La formación inicial se compone de Edu D. (elEdu), Hugo P. (Grafo), Hernan G. (PIC), Carli C. (Calito), con la participación especial de
Jorge V. (El Alquimista) y Raúl D. (RD), pero esperamos seamos mas. En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros..

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martes, 2 de noviembre de 2010

Los Traidores - Eduardo Sacheri

En mi opinión personal, Eduardo Sacheri es lo mas parecido al Negro Fontanarrosa.
Y este cuento es una prueba de ello, un cuento largo pero que no tiene desperdicio, tomense 5 minutos....


¿Qué decís, pibe? Llegaste temprano. Vení, acomodáte. «¡Hey, jefe: Dos cafés!» Dejáte de jorobar, pibe, yo invito. El sábado pasado convidaste vos. ¿Y qué tiene que ver que hoy sea el clásico? El café sale lo mismo. Van uno a cero. Mirálo bien al petisito que juega de nueve. Lo vi en el entrenamiento del jueves, no sabes cómo la lleva. Se mezcló bárbaro con la Primera. Lo acaban de traer. De Merlo, creo. Una maravilla. Aparte ahora que nos cagó Zabala nos hacen falta delanteros. Es una fija, pibe. La única que nos queda es sacar pibes de abajo. Y sacarlos como si fueran chorizos, ¿eh? Si no, te pasa como con Zabala. El club se rompe el alma para retenerlo cuatro, cinco años, y a la primera de cambio cuando le ofrecen dos mangos se te pianta a cualquier lado y te desarma el plantel. Sí, seguro. Si no les importa nada. ¿La camiseta? No pibe, ésa te calienta a vos o a mí, pero ¿a éstos? ¿No fue el imbécil éste y firmó para Chicago? Ya sé que es un traidor, pero fijate lo que le importa.
Se muda al Centro y listo. Si te he visto no me acuerdo. Igual no te preocupes. Hoy no la va a tocar. A ese matungo no le da el cuero para amargarnos la vida. Ya sé que con Chicago la cosa se puede poner fulera. Clásicos son clásicos. Pero quedáte tranquilo. Es un amargo y no se va a destapar ahora.
Si vos hubieras vivido en la época de Gatorra sí que te hubieses chupado un veneno de aquéllos. Vos no habías nacido, ¿no? Si fue hace una pila de años... ¿Y cómo sabes tanto del asunto? Ah, tu viejo estuvo en la cancha. Bueno, entonces no tengo que recordarte mucho. Fue algo como lo de Zabala pero peor. Porque Gatorra era nuestro, pero nuestro, nuestro. Desde purrete había jugado con los colores gloriosos. Pero resulta que en el pináculo de su carrera, cuando nos dejó a tres puntos del ascenso en una campaña de novela, va y firma con Chicago. Fue el acabose, pibe, el acabose. No lo lincharon porque en esa época la gente se tomaba las cosas con más calma. Porque en Chicago la siguió rompiendo. Y para peor, en el primer clásico en el que jugó contra nosotros, con ese harapo bicolor puesto en el lugar donde hasta entonces había estado «la gloriosa», nos metió tres goles y nos los gritó como un loco. Así, pibe, sin ponerse colorado. Lo putearon de lo lindo, pero el resentido parece que cuanto más lo insultaban más se enchufaba. Escucháme un poco: el tercer gol lo metió de taco, con las manos en la cintura, sonriendo para el lado en que estaba la hinchada del Gallo. Ni te imaginás, pibe.
Así que tu viejo lo vio, fijáte un poco. Si hubieses estado, nene. No sabés lo que fue aquello. Pero 10 mejor, lo mejor...
¿Te cuento una historia rara? ¿Seguro? Tiempo tenemos: van cinco minutos del segundo tiempo. Falta como una hora para que empiece. Bueno, entonces te cuento: ¿qué me decís si te digo que ese partido de los tres goles de Gatorra con la camiseta de Chicago yo lo vi en medio de la tribuna de ellos, rodeado por esos ignorantes que gritaban como enajenados? ¿Qué me dirías si te digo que los dos primeros goles hasta tuve que alzar los brazos y sonreír como si estuviera chocho de la vida?
¿Sabés qué pasa, pibe? La verdad es que Gatorra no era el único traidor de aquella tarde: yo también estaba del lado equivocado. Sí, flaco, como te cuento. Y todo, ¿sabés por qué?: por una mina. Todo por una mina, ¿te das cuenta? No, ya sé que no entendes ni jota. No te apurés. Dejáme que te explique.
A veces la vida es así, pibe, te pone en lugares extraños. La cosa vino más o menos de este modo: un año antes más o menos de ese partido de la traición de Gatorra, les ganamos en Mataderos, encima con un gol de él, fijáte un poco. A la salida me desencontré con los muchachos de la barra, así que entré a caminar por ahí, cerca de la cancha, pero me desorienté feo. Muy tranquilo no andaba, qué querés que te diga. Ya era de tardecita, y terminar a oscuras rodeado de gente de Chicago no me hacía ninguna gracia, sabés. Pero en una de ésas doy vuelta una esquina y la veo. No te das una idea, pibe. Era la piba más linda que había visto en mi vida. Llevaba un trajecito sastre color grisesito. Y zapatitos negros. Mirá si me habrá impactado: jamás de los jamases me fijaba en la pilcha de las minas. Y de ésta al segundo de verla ya le tenía hasta la cantidad de botones del chaleco. Era menudita pero, ¡qué cinturita, mama mía, y qué piernas! Bueno, pibe, no te quiero poner nervioso. Y cuando le vi la cara... ¡Qué ojos, Dios Santo! No sabés los ojos que tenía. Cuando me miró yo sentí que me acababa de perforar los míos, y que el cerebro me chorreaba por la nuca. Qué cosa, la pucha. Estaba apoyada contra un auto, con un par de fulanos a cada lado. Dudé un momento. Si me paraba ahí y la seguía mirando capaz que esos tipos me terminaban surtiendo. Pero, ¿si me iba? ¿Cómo iba a verla de nuevo? No tenía ni idea de dónde cuernos estaba. Era entonces o nunca. Así que enfilé para donde estaban. Sí, como lo oís. Mirá que me he acordado veces, pibe. ¿Cómo me animé a encarar hacia el grupito ése, de nochecita, en Mataderos, después de llenarles la canasta? Y fue por amor, pibe. No hay otra explicación posible ¿Qué vas a hacerle?
Cuando me acerqué medio que entre dos de los fulanos me salieron al paso. Ahí un poco me quedé: los medí y me avivé de que me llevaban como una cabeza. Atorado, voy y les pregunto para dónde queda Avenida de los Corrales. Apenas hablé me quise morir. Ahí nomás se iban a apiolar: ¿qué hacía un tarado caminando solo por Mataderos el sábado a la nochecita, preguntando por Avenida de los Corrales, si no era un hincha de Morón que venía de llenarles la canasta y no tenía ni idea de dónde estaba parado? Tranquilo, Nicanor, me dije. Capaz que estos tipos ni bola con el fútbol. Pero la esperanza me duró poco. Uno de los tipos me encara y me pregunta de mal modo: «¿Vos no serás uno de esos negros de Morón, no?». Yo me quedé helado. Iba a empezar a tartamudear una excusa cuando la oí a ella: «Alberto, cuidá tus modales, querés». Dijo cinco palabras, pibe. Cinco. Pero bastó para que yo supiera que tenía la voz más dulce del planeta Tierra. Casi me la quedo mirando de nuevo como un bobo, pero el instinto de conservación pudo más y me encaré con el tal Alberto. Yo sé que ahora te lo cuento, cuarenta años después, y parece imperdonable. Pero ubicáte en el momento. La piba ésta. Yo con el amor quemándome las tripas. Y esos cuatro camorreros listos para llenarme la cara de dedos. La boca puede caminarte más rápido que la mente, sabés: «¿Qué decís? ¿De Morón? Ni loco, enteráte». Y volví a mirarla. A esa altura ya me quería casar, sabés. Así que no se me movió un pelo cuando seguí: «De Chicago hasta la muerte».
Los tipos sonrieron, y a mí me pareció que ella se aflojaba en una expresión tierna. El único que siguió mirándome con dudas fue el tal Alberto: «Y decíme, si sos de Chicago, ¿cómo cuernos no sabés dónde queda la Avenida de los Corrales?». Era vivo, el muy turro. Los demás me clavaron los ojos, repentinamente apiolados del dilema. Pero yo andaba inspirado. Y la miraba de vez en cuando a la piba y el verso me salía como de una fuente: «Resulta... -me hice el que dudaba si exponer semejante confidencia-, resulta que es la primera vez que puedo venir a la cancha». Los tipos me miraron extrañados. Yo ya andaba por los treinta, así que no se entendía mucho semejante retraso. «Yo vivo en Morón -seguí-, es cierto, pero...-los tipos me clavaban los ojos-, pero volví a caminar recién hace cuatro meses».
Te la hago corta, pibe. Arranqué para donde pude, y lo que se me ocurrió fue eso. Supongo que fue por los nervios. Pero no vayas a creer. Después fui hilvanando una mentira con otra, y terminó tan linda que hasta yo terminé emocionado. Les dije que de chiquito me había dado la polio y había quedado paralítico. Y que por eso nunca había podido ir a la cancha. Agregué que me hice fanático de Chicago por un amigo que me visitaba y que después murió en la guerra (no se en qué carajo de guerra, dicho sea de paso, pero les dije que en la guerra). Y que me había enterado de que en Estados Unidos había un doctor que hacía una operación milagrosa para casos como el mío. Y que había vendido todo lo que tenía para pagarme el tratamiento. Terminé diciendo que había sido todo un éxito. Que había vuelto hacía dos semanas, después de la rehabilitación, y que apenas había podido me había lanzado a Mataderos a ver al Chicago de mis amores. Tan poseído del papel estaba que cuando conté mi tristeza por los dos goles recibidos en la tarde se me quebró la voz y se me humedecieron los ojos. Cuando terminé los cuatro energúmenos me rodeaban y el tal Alberto me apoyaba una mano en el hombro.
«Me llamo Mercedes, encantada.» Me alargó la diestra, y mientras se la estrechaba pensé que cuando llegara a casa me iba a cortar la mano y la iba a poner de recuerdo sobre la repisa. Tenía la piel suave, y me dejó en los dedos un aroma de flores que me duró hasta la mañana siguiente. Después se presentaron los tipos. Tres eran hermanos de ella, «gracias a Dios», pensé. Y el coso ése, Alberto, era un amigo. «Me cacho en diez, será posible, el muy maldito», me lamenté.
Estaban en la vereda de la casa de ella. Y acababan de volver del partido. El corazón me dio un vuelco cuando me enteré de que el papá de ella era miembro de la comisión directiva, y que el más grande de los hermanos era vocal de la asamblea. No sólo eran de Chicago: ya era una cosa como Romeo y Julieta, ¿viste?
Resulta que iban todos los sábados a ver a Chicago, pero Mercedes iba sólo cuando jugaban de locales. Y al palco, junto con el padre. Los hermanos y el otro tarado iban a la popular, con algunos amigos. Se ofrecieron a llevarme a casa. Traté de disuadirlos, diciéndoles que en Morón tal vez no fueran bien recibidos, pero insistieron. «Tendrás que descansar», decían.
Yo fui rezando todo el viaje para no cruzarme con ninguno de los vagos de mis amigos. Llegué sano y salvo. Tuve el cuidado de cojear levemente al bajar delante del portón de casa. Los saludé efusivamente. Ellos se dijeron algo mientras yo me alejaba. «¡Nicanor!», me llamó el hermano grande. «¿Querés venir el sábado con nosotros?» Mi alma estaba vendida definitivamente al diablo. Me di vuelta. Y algo vi en los ojos de ella que me decidió. «Seguro -contesté-. Pero no se molesten hasta acá. Los veo en la sede.» Los miré alejarse creyendo entender a San Pedro cuando escuchó cantar al gallo el Viernes Santo.
Cuando entré a casa la encaré a mi vieja y le di rápido el resumen de mi nueva vida. Pobre viejita, no entendía nada. Cuando le dije que me habían traído unos hinchas de Chicago rajó para la heladera para prepararme unos paños fríos. «Vos te insolaste», diagnosticó. Pero la seguí hasta la cocina y con paciencia
le expliqué varias veces el asunto. «¿Tan rica es esa chica, Nicanor?», me preguntó. «No me pregunte, mamita». contesté turbado. Se ve que entendió, porque nunca más me dijo nada.
