Sudáfrica 2010. Ellos son muy buena gente, me llevaron a migración en un taxi. Y de ahí me mandaron a una pensión de refugiados en Flores. Después, me fui a Constitución, donde había muchos africanos. Los sábados siempre pasaba por la plaza en la que jugaban al fútbol hasta que un día me preguntaron si quería entrar. Venían perdiendo, pero pasamos a ganar todos los partidos. No sabía que estaban jugando por plata. Y me dieron $20. ¡Buenísimo, je!”, se ríe Bayan, con esos dientes blancos que ahora sí transmiten paz. “Entonces empecé a ir seguido y una persona que se llama Rubén García me vio jugando ahí y me trajo a Boca. Agarramos el form (formulario) y me tomaron la prueba. Y ese día jugué muy bien, je”.
Bayan ya es todo un porteño. Está por comenzar segundo año del colegio secundario, se destaca en inglés y en matemáticas, come asados (“riquísimo”), va seguido al cine y no tiene novia porque “ahora es todo fútbol, fútbol, fútbol”. Sin embargo, hay una costumbre que no se mancha: reza cinco veces al día. “Sin Dios, no podría estar acá. Es el que me da fuerzas para seguir”. Por Dios, dice, también localizó a su hermano Muntala. “Estuve con él hasta que me escapé. Después no supe nada más”.
-¿Y cómo lo encontraste?
-Por Facebook. Itatí Encinas, secretaria de presidencia, y una amiga de ella me ayudaron mucho. Yo no sabía si él estaba vivo o muerto. Y un día me dijeron que lo habían encontrado. El también me estaba buscando, entonces puso su número de teléfono en su información. Lo llamaron y empezamos a hablar. Fue una emoción muy grande. Después empezamos a usar el skype, a mandarnos fotos y algunos videos.
-¿Cuándo debutés en la Bombonera tu hermano tiene que estar?
-Sí, ese día morir, je, je. Estoy haciendo los trámites para que pueda venir (un silencio largo como su viaje) Es el único que tengo y si él está cerca mío, voy a estar muy contento.
-¿También sería un homenaje para tus papás?
-Sí, yo siempre rezo por ellos. Y sé que estarían orgullosos de mí.Gracias Javi por el aporte.
Nota completa: http://www.bocaprogramaoficial.com.ar/programa-mahmud/ Leer más...
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miércoles, 26 de diciembre de 2012
Diciembre, las fiestas; Enero, los Torneos de Verano
El mes de diciembre siempre se presenta en nuestras vidas casi de improviso. Venimos transcurriendo
el año tranquilos, aunque algo cansados, hasta que a fin de noviembre, de repente, tenemos la sensación de que el año ya termina y a su vez queremos finalizar todo lo que estamos haciendo hasta ese momento. En los trabajos, es el momento de pensar en las vacaciones, reservar la primera o segunda quincena de enero y febrero, que finalmente quedan chicas para la gran demanda de descanso que se produce en la gente. En el ámbito docente, también se precipita el fin del año, con el cierre de notas y los consabidos exámenes de diciembre que nos depositan directamente en las fiestas de Navidad y Año Nuevo y por determinismo cronológico, en el tan esperado enero.
Para el fútbol es el final de los torneos oficiales, pero después de un breve receso, el comienzo del fútbol de verano. De acuerdo a la información que surge del sitio www.universofutbol.com.ar, un portal muy completo dedicado justamente a las estadísticas y el fútbol, los torneos de verano en Argentina arrancaron en 1968, ese año se disputaron dos: La Copa Mar del Plata, que curiosamente el campeón fue un equipo de Hungría: el Vasas, que por lo investigado era un buen equipo en ese tiempo: había ganado la liga de Hungría en 1960/61, 1961/62, 1964/65, 1965/66. Después ganó otra en 1976/77, pero luego nunca más figuró, salvo la Copa de Hungría en la temporada 1985/1986. El otro torneo del año 1968 fue La Copa Libertad, ganada por Boca Juniors. El único año en que no se disputó ningún torneo de verano fue 1976. El golpe de estado genocida fue el 24 de marzo de ese año, pero con anterioridad, el 18 de diciembre de 1975, el Brigadier, Orlando Cappellini encabezó el "Comando Cóndor Azul", un intento de Golpe de Estado contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Nuevamente comprobamos la relación directa entre la vida cotidiana y el fútbol. En este caso, en el verano de 1976 no estábamos con la alegría o el humor necesario para gozar del fútbol de verano. Hasta 1990 todos los torneos se disputaron en Mar del Plata, con excepción de 1981, donde se disputaron dos en la ciudad de Córdoba. A partir de 1992 ya hubo otras cedes en escenarios de toda la Argentina.
Los equipos extranjeros que ganaron algún torneo fueron: Atlético Nacional de Colombia (2005), Cerro Porteño de Paraguay (2007), Nacional de Uruguay (1989), Palmeiras de Brasil (1972) y Vasas de Hungría (1968). Una última curiosidad es que en 1974 el torneo no se terminó “para ahorrar energía eléctrica”.
El resumen de títulos obtenidos por los equipos participantes en los torneos de verano de todo el país, entre 1968 y 2012 es el siguiente:
el año tranquilos, aunque algo cansados, hasta que a fin de noviembre, de repente, tenemos la sensación de que el año ya termina y a su vez queremos finalizar todo lo que estamos haciendo hasta ese momento. En los trabajos, es el momento de pensar en las vacaciones, reservar la primera o segunda quincena de enero y febrero, que finalmente quedan chicas para la gran demanda de descanso que se produce en la gente. En el ámbito docente, también se precipita el fin del año, con el cierre de notas y los consabidos exámenes de diciembre que nos depositan directamente en las fiestas de Navidad y Año Nuevo y por determinismo cronológico, en el tan esperado enero.
Para el fútbol es el final de los torneos oficiales, pero después de un breve receso, el comienzo del fútbol de verano. De acuerdo a la información que surge del sitio www.universofutbol.com.ar, un portal muy completo dedicado justamente a las estadísticas y el fútbol, los torneos de verano en Argentina arrancaron en 1968, ese año se disputaron dos: La Copa Mar del Plata, que curiosamente el campeón fue un equipo de Hungría: el Vasas, que por lo investigado era un buen equipo en ese tiempo: había ganado la liga de Hungría en 1960/61, 1961/62, 1964/65, 1965/66. Después ganó otra en 1976/77, pero luego nunca más figuró, salvo la Copa de Hungría en la temporada 1985/1986. El otro torneo del año 1968 fue La Copa Libertad, ganada por Boca Juniors. El único año en que no se disputó ningún torneo de verano fue 1976. El golpe de estado genocida fue el 24 de marzo de ese año, pero con anterioridad, el 18 de diciembre de 1975, el Brigadier, Orlando Cappellini encabezó el "Comando Cóndor Azul", un intento de Golpe de Estado contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Nuevamente comprobamos la relación directa entre la vida cotidiana y el fútbol. En este caso, en el verano de 1976 no estábamos con la alegría o el humor necesario para gozar del fútbol de verano. Hasta 1990 todos los torneos se disputaron en Mar del Plata, con excepción de 1981, donde se disputaron dos en la ciudad de Córdoba. A partir de 1992 ya hubo otras cedes en escenarios de toda la Argentina.