Con los muchachos la cosa iba a ser distinta. ¿Cómo explicarles semejante agachada? No me animé a hablar. Tuve que apilar una mentira sobre la otra, y sobre la otra, y así hasta formar una torre interminable. En el barrio dije que me había salido un laburito de contabilidad en una empresa de colectivos, los sábados. Y los muchachos, lógicamente, se quejaron. Decían: «¿Para qué lo querés Nicanor? Si con el sueldo del banco para vos y tu vieja te alcanza y te sobra». Y yo que «no, sabés que pasa, que quiero ahorrar unos manguitos», y toda esa sanata. La vieja resultó de fierro. Tan entregado me veía a mí que hasta colaboró con alguna mentirita menor para darme más coartada. Cuando salía a hacer las compras comentaba que el pobre Nicanor estaba deslomándose con dos trabajos, para comprarle los remedios para el asma. «¿Y desde cuándo tiene asma, Doña Rita?» «Es `asma muda', por eso», contestaba. Pobre viejita, se ve que en la familia nunca fuimos demasiado brillantes para el verso.
El asunto es que en ese año emprendí una doble vida de Padre y Señor nuestro. Durante la semana hacía mi vida normal: después del banco pasaba por la sede del Deportivo a tomar una copita y jugar naipes con los muchachos. Cara de póker, como si nada. Una vez sola estuve a punto de pisar el palito. Se habían trenzado en una discusión de las habituales, pero ese día se les había dado por lucirse citando equipos en cuya formación se repitieran ciertos nombres de pila. No sé, Carlos, Artemio, el que fuera. Y voy yo como un pelotudo y digo que en la primera de Chicago juegan cuatro tipos que se llaman Roberto. Me miraron como si fuera un extraterrestre. Salí del paso levantando el dedo y con voz solemne: «Y, viejo, conoce a tu enemigo» o alguna imbecilidad por el estilo. Pero transpiré la gota gorda. ¿Qué querés? Pasaba lo evidente. Todos los sábados a ver a Chicago. Chicago para acá, Chicago para allá, como si fuese el hincha más fiel del planeta. Ya me conocía hasta las mañas del aguatero suplente. Pero ¿cómo no iba a ir? Si a la vuelta los hermanos me insistían para que me quedara a un vermouth en casa de Mercedes. Por supuesto me los tenía que bancar al viejo y a los hermanitos, pero también estaba ella, que se prendía a las conversaciones futboleras con elegancia pero sin remilgos.
Todo tenía sus ventajas: si perdía Chicago yo disfrutaba como un príncipe heredero las caras de culo de mis acompañantes, mientras fingía certeras pala bras de consuelo y pronosticaba futuras abundancias. Si ganaban, la algarabía del papá solía redundar en una invitación para comer afuera, todos juntos, Merceditas incluida. Así que no podía quejarme. Es cierto que la conciencia a veces me remordía mientras saboreaba la picada con el Gancia rodeado de mis enemigos de sangre. Pero de inmediato se acercaba Mercedes, precedida por su sonrisa de arco iris y su mirada de incendio; Mercedes rodeada por su fragancia de mujer inolvidable, ofreciéndome la última aceituna antes de que se la deglutieran aquellos mastodontes, y la sensación de culpa se disolvía en una egoísta gratitud a Dios y a la creación en general.
Pero lo bueno dura poco, pibe. Ese es el asunto. Ya iba para un año de mi traición inconfesa cuando se me vino encima el choque del siglo. Morón versus Chicago, con el malparido de Gatorra estrenando los trapos verdinegros luego de venderse a Lucifer por unos pocos pesos. Yo ya tenía decidido enfermarme de algo incurable ese fin de semana y ver el clásico desde la tribuna correcta de la vida. Ya había anunciado en la sede del Deportivo que en la empresa de colectivos había pedido un adelanto de vacaciones para disfrutar de esa tarde impostergable, en la cual con justa razón los simpatizantes del Gallo harían naufragar al «vendido en un océano de insultos que perseguiría su memoria por el resto de la eternidad. Los muchachos habían recibido mi anuncio con alborozo. En el campamento enemigo abrí el paraguas aludiendo a cierta enfermedad incurable de una cierta tía mía residente en Formosa (que súbitamente se agravaría y me llamaría a su lado para no despedirse del mundo en soledad).
El problema surgió el martes anterior al partido. Debo confesar que para ese entonces yo asistía los martes a la nochecita á un vermouth en la sede de Mataderos. No me mirés así, pibe. Yo estaba compenetrado de mi papel, y Mercedes me tenía totalmente enajenado. Pero los cuatro brutos ésos me la marcaban de cerca. De alguna manera tenía que verla entre semana, aunque fuera de pasadita. Además, estaba ese fulano Alberto, el «amigo», que no la dejaba ni a sol ni a sombra. En verdad, nunca los había visto en actitud de noviecitos. Nada que ver. Pero el tipo se la comía con los ojos. Y al viejo de ella lo seguía como un perro, el muy guacho. Le chupaba las medias que daba asco: le llevaba los papeles, le hacía de chofer, le tenía la puerta vaivén de la sede. Lástima que yo siempre fui tan bueno. Porque si no, en algún amontonamiento en la popular lo empujo y termina veinte escalones más abajo con cuarenta huesos rotos, viste. Pero siempre fui un romántico bobalicón, qué le vas a hacer.
Pero ese martes anterior al clásico se me vino el mundo abajo. El muy imbécil va y anuncia en la mesa de café que el viejo de Merceditas lo ha autorizado a llevarla al cine el sábado a la noche, como festejo especial del previsible triunfo de Chicago en el clásico vespertino. Los hermanos de Mercedes lo palmearon complacidos; y yo tuve que fingir algo parecido a una sonrisa aprobatoria.
Ahora no tenía salida. O lo mataba el sábado en la cancha o el tipo me ganaba definitivamente de mano. Justo ahora, que Mercedes prolongaba las miradas que cruzábamos furtivas en el vermouth de la nochecita, y me buscaba tema de conversación cuando nos encontrábamos a la salida del palco y caminábamos todos juntos hasta el auto. ¿O era una impresión mía, inducida por el embotamiento del amor que le tenía? El hecho, pibe, es que tuve que dar media vuelta en el aire y cambiar de planes.
A los muchachos les dije que en la empresa de colectivos me habían denegado el permiso, bajo amenaza de echarme. Ellos ofrecieron quemar la terminal con mis jefes adentro, pero los disuadí entre sonrisas, convenciéndolos de que no era para tanto. A los hermanos de Mercedes les dije que mi tía la que se estaba muriendo en Formosa se había curado de repente.
Celebraron y brindaron a mi salud y a la de mi tía. Al único que se lo vio medio arisco fue al tal Alberto, como si sospechara algo turbio, o como si lo hubiese desilusionado mi permanencia en Buenos Aires. Por supuesto que verlo así me llenó de alegría.
Con todas esas complicaciones de última hora no tuve tiempo de detenerme a pensar seriamente en las dificultades de presenciar ese clásico histórico en la tribuna visitante. ¿Entendés, chiquilín? Primera dificultad: que me reconociera la gente del Gallo. Solución: anteojos negros, cuatro días sin afeitarme y un amplio sombrero para protegerme del sol. Segundo problema: llegar en medio de los visitantes y ser reconocido pese a mis camuflajes. Solución: entrar a primera hora, solo, y esperar en las gradas la llegada de la tribu de Merceditas, bien escondido en el extremo de la popular opuesto a la zona de plateas. Quedaba un tercer problema, pero éste no tenía solución posible: soportar noventa minutos en nuestra cancha en silencio, o moviendo los labios acompañando a los energúmenos éstos, mientras del otro lado del césped los nuestros descargaban su justo rosario contra esos malparidos y sobre todo contra Gatorra, su más pérfida y reciente adquisición. Y mientras tanto rezar, rezar para que nadie se diera cuenta de la impostura, para que Gatorra estuviese en una mala tarde, para que ganáramos el clásico, para que la derrota le torciese el humor al padre de Mercedes y cancelara la salida al cine de la noche en el auto del tarado de Alberto. Demasiados pedidos para un solo Dios en un solo rezo. Pero, ¿qué iba a hacer, pibe?
Cumplí mi plan a la perfección. Llegué a la una en punto, recién abiertas las puertas. Completé mi atuendo con un piloto verde y amplio que había sido de mi difunto tío. No sabés la facha, pibe: sombrero ancho, anteojos negros, capote militar y barba de varios días. Cuando me vio salir de casa a la viejita casi le da un soponcio. Tuve que sacarme todo de raje para mostrarle y convencerla de que no era una aparición de San La Muerte.
¿Qué te contaba, pibe? Ah, sí. Que llegué temprano y me acomodé bien arriba en las gradas a esperar. Cuando fueron llegando los de Chicago no hablaban de otra cosa: jorobaban con cuántos goles nos iba a meter Gatorra, practicaban los cantitos alusivos, hacían gestos, no sabés, pibe. Una tortura. A eso de las dos cayeron los hermanos de Mercedes. Tuve que hacerles señas mientras me acercaba a ellos para que me reconocieran. Aduje una extraña reacción cutánea que me obligaba a protegerme del sol. «¿Qué sol, si en cualquier momento llueve?» No podía faltar el inoportuno de Alberto para buscarle la quinta pata al gato. «Secuela de la operación, por la anestesia, sabés. Los otros lo codearon, enternecidos por mi sufrimiento, y lo obligaron a callar.
Cuando faltaban quince minutos, en la tribuna visitante no cabía un alfiler. La verdad, ellos habían traído a todo el mundo. Y a la luz de cómo fueron los hechos hicieron bien, ¿no? Imagináte pibe: ser testigo de una goleada bárbara con tres tantos de un tipo que traicionó a tus enemigos y ahora juega para vos. ¿No parece un cuento de hadas, pibe?
A Merceditas la ubiqué enseguida gracias al enorme paraguas negro que el viejo de ella abrió cuando empezó a chispear, faltando cuatro minutos. Levanté un brazo a modo de saludo, y ella me contestó con una sonrisa que me levantó la temperatura debajo del capote verde. ¿Cómo hizo para ubicarme con semejante indumentaria? En ese momento me dije que era el amor el que la guiaba con sus dictados. No pongás esa cara, pibe, ya sé que uno es cursi cuando habla de amor, pero qué querés. Si la hubieses visto como yo la vi. Nunca más volví a ver a una mina tan linda como estaba Merceditas esa tarde. Llevaba un vestidito verde con cartera y zapatitos negros (y qué querés, si la pobre no conoció otro cuadro) que le quedaba que ni pintado. Y el pelo recogido en un rodete. Y los labios rojos. Me hubiese quedado mirándola el resto de la tarde. Bah, el resto de la vida.
Pero cuando salieron a la cancha los ojos se me fueron a Gatorra. El muy guacho iba bien erguido, encabezando la fila. Recibía los insultos casi con gra cia, con elegancia. Cuando enfiló para el medio miró hacia la hinchada visitante que se vino abajo. En esa época los equipos no solían saludar desde el medio, pero el soberbio éste se tomó el tiempo de alzar los brazos en dirección a las vías del Sarmiento, para que a sus espaldas un rumor de rabia se alzara como un incendio desde la barra enfurecida. Yo rezaba debajo de mi disfraz para que lo partieran a la primera de cambio. Pero se ve que Dios andaba en otra cosa. Porque este malnacido, este traidor imperdonable, eludió a cuatro tipos y la tocó suavecita a la salida del arquero. Alrededor mío los fulanos se subían unos a otros, lloraban, gritaban como energúmenos, levantaban los brazos gesticulando obscenidades. Sintiéndome Judas tuve que alzar los brazos, para no botonearme tanto. En cuanto pude miré para el palco y la vi a Mercedes aplaudiendo con la carterita colgada del antebrazo izquierdo y sonriendo hacia donde yo estaba; y solté dos lagrimones de dolor que me corrieron bajo los lentes oscuros. La impotencia, ¿sabés?.

Veinte minutos más y ¡zas! Córner y un cabezazo del cornudo de Gatorra. Dos a cero y de nuevo el delirio. Ahí yo empecé a pensar que en realidad todo era un castigo por mi traición; y que la culpa de esa humillación colectiva la tenía yo, el Judas moderno del fútbol argentino. Decí que cuando terminó el primer tiempo y todos los tipos se apuraron a apoyar el trasero en algún huequito libre de los escalones, yo me hice el otario y me quedé parado. Me pasé los quince minutos hablando por gestos con Merceditas, a través de la distancia. Ya sé, flaco: alrededor mío tenía cinco mil tipos convencidos de que yo era un pelotudo. Pero qué querés, si era un primor la piba. Aparte, de vez en cuando, lo relojeaba de costadito al tal Alberto y estaba hecho una furia, no sabés.
En el segundo tiempo nos pegaron un peludo inolvidable, pero estaba por terminar y no nos habían vacunado de nuevo. Yo miraba el reloj cada veinticinco segundos, desesperado porque terminara de una vez por todas el suplicio chino. «Quedáte tranquilo, Nicanor, que están muertos», me tranquilizaban los hermanos. «Ya sé, ya sé», contestaba yo, en una mueca semisonriente, y con ganas de descuartizarlos con una sierra de calar. Yo los veía a los nuestros, al otro lado del océano verde, y el pecho se me hinchaba de orgullo. Seguían cantando e insultándolo a Gatorra en cuatro idiomas, indiferentes a las burlas y al oprobio. ¡Qué no hubiera dado por estar entonces del otro lado! Pero de inmediato giraba hacia mi derecha y la veía a ella, tomadita del brazo del viejo, indefensa, pura, increíblemente hermosa, y me decidía a tolerar unos minutos más.
Pero lo que pasó entonces fue demasiado. Faltaban cinco. Se escapa Gatorra y enfrenta al arquero. Le amaga y lo pasa. Se detiene. La hinchada visitante grita enloquecida. El arquero vuelve sobre sus pasos. El Traidor, con la sangre fría de un cirujano, vuelve a enganchar y el guardameta pasa como una tromba para el otro lado. A mi alrededor deliran. Pero falta. Porque el inmundo ése se da vuelta con las manos en jarra, observa parsimoniosamente a la heroica hinchada del Gallo, y le da a la bola un tacazo disciplicente en dirección al arco vencido. Para terminar de perpetrar su osadía, se acerca al alambrado y empieza a besarse el harapo verdinegro que los turros ésos usan de camiseta.
Uno de los hermanos de Mercedes me estampó tal apretón que casi me arranca el sombrero. Delante mío dos tipos lloraban abrazados. Yo miraba sin po der dar crédito a mis ojos. Enfrente, la hinchada de mis amores en un silencio de sepulcro. Alrededor estos fulanos con una chochera de mil demonios. Y al pie de las gradas Gatorra besuqueándose la casaca con cara de chico bueno y cumplidor. Es el día de hoy que aún recuerdo la sensación de fuego que empezó a subirme desde las tripas, y que terminó casi quemándome la piel de la cara. Y para colmo van los nuestros, primero sueltos, algunos pocos, luego más, por fin todos, dándole al «¡El que no salta, es de Chicago... el que no salta, es de Chicago!», y a mí se me empezó a dar vuelta el estómago como si me estuviesen mirando a mí a través de todo el largo de la cancha; como si ni el sombrero ni el capote ni los lentes oscuros hubiesen bastado para tapar la traición delante de los míos. Supongo que tratando de encontrar fuerzas para seguir corrompiéndome, miré hacia la platea para verla. Allí estaba, como siempre en todo ese año de mi perdición: bella, perfecta, inolvidable. Sonriendo hacia donde yo estaba, quemando el cemento desde su sitio hasta el mío con las chispas de sus ojos incandescentes. Le pedí a Dios que me hiciera nacer de nuevo. Que me cambiara de vida. Que me arrancara para siempre la memoria. Pero algo adentro mío, algo empezó a crecer mientras escuchaba los cantos del otro lado y las burlas de éste, una mezcla de vergüenza y de pudor y de rabia por saber al fin definitivamente que no podía, y que por más que quisiera y lo intentara nunca jamás de los jamases podría cambiar de vereda, aunque la perdiese a ella para siempre, aunque me pasase el resto de la vida lamentándome semejante cuestión de principios, porque tarde o temprano todo iba a saltar, porque un martes u otro les iba a terminar cantando las cuarenta en esa sede de mierda que tienen ellos, o un sábado del año del carajo me iba a pudrir de aplaudir castamente los goles de ellos, y porque aunque no les partiera una botella en la zabiola a todos los hermanos y al tal Alberto, tarde o temprano en la jeta se me iba a notar que no, que nunca jamás en la puta vida voy a ser de Chicago, porque mis viejos me hicieron derecho y no como al turro malparido de Gatorra. Y cuanto más me calentaba conmigo, más me calentaba con él, porque mientras se besaba la camiseta más y más yo sentía que me decía: «Vení, Nicanor, vení conmigo acá al pastito, dale vos también algunos chuponcitos a la camiseta, dale Nicanor, no te hagás rogar, si vos y yo somos iguales, si los dos somos un par de vendidos, yo por la guita y vos por la minita, pero somos iguales; dale Nicanor, qué te cuesta, dale, sacáte el disfraz y vení, que estamos cortados por la misma tijera, pero por lo menos yo no me ando escondiendo».
Cuando tuve a mis hijos me puse nervioso, es cierto. Pero nunca sufrí tanto como esos dos minutos de los festejos del tercer gol de Gatorra en cancha nuestra. Te lo juro. Volví a levantar los ojos. Todo seguía igual. Alrededor mío la hinchada de Chicago comenzaba a apaciguarse: se destrenzaban los abrazos, algunos se sentaban para reponer energías, otros se ajustaban la portátil a la oreja para escuchar los detalles. Enfrente bailaban las banderas rojiblancas. A mi derecha, Mercedes me acunaba en sus ojos. Abajo, el traidor prolongaba un poco más la burla hacia mi gente.
De ahí en más no pude controlarme. Miré por anteúltima vez a la platea e hice un gesto de adiós con la mano. Después me erguí en puntas de pie. Hice bocina con ambas manos. Respiré hondo. Entrecerré los ojos. Y cacareé con todas las fuerzas de mi alma renacida un: ¡¡¡¡¡GATORRA VENDIDO HIJO DE MIL PUTA!!!!! que se escuchó hasta en la Base Marambio.
No tuve ni tiempo de disfrutar la sensación de alivio que me sobrevino apenas lo mandé al carajo, porque en el instante en que me enfrié un poco tomé conciencia del sitio donde estaba: ahí solito con mi alma, en medio de los leones, listo para ser devorado. Cuando miré a las fieras, había por lo menos sesenta pares de ojos clavados en mi pobre persona, y por los cuchicheos se iba corriendo la voz gradas arriba y gradas abajo. «¿Qué dijiste?», me encaró de mal modo el tal Alberto, desde el escalón inferior al mío. Lo miré. A fin de cuentas yo estaba ahí por su culpa: ¿no estaba en ese antro en un intento desesperado por evitar su salida nocturna con Merceditas? El maldito no sólo iba a salir con ella: después de lo de hoy tendría el camino definitivamente libre de obstáculos. Sin pensarlo dos veces le mandé un directo a la mandíbula. El muy zopenco cayó hacia atrás organizando una pequeña avalancha en los tres o cuatro escalones subsiguientes.
Mi vida pendía de un hilo: no sólo acababa de deschavarme delante de cinco mil enemigos. Acababa también de surtirle una linda piña a un socio querido y respetado de la institución. Sin pensarlo dos veces, tomé la decisión que finalmente y pese a todo terminó salvándome la vida. Salí disparado escalones abajo, aprovechando el claro dejado por mi contrincante semidesvanecido. Llegué al alambrado y me prendí con ambas manos como si fueran tenazas. Ya detrás mío distinguía con claridad los primeros «atájenlo que es de la contra», «párenlo que es un vendido», «vení que te reviento la jeta a patadas». Con los mocasines me costó enganchar los pies en los rombos del alambre. Encima no faltaban los comedidos que sin saber muy bien del asunto igual trataban de atajarme por la ropa. Perdí el sombrero de una pedrada. Los anteojos se me cayeron forcejeando con un viejito sin dientes que no me soltaba la pierna derecha. Gracias a Dios, en esa época el alambrado era más bajo. Me pinché hasta el alma cuando llegué a la cúspide. Me arqueé hacia atrás para verla por última vez en mi vida. No fue fácil, pibe. ¿Sabés lo que fue saber que estaba renunciando a ella para siempre?
Para ese entonces ya me tiraban con serpentinas sin desenrollar. Igual me encaramé como pude en el alambrado y, en acto penitencial y al grito de «¡Sí, sí, señores, yo soy del Gallo» obsequié floridos cortes de manga a derecha e izquierda, hasta que me acertaron un cascote en plena frente, perdí el equilibrio y me fui de cabeza. Gracias al cielo, caí del lado de la cancha. Si no, estos tipos me cuelgan ya sabés de dónde.
El resto me lo contaron, porque permanecí inconsciente como cinco días. Mi vieja batió el récord de velas encendidas en la Catedral, pobrecita. Cuando abrí los ojos estaban todos. El Negro, Chuli, Tatito. Me habían cubierto con la bandera del Gallo. Primero pensé que estaba muerto y que me estaban velando; pero los muchachos me convencieron, en medio de mis lágrimas, de que estaba vivito y coleando. «La clavícula, tres costillas y cinco puntos en la zabiola -me decían-, la sacaste rebarata, Nicanor.»
Sí, pibe, como lo escuchás. Yo soy ese tipo del capote verde que se tiró desde la cabecera visitante a la cancha el día de ese clásico espantoso de los tres goles de Gatorra. Sí, capaz que lo hacés ahora y te pegan tres tiros y no contás el cuento. Yo qué sé, eran otros tiempos.
Yo era joven, y aparte no sabés. Si la hubieses visto a Mercedes... Nunca volví a conocer a otra mujer como ella. Pero, bueno, qué le vas a hacer, así es la vida. Igual sufrí como un condenado, no vayas a creer. Los muchachos me decían que no lo tomara así, que minas hay muchas pero Gallo hay uno solo, y todas esas cosas que son verdad, pero, qué querés, a mí esa piba me había pegado muy hondo, sabés. Eh, chiquilín, no te pongás triste. ¿Qué se le va a hacer? Hay cosas que podés hacer y cosas que no.
A ver, dejáme fijarme un poco. Sí, por acá ya se están parando. Me rajo que quedó un caminito. Dale, pibe. Ayudáme a levantarme. No, ya me tengo que ir, dale. ¿No ves que acaba de terminar el partido de reserva? Ya sé que ahora empieza el partido en serio. No flaco, en serio. Tengo que rajarme. No, pibe, ¿qué corazón, ni qué carajo? Del bobo ando hecho un poema.
Pero qué querés. Promesas son promesas. Y si me quedo capaz que no puedo contenerme y falto a mi palabra. El sábado que viene me contás. No, pibe, en serio. Tengo que irme. Permiso, permiso, gracias. Hasta el sábado.
Créeme, pibe. Te digo en serio. ¿Cómo qué promesa, pibe? «Vos júrame que nunca más gritas un gol de Morón contra Chicago. Nunca en la vida. Y yo le digo a papá que le guste o no le guste nos casamos igual.»
¡Chau, pibe!
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domingo, 10 de octubre de 2010

La vida es una Tombola - Manu Chao

Manu Chao, grabo esta canción a pedido de Emir Kusturica para el documental que realizo acerca de la vida de Diego Maradona La canción se centra en Diego persona, y en como los demás proyectan en sí lo mejor y peor de sus propias vidas. Habla de lo fácil que es criticar, pensando en que uno sabe que haría si fuera Maradona.

Letra:
Si yo fuera Maradona
viviría como él
si yo fuera Maradona
frente a cualquier portería
si yo fuera Maradona
nunca m'equivocaría
si yo fuera Maradona
perdido en cualquier lugar.

La vida es una tómbola...
de noche y de día...
la vida es una tómbola
y arriba y arriba....

Si yo fuera Maradona
viviría con él
...mil cohetes... mil amigos
y lo que venga a mil por cien...
si yo fuera Maradona
si yo fuera Maradona
saldría en mondovision
para gritarle a la FIFA
¡Que ellos son el gran ladrón!