Los equipos extranjeros que ganaron algún torneo fueron: Atlético Nacional de Colombia (2005), Cerro Porteño de Paraguay (2007), Nacional de Uruguay (1989), Palmeiras de Brasil (1972) y Vasas de Hungría (1968). Una última curiosidad es que en 1974 el torneo no se terminó “para ahorrar energía eléctrica”.
El resumen de títulos obtenidos por los equipos participantes en los torneos de verano de todo el país, entre 1968 y 2012 es el siguiente:
- Boca Juniors 38 (Último: Copa de Oro Mar del Plata 2011)
- River Plate 27 (Último: Copa Ciudad de Mar del Plata 2012)
- Independiente 17 (Último: Copa de Oro Mar del Plata 2012)
- San Lorenzo de Almagro 15 (Último: Copa Ciudad de Mendoza 2011)
- Racing Club 8 (Último: Copa Provincia en Buenos Aires 2012)
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viernes, 21 de diciembre de 2012
Aquel final del mundo
“El problema es cuando te tomás
todo al pie de la letra”, así sentenciaba una y otra vez cada charla al borde
de la cancha, tirado de costado cual modelo de revista de moda en una sesión de
fotos en la playa. La raya de cal zigzagueaba infinitamente y cada vez que se
quería acomodar, Osvaldo largaba una de esas frases que uno nunca se olvida, o
que mejor dicho, recordamos en los momentos donde el bocho recurre a la esencia de las cosas. Claro que él tiraba la
frase con una carcajada detrás, como para ponerle otro tono a la conversación.
Él estaba en todos los partidos,
no se los perdía por nada del mundo. Podían jugar con 9 los equipos que se
enfrentaban, podía retrasarse el árbitro o el encargado de marcar las líneas,
pero Osvaldo tenía un lugar de privilegio en la verde platea. Y hasta se traía
su propia butaca, porque en ese momento “la fournier” era una mas de tantas
canchas del potrero donde cada
domingo se llenaba de gente para ver al 11 Colegiales.
Osvaldo vivía cerca de casa, y no
se como hacía pero me lo cruzaba en cada lugar donde iba. Si iba a la
verdulería, ahí estaba meta charla con don Toto, recordando algún gol de su
River, adulando cómo había bajado la pelota el
Enzo ó asombrado con alguna corrida de Caniggia. El tema era que siempre estaba cerca de cualquier movimiento del
barrio a tal punto que algunos vecinos ya habían dictaminado que Osvaldo era Droopy de carne y hueso.
Los que formábamos parte de las
inferiores de la cuadra sabíamos que hiciéramos lo que hiciéramos él estaría
cerca, expectante de saber cómo terminaba el fulbito ó dispuesto a delatar la guarida del último de la escondida.
La calle de mi casa era por ese
entonces mi lugar en el mundo, y en el de otros tantos chicos que disfrutábamos
de los placeres de la vida infantil. Vivíamos a tres cuadras de la cancha, pero
preferíamos nuestro propio estadio en cualquier rectángulo de la calle
Arenales. Cualquiera podría decir “¿por qué no van a jugar a la cancha, si ahí
no molestan a nadie?”, pregunta que en ese momento tal vez hubiese sido
respondida con un movimiento de los hombros hacia las orejas y cara con labios
cayendo a los costados, y que años más tarde puedo desmenuzar gajo a gajo.
La calle era de asfalto, pero era
la única porque al cruzar Einstein se hacía de tierra y bajaba hasta Almirante
Brown en una pendiente que muchas veces servía para las carreras con las
cubiertas de camiones que mangueábamos en la gomería de El Negro. Del otro lado, desde Fleming y hasta Aristóbulo del Valle
también era tierra y era algo así como el límite de estado: de ahí venían los
que nos desafiaban al fulbito.
Los pocos autos que pasaban eran
los de Pepe, el almacenero que tenía
una chata roja; Ganga con su
parsimoniosa camioneta antes o después de un Flete y Marcial con su F100 cuando cerraba la carnicería. Por lo tanto
jugáramos a lo que jugáramos las posibilidades de ser interrumpidos por
cuestiones de tránsito eran escasas a nulas.
Así, el polideportivo Arenales
contaba con innumerables canchas de fútbol (de todos los tamaños y formas),
canchas de paleta, no de tenis, de paleta que en algunos casos eran maderas
artesanalmente cortadas y trabajadas en desnivel entre el cordón y el asfalto.
Hasta en un momento recuerdo que los más grandes habían recorrido las
verdulerías para confeccionar una red hecha con bolsas de papa y cebolla para
hacer más sofisticada la cancha de piso duro marcada con alquitrán de hulla (o
sea, las líneas de brea que sellan las juntas de las calles de asfalto). El
invento no tuvo el éxito que se merecía por su dedicación, ya que muchos de los
jugadores invitados a participar de los Torneos se quejaban asiduamente porque
no veían donde picaba la pelota en el campo contrario.
Había veredas con tierra para
jugar a las bolitas (Troya, opi, gallito, etc), al Hoyo Pelota, juego que los
más creciditos aprovechaban para corretear a las chicas que ya tomaban impulso
en lo que a despertar sexual se refería.
Contábamos también con espacios
verdes para el Rango, la mancha, carreras de velocidad como así también
numerosos escondites para la escondida: baldíos, casas abandonadas, el micro
escolar que Don Enrique había recibido como parte de su jubilación pero que
nunca había podido poner en marcha. Este hombre
pasaba su tiempo entre la quiniela y las cartas, pero además tenía una
pasión entrañable: el boxeo. Había boxeado en su San Francisco natal y cuando
se vino desde Córdoba trajo entre sus cosas los guantes con los que había
transitado los rings de su pueblo.
Y algunas tardes nos invitaba a
la vereda de su casa, bajo el paraiso cuyas bolillitas eran nuestro principal
arsenal para alimentar nuestro poderoso globo
y rulero, y ahí improvisábamos el cuadrilátero, nos separaba por tamaño y
peso y a guantear se ha dicho. Y nada de llorar, el que pega más veces, gana.
El KO estaba prohibido en la calle. Era una regla.
Y por si todo esto fuera poco, a
la tardecita se abrían los bares de cada casa y se podían degustar exquisitos
mates y refrescos sin necesidad de pagar entrada.
Pero había algo más en esa
cuadra. Algo que poco a poco se acercaba a su fin.
Por estos días me encantaría
esforzar mi memoria selectiva y recordar alguna palabra de Osvaldo, alguna
señal que haya flotado en el aire y que yo, tan metido en mi personaje de chico
jugando a ser chico, no haya notado que también se apoderaba de mi.
Era un domingo de diciembre a eso
de las cinco o seis de la tarde. Los chicos preparábamos los arcos para jugar
después que Radio Rivadavia había dado por finalizada la fecha empezaba el
último partido: el nuestro. En décadas cercanas hubiese sido el “codificado” de
la fecha o algo así, el tema es que era nuestro ritual.
Pero ese día empezaron a salir
todos los varones de la cuadra, y cuando digo todos no estoy exagerando en mi
rol de chico que juega a ser chico. Estimo un partido de 15 contra 15, en una
extensión de unos 50 o 60
metros , es decir mitad de cuadra, desde mi casa hasta la
casa de Ganga y Juana.
Así que
empezaron a dividir los equipos para que queden parejos. Los tres varones de mi
familia (en ese tiempo Fede era chiquito) jugábamos para el mismo equipo. Mi
viejo se instaló en la defensa haciendo gala de su sentido de tiempo y
distancia para cerrar como último hombre. Mi hermano mayor, Carlos, jugaba en
todos los sectores donde estaba la pelota tal vez poseído por el espíritu de
Giunta ó Bernuncio que en ese momento se tiraban de cabeza para marcar. A mí me
gustaba jugar adelante, a lo “mandinga” Percudani esperando algún pase o rebote
en el cordón para poder definir.
Para el otro
equipo jugaba Osvaldo.
Él jugaba bien cerquita del arco, para
empujarla. Sus compañeros no querían que se aleje del área, no le pedían que
baje a recibir ni que “abra la cancha”
para tirar un centro porque sabían que su oportunismo era determinante y
que alguna le iba a quedar. Si me preguntan a quien se parecía no me animaría a
compararlo con ninguno, él se adjudicaba ser el Enzo, aunque en ese momento
Francescoli andaba por Europa.
Osvaldo era joven, pero ni
siquiera hoy se cuantos años tiene. Pero desde que lo conocí lo recuerdo con
sus muletas de madera, pasando por mi casa o bajando del colectivo que cada 40
minutos pasaba por la esquina de Einstein y Arenales. Algunos decían que tuvo
un accidente cuando era chico, otros que había nacido así…yo nunca quise
preguntarle. A la distancia en el tiempo supongo que si él nunca lo contó fue
porque no quería recordarlo, y así todos supimos respetar ese silencio. Un
silencio que no era fúnebre ¡eh! Para nada. Su saludo era siempre alegre, y era
el primero en llegar después de las doce a brindar en cada casa por la Navidad o el Año nuevo.
El partido tuvo muchos goles, no
todos deben recordar cuál fue el resultado, porque a medida que la noche se
adentraba los jugadores continuaban su trote hacia los vestuarios sin dar aviso
al técnico ni a las autoridades del partido, y así el cotejo fue llegando a su
fin. Y con el silbato final de mi vieja que nos llamó a los tres para que,
previo paso por la ducha, nos sentemos a la mesa a comer el segundo plato de
fideos del día (¡qué ricos son recalentados a baño María!), se terminó aquella
final.
Esa misma noche, y sin
predicciones de ningún tipo, se transformó el mundo. Nunca más vi un partido
igual, ni tampoco pude deleitarme con la media vuelta de Osvaldo pegándole con
el borde externo de su muleta derecha engañando al arquero que pensó que le iba
a dar con los pies. Ahí fue el final para mí.
Hoy no espero el final de nada,
pero tal vez haya alguien jugando a ser chico en la calle Arenales o en
cualquier lugar del mundo donde se pueda jugar en paz, palpitando cómo su mundo
inicia un proceso de cambio que jamás imaginó.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
El Messi de Baghdad
Hay un Messi de Baghdad que emociona desde un arco y sin una pierna. Que juega con la camiseta 10 del Barcelona y que pone sus muletas como postes de un Camp Nou imaginario y que usa guantes y que también se divierte con una pelota de fútbol. Hamoudi dice que quiere ser como el astro argentino y por eso no descansa pese a las secuelas de la guerra. Este chiquilín de ocho años que perdió la zurda luego de uno de los tantos bombardeos a la capital de Irak es el eje de una historia contada en un cortometraje que se acaba de estrenar en el festival internacional de cine de Leuven, en Bélgica. Baghdad Messi, dirigido por el kurdo Sahim Omar Kalifa, dura 19 minutos y narra esa devoción que Hamoudi tiene por La Pulga y por el Barcelona.
Tal vez, el propio Lionel Messi ya esté al tanto de este tráiler que circula en las redes sociales. Ambientado en la zona rural, el adelanto de este film ovacionado por el público belga muestra a Hamoudi desde el arco y con la pelota en la mano, y con ese entusiasmo por que su equipo pueda jugar, quizás, a la velocidad y con la precisión del Barsa. Grita y gesticula, como un arquero de Primera. Sueña y se imagina, como un chico de cualquier potrero del mundo, ese diez que, a esta altura, es un espejo inagotable. Celebra, Hamoudi, un gol de su equipo –todos vestidos con camisetas del Barcelona y diferentes diseños– y da pequeños saltos apoyado en su pierna derecha hasta llegar al abrazo con sus amigos jugadores. La imagen, capaz de vencer y de caminar hacia la utopía.
La final de la Champions League 2009 también juega un papel determinante en esta narración de Kalifa. Barcelona, el equipo de todos, y Manchester United, en Roma, genera la lógica atención de estos chicos futboleros que aguardan, pacientes, por ver a Messi y a sus otros amigos. Sin embargo, se rompe el televisor y deben resolver el asunto antes del comienzo del partido. El ingenio de Hamoudi será clave para sortear el obstáculo y disfrutar del juego y de su ídolo.