La vida es una tómbola...
de noche y de día...
la vida es una tómbola
y arriba y arriba....

Si yo fuera Maradona
viviría como él
porque el mundo es una bola
que se vive a flor de piel

Si yo fuera Maradona
frente a cualquier porquería
nunca (¿siempre?) me equivocaría...

Si yo fuera Maradona
y un partido que ganar
si yo fuera Maradona
perdido en cualquier lugar...

La vida es una tómbola
de noche y de día...

Decia Manu Chao sobre esta experiencia (pelicula-canción)en Junio del 2005:

Me voy pa Napoli a conocer a Diego.
Este es un día suyo...... uno como otro cualquiera... ... y en ese día tan suyo... ... se escribió esta canción...

El llega de Argentina, como es él, para el jubileo de su amigo Ciro Ferrara.
Llevaba quince años sin volver a Napoli.
Algunos dicen que Diego es un dios,otros dicen que lo lleva el diablo .....yo no lo sé... porque de cierto modo, no creo en esas cosas ...... pero de lo poco pero intenso que compartí...no hay duda que es un gran artista.
Como futbolista, y como compañero.
Gracias a él, por existir.
Las imágenes de ese día fueron grabadas por el equipo técnico y humano de la película

Le doy las gracias a Emir, a José y a toda la tropa involucrada por haberme dado la oportunidad de editar ese material tan candela.
El video de La Vida Tombola fue realizado junto con mi buen amigo Lucas Fuica.
Gracias a él por la confianza, la amistad y el arte.
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jueves, 7 de octubre de 2010

Sportivo Virreyes

de Juan Santurain.

Grandes cuentos de grandes cuentistas.


La historia es muy linda y no es mía. Me la contó un amigo. Sólo me he ocupado de entreverar circunstancias, agregar detalles y sumar nombres propios para hacerla más próxima a cosas que sí conocí, que cualquiera conoció. El lector puede imaginarse el contexto de la secundaria, hace unas décadas. No tantas, apenas las necesarias para que nada haya cambiado demasiado.
Ritmo, explicaba Paternó: en principio, era una cuestión de ritmo. La memorización se sustentaba –en parte- en encontrar la cadencia. Aunque no siempre alcanzaba con eso, advertía Paternó; y enseguida condescendía a recordar el cuento de Jaimito en que, cuando le tomaron la tabla del dos empezó así: “La la-lá, lá; la la-lá, lá; la la-lá, lá…” la maestra lo paró ahí: “¿Y eso qué es?” “Es la música de la tabla. La letra todavía no me la sé”. Y Paternó dejaba que la tropa riera, se dejaba franelear demagógicamente como docente permisivo y piola, capaz de contar cuentos en clase. Y en seguida, sobre el pucho y las risas, contaba otro, atribuido nada menos que a Charles Chaplin y llamando precisamente “Ritmo”: un condenado a muerte ya expuesto al pelotón de fusilamiento espera la posibilidad de un indulto de última hora. Vencidos todos los plazos, el oficial “Apunteeen”, grita “¡Listosss!”… y en ese momento se oye una exclamación: “¡Paren!”. Pero todos los soldados –llevados por una ciega cadencia- hacen fuego. Era el indulto, pero nadie ha escuchado las palabras, sino que todos han oído una orden, llevados por la inercia del ritmo. El indultado está muerto, fusilado.
Paternó lo contaba bien. Cierta mecánica aplicación de recursos y efectos, dada por veinte años de docencia, no alcanzaban a empañar la eficacia del relato. Un profesor de Historia capaz de dramatizar las Guerras Médicas o la muerte de Julio César para apacentar a las fieras de primer año, o de describir las penurias de Cortés en la Noche Triste de Tenotchitlán para mantener suspensos a los salvajes de segundo tenía que ser un buen vendedor de su materia. Y lo era: vendía lo suyo con fervor, sobre todo cuando en la historia había madera aventurera para tallar. En otras zonas más áridas, despertar el interés del hirsuto estudiantado se hacía más difícil, pero ahí es cuando Paternó extremaba recursos, sacaba ideas de la galera. Como cuando se le presentaba el “problema de los virreyes”, según solía decir en reuniones de profesores.
La experiencia le indicaba a Paternó que si bien la secuencia de Descubrimiento y Conquista de América era entretenida por los viajes, los charrúas que se comieron a Solís y las morbosas matanzas en las minas de plata, el interés decaía con la insoportable Época Colonial: hacia el mes de junio, la aridez de temas como las Leyes de Indias, la Real Audiencia y el Monopolio, el tratado de Tordesillas y el contrabando hacían casi interminable el camino que llevaba hasta las amenísimas Invasiones Inglesas, penúltimo foco de interés antes de que el pueblo quiera saber de qué se trataba. Por eso, había encontrado un recurso para zafar de los virreyes que, sacando el iluminado Vértiz y el cagón de Sobremonte –se permitía el exabrupto- eran una serie indiferenciada, imposible de retener.
-Por eso, muchachos- decía Paternó después de la introducción referida al ritmo, el cuento de Jaimito y de Chaplin-, es cuestión de encontrar un esquema previo, una unidad rítmica y de algún modo visual que les permita memorizar sin esfuerzo esta lista de nombres que van de don Pedro de Cevallos a don Gaspar Hidalgo de Cisneros. Y yo les propongo una –y ahí se volvía imprevistamente a uno de los más atorrantes:
-A ver, vos: ¿Cómo forma Racing?
Luego de unos instantes de vacilación, el adoquín incapaz de hilvanar el nombre de tres próceres recitaba sin vacilación la rítmica oración consabida: Negri; Anido y Murúa; Blanco, Peano y Sachi; Corbatta, Pizzuti, Manfredini, Sosa y Belén.
-Bien. Y a ver vos: ¿cómo forma Boca?
Y el otro empezaba: Roma; Silvero y Marzolini; Simeone, Rattin y Orlando…
-Está bien- interrumpía Paternó yendo hacia el pizarrón, tiza en mano-. Hagan de cuenta que hoy van a aprender otro equipo: Sportivo Virreyes, si quieren. En el arco, Cevallos; dos backs: Vértiz y Del Campo – y los ponía en forma de pirámide, respetando la vieja, clásica formación futbolera-; la línea media forma con Arredondo de half derecho, Melo de centrehalf y Olaguer de seis; adelante, de wing Avilés; Del Pino de insai; Sobremonte de nueve; Liniers de diez y Cisneros de wing izquierdo. A ver, léanlo, díganmelo.
Y los analfas lo repetían con la precisión inolvidable de una formación con camiseta y todo. Lo repiten todavía.
El amigo que me lo contó es incapaz de armar la Primera Junta sin trabucarse y ni hablemos de los escurridizos Triunviratos. Pero de Sportivo Virreyes no se puede olvidar. Para él, fana de River, Carrizo es Cevallos; Mantegari es Arredondo; Pipo Rossi es Melo y el glorioso Walter Gómez tiene, para siempre, el lugar del cagón de Sobremonte.
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miércoles, 6 de octubre de 2010

Correo en un caño

Nuevo agradecimineto a la revista.....



El Correo:
Amigos de Un Caño, les escribo para tomarme el atrevimiento de sugerirles una sección. Vale aclarar igual, no tengo nada que reprocharle a la Revista, es excelente.
Hoy en día, miles de personas están interconectadas via Internet. Las opiniones, las informaciones y sus interpretaciones van y vienen, y es bueno pensar cuánto mienten los grandes medios de difusión a la humanidad desde hace años. Qué fácil les resultaba a la prensa adueñarse de “la verdad” y transformar su mirada en la mirada de las mayorías.
Asi como su revista vino a ocupar uno de esos espacios de opinión deportiva que estaba vacio, y que muchos de nosotros esperabamos leer y escuchar; los Blogs ocupan voces tambien que antes no teniamos, opiniones independientes acerca de infinitos temas.
Por lo que me gustaria que analicen la posibilidad de incorporar a la revista una sección dedicada a los blogs de futbol (hay muchos), a aquellos que escribimos sobre futbol y construimos día a día espacios de reflexión y opinión de este "juego" que apasiona a todo el pueblo argentino.
Un abrazo grande a todos, sigan asi.
Los saluda "Mano Inquieta Blog".
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lunes, 4 de octubre de 2010

El dolor de un pecho frío

Mientras Ariel enrollaba las vendas pensó que aquella final no sería un buen momento para romper con las cábalas. Pasaría a ver a Tamara y a darle un beso. Resultaba ser un gran estímulo recibir del cariño de su chica antes de un partido, como también las promesas para después del mismo.
Terminó de preparar el botinero, saludó a su mama y salió para la mercería donde trabajaba su novia. Conduciendo puso el mismo disco de Ismael Serrano que había escuchado antes de jugar la semifinal. El triunfo fue de dos a uno y uno de esos dos goles había sido de su autoría. Desde ese partido lo aquejaba un leve esguince de tobillo, pero nada que no se solucionaría con un estribo de cinta.
Él era un buen jugador de fútbol, zurdo, hábil y muy rápido, pero algo lagunero y con el pecho más bien frío como la mayoría de los enganches. Su timidez era utilizada como escudo, dentro y fuera de la cancha. Un pibe más bien tranquilo, por no decir lerdo; con una vida repleta de certezas y sin ninguna sorpresa. Único receptor del cariño de una gran madre muy presente y principal encargada de evitarle cualquier sobresalto a su hijo. Acostumbrados los tenía a todos (madre, novia, compañeros y entrenador) a sus nanas previas a los partidos, sobre todo en aquellos definitorios como éste.
Llegando a la mercería no pudo estacionar en el mismo lugar de siempre, un camión con acoplado ocupaba casi media cuadra, lo hizo sobre la calle lateral y cruzó a pie hacia la vereda del negocio. Antes de dar vuelta la esquina vio como de un Torino marrón cupe, detenido y en ruidosa marcha, salía la cara del conductor a centímetros de la de su novia, ella de pie en el cordón y reclinada hacia la puerta del auto. Se ocultó detrás de la cabina del teléfono público y presenció desde allí el beso. El Torino se fue y su novia regresó al local.
Se quedo inmóvil unos diez segundos, o capaz que fueron muchos más, giró y caminó en dirección contraria. Como flotando, casi sin respirar, llegó al auto. Ya no hubo música de fondo, manejó muy despacio hasta el club. Abstraído, recontra ausente se sentó en el bar, decidió en primer lugar utilizar de excusa la lesión, después pedir hielo para su tobillo y un sifón de soda. Juntó dos sillas para poder poner su pierna en alto, se vendó la bolsa de hielo en el tobillo y sirvió un vaso del sifón. Por su cabeza seguía dando vueltas ese beso, su Tamara en la boca de otro.
El canchero que enrollaba la manguera con la que había regado el campo, fue el primero en preguntarle que le sucedía. El respondió casi sin palabras, con su mirada señaló el vendaje y respiró fuerte como maldiciendo. Su secreto sería disfrazado de dolor de tobillo.
El primero en llegar fue Tito, el entrenador dejó el bolso de camisetas en el mostrador y se sentó a la mesa. Recibió de las excusas del jugador que él consideraba clave para ganar el partido. Supo ver por una hendija ese temor que Ariel no pudo ocultar, pero estéril quedó su esfuerzo para que le contase algo. Se fastidió con el jugador por su actitud, sentía que se estaba negando a jugar.
Ariel apuró un nuevo vaso de soda y salió rengueando para el baño. Con las manos sobre los azulejos una lágrima salió corriendo de uno de sus ojos, los cerró bien fuerte y aguantó el dolor en el pecho que le cortaba la respiración. Se lavó la cara, vendó una nueva bolsa de hielo a su tobillo y regresó a su mesa. A la vuelta ya habían llegado más de la mitad del equipo, decidieron entre todos ir al vestuario y esperar al resto ahí mismo.
Fue Tito quien insistió con anotarlo en la planilla del partido, también le exigiría cambiarse e ir al banco de suplentes­, no sea cuestión de agrandar al rival dándole a conocer con anticipación que no estaba en condiciones para jugar. Ariel ni quiso, ni pudo dar una sola palabra de aliento a sus compañeros. Apagó el teléfono celular que no paraba de sonar. Tamara nunca recibió respuesta a sus insistentes llamados y con muy buen tino, comenzaba a sospechar que su medio limón de algo estaba al tanto.
Se sentó entre Cabañas y Mancha, estos dos muchachos le aseguraban el silencio necesario para poder empezar a remontar lo que estaba viviendo. Del partido vio poco y nada, también el mismo partido se encargó de no tener nada para mostrar. Pensó y siguió pensando, tragó muchísima saliva y el nudo en la garganta que lo aquejaba nunca se pudo aflojar.
El pitazo de final del primer tiempo lo corrió de esa nebulosa, pero no lograba ni siquiera sentir las piernas. Empatados en cero y sin nada de nada, el equipo vacío de juego y lleno de dudas.
Caminó al vestuario y allí Tito le pidió que se haga un estribo en el tobillo y que se preparase para jugar cuando él considere que fuese necesario. Atónito y más desilusionado aún, no logró que el técnico escuchara ni un cuarto de palabra de su parte.
A los veinte minutos del segundo tiempo el partido no podía armarse, continuaban empatando en cero y del juego bien-gracias. Tito desde el borde de la línea de cal giró hacia el banco de suplentes y dio la indicación para que fuesen a precalentar. Todos detrás del arco que estaba defendiendo el Tano, arrinconados entre la red y el alambrado vencido.
En pleno ejercicio Cabañas, que no había emitido sonido desde que se habían sentado en el banco, se le acercó al oído a Ariel y le dijo: “…Zurdo, tu caramelo hace un tiempo ya que pasea en Torino, el equipo te necesita…”.
Muy inquieto, se lo escuchó a Tito al grito de “Ariiii”, subiendo y bajando su brazo derecho. Ariel aturdido y agitado, se dirigió hasta donde lo estaban llamando. Recibió del entrenador la única indicación para los quince minutos que le quedaban por jugar: “… como te dijo Cabañas, te necesitamos pendejo…”
Mientras elongaba, la medallita que Tamara le había regalado se dejó caer sobre su mentón. La encerró en su puño izquierdo por un instante, tiró de la cadena y la cortó. Respiró muy fuerte y encaminó el trayecto a la mesa del partido. Firmó la planilla, mojó su cabeza con el botellón de agua y tomó algunos tragos. Gesticuló un fallido revoleo de la cadenita, pero una vez mas en muestra de su falta de coraje la dejo en el botinero. Mientras Tito le gritaba el cambio al árbitro, saltó llevando las rodillas a su pecho. Ese mismo pecho siempre frío y ahora también dolido pero por fin, dispuesto a jugar.
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domingo, 3 de octubre de 2010