Baghdad Messi, dicen, tiene buenas chances de ser premiada en el festival de Bélgica como mejor película antes de participar en el noveno festival de cine de Dubai, que se llevará a cabo del 9 al 16 de diciembre. El juego en un mundo castigado y la niñez que conserva esa pureza donde los sueños plantean igualdad. A Hamoudi le falta una pierna y quiere ser Messi. En realidad, lo será desde su capacidad para no perder la esperanza y proteger el estado de ánimo. Conmueve, su historia. Y ese es un premio que quizás el Messi auténtico no tenga que recibir en ninguna alfombra roja ni con trajes y trofeos. Porque lo ganó.
Arcos de piedras y muletas. La cancha de tierra, seca, y una pelota que suspende y libera a estos chicos de ruidos y de horrores de oscuras escenografías. El Messi del Barsa anda en busca de un nuevo récord y se prepara para la cita de Brasil 2014 y empieza a despegar de comparaciones de otros tiempos por un nivel de rendimiento que no entra en el campo de lo posible. El Messi de Baghdad, sus manos y los guantes, la pierna lo sostiene y el alma lo mueve.
La pelota entra al arco. Hamoudi queda en el piso y con ese lamento de un niño que acaba de recibir un gol. Se levanta, Messi, con esas dificultades pero con todas las voluntades. Se saca los guantes, se lleva las muletas de vuelta a casa. A pensar que, tal vez, La Pulga sepa, algún día, quién es. A dibujar, en esa almohada y de noche, jugadas con el diez en la espalda.
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viernes, 16 de noviembre de 2012
Exposición individual de Pinturas y Dibujos
Ante todo pido disculpas al público por la tardía difusión de tan importante evento cultural.
Desde Mano Inquieta, apoyamos el Arte y sus distintas expresiones. Es por ello que los invitamos a la Exposición Individual de Pinturas y Dibujos de la Artista local Mariana Vilarrasa.
El lugar elegido es Parque Cultural Libertad (Avenida Eva Perón y Colombia-Libertad)
La inauguración será mañana Sábado 17 de Noviembre a las 18 hs.
La Exposición permanecerá hasta el 30 de Noviembre, y allí podrán contemplar parte de la obra de esta Artista a la cual recomendamos ya que pudimos apreciar su talento en repetidas ocasiones.
A todos aquellos "amigos inquietos" que quieran asistir, queda hecha la invitación como así también hacerla extensiva a quienes ustedes quieran sugerir. Es un excelente momento para abrir los sentidos y dejarse sorprender.
Leer más...
Desde Mano Inquieta, apoyamos el Arte y sus distintas expresiones. Es por ello que los invitamos a la Exposición Individual de Pinturas y Dibujos de la Artista local Mariana Vilarrasa.
El lugar elegido es Parque Cultural Libertad (Avenida Eva Perón y Colombia-Libertad)
La inauguración será mañana Sábado 17 de Noviembre a las 18 hs.
La Exposición permanecerá hasta el 30 de Noviembre, y allí podrán contemplar parte de la obra de esta Artista a la cual recomendamos ya que pudimos apreciar su talento en repetidas ocasiones.
A todos aquellos "amigos inquietos" que quieran asistir, queda hecha la invitación como así también hacerla extensiva a quienes ustedes quieran sugerir. Es un excelente momento para abrir los sentidos y dejarse sorprender.
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miércoles, 14 de noviembre de 2012
Un único culpable y muchos responsables
Aquella horrible y fatídica noche del 30 de
diciembre del 2004 ha
marcado un trazo imborrable en la memoria de todos, ni hablar de los amigos y
familiares de los 194 que ya no están.
Mientras que en los medios y redes de
comunicación, el espectro variado de opiniones reparte culpas y cargos,
responsabilidades e irresponsabilidades (muchos con ligereza y apuro) son muy
pocos los espacios en los que se ha escuchado hablar del rol del estado en esta
cuestión.
La única
verdad es que hasta ahora, la justicia ha condenado al gerenciador del boliche y a su
mano derecha, a los seis músicos de la banda, al manager y al escenográfo, a un
subcomisario y a tres funcionarios de cuarto orden del gobierno porteño. Casi
me olvido del tibio juicio político que destituyó a Ibarra..
Ante la falta de voces que por lo menos
susurren, aunque sería mejor que griten, que sitúen en lugar y forma, que lo
ocurrido no hubiese sido posible por la
existencia de un estado ausente, ciego, sordo y mudo, me dispongo a sacar de mi
algunas reflexiones y/u opiniones que quedaron dolorosamente alojadas desde
ocurrida esa espantosa tragedia.
El
estado, a través de su poder político y de sus fuerzas de seguridad, no visibilizó una situación en las narices de
muchos. Aníbal Ibarra, los inspectores, los jefes de la policía y de bomberos permitieron que en el corazón de
la ciudad de buenos aires funcionara un local bailable repleto de
irregularidades.
No entiendo la cuestión con la facilidad de
culpar al estado y con eso eximir al resto. Existió una cadena de responsables
que la justicia debe determinar, pero faltan en el banquillo de los acusados los
representantes mayores de este estado que no supo cuidarnos cuando ni nosotros
lo hacíamos. Digo nosotros porque yo sin haber llegado a estar esa noche, me
siento responsable también.
Aquella noche, por esas cosas que dicen del
destino, me quedé dormido y no fui al recital, pero estuve en ese lugar otras
veces. Es mas, estuve una noche en la que en un show una candela prendió esa
maldita media sombra. Media sombra que no hubiese estado sino fuera porque el
gerenciador para ahorrar gastos, utilizó para sostener los paneles acústicos
que deberían estar amurados al techo. De no haber existido esa provisoria instalación,
el fuego no se hubiese propagado como lo hizo.
En ese momento, un Chaban histérico con micrófono
en mano, puteó a todo el mundo haciendo esa mala actuación que lamentablemente
tiempo después, mostró por todos lados. Algunos pudimos salir gracias a que esa
noche la puerta de emergencia no estaba clausurada, mientras otros fueron
testigos de cómo una persona agarró una manguera (que por suerte si funcionaba)
y apagó el fuego antes que pase a mayores. Una vez apagado, los que habíamos
salido volvimos a entrar, entraron nuevos, las luces se volvieron a apagar, Chaban
siguió facturando detrás de la barra y
la locura siguió.
Responsables son también los músicos que
salieron con el dedo acusador a señalar a la banda Callejeros, cuando en sus propios
recitales pasaba lo mismo. Me harté de los periodistas que nunca fueron a un
recital y se llenaron la boca de
palabras de asco sin entender cual era la cuestión, mas aun me harté de los que
sí fueron pero lo vieron desde la lejanía de sus lugares de privilegio.
Esta locura la construimos todos, publico,
artistas, productores, periodistas, discográficas, etc., y fueron años de construcción..