Futbol para Todos

Mas alla del trasfondo politico, el analisis mas coherente del Futbol para Todos.
Como diria Coco B.: No comments. Mas claro, echale agua.
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viernes, 1 de octubre de 2010

“YO JUEGO AUNQUE SEA EN UNA GAMBA…”

Cuando se despertó después de 10 hs de dormir la mona, lo sorprendió el bullicio que había en la casa. Está bien que siempre era así, su casa era el lugar donde paraban todos sus amigos y vecinos. Pero esta vez se escuchaba que había más gente. Estiró la mano para manotear el reloj y ver la hora y ahí se dio cuenta de todo lo que había dormido, la cabeza se le partía de dolor y se quedó un largo rato mirando el techo, buscando despabilarse de a poco. Se levantó despacio y fue directo a la cocina. Abrió la heladera y se mandó un trago de agua fría. Necesitaba apagar el incendio que tenía adentro. Cuando entró al comedor vió a mucha gente que no conocía. Después le dijeron que eran periodistas que fueron llegando durante la tarde para hacerle notas sobre lo sucedido pero a esa altura de la noche (eran como las 12) estaban mezclados entre sus amigos y vecinos.
Todavía le dolía la cabeza y con esfuerzo trataba de recordar lo que había pasado. Todos lo miraban y se sonreían, lo palmeaban, le decían cosas como: “¡”Loco”, esto era lo único que te faltaba hacer!”, o se reían recordando la forma en que había entrado a la cancha.
Los saludó a todos y se fue a dar una ducha. Todavía tenía puestas las medias y los botines que había usado en el partido. Mientras se desataba los cordones lentamente, trataba de recordar y todo era cada vez más borroso. Sí se acordaba de la fiesta de cumpleaños de Dieguito, su hijo, que cumplió un año y de lo bien que lo habían pasado.
De eso sí se acordaba porque lo había vivido con una enorme alegría. El quería que fuera así. Una gran fiesta, que estuvieran todos; sus amigos y su familia, los de acá y los que se habían quedado en La Banda. Hacía mucho que quería juntarlos a todos porque desde que vinieron de Santiago del Estero, cuando solo tenía cuatro años, que quería una noche así, todos juntos, comiendo, chupando y cantando chacareras. La guitarreada empezó al mediodía y eran las 6 de la mañana y estaban como si recién empezaran.
“El Chancho”, como lo conocían sus parientes santiagueños, estab
a feliz. Para eso quería una casa grande, para poder estar todos juntos. Aunque en la Villa quedaba medio exagerado semejante “rancho”, el había querido construirla ahí. Le ofrecieron vivir en otro lado, lejos del Bajo Belgrano, más cerca del Centro, pero no, él prefería seguir viviendo entre su gente. No importa que para verduguearlo, los hinchas contrarios le gritaran “villero”. Él los miraba con sorna y les dedicaba una gambeta de esas imparables. Qué sabían esos guanacos de todo lo que habían pasado él y su familia cuando llegaron de Santiago. No vinieron para hacer turismo. Había caído Perón y en las provincias de vuelta no había trabajo y había que salir a buscar otro destino. “¿Porque me iba a querer venir para Buenos Aires si yo era un pibe feliz jugando a la pelota en las calles polvorientas y bañándome en las orillas del Dulce? ¿Que se creen, que se vinieron a la Villa porque les gustaba vivir de esa manera? No viejo, la Villa del bajo de Belgrano fue la única posibilidad. Un hermano del viejo ya vivía ahí hacía cuatro años y los recibió en una pieza de cartón como si fuera un palacio. ¿Qué saben esos giles que gritan, lo que tuvieron que pasar los viejos para que el hoy pueda pintarles la cara a pura gambeta?. Estos no saben que yo me crié entre tipos bravos de verdad. Desde la época de “los intocables”, aquel equipo del barrio que tenía la cancha detrás de Excursionistas, aprendí a esquivar patadas como aprendimos a esquivar la miseria. ¿Y se creen que me van a joder diciéndome villero? A quien le ganaron?”
A veces lo amargaba recordar esas cosas. Pensar que cuando se fue a probar en Excursio, el cuadro de sus amores, lo rechazaron con excusas que no se creía nadie. Decían que era muy flaquito, que se iba a romper enseguida, pero la realidad es que no lo querían porque era “villero”. Ese fue el primer golpe duro, y ahí comprendió que nada le iba a resultar fácil.
La ducha lo va despabilando lentamente. Ahora se acuerda mejor de lo que sucedió cuando volvió a la concentración; ¡que caliente que estaba José; lo quería matar!. Lo que pasó es que se olvidó que jugaban con River a las 11 de la mañana. Otras veces había vuelto escabiado a la concentración, pero entonces tenía tiempo. Llegaba a la 1, 2 de la mañana y apoliyaba hasta el mediodía, se levantaba para comer con los muchachos y a las 4, 5 de la tarde, para la hora del partido, ya estaba fresquito.

Pero esta vez fue diferente, se juntó todo. El cumpleaños de Dieguito, su familia de Santiago a la que hacía tanto tiempo que no veía, y el partido a las 11 de la mañana. La culpa la tuvieron los muchachos que no le avisaron que jugaba tan temprano…
La ducha lo dejó como nuevo. Se fue para el comedor donde todos seguían reunidos, hablando y riéndose todavía con lo que había pasado en el partido. Pero el seguía igual, como en un sueño. Recordando solo algunas cosas que no sabía si eran reales o las había imaginado.
Carlos, su hermano mayor, el que lo llevó a jugar a Defensores de Belgrano, le empezó a contar lo que había pasado.
“A las 2 de la mañana, te dije que te tenías que ir, que tenías que volver a la concentración, que el partido con River era a las 11 de la mañana y que encima tenías un pedo como para quinientos. ¡El viejo Vigo te va a matar!…” No me distes ni bola. Estabas meta cantar y bailar y la verdad que me dio no sé que insistirte; después de todo era el cumple de Dieguito y estaba toda la familia”.

“A las 6 recién te pudimos convencer y te llevamos casi desmayado. ¿Te acordás que los muchachos te metieron por la cancha auxiliar para que José no te viera? Me contaron, sigue diciendo Carlos, que te bañaron, te dieron litros de café, te hacían masajes, pero vos estabas boleta.”
“Cuando a las 8 de la mañana fueron a desayunar, José se enteró de cómo estabas y le agarró un ataque.”

“¡No puede ser!, decía el viejo, ¡justo hoy, justo contra River que viene agrandado! ¡No puede ser, “El Loco” no aprende más!”
Y ahí empezó la deliberación a ver qué hacían. Los muchachos querían convencerlo a José que el “Loco”, una vez que empiece el partido, se iba a despabilar, “¡no ven que no puede ni hablar! ¡Eso me pasa por ser bueno, por dejarlo que se vaya al cumpleaños del pibe! Me dijo que iba a estar un rato, que le daba un beso y se volvía! Y mirá como está, no nos conoce a ninguno!”, repetía el técnico desaforado.
Entonces, ya resignado se le acercó al loco y le preguntó: “Ud. quiere jugar, se va a bancar el partido en las condiciones en que está?
El “Loco” lo miró como en una nube y sacando pecho le contestó: “Viejo, yo juego aunque sea en una gamba…”
Fatiga Russo sacó la cara por todos y le pidió a José en nombre del plantel que lo ponga de entrada, porque si lo dejaba en el banco, seguro se apoliyaba y to
dos se iban a dar cuenta que estaba mamado. Al final, pudieron convencerlo, José refunfuñaba y decía: “¡si se enteran que lo hice jugar en pedo, no dirijo nunca más, me voy a tener que ir a Arabia Saudita!”
Finalmente, a la hora del partido, “El Loco” salió con sus compañeros por el túnel del Ducó para enfrentar a River. Deambuló todo el partido, se inclinaba y se agarraba las rodillas buscando oxígeno cada vez que corría una pelota. Con cada infracción, se quedaba en el piso como si le hubiese caído un rayo encima.

En el entretiempo se tiró en un banco con la intención de dormirse hasta el otro día. Pero el “Coco” Basile y el “Yorugua” Chabay, los más grandes del plantel, lo levantaron y lo metieron bajo el chorro de una canilla, porque si se dormía, no lo despertaban más.
El segundo tiempo siguió igual, hasta que cuando parecía que el partido terminaba 0 a 0, se metió en diagonal al área, se filtró entre los guadañazos de Artico y Perfumo y se la clavó a Fillol contra el palo izquierdo. Se quedó boca arriba festejando. Todo Huracán se fue encima del “Loco”, René se quedó un rato en el piso mirando al cielo, agradeci
éndole a Dios haberle permitido estar en el cumple de Dieguito, y sobre todo, por haberlo despabilado en el momento justo. Después pidió el cambio. Ya está, ya había hecho todo. Festejar con su hijito el primer año, estar con su familia y sus amigos, y hacerle a River un gol inolvidable, escabiado hasta la maceta…

P.D.: Este cuento es un homenaje a los “quemeros”, a su ídolo máximo René Houseman, y también a aquellos pibes que como “El Loco”, com
o “El Diego”, como el “Apache” Tevez, fueron visitados por un brujito que se metió por una hendija del cartón entre el hambre y la esperanza, para convocarlos a correr tras la pelota, a alcanzar un sueño lleno de estrellas…



Autor: R.D. Leer más...

jueves, 30 de septiembre de 2010

El Truco

Nueva Sección del Blog: Pequeños textos (fragmentos) de grandes textos.

Primer entrega: Jorge Luis Borges

Fragmento de "Fervor de Buenos Aires" (1923) y de "Evaristo Carriego" (1930)

EL TRUCO
Cuarenta naipes han desplazado a la vida.
Pintados talismanes de cartón
nos hacen olvidar nuestros destinos
y una creación risueña
va poblando el tiempo robado
con floridas travesuras
de una mitología casera.