Aquello el indio Solari lo llamo “una granada sin anilla”, que nos fuimos
pasando entre todos sin saber cuando explotaría.
Explotó el 30 de diciembre del 2004, y pasados ya casi 8 años, hoy seguimos ocupados
en culpar únicamente a los responsables obviando al culpable.
Hubo un
estado que no supo, no quiso frenar esa locura, que guardó la coima y lucró con
nuestras vidas. Ese estado tuvo y tiene responsables políticos, inspectores, jefes
mayores de la fuerza de seguridad. Éstos no solo no fueron juzgados, sino que
algunos como Ibarra continuaron su carrera política. No me quiero poner
reiterativo, respeto profundamente el dolor de todos los que perdieron a un ser
querido esa noche y entiendo que con ellos también se han ido parte de su
propia vida, pero esa noche en algún punto también murió un inconciente que vivía
en mí, que arrastrado por una idea grupal de divertimento, llevó a pasear su pulsión
de muerte por diferentes recitales y que
mi generación hoy lamenta haber vivido.
sábado, 13 de octubre de 2012
Messi es un perro
La mayoría lo debe haber leído, pero igualmente queríamos tener este texto en el blog. Imperdible de punta a punta, y es un buen momento para ponerlo, después de hacerle 2 goles a Uruguay......
HERNAN CASCIARI, LUNES 11 DE JUNIO, 2012
Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro. El texto empezaba así: La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia. Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más. Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes. La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo. Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto. De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario. Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue. Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad. Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja. Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer. Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla. No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes. Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol. Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación. ¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral? No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas. Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja. Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido: —El día que él quiera hará seis. No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte. Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca. Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50. Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
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HERNAN CASCIARI, LUNES 11 DE JUNIO, 2012
Escribí esto hace dos o tres meses. Pero bien podía haberlo escrito el sábado a la noche, después del cuatro a tres contra Brasil. Esta reflexión apareció en las páginas 128 y 129 de la revista Orsai número seis y, desde que se publicó, me moría de ganas de ponerla en el blog, de contrabando. Solamente esperaba el momento oportuno para que cada palabra tuviera, otra vez, el apoyo de lo inmediato. Y hoy es buen momento. Me reafirmo, entonces, en la teoría del hombre perro. El texto empezaba así: La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia. Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más. Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes. La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo. Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto. De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae. No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario. Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue. Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto. El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad. Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja. Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer. Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla. No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes. Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol. Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro. Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación. ¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral? No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas. Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja. Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde. Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido: —El día que él quiera hará seis. No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte. Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca. Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50. Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.
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martes, 9 de octubre de 2012
Los Entornos Invisibles....del Futbol
A continuación, un video de Ciencia y Tecnología. Y usted dirá: ¿Qué le pasa a estos muchachos? ¿Desde cuándo le importan la Ciencia y la Tecnología? Peeeerooo….. acá está involucrado el futbol, Canal Encuentro y Campanella…. Digno de ver y disfrutar…
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Entornos Invisibles es un ciclo de divulgación científica de Canal Encuentro, con un formato que incorpora elementos de ficción y humor. A partir de un espacio de gran envergadura, Entornos invisibles… aborda los estudios y recursos de las ciencias básicas y la tecnología que se aplican cuando se proyectan, construyen y utilizan los grandes escenarios de la vida cotidiana del hombre, como los parques de diversiones, las chacras, los recitales de rock, los hospitales y otras construcciones. Lo conduce: Juan José Campanella.
En este capitulo:
¿Cómo se logra un efecto cuando se patea una pelota? ¿Qué gana un arquero al adelantarse en un tiro penal? ¿Con qué ángulo de tiro se logra el máximo alcance? ¿Cómo se arma el fixture del torneo argentino de fútbol? ¿Cuál es el papel del diseño en los botines, las pelotas y los guantes de futbol? Estudios científicos y el sentido común pueden darnos algunas respuestas, pero los conductores eligen como escenario un estadio de fútbol para abordar, analizar y poner a prueba los contenidos de física, matemática, biología y tecnología que cumplen un papel fundamental dentro y fuera del campo de juego.
miércoles, 3 de octubre de 2012
El Truco y la Vida
Nunca fui un gran jugador de truco, o por lo menos eso es lo que creo y siempre me pregunté si era el motivo por el cual no me gusta mucho jugar al truco.
Una vez en una reunión de amigos, hasta me sentí muy mal cuando alguien me dijo, “parece que jugaras con las cartas dadas vuelta”, lo que interpreté como que la cara me vende y que para jugar bien al truco se requiere no mostrar las emociones, que al parecer se me reflejan en la jeta cuando viene alguna mano cargada o al contrario cuando en la mano no puedo hacer ni señas.
Pero como siempre en esta vida, hay una explicación para todo. El gran Alejandro Dolina me la dio, aunque la recibí con un poco de atraso. En una de sus intervenciones de “La venganza será terrible” del 12 de diciembre del año 1987, que escuché en Internet y que transcribo a continuación, me dejó un extraordinaria tranquilidad de espíritu, aunque nunca llegue a jugar bien al truco:
“Eduardo de Olivos dice si podemos dar un curso para jugar bien al truco.
¡No!No hay cosa más ingrata que las personas que creen que juegan bien al truco.Yo no digo que sea ingrato jugar bien al truco. Yo no digo que esté mal jugar bien al truco, es fenómeno jugar bien al truco, pero aquellos tipos que presumen de jugar bien el truco son aburridísimos.
Te dicen: ¡eh, le canté la falta sin nada, se fue al mazo el gil!
Cualquiera puede jugar bien al truco, hay saber jugar un poquito y ligar.
Se puede jugar bien al truco, pero no es una cosa de la uno pueda envanecerse tanto. Porque conozco yo renombrados gilastros que juegan bien al truco. Pero se hace de esto una especie de alegoría de una cierta habilidad como para enfrentar la vida. Y en cierto momento del truco los tipos que le llevan a usted siete porotos, lo miran como perdonándole la vida, como diciendo, pero no ves hermano que yo caí al Universo mucho mejor dotado que vos.
Y no es así, me estás ganando un partido de truco nomás. Mirá, mirá con que le dí la falta!
Le tengo bronca a esos tipos y voy a confesar algo que no me va a jugar mucho favor, no me gusta jugar al truco. He jugado mucho al truco, pero no me gusta. Debe hacer como tres días que no juego.”
EL ALQUIMISTA J.V. Leer más...