En los lindes de la mesa
la vida de los otros se detiene.
Adentro hay un extraño país:
las aventuras del envido y quiero,
la autoridad del as de espadas,
como don Juan Manuel, omnipotente,
y el siete de oros tintineando esperanza.

Una lentitud cimarrona
va demorando las palabras
y como las alternativas del juego
se repiten y se repiten,
los jugadores de esta noche
copian antiguas bazas:
hecho que resucita un poco, muy poco,
a las generaciones de los mayores
que legaron al tiempo de Buenos Aires
los mismo versos y las mismas diabluras.
Fragmento de Fervor de Buenos Aires (1923)


“La habitualidad del truco es mentir (…) es acción de voz mentirosa, de rostro que se juzga semblanteado y que se defiende, de tramposa y desatinada palabrería. Una potenciación del engaño ocurre en el truco: ese jugador rezongón que ha tirado sus cartas sobre la mesa, puede ser ocultador de un buen juego (astucia elemental) o tal vez nos está mintiendo con la verdad para que descreamos de ella (astucia al cuadrado). Cómodo en el tiempo y conversador está el juego criollo, pero su cachaza es de picardía. Es una superposición de caretas, y su espíritu es el de los baratijeros Moshe y Daniel que en mitad de la gran llanura de Rusia se saludaron.
-¿A dónde vas, Daniel? – dijo el uno.
-A Sebastopol – dijo el otro.
Entonces, Mosche lo miró fijo y dictaminó:
-Mientes Daniel. Me respondes que vas a Sebastopol para que yo piense que vas a Nijni-Novgórod, pero lo cierto es que vas realmente a Sebastopol. ¡Mientes Daniel!”
Considero los jugadores de truco. Están como escondidos en el ruido criollo del dialogo; quieren espantar a gritos la vida. Cuarenta naipes –amuletos de cartón pintado, mitología barata, exorcismos– le bastan para conjurar el vivir común. Juegan de espaldas a las transitadas horas del mundo. La publica y urgente realidad en que estamos todos, linda con su reunión y no pasa; el recinto de su mesa es otro país. Lo pueblan el envido y el quiero, la oloroza cruzada y la inesperabilidad de su don, el ávido folletín de cada partida, el 7 tintineando esperanza y otras apasionadas bagatelas del repertorio.”
Fragmento de Evaristo Carriego (1930), Jorge Luis Borges.
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jueves, 23 de septiembre de 2010

Llegar a casa

Juan es licenciado en Marketing y tiene la suerte de trabajar en su profesión. En unas horas tiene la oportunidad más importante de su vida. Desde la mañana temprano que esta ordenando lo que será la presentación que estuvo esperando desde que se recibió y empezó a trabajar en la mega empresa que lo emplea. Gran parte del desarrollo futuro de la empresa depende de su presentación, de cómo saque adelante lo que el mejor sabe hacer, convencer a la gente de que su empresa y sus productos son lo mejor que le pueden pasar.
Hang Tueing y Yaho Mein vinieron especialmente desde China a escucharlo. Están dispuestos a desembolsar 4 millones de dólares para que la marca que Juan representa, se empiece a comercializar en China. Juan sabe que de esos 45 minutos que dura su exposición depende el despegue de su empresa y su ascenso a Gerente Operativo con un sueldo que duplica su actual cobro. Pero Juan no puede concentrarse, solo faltan 30 minutos para la presentación y por más que lo intenta, no puede concentrarse.
De madrugada, hace unas horas nomás, lo llamo su amigo Rodrigo para darle la noticia de que el padre de él, el de Rodrigo, había muerto. Esto seria una noticia mas, sino fuera que Rodrigo es su mejor amigo y de que al padre de su amigo, Jorge, para Juan era casi como su padre. Y cuando digo casi es solo porque Jorge, el padre de su mejor ami
go no era de su sangre, sino diría directamente que falleció lo más parecido que tuvo toda su vida Juan como padre. Juan es hijo de madre soltera, su madre fue “padre y madre” durante toda su vida y ha hecho un gran trabajo, que completo la fuerte presencia de Jorge, aconsejando a Juan en las desiciones mas importantes de su vida. Entonces Juan esta frente a este dilema que le pone la vida, la muerte del padre de Rodrigo y la exposición que cambiara su vida para siempre. Por eso Juan no para de caminar en la oficina, no para de maldecir la situación en que la vida lo puso y no para de culparse porque pese a la muerte de Jorge, tan importante para él, él esta ahí, para cumplir con su trabajo, y no esta con Rodrigo para acompañarlo en este momento y despedir a quien casi fuera su viejo del corazón.
Jorge era quien le ordeno la vida de chico y de adolecente, Juan pasaba mas tiempo en la casa de Rodrigo que en su propia casa y Jorge fue quien lo aconsejaba en
todas sus decisiones importantes, quien lo llevo de vacaciones junto con Rodrigo infinidad de veces y le permitió conocer la playa, el mar, las montañas, hasta la nieve cuando tuvo oportunidad de acompañar a la familia, también en invierno.
Fue quien le consiguió su primer laburo en la mueblería donde trabajaba él, donde pasaban muchos ratos como si fueran padre e hijo, hablando mayormente de lo que le apasionaba a Jorge que era el futbol. Por Jorge, Juan se hizo hincha de Chicago, pese a no haber ido jamás a la cancha a ver ni siquiera un amistoso. Todo esto le daba vueltas en la cabeza, y solo faltaban 10 minutos para su presentación. De repente, Juan entro en un estado de profunda tristeza al recordar todo lo vivido con Jorge y Rodrigo. Casi no podía levantar las manos, ni siquiera podía sostener la mirada y ya tenia que entrar a dar la exposición de su vida.
No voy a entrar en detalles de cómo le fue a Juan en su presentación, con decir que a los 8 minutos de casi ni emitir sonido alguno, su jefe tuvo el reflejo de
sacarlo de prepo del salón y tomar un pequeño descanso para que quien trabajo con Juan en este proyecto, Lucas, pudiera reemplazarlo. Terminada la reunión, los chinos se fueron con más dudas de las que habían entrado y el jefe de Juan dejo supeditado su destino laboral a lo que decidieran los orientales con respecto a otorgarles o no, los 4 millones de dólares.
Juan entro al ascensor de la empresa que bajo los 8 pisos que lo separaban de planta baja como si fuera en cámara lenta, mientras él lo único que pensaba es “tengo que llegar lo mas rápido que pueda a casa”.
Mientras subía al coche, llamo a su amigo Rodrigo que le dijo que el entierro había terminado que era una lastima que no había podido ir, pero que comprendía lo importante que era esa exposición para él. –Por lo menos vino Anita, le dijo. Anita er
a, no se si antes lo mencione, la mujer de Juan, estaban casados hace 7 años y tenían una nena hermosa llamada Abril de 5 años.
Después de hablar con Rodrigo y subirse a su coche, Juan volvió a sentir con desesperación la necesidad de llegar a su casa. Rápidamente saco su coche del estacionamiento y partió a gran velocidad, mientras gotas de transpiración corrían por su frente. No sabía como iba a aguantar los 25 minutos que separaban su trabajo de su hogar. En el mejor d
ía de su vida, que termino siendo el peor día de su vida, Juan solo quería llegar. Pasó un par de semáforos en rojo y corrió a más velocidad de la permitida en varios lugares, solo para poder llegar rápido a su destino. Casi una actitud de ansiedad extrema se había apoderado de él, sentimiento que solo le agarraba 2 o 3 segundos antes de cruzar la puerta de su casa, hoy en lo que termino siendo el peor día de su vida, le había agarrado muchísimo antes. Los ojos desorbitados de Juan y sus manos temblorosas le daban un aspecto tétrico a la situación.
Llego a la barrera que lo separaba 4 cuadras del final y la cruzo baja, apostándole casi un juego mortal al tren que lo vio pasar a pocos centímetros. Casi no tardo en recorrer las últimas 4 cuadras y con la llave en la mano, bajo del coche corriendo a la puerta, la cual abrió con desesperación y entro a su casa buscándola. Busco en el comedor y no estaba, fue a su pieza y no la encontró, grito su nombre y nada; entonces la vio en el patio trasero. Asomaban detrás del duraznero, sus rulitos que caían sobre su espalda, y al decir su nombre, Abril giro su cabecita y corrió a su encuentro para abrazarlo. Entonces Juan, prolongo el abrazo que solía darle todos los días cuando llegaba de su trabajo y ya no tuvo mas angustia, no tuvo ni temblores, ni ojos desorbitados, ni ansiedad; su trabajo, su tristeza y sus culpas habían quedado muy lejos. De todo lo que había pasado y podía pasar, lo protegían, los bracitos de su hija, Abril.

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martes, 21 de septiembre de 2010

El Rifle

En cada comienzo de año, cuando los profesores nos pedían que nos presentáramos y contemos algo de nuestras vidas, "el Rifle", así le pusimos a José Augusto Trípodi desde el día que trajo un Super Valiant calibre 5.5 que era del viejo, para asustar a uno de 5º año que lo tenía de hijo. Claro, nosotros, pibitos recién entrados a la secundaria y ellos grandulotes que no tenían otra cosa que hacer que molestar a los novatos. Decía que en esas presentaciones de principio de año Trípodi inventaba una historia diferente con cada profesor nuevo. Todo esto ante la atenta y cómplice escucha de todos nosotros, que aunque sabíamos que era mentira, no queríamos perder el hilo de la narración para después comentarla en el recreo. Hasta se paraba el muy hijo de puta, se paraba y hacía gestos ampulosos, agrandaba las anécdotas con tanta facilidad que el profe Guevara le auguraba un futuro promisorio como dirigente. Mucho no le pifió Guevara, porque el Rifle fue el primer Presidente del Centro de Estudiantes de la Escuela después de la época de los milicos.
Bajo su mandato se organizaron los mejores bailes estudiantiles de la Escuela. Los bailes del Nacional se empezaron a hacer famosos, hasta los Directores lo felicitaban por la organización y la popularidad. Todo era éxito para la Lista Verde, encabezada por el rifle, el cabezón Murúa y la petisa González, que como toda petisa tenía toda su belleza acumulada entre sus pantorrillas y su cintura, aunque a decir verdad también venía bien de delantera. La habían puesto como Secretaria para captar los votos de los pebetes de 1º año, que estaban embobados con el culo de la enana. Claro, si usaba un guardapolvo tamaño extra small, que más que guardapolvo parecía una vincha.
Pero una vez la cagó Trípodi. Fue en 5º año. Entró a la escuela una profesora nueva de Filosofía que reemplazaba a María Azucena Stornud. De más está decir la interminable lista de cargadas que teníamos para con Azucena, que se había tomado una licencia antes de jubilarse. Ya estaba grande, y seguramente tendría inflada la paciencia de todas nuestras boberías. O por lo menos eso era lo que nosotros pensábamos, porque por ahí se fue un año a vivir a una casa en la montaña.
La nueva se llamaba Lucía Claxon. Rubia, flaquita, con una nariz prominente, siempre estaba bien arreglada. Y si bien no tenía grandes atributos físicos, la contemplamos de manera exhaustiva la primera vez que la vimos. Ahí fue cuando el rifle nos avisó: "esta es pan comido".
"Bueno, yo soy José Augusto Trípodi. Tengo 17 años, soy hincha de Chacarita, me gusta jugar al ludo. Pero mucho tiempo no tengo, porque los días de semana cuido a mis 9 hermanitos y los fines de semana trabajo de limpieza en un boliche".
El silencio fue total. Nosotros hacíamos fuerza para no reirnos, pero el rifle como siempre tan seguro de su poder de oratoria, se paró junto a su banco y siguió:
"Por eso me cuesta tanto estudiar, sobre todo con las materias que tienen tantas fotocopias. Parece que los profesores no tienen en cuenta estas cosas, pero los alumnos también tenemos nuestros problemas."
La profesora lo escuchó atentamente, y cuando terminó su presentación pudimos observar como trataba de disimular, y con los nudillos del dedo índice se secaba las lágrimas incontenibles ante el relato del joven Trípodi. Pero en lugar de hacerlo pasar por víctima por su supuesta vida sacrificada, se quedó con el comentario de la bibliografía:
- Lo que tenés que saber … José, es que hay materias en las que no se puede profundizar sin la bibliografía adecuada. Es más, nosotros tratamos de recortar capítulos o libros para compilarlos de manera que no sea demasiado para los alumnos. Pero voy a tener muy en cuenta tu comentario – . Dijo esto y el rifle se sentó lentamente, con esa cara de hijo de puta que ponía después de llevar a cabo una nueva cagada.
Ese año, Lucía Claxon fue la única profesora nueva que tuvimos. Tal vez por eso, la teníamos muy en cuenta con cada comentario, porque era raro que los profesores nos hablen con tanta paciencia, con tanta dulzura y demuestren preocupación por lo que pasaba en nuestras vidas.
Un día, la profesora entró a la clase con una bolsa de consorcio. Nadie le preguntó qué traía, porque pensamos que tal vez era algo personal y no quisimos ser tan chusmas. Pero cuando terminó la clase, Lucía le pidió a Trípodi que se quede a hablar con ella. Y como el rifle nunca pasaba desapercibido, todos nos quedamos asombrados del pedido de la profesora, porque sabíamos que la mentira había sido tan exagerada que en algún momento se iba a caer. Así fue que cuando salimos del aula, algunos se fueron al baño a fumarse un pucho, otros al kiosco a comer un tostado, esos que a Don Antonio le salían tan bien, y algunos nos quedamos en el pasillo intentando escuchar algo de lo que la Claxon le decía a Trípodi.
A los cinco minutos, el rifle salió del aula, y dejó pasar a la profesora que se fue caminando con pasos cortos, mirando al piso, como si en cualquier momento se fuera a dar vuelta para ver como una docena de adolescentes nos amontonábamos alrededor de Trípodi.
- Chicos, me fui a la mierda. Les juro que nunca mas me mando una de estas boludeces!- Fue lo único que dijo el flaco cuando Lucía ya se había alejado.