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lunes, 17 de septiembre de 2012
Ajedrez, Damas y Whistle (juego de cartas) - Cuento: "Los crímenes de la rue Morgue" de Edgar Allan Poe
Las condiciones mentales que suelen considerarse como analíticas son, en sí mismas, poco susceptibles de análisis. Las consideramos tan sólo por sus efectos. De ellas sabemos, entre otras cosas, que son siempre, para el que las posee, cuando se poseen en grado extraordinario, una fuente de vivísimos goces. Del mismo modo que el hombre fuerte disfruta con su habilidad física, deleitándose en ciertos ejercicios que ponen sus músculos en acción, el analista goza con esa actividad intelectual que se ejerce en el hecho de desentrañar. Consigue satisfacción hasta de las más triviales ocupaciones que ponen en juego su talento. Se desvive por los enigmas, acertijos y jeroglíficos, y en cada una de las soluciones muestra un sentido de agudeza que parece al vulgo una penetración sobrenatural. Los resultados, obtenidos por un solo espíritu y la esencia del método, adquieren realmente la apariencia total de una intuición.
Esta facultad de resolución está, posiblemente, muy fortalecida por los estudios matemáticos, y especialmente por esa importantísima rama de ellos que, impropiamente y sólo teniendo en cuenta sus operaciones previas, ha sido llamada por excelencia análisis. Y, no obstante, calcular no es intrínsecamente analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro. De esto se deduce que el juego de ajedrez, en sus efectos sobre el carácter mental, no está lo suficientemente comprendido.
Mi intención ahora no es escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y extraños movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior.
Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento buscado resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado. Desde hace largo tiempo se conoce el whist (juego de cartas) por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico. Leer más...
Mi intención ahora no es escribir un tratado, sino que prologo únicamente un relato muy singular, con observaciones efectuadas a la ligera. Aprovecharé, por tanto, esta ocasión para asegurar que las facultades más importantes de la inteligencia reflexiva trabajan con mayor decisión y provecho en el sencillo juego de damas que en toda esa frivolidad primorosa del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen distintos y extraños movimientos, con diversos y variables valores, lo que tan sólo es complicado, se toma equivocadamente —error muy común— por profundo. La atención, aquí, es poderosamente puesta en juego. Si flaquea un solo instante, se comete un descuido, cuyos resultados implican pérdida o derrota. Como quiera que los movimientos posibles no son solamente variados, sino complicados, las posibilidades de estos descuidos se multiplican; de cada diez casos, nueve triunfa el jugador más capaz de concentración y no el más perspicaz. En el juego de damas, por el contrario, donde los movimientos son únicos y de muy poca variación, las posibilidades de descuido son menores, y como la atención queda relativamente distraída, las ventajas que consigue cada una de las partes se logran por una perspicacia superior.
Para ser menos abstractos supongamos, por ejemplo, un juego de damas cuyas piezas se han reducido a cuatro reinas y donde no es posible el descuido. Evidentemente, en este caso la victoria —hallándose los jugadores en igualdad de condiciones— puede decidirse en virtud de un movimiento buscado resultante de un determinado esfuerzo de la inteligencia. Privado de los recursos ordinarios, el analista consigue penetrar en el espíritu de su contrario; por tanto, se identifica con él, y a menudo descubre de una ojeada el único medio —a veces, en realidad, absurdamente sencillo— que puede inducirle a error o llevarlo a un cálculo equivocado. Desde hace largo tiempo se conoce el whist (juego de cartas) por su influencia sobre la facultad calculadora, y hombres de gran inteligencia han encontrado en él un goce aparentemente inexplicable, mientras abandonaban el ajedrez como una frivolidad. No hay duda de que no existe ningún juego semejante que haga trabajar tanto la facultad analítica. El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia. Cuando digo habilidad, me refiero a esa perfección en el juego que lleva consigo una comprensión de todas las fuentes de donde se deriva una legítima ventaja. Estas fuentes no sólo son diversas, sino también multiformes. Se hallan frecuentemente en lo más recóndito del pensamiento, y son por entero inaccesibles para las inteligencias ordinarias. Observar atentamente es recordar distintamente. Y desde este punto de vista, el jugador de ajedrez capaz de intensa concentración jugará muy bien al whist, puesto que las reglas de Hoyle, basadas en el puro mecanismo del juego, son suficientes y, por lo general, comprensibles. Por esto, el poseer una buena memoria y jugar de acuerdo con «el libro» son, por lo común, puntos considerados como la suma total del jugar excelentemente. Pero en los casos que se hallan fuera de los límites de la pura regla es donde se evidencia el talento del analista. En silencio, realiza una porción de observaciones y deducciones. Posiblemente, sus compañeros harán otro tanto, y la diferencia en la extensión de la información obtenido no se basará tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. Lo importante es saber lo que debe ser observado. Nuestro jugador no se reduce únicamente al juego, y aunque éste sea el objeto de su atención, habrá de prescindir de determinadas deducciones originadas al considerar objetos extraños al juego. Examina la fisonomía de su compañero, y la compara cuidadosamente con la de cada uno de sus contrarios. Se fija en el modo de distribuir las cartas a cada mano, con frecuencia calculando triunfo por triunfo y tanto por tanto observando las miradas de los jugadores a su juego. Se da cuenta de cada una de las variaciones de los rostros a medida que avanza el juego, recogiendo gran número de ideas por las diferencias que observa en las distintas expresiones de seguridad, sorpresa, triunfo o desagrado. En la manera de recoger una baza juzga si la misma persona podrá hacer la que sigue. Reconoce la carta jugada en el ademán con que se deja sobre la mesa. Una palabra casual o involuntaria; la forma accidental con que cae o se vuelve una carta, con la ansiedad o la indiferencia que acompañan la acción de evitar que sea vista; la cuenta de las bazas y el orden de su colocación; la perplejidad, la duda, el entusiasmo o el temor, todo ello facilita a su aparentemente intuitiva percepción indicaciones del verdadero estado de cosas. Cuando se han dado las dos o tres primeras vueltas, conoce completamente los juegos de cada uno, y desde aquel momento echa sus cartas con tal absoluto dominio de propósitos como si el resto de los jugadores las tuvieran vueltas hacia él.
El poder analítico no debe confundirse con el simple ingenio, porque mientras el analista es necesariamente ingenioso, el hombre ingenioso está con frecuencia notablemente incapacitado para el análisis. La facultad constructiva o de combinación con que por lo general se manifiesta el ingenio, y a la que los frenólogos, equivocadamente, a mi parecer, asignan un órgano aparte, suponiendo que se trata de una facultad primordial, se ha visto tan a menudo en individuos cuya inteligencia bordeaba, por otra parte, la idiotez, que ha atraído la atención general de los escritores de temas morales. Entre el ingenio y la aptitud analítica hay una diferencia mucho mayor, en efecto, que entre la fantasía y la imaginación, aunque de un carácter rigurosamente análogo. En realidad, se observará fácilmente que el hombre ingenioso es siempre fantástico, mientras que el verdadero imaginativo nunca deja de ser analítico. Leer más...
lunes, 10 de septiembre de 2012
¿Por qué una "Mano Inquieta" se detiene?