La bolsa que había traido la Profesora era ropa que había juntado de sus sobrinos para los supuestos 9 hermanos que Trípodi tenía a su cargo. En la charla que tuvieron, la Claxon hasta se había ofrecido para cuidar a alguno de los hermanitos de Trípodi cuando el rifle no pudiera hacerlo para cumplir con su agenda laboral desbordada. Prometió que volvería a juntar más ropa y también juguetes, si es que eso no lo ofendía. Ella tenía una debilidad por los niños, tal vez porque aún no tenía ninguno, pero lo cierto es que se ofreció de mil maneras para hacer más liviana la tarea de este adolescente.

Después de eso, el rifle faltó a clases una semana entera. Lo fuimos a buscar un par de veces para jugar al fútbol, pero nadie nos atendía. Era como si hubiese decidido borrarse del mapa. Ni siquiera lo encontramos en la verdulería de la esquina, en lo de Don Ramón, donde se pasaba horas y horas viendo como pasaban las minas del Colegio Parroquial. Nos preocupaba porque él no era de faltar, si hasta los días de lluvia iba, porque sabía que no iba nadie y aprovechaba para chamuyarse alguna piba. Había empezado noviembre y ya estábamos a pleno con los preparativos de la fiesta de egresados, y la presencia de Trípodi se hacía imprescindible.

El día que decidió volver, justo ese día, volvió también la profesora Stornud. Cuando entró al aula, nos quedamos mudos. La cara del rifle se transformó, fue como si hubiese visto un fantasma. Creo que estuvo cuarenta y cinco segundos apretando el capuchón de la bic azul sin dejar de mirar a la profesora.
María Azucena estaba renovada, hasta parecía más joven. Si no la hubiésemos conocido de antes, tal vez le daríamos unos 60 años. Pero estaba serena, de buen humor y a modo de introducción nos dijo:
“- Espero que este mes que queda de clases nos sirva para conocernos un poco aunque sea, he vuelto con muchas ganas y aunque se que ustedes ya están terminando la escuela secundaria quiero que se lleven un lindo recuerdo de nuestra clase. Ustedes ya me conocen, porque hace mucho tiempo que estoy en la escuela, pero yo quiero saber cómo han pasado este año. Así que me gustaría que alguien de ustedes, el que se anime, me cuente algo que…”
En ese momento, un chillido agudo estremeció el aula. La silla del rifle cayó estrepitosamente, con sus largas zancadas salió corriendo, abrió la puerta y el aula quedó en silencio.

AUTOR: Grafo Leer más...

sábado, 18 de septiembre de 2010

6 meses de Mano Inquieta Blog

Este es un Blog de futbol, un blog de cuentos, un blog de historias y recuerdos, es un blog hecho con amigos, para viejos amigos y nuevos amigos.
En este partido como en los partidos de la vida hay alegrias, tristezas, polemicas, amores, desamores, cambios y transformaciones, seria un placer que participes de ellos junto a nosotros… Con estas palabras empezábamos hace 6 meses este proyecto.

Desde aquel arranque eligiendo los 23 del mundial, siguiendo por el primer cuento “La Ilusión”, siguiendo con otros cuentos como “Adiós a Ferro”, “El primer partido de Ernestito”, la historia de viejas amistades: “El regreso de los gladiadores”; el primer aporte fuera del plantel estable con “Fe, muchachos, fe” que siguió mas tarde con “Religionetas”; culmino Marzo con un gran cuento: “un sábado distinto para Sally”.
Empezaba Abril y nos encontrábamos con nuevos cuentos como “Fuerte al medio” y “El ángel de la guarda”. Nos publicaron la primer carta en la revista Un Caño “El padre de Román”. Propusimos música con Peteco Carabajal en el programa “Encuentro en el Estudio” y anteriormente con la critica a “Amapola del 66 de Divididos”. Trajimos finalmente algo de nostalgia para algunos con el relato de “Supercampeones”.
Arrancamos Mayo, nuestro mes con mas Entradas, con un poema para el día del Trabajador “Yo albañil”, una historia a pedido “El partido de la muerte”, otro aporte “De humanos y dioses”, y la historia que mas llego a nuestro seguidores “La despedida de un Ángel”. Mas adelante vinieron mas cuentos: “Una decisión difícil”, “Domingos de Lluvia”, “La locura de Yazid”, “Con los cordones”, “El regalo de Don Atilio” y otro de Ernestito “El primer gol de Ernestito”. También destacan en este mes, Entradas de puro futbol como: “Los Mundiales son un parto”, “Recuerdos del futbol del ascenso” y “Y vos…De que lado estas chabón?”.
En Junio empezamos a bajar un poco el ritmo, ya que no era fácil continuar corriendo los 90 minutos… Incorporamos el tema ambiental con “Una historia poco conocida: La Forestal”, seguimos con una curiosidad del mundial “Los hermanos Boateng”, nuevos cuentos como “Casualidad Olímpica" e “Historia de un Vestuario”; y volvimos a recomendar un poco de música con “De Ushuaia a la Quiaca”.
Empezó Julio y termino el mundial de Sudáfrica para Argentina, por eso el Blog se hizo eco de la eliminación con “Vamos, Vamos que ganamos” con gran participación de los habituales lectores. En el día del amigo festejamos con un cuento del negro Fontanarrosa “Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol”. Seguimos con un cuento bien Xeneise: “Saudade de la Bombonera” y terminamos con otro excelente aporte: “Decálogo de futbol 5”.
En agosto fuimos a ritmo lento, tuvimos una curiosidad “Las Islas Sorlingas”, pero un gran aporte de cuentos: “El viaje”, "¿La mejor decisión?" y "Volver".
Por fin llegamos a Septiembre, nuestro mes aniversario, tratando de recuperar el ritmo de los primeros meses propusimos nuevas secciones:
•La sección: Grandes cuentos de grandes cuentistas, aquí publicamos “El penal mas largo del mundo” de Osvaldo Soriano;
•Sección: Volviendo a amar a Maradona, nos emocionamos con “La canción del Brujito” de Peteco Carabajal;
•Y la sección: El Dato Inquieto, publicamos “22 penales”, el partido de Platense-Lanús de 1977.
Cerramos este mes como no podría ser de otra manera con un nuevo relato-cuento: “La casa de la calle Olleros”.
Fue mucho trabajo, pero podemos decir que valió la pena, vale la pena tener este espacio donde expresarnos, pero fundamentalmente donde encontrarnos.
En estos 6 meses hubo:
•Más de 7.000 visitas,
•59 entradas del blog (60 con esta),
•20 cuentos,
•128 seguidores por facebook,
•187 Comentarios (participaciones),
•Además de nuestro país, hemos recibido visitas de: Estados Unidos, Chile, España, Colombia, México, Perú, Canadá, Francia, Uruguay, Ecuador (según las estadísticas de un programa de google del propio blog).
Bueno señores nada resume mejor lo que le queremos decir que la trillada frase GRACIAS TOTALES, gracias a los que escriben a los que comentan o a los que nos visitan en silencio. A estos últimos, ANIMENSE!, escríbannos, este trabajo es para todos los que les gusta el futbol y las historias comunes, un espacio virtual de amistad. Abrazo Inquieto.
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miércoles, 15 de septiembre de 2010

La casa de la calle Olleros

Yo era chico, tenía 5 años, pero para mí fue un lugar mágico. Creo que las casas de nuestros abuelos nos hacen sentir eso, la presencia de lo mágico, sobre todo cuando empezamos a comprobar que el tiempo transcurre inexorable. Parece que a medida que vamos creciendo, nuestra vida se transforma en algo así como una novela, pero con la particularidad que la escribimos hoy, a cincuenta años de ocurridos los sucesos y nuestra memoria los recuerda como una ficción, incluso a veces somos incapaces de asegurar si los hechos ocurrieron o no.
Por eso, los sucesos que voy a narrar no se a ciencia cierta si fueron realidad o ficción, pero que fueron extraños, fueron extraños, por lo menos para un pibe de 5 años.
La casa de mi abuela Rosario quedaba en la calle Olleros, casi esquina Charlone en el barrio de Colegiales. Era una casa de las que podríamos llamar de las antiguas y tradicionales. Gran puerta de madera con dos hojas y un llamador en forma de puño, picaportes de bronce y el infaltable lugar para que el cartero deje la correspondencia, con el nombre puesto en bronce “CARTAS”. Entrando, el zaguán, chiquito pero acogedor, sobre todo para mi prima mayor que lo usaba casi todas las noches para “conversar” con su novio. Al final, otra puerta con vidrios en la mitad superior y cortinas, que permitía ver el interior: un gran patio lleno de macetas en el piso o colgando de las paredes.
En un costado del patio, la escalera con peldaños de mármol ya gastados que se hacían peligrosos cuando la lluvia los mojaba. Subiendo, en lo alto, se observaba una construcción, en realidad era una pieza, en la que vivía el inquilino.
Al patio daban casi todas las habitaciones, digo casi porque, la de mis tíos, donde yo dormía, daba a la calle y para llegar a ella había que atravesar una especie de living-comedor, que era el que a su vez comunicaba con el patio. La pieza central era de mi abuela. En la última pieza, mis otros tíos y al final del corredor el baño, como siempre alejado pudorosamente del resto de las habitaciones. Finalmente la cocina, chiquita, llena de todos los olores de mi infancia: el mate de leche, las tortas fritas, el pan casero, las pastas y otras tantas exquisiteces que se comían a menudo en las familias “de antes”.
Pero nuestra historia se inicia allá arriba, en la piecita que servía de albergue al inquilino. En aquel tiempo, en el Buenos Aires del ´50, los inquilinos no duraban mucho, no porque se los tratara mal, sino porque el alojamiento era transitorio hasta conseguir alguna vivienda. Por lo general, era gente del interior y en lo de la abuela, correntinos y entrerrianos, en particular de Concordia, de donde era mi abuela hasta mudarse a Buenos Aires a mediados de los años ’30.
Los provincianos se mudaban a la Capital y conseguían trabajo, mucho más fácil que hoy. Eran los tiempos del peronismo: se inscribían en un plan de algún sindicato y luego, cuando le adjudicaban la vivienda venía la familia desde el pago chico.
En el tiempo que nos ocupa vivía en la piecita un correntino de apellido Bruno, de pocas palabras, trabajaba en un frigorífico. La función de los nietos era avisar al inquilino de las actividades de la casa, fundamentalmente cuando estaba lista la comida, ya que los servicios de mi abuela incluían desayuno, almuerzo los fines de semana –durante la semana don Bruno comía en la fábrica- y cena todos los días.
Con el correr del tiempo me enteré que a la abuela Rosario nunca le gustó el correntino, era muy parco y para colmo el anterior inquilino, entrerriano de sus pagos era la antítesis: charlatán, simpático y hasta tocaba el acordeón, lo cual era la excusa justa para armar algún bailongo los fines de semana con algunos vecinos.
En época de vacaciones me quedaba muchos días en la casa, con mi hermana Laura y mis primos Alicia y Sergio. Nuestro lugar de juegos era la terraza, pero para llegar a ella había que pasar por un pasillito frente a la piecita de don Bruno.
Un sábado de enero, caluroso y húmedo, desobedeciendo las órdenes de dormir la siesta, subimos sigilosamente las escaleras rumbo a la terraza, pasamos el pasillo casi en puntas de pie para no despertar al inquilino, pero al mirar por la ventana de la piecita lo vimos despierto y aparentemente muy ocupado ensamblando unos aparatos y llenando de líquido algunas botellas de las de litro.
Cuando nos vio se puso muy nervioso y nosotros también. Salimos corriendo hacia la terraza y después de un rato de juegos nos olvidamos del incidente.
El que parece que no se olvidó fue don Bruno, que en la hora de la cena nos mandó al frente con la abuela, alcahueteándole que habíamos estado molestando en horas de la siesta.
El castigo no se hizo esperar, durante una semana tuvimos prohibido subir a la terraza a jugar.
Pero como a todos los chicos, lo prohibido ejerce una atracción particular. Uno no hace más que prohibirles algo, para que lo quieran o busquen con mayor intensidad. Y así, a escondidas, nos íbamos a jugar a la terraza. Más aún, ahora no solo había un interés por jugar, sino también por observar más atentamente lo que hacía don Bruno.
Una tarde, cuando él no estaba, vimos desde la ventana de la pieza, un cajón con botellas y un género en los picos de cada una que parecía ser una mecha. La curiosidad nos dominó y entramos. En la mesa de luz había un papelito todo arrugado que decía:
-1 botella de vidrio
-1 pedazo de género
-bencina
Primero: colocar la bencina dentro de la botella, después mojar el pedazo de género con bencina y ponerlo en la botella. Prender el trapo y listo, a tirarla contra lo que te de la gana .OJO: al prender la mecha arrojarla rápido o explota.
¿Que era todo eso?, ¿acaso el viejo andaba en algo raro? Del susto que teníamos, salimos corriendo y no se lo contamos a nadie.
Como a la semana, el tío Carlitos vino como loco con el diario en la mano. El titular de Crónica decía:
"TOMA DEL FRIGORIFICO LISANDRO DE LA TORRE."
“En la madrugada del 17 de enero, 1.500 efectivos armados, de la Policía Federal, Gendarmería y el Ejército, con el apoyo de tanques, se lanzaron sobre el frigorífico. En un violentísimo ataque destruyeron la puerta y lograron desocuparlo. Los dirigentes fueron presos. Cinco mil trabajadores quedarían despedidos.”
Uno de ellos imagino fue don Bruno, al que jamás volvimos a ver, pero el secreto de lo ocurrido en la pieza de arriba jamás fue revelado por nosotros.
Años después comprendí la situación y don Bruno, el de pocas palabras se convirtió en un héroe, como tantos, de la resistencia peronista.
Me lo imagino, tras el desalojo, en el enfrentamiento, que se trasladó al corazón del barrio de Mataderos. Durante cinco días, militantes, obreros, vecinos y comerciantes se enfrentaron a la policía ¡y al ejército!. El barrio vivió una conmoción: en la calle, ¡con las manos!, se levantaron las vías del tranvía. Se hicieron barricadas arrancando el adoquinado, se derribaron árboles, se acumulaba madera, se prendía fuego. Participaba todo el mundo, los obreros, los militantes, los familiares y los vecinos. Inclusive los comercios se adhirieron, porque era una lucha que le pertenecía a todo Mataderos.
Durante la noche, los propios vecinos, junto a los obreros, cortaban la iluminación para impedir el ingreso de la policía. Los trabajadores de las inmensas fábricas vecinas, Pirelli y Federal, se unieron a los del frigorífico
Finalmente, toda esta enorme energía fue desarticulada. El frigorífico fue privatizado a mediados de 1960 y entregado a la CAP (Corporación Argentina de Productores de carne), que lo mantendría durante años con suculentos subsidios del Estado.
Pero a pesar de todo, es la única huelga, la del glorioso matadero Lisandro de La torre nunca se levantó y don Bruno estuvo ahí.

AUTOR: El Alquimista Leer más...

domingo, 12 de septiembre de 2010

22 Penales

Nueva sección (y van!!) del Blog.
El Dato Inquieto.
Primer Entrega: 22 Penales, Platense-Lanus.
El 16 de noviembre de 1977, Platense y Lanús dirimieron el tercer descenso del Metro luego de 120 minutos y 22 penales ejecutados. Noche histórica en el viejo gasómetro.
El campeonato Metropolitano de 1977 fue el de mayor cantidad de fechas del profesionalismo. A lo largo de 46 jornadas y nueve meses River fue el campeón y Ferro Carril Oeste y Temperley perdieron la categoría. Pero el reglamento establecía tres descensos y por eso el último casillero se debía determinar en un desempate entre Platense y Lanús, que habían igualado en 38 puntos.
El match debía disputarse en terreno neutral y el viejo estadio de San Lorenzo fue el elegido. La batalla comenzó a las 21 horas y luego de los 90 minutos reglamentarios, más los 30 de tiempo suplementario, las vallas permanecieron invictas. Con el pitazo final del juez Barreiro, llegó la hora de los penales.
Era un momento sublime, donde el cansancio y la tensión serían protagonistas al igual que cualquiera de los 22 futbolistas. La serie la inició con certeza Miguel Arturo Juárez, poniendo a los “calamares” en ventaja. Orlando Cárdenas, delantero de Lanús rezaba de rodillas frente a una imagen de la Virgen de Luján en el centro del campo. Debió dejar esa mística postura para dirigirse al punto de sentencia. Lentamente llegó y anotó: 1-1.
A partir de ahí y con gran eficacia, ejecutaron Belloni, Pachamé, Osvaldo Pérez, Ribecca y Ulrich. Siete pateados con la misma cantidad de convertidos y la chapa con Platense arriba 4-3. El remate de Coria es detenido por Osmar Migelucci, dejando al “marrón” en la antesala de quedarse en primera. Gianetti toma carrera, llega y su ejecución se encuentra con las manos de Rubén Sánchez. El llanto de Gianetti se mezcla con la incipiente tormenta que cubre el cielo de Boedo. Ahora es Moralejo el encargado y su conquista pone paridad y un alivio para Lanús: 4-4 y tanda de dos por bando.
El otro Juárez de Platense, Miguel Ángel anota y a continuación nuevamente se luce Migleucci conteniendo en envió de Benejú. Algunos avezados ya festejan la salvación “calamar”, la mayoría prefiere esperar el disparo de Niro… y lo bien que hicieron, porque éste lo desvía. El drama crece hasta límites insospechados. ¿Quién se queda en primera? ¿Quién vuelve a los sábados? Guillermo Zárate la coloca con calidad y la chapa marca 5-5.
A continuación, vuelve la eficacia: Rivero, Barrera, Pinasco y Giachello marcan para establecer el 7 iguales. Es el turno de Peremateu, pero el zaguero de Platense está en una camilla. Los jugadores, el técnico Juan Manuel Guerra y el árbitro deliberan, mientras las agujas de los relojes se van acercando a la medianoche. Como puede, el defensor se incorpora y camina hacia el punto penal. Su cabeza indica, pero las piernas están en otro lado. Su tiro se estrella con el poste derecho de Sánchez y golpea el alma calamar.
Por fin, ahora es Lanús el que dispone por primera vez de su chance. Quien toma la responsabilidad es su arquero, Rubén Omar Sánchez, pero su remate débil y al medio, es fácil para Migelucci. Parece que esto no va a terminar nunca. El turno ahora es para el guardameta “marrón”, pero se altera el orden y vuelve a ejecutar Miguel Arturo Juárez, sin que Migelucci lo haya hecho. Esta situación no es advertida por el árbitro y posteriormente derivaría en un juicio que la entidad del Sur le ganaría a la AFA.
El “negro” Juárez revienta las redes y pone el 8-7. ¿Definitivo? Si, increíblemente definitivo, porque el disparo de Cárdenas va sobre la derecha de Migelucci, que se estira hacia allí cuan largo es, para aferrarse a esa pelota y decretar el final. Lágrimas de un lado y del otro, como en la comedia y la tragedia, porque este partido tuvo de todo. Migelucci toma la pelota y se golpea el pecho de cara a su tribuna. Es su revancha, porque la noche anterior, en la casa del técnico Guerra habían recibido un llamado intimidatorio: “Migelucci se vendió contra Chacarita, si mañana juega, les quemamos la casa”. Ante tanta cobardía, sobresalió la hombría con mayúsculas de Guerra para ponerlo y del arquero para sobreponerse a todo.

Pese a que Miguelucci contuvo cuatro penales y fue decisivo en la permanencia de los “calamares”, se quedó sin trabajo poco días después porque el club no le renovó su contrato.
El árbitro del partido, Roberto Barreiro, no advirtió que Platense violaba el reglamento cuando permitió que el undécimo penal lo ejecutara Juárez, quien ya había rematado el primero y no podía volver a hacerlo hasta que tiraran todos sus compañeros, incluido el arquero. Juárez era un experimentado goleador y Miguelucci no se tenía fe en ese momento. Lanús cumplió con las reglas. Su último penal lo remató su arquero Sánchez y Miguelucci lo atajó. Lanús accionó judicialmente contra la AFA y, mientras se discutía en los estrados, bajó de la Primera B a la C. Le ofrecieron dos posibilidades: volver directamente a la Primera División, saltando dos categorías, o una fuerte suma de dinero. Lanús se quedó con la plata e inició su gran despegue en lo social y deportivo.
Lanús se fue a la B, más tarde a la C y recién regresó a primera en 1990. Platense fue la contratara, ya que a partir de aquella noche de Boedo, inició una serie histórica de salvadas del descenso, que recién se cortó en 1999, cuando perdió la categoría.
Alegría, tristeza, 120 minutos, 22 penales para una noche ya lejana, pero eterna en el recuerdo del futbolero argentino.
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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Canción del Brujito - Peteco Carabajal

Nueva sección (como estamos!!) del Blog: “Volviendo a amar a Maradona” (También etiquetada como: "Canciones al Diego"). Después del resultado de este mundial y de este último tiempo de Diego, es difícil seguir manteniendo el amor incondicional que uno le tenia, por eso esta sección.
Nuestro amigo R.D. escribia después del mundial: “…hace rato que pienso que Diego es una supernova, que lo que vemos no es su brillo, sino el resplandor de su explosión..”. La idea es seguir recordando su brillo, el resplandor de Diego a diferencia del resplandor de las estrellas, creo, seguirá brillando aunque “explote” en mil pedazos.
En esta primer entrega, el tema que le compuso Peteco Carabajal en su disco “Historias Populares” en 1996, poco conocido para muchos.

Sobre el barrial rodó la luna
los grillos dieron la señal
y al corazón de un niño
llegó la gracia.

Por una hendija del cartón
como un silbido helado entró
un brujo que aparece
de vez en cuando.

Vamos le dijo al niño
tu sueño tiene una estrella
toma este campo libre
y esta pelota de medias.

Vamos que están los duendes
dispuestos para jugar
antes que cante el gallo
partiendo la oscuridad.

Desde el azul se han desprendido
panes dorados por la luz
que vienen desde el fondo
del universo.

Genios del hambre y la esperanza
vuelan junto a tu corazón
no los olvides nunca
juega por ellos.

Vamos le dijo al niño
tu sueño tiene una estrella
toma este campo libre
y esta pelota de medias.

Vamos que están los duendes
dispuestos para jugar
antes que cante el gallo
partiendo la oscuridad.

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lunes, 6 de septiembre de 2010

El Penal mas largo del mundo

Nueva sección del Blog: "Grandes Cuentos de Grandes Cuentistas".
Hoy: "El Penal mas largo del mundo", de Osvaldo Soriano.


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de
mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, con Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el
penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la
mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a
dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.
Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
-¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
-Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo-.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una
posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían
cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los
ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que
querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.
Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.
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