En principio corresponde pedir las disculpas del caso para todos los seguidores del blog por este “parate” que lleva aproximadamente 5 meses
En muchas reuniones informales del grupo de ¿escritores? Nos preguntamos más de una vez, que es lo que pasaba. ¿Por qué entre por lo menos 6 personas no podíamos incorporar nada nuevo al blog?
Las pobres reflexiones que voy a tratar de transmitir por supuesto no representan la opinión del consejo de redacción (que en realidad nunca hubo), así que son la ocurrencia exclusiva de uno de los escribientes del blog y de ninguna manera interrumpen la sequía del mismo.
En la vida cotidiana y con más razón en la literatura me someto a la siguiente reflexión incuestionable: “si no hay nada importante que decir, mejor no decir nada”, o algo así. Este principio lo hemos cumplido con creces, pero esto lleva a la pregunta ¿porqué no tenemos nada importante que decir?
Indudablemente, los escritores aficionados pasamos por momentos de falta de inspiración, se nos terminan las cosas que habíamos escrito hace tiempo, como así también las producciones de otros que incorporamos porque sencillamente nos encantan y no hay forma de decirlas mejor que como las dicen los que saben, pero además vemos que los escritores profesionales tienen una determinada disciplina para escribir, lo cual lleva a adoptar una actitud de constancia para “atacar” el papel en blanco, en este caso el Word de la PC.
También hay que tener en cuenta que, los que algo escribimos nos encanta leer y muchas veces no tenemos el tiempo suficiente, mucho menos nos queda otro tiempo para escribir.
Finalmente refiriendo algunos tips de escritores famosos, tenemos las siguientes curiosidades:
• El gran maestro Jorge Luis Borges registraba sus sueños y luego utilizaba ese material para enriquecer sus cuentos, estamos al horno los que no soñamos nada importante.
• Ernesto Sábato tenía el hábito de quemar por la tarde lo que había producido hasta el mediodía. Si nada se escribe no hay nada que quemar
• Abelardo Castillo sentía que no podía ponerse a trabajar si antes no limpiaba su máquina de escribir. Para ello, tenía un pincelito especial para repasar los tipos y evitar que se empastaran. Su obstinación, a menudo, surtía efectos no deseados: como utilizaba querosene, los mecanismos muchas veces terminaban por ensuciarse y, al final de la tarea, no se podían usar. "Cuando me quería acordar, habían pasado tres horas y no había escrito nada”. Este caso no corresponde a nuestra realidad ya que no tenemos (creo) obsesiones como esta y hemos superado la tecnología de escritura de Castillo
• Dashiell Hammett, uno de los maestros de la literatura negra policial, se había instalado en una suite del Beverly-Wilshire y recibía a sus pocas visitas vestido con una costosa bata con sus iniciales, solía decir que un hombre puede hacer con su vida lo que quiera, pero que la escritura tiene ciertos principios que deben respetarse. Para tanto no estamos.
• Ernest Hemingway dijo que se requiere disciplina para trabajar todas las mañanas y también para dejar de pensar en la obra al levantarse del escritorio, de modo que ésta se siga escribiendo sola en alguna parte de la mente. También recomendaba dejar de escribir cuando la historia fluía, de modo de poder retomarla sin inconvenientes a la mañana siguiente. Otro problema para nosotros los aficionados es el tiempo necesario para seguir pensando en la obra.
• William Faulkner, tenía una áspera receta para cualquier aspirante a narrador, se requería un 99% de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo para lograrlo. Otro imposible
• Antonio Dal Masetto para escribir su novela “Siempre es difícil volver a casa” se propuso recopilar diálogos, apuntes de personajes y descripciones en servilletas de bares y papelitos sueltos, que fue acumulando en numerosas cajas de zapatos. Para imponerse un orden, dividió las cajas en tres grandes grupos: inicio, nudo y desenlace. Siguió así hasta que, en un momento dado, le puso punto final a esa tarea, se sentó frente a la máquina, vació las cajas y a partir del material acumulado redactó una página, un capítulo y, finalmente, el libro entero. "Es un método que no se lo recomiendo a nadie", bromeó después Dal Masetto en una entrevista. Creo que tenía mucha razón.

• El gran maestro Jorge Luis Borges registraba sus sueños y luego utilizaba ese material para enriquecer sus cuentos, estamos al horno los que no soñamos nada importante.
• Ernesto Sábato tenía el hábito de quemar por la tarde lo que había producido hasta el mediodía. Si nada se escribe no hay nada que quemar
• Carlos Fuentes componía "mentalmente" sus seis o siete páginas diarias en un paseo que incluía la casa de Albert Einstein, la de Hermann Broch y la de Thomas Mann, en Princeton. No tengo ni la mente para acordarme después, ni la inspiración que debía producir pasar regularmente por las casas de semejantes escritores
• Abelardo Castillo sentía que no podía ponerse a trabajar si antes no limpiaba su máquina de escribir. Para ello, tenía un pincelito especial para repasar los tipos y evitar que se empastaran. Su obstinación, a menudo, surtía efectos no deseados: como utilizaba querosene, los mecanismos muchas veces terminaban por ensuciarse y, al final de la tarea, no se podían usar. "Cuando me quería acordar, habían pasado tres horas y no había escrito nada”. Este caso no corresponde a nuestra realidad ya que no tenemos (creo) obsesiones como esta y hemos superado la tecnología de escritura de Castillo
• Dashiell Hammett, uno de los maestros de la literatura negra policial, se había instalado en una suite del Beverly-Wilshire y recibía a sus pocas visitas vestido con una costosa bata con sus iniciales, solía decir que un hombre puede hacer con su vida lo que quiera, pero que la escritura tiene ciertos principios que deben respetarse. Para tanto no estamos.
• Ernest Hemingway dijo que se requiere disciplina para trabajar todas las mañanas y también para dejar de pensar en la obra al levantarse del escritorio, de modo que ésta se siga escribiendo sola en alguna parte de la mente. También recomendaba dejar de escribir cuando la historia fluía, de modo de poder retomarla sin inconvenientes a la mañana siguiente. Otro problema para nosotros los aficionados es el tiempo necesario para seguir pensando en la obra.
• William Faulkner, tenía una áspera receta para cualquier aspirante a narrador, se requería un 99% de talento, 99% de disciplina y 99% de trabajo para lograrlo. Otro imposible
• Antonio Dal Masetto para escribir su novela “Siempre es difícil volver a casa” se propuso recopilar diálogos, apuntes de personajes y descripciones en servilletas de bares y papelitos sueltos, que fue acumulando en numerosas cajas de zapatos. Para imponerse un orden, dividió las cajas en tres grandes grupos: inicio, nudo y desenlace. Siguió así hasta que, en un momento dado, le puso punto final a esa tarea, se sentó frente a la máquina, vació las cajas y a partir del material acumulado redactó una página, un capítulo y, finalmente, el libro entero. "Es un método que no se lo recomiendo a nadie", bromeó después Dal Masetto en una entrevista. Creo que tenía mucha razón.

Teniendo en cuenta como escribían estos “mostruos” y que nunca les llegaremos ni a los tobillos, recomiendo hacer lo que hice hoy que dispuse de un tiempito, no sabía que escribir y en un par de horas se me ocurrieron estas gansadas
Brindo para que otra vez se inquieten las manos amigas y pueda leer historias hermosas como hasta ahora se han escrito.
¡Salud compañeros escritores aficionados!
J.V. EL ALQUIMISTA
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lunes, 16 de abril de 2012
Garrafa, la pelicula

Nunca ganó los millones de Messi ni se lo vio con las modelos top del momento.
Jamás se llevó el Balón de Oro ni brilló en el fútbol europeo. Pero tampoco nunca se lo vio demasiado interesado en alcanzar ese tipo de logros. José Luis “Garrafa” Sánchez era un futbolero de barrio. Esos enamorados de la pelota que saben muy bien cómo tratarla y hacerla feliz. A ella y a todo aquel que se detenga a mirar la relación entre ambos.
Eso se transmitía al público (de propios y extraños) a través de su manera de jugar. Displicente. Insolente. Lleno de talento. Casi faltándole el respeto al híper profesionalismo del fútbol moderno. Es que a “Garrafa” no le interesaba jugar al fútbol. Él amaba jugar al “fulbo”. Y así dedicó su carrera a llenar de alegría el corazón del “fulbolero”. De aquel que se emociona cuando ve un caño, un sombrero, una pisadita, un taco.
Así lo interpretaron los hinchas de Banfield, de Laferrere, de El Porvenir y del fútbol en general. El Garrafa, una película de fulbo es un fruto nuevo en el árbol artístico de José Luis Sánchez, que guarda cuatro canciones y una estatua en el Florencio Sola. Su vida está contada por amigos, familiares, colegas. Y por sus ocurrencias. Por sus salidas. En 1998, el Gaucho Alfredo Almirón, compañero en El Porvenir, iba en un auto junto a Garrafa rumbo a la segunda final por el ascenso a la B Nacional entre su equipo y Deportivo Armenio. El presupuesto no alcanzaba para las concentraciones. En Pompeya, Garrafa le dijo que pare. Se bajó y volvió con dos chorizos a la pomarola. “Tenemos que jugar una final. Ni en pedo me como eso.” Garrafa le devolvió: “¿Quién te dijo que uno es para vos?”. Al psicólogo deportivo Darío Mendelsohn, a quien tuvo en El Porve, le rompía los tests en la cara y le recriminaba: “Sos una mentira que camina.” Lo hacía para divertir al plantel. En un comentario en la página web de la película, un hincha de Banfield escribe: “No vi nada igual. Cuando jugaba era feliz. Tengo una remera con una foto que me saqué en el predio. Antes de un partido con Boca que perdimos le pregunté si estaba nervioso, y me dijo: ‘Sí, porque en media hora tengo la revancha al pool con el Laucha (Lucchetti) y le tengo que ganar’.”
Era el jugador que Alejandro Dolina había elegido para querer. En la sala de lectura de su casa, el Negro, entrevistado para el documental, tiene un par de fotografías junto a él. Ricardo Spreafico, aquel que en el asado pensó que Garrafa tenía frío, a partir de entonces entabló una amistad con él y su familia. Ricky, el asistente de dirección, ofició de contacto entre José Luis y Dolina. El escritor lo había elogiado en público. “¿Viste lo que dijo de vos? Te quiere conocer”, le comentó. “Buenísimo, pero, ¿quién es?” Ricky fue al teatro a verlo a Dolina y le dijo que Garrafa quería hablarle y regalarle una camiseta. “Abrió los ojos grandotes y dijo: ‘¿En serio? Sería un honor’.” “Cuando tuvo el accidente y se mató, Dolina me llamó. Estaba muy triste. Como si le hubiese pasado a un amigo. Hay gente que no lo conoció y también se emocionó.” En Laferrere sí lo conocen. Es un semidiós. Cuando le preguntaron qué fue lo más importante que le pasó en su carrera, respondió: “Haber debutado contra Almirante Brown.” “Cuando vos llegás a Laferrere, hay dos imágenes: la de Gregorio de Laferrere y la de Garrafa”, suma Smietniansky. “Ahí hablás del Diez y es uno de los pocos lugares que no representa al Diego.” La leyenda conurbana cuenta que en un Día del Niño José Luis pasó a bordo de una moto por el centro de la ciudad, vio los festejos y regresó con cajas de alfajores para repartir entre los chicos.
Hoy, como dice Cherco, la gente vuelve a la cancha a ver a Garrafa, al lugar en el que desparramó felicidad ese hombre-niño con sus travesuras. A esta película, que nació entre carnes y vinos, hace dos años le levantaron el pulgar final. Antonia, la madre de José Luis, había tenido problemas cuando se le acercaban después de la muerte de su hijo, en especial con los dirigentes de fútbol. “Los hermanos mellizos, Adolfo y Fabián, estaban muy de acuerdo –dice Sergio Mercurio–, pero era importante la opinión de la madre.” Mercurio, el titiritero de Banfield, fue hasta la casa y la invitó al Teatro Cervantes a ver la obra Viejos. Cuando terminó, salió a saludar al público. La mujer se le acercó y le auguró: “Vas a hacer la película y va a salir bien porque ustedes la hacen con el corazón y a pulmón. Te espero en mi casa para comer.” Mercurio descubrió que la única posición beligerante del jodón de Garrafa la levantó en defensa de su familia. Más aun: que a todos les cuesta ponerlo en pasado.
Fuentes: Tiempo Argentino y 24CON.
Gracias J.Rehl por el aporte.
